Ciclistas
Nunca deis nada por supuesto en la Milán-San Remo
El éxito de Stuyven explica la singularidad táctica de la Milán-San Remo
Había cierto consenso que esta Milán-San Remo iba a ser un duelo a tres con ciertas licencias para algún otro, en lo que no había quorum era en elegir quiénes de lo otros iba a ser el outsider que se llevara el gato al agua, aquel quien, como logró Jasper Stuyven, hiciera saltar la tapa de esa olla a presión que San Remo desde Cipressa a meta.
Cualquier listado amplio para Milán-San Remo habría incluido Stuyven, pero no nos engañemos, en un top 10 de nombres, el belga no habría figurado en él.
Eso no quita que este belga enamore con ese porte, esa forma de pedalear, esa figura que es una con la bici y cumple, uno por uno, los preceptos de la elegancia sobre la bicicleta.
Esta vez Stuyven unió esa prestancia a esa efectividad que mil veces le dejó en la orilla
La suya fue una carrera de esas que, con favoritos tan marcados, se gana desde atrás, desde la humildad de penar y remar cuando otros están haciendo su apuesta y surgiendo en el momento exacto: el final del descenso del Poggio.
La victoria de Stuyven en San Remo tuvo dos estaciones
La primera en el ataque, con la inercia del descenso en el Poggio, abriendo un hueco que rápido retrató las dudas que había en la caza.
Es una historia mil veces vista, ataca uno y por detrás todos miran al otro: esta vez además veían un pequeño australiano de poderoso tren inferior llamado Caleb Ewan que sencillamente los rompió con su sola presencia.
La segunda clave fue que le vino por detrás una rueda amiga que le arrastró generosamente hasta las puertas de la gloria.
El prodigio de acierto y estrategia de Kragh Andersen en el pasado Tour quedó al servicio del belga para darle el respiro final que le permitió acometer la última embestida.
Eso pasó por delante, por que en el grupo la inercia asesina que el grupo adquirió desde Cipressa, al compás de un Ineos que hizo muy bien en poner la olla a hervir para Tom Pidcock, igualó mucho las fuerzas por la parte baja.
Allí donde Alaphilippe sabe que se juega lo gordo de San Remo, el campeón del mundo hizo daño pero no suficiente, y Van Aert tampoco abrió el melón, al punto que Ewan a veces parecía más sobrado que su verdugo en la primera etapa de Tirreno.
Luego estuvo Van der Poel que fijó miradas, pero que corrió como ausente, esperando, no sé yo, si los astros se alienarían para compensar el aparente desdén que mostraba, siempre un escalón por detrás de quienes estaban marcados como sus enemigos.
En fin, que otra vez, Milán-San Remo da la talla de un monumento, 300 kilometrazos que rompen en Via Roma para acabar proclamando un ciclista como Jasper Stuyven, bendecido por la elegancia suprema sobre la bicicleta pero carente de ese triunfo que marque un antes y un después.
Ya lo tiene y nosotros que nos alegramos.



