Ciclismo
El gran salto de la Milán-San Remo
Desde Peter Sagan la Milán-San Remo no ha parado de crecer hasta ser la mejor carrera del año
La Milán-San Remo que tanto tiempo llevamos reclamando ya no es un deseo, es una realidad tangible que se despliega ante nosotros.
No hace tanto tiempo que el runrún constante sobre la Classicissima era el de una carrera previsible, un tedio de casi trescientos kilómetros destinado irremediablemente a una llegada masiva donde los velocistas dictaban sentencia.
Escuchábamos críticas feroces que tildaban la prueba de anacrónica, argumentando que nadie se atrevía a romper la baraja en el Poggio y mucho menos a agitar el árbol en la Cipressa.
Aquellas ediciones dominadas por Kristoff, Degenkolb o los últimos coletazos de Freire y Cavendish alimentaron esa narrativa de carrera bloqueada, aunque siempre nos quedaba el consuelo de ese latigazo final donde Peter Sagan, aun sin el premio del triunfo, empezó a torcer el destino de la historia.
El eslovaco fue el catalizador del cambio.
Aunque la San Remo figure como su gran asignatura pendiente, sus ataques en el Poggio dinamitaron la inercia del pelotón, regalándonos momentos antológicos como aquel sprint frente a Kwiatkowski.
Después llegó Nibali para sentar cátedra, demostrando que se podía ganar atacando hacia arriba y manteniendo el pulso en un descenso suicida.
Alaphilippe remató la faena ganando por KO y, desde entonces, la ruptura es la norma y no la excepción. La carrera ha ido creciendo en intensidad hasta que el año pasado, con Pogacar, Van der Poel y un Ganna dejándose la vida, el monumento alcanzó una dimensión desconocida.
Estamos en un nivel donde ya no se espera al Poggio; ahora se mira de reventar la carrera en la Cipressa, un escenario donde el UAE y Pogacar están obligados a poner toda la carne en el asador si quieren poner en aprietos reales a un Van der Poel que parece navegar en otra galaxia.
Si la mecánica no lo impide y la salud acompaña, si ambos contendientes se presentan al ciento diez por ciento de sus capacidades, estamos a las puertas de presenciar nuevamente la carrera del siglo.
Es tal la superioridad y la ambición de estos dos colosos que, para el resto de los mortales, la lucha parece reducida a la gestión de la tercera plaza del podio.
Ambos ciclistas, pese a despertar los recelos de quienes siempre buscan el plan B y alimentan teorías sobre lo que no vemos ni sabemos, han conseguido dignificar el monumento más difícil de ganar.
Han colocado esta historia de más de cien años por encima de cualquier sospecha, devolviendo al ciclismo su esencia más pura y crítica, donde ganar no es solo cruzar la meta, sino someter al rival mediante un espectáculo que hacía tiempo que no recordábamos.





