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Mundo Bicicleta

En el Stelvio el cielo se toca con los dedos

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World Fondo WT – Epic

Después de hablaros de españoles y franceses, no podía faltar en esta lista de auténtico lujo todo un italiano: el Passo dello Stelvio a 2757 metros de gloria en las alturas. Un puerto de montaña esplendoroso, un remate espectacular para finalizar este repóquer de ases de Vuelta, Tour y Giro que deberíais lucir en vuestro historial (después de Lagos de Covadonga, Tourmalet, Alpe d’Huez y Mont Ventoux).

Y es que si aún no tenéis la muesca de sus pendientes en vuestras bicicletas o la huella de la dureza de sus rampas en vuestras piernas, ya tardáis, dejadlo todo y marchad en su búsqueda. No os arrepentiréis. En vuestras retinas quedarán impregnadas para siempre la belleza y la magnificencia de una collada sin igual, la miréis por donde la miréis, la disfrutéis por la vertiente que sea, si bien, hacerlo pedaleando desde la localidad de Prato será una experiencia que no olvidaréis jamás: delante de vosotros una obra de ingeniería de las más asombrosas de los Alpes con sus 25 kilómetros de carretera para sortear 48 curvas (tornanti) a una media del 7,4% y una máxima del 12%, salvando un desnivel de nada menos que 1850 metros.

Puede que represente mucho más de dos horas de sufrimiento, seguro tres para la mayoría de nosotros, pero las vistas compensarán el cansancio cuando afrontéis sus míticas curvas en zigzag y contempléis con emoción los hermosos glaciares después de haber abandonado las largas rectas que os habrán ido acompañando siguiendo el río.

Seguro que cuando vengáis por aquí recordaréis esta imagen del Stelvio por haber visto la foto que podría ser la madre de todas las fotos de los puertos de montaña: un ciclista al abordaje de sus plateas, una estampa inolvidable que capta toda una experiencia en un segundo.

Ascenderlo por su otra vertiente de referencia, la versión sur desde Bormio, a 1225 m de altura y a 20 kilómetros del paso, tampoco os defraudará, al contrario, os asaltarán dudas para poder opinar cual es la mejor y la más bella de las dos carreteras para disfrutarla en bicicleta.

En ambos casos, lo ideal será tomárselo con calma, marcar vuestro mejor ritmo y disfrutar mucho de las exageradas curvas cerradas en Z mientras iniciéis la subida al Stelvio, a través del Paso del Umbrail. Mirad el paisaje, entreteneos si podéis en escuchar los torrentes que bajan desde las cimas de alrededor procedentes del deshielo.

La vista de la carretera a medida que vayáis subiendo se hará cada vez más impresionante. Esperaos para llegar arriba para efectuar las fotos de rigor, porque la tentación de parar a cada momento será continua. Bien habrá valido la pena esperar porque la visión de las 48 curvas numeradas es toda una atracción.

Descenderlas por un asfalto en perfecto estado, si bien la calzada no es demasiado ancha, será pura diversión y, con respeto a la carretera y con precaución, el placer de pedalear estará garantizado.

El Paso del Stelvio alcanza y supera las expectativas del avezado cicloturista que se quiera acercar hasta aquí, una gran experiencia en la que sentiréis que antes de iros ya estarás deseando volver. Un puerto para disfrutar y recomendar a todo apasionado al ciclismo.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada Alto Adige

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Mundo Bicicleta

Ciclismo australiano: una historia de éxito

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World Fondo WT – Epic

Enero es el mes del ciclismo australiano

Hace no tanto, ponedle un cuarto de siglo, que son veinticinco años, todos estábamos en enero pendientes de concentraciones, reuniones de equipo… el ciclismo en Europa desperezaba, recuerdo incluso grandes estrellas compitiendo en duatlones, como el del Campoo, Perico, Marino y Peio, entre otros.

Desde hace un tiempo las cosas son diferentes. Deporte global, ciclismo global, y el ciclismo ya no habla lenguas de raíz latina, habla inglés y una parte de ese ciclismo, inglés oceánico, inglés de matiz australiano.

Es el fecundo ciclismo australiano que este año, tres después, recupera su Tour Down Under, en la picota a causa de la pandemia.

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Sea como fuere de casualidad en esta historia hay poca. Australia es el primer ombligo de la campaña ciclista por clima, por condiciones, sí, pero también por una tradición que, aunque joven, ha crecido a ritmo acelerado, como queriendo saltar en poco tiempo la desventaja que tenían frente al continente europeo.

El ciclismo australiano ya tiene sus eventos WT, Tour Down Under, donde muchos se dieron cuenta que no había azafatas en el podio, y la carrera de Cadel Evans, con mucho el mejor ciclista que ha dado ese país.

Australianos en ciclismo hay hace muchos años, obviamente nos acordamos mucho de Phil Anderson, uno de esos fijos en las imágenes que saben la leyenda de los ochenta, entre Hinault, el viejo Joop y Roche, entre muchos otros.

Anderson tiene a bien ser el primero reconocible en un camino que no fue sencillo. Si leéis el libro de David Millar, incluso el de Bjarne Riis, podréis saber las miserias que los que venían de la Europa no continental tuvieron que pasar. Incluso Greg Lemond, con toda la aureola que le rodeó, también se jugó su ser para triunfar en este deporte. Iba con una mano delante y otra detrás.

Pues bien, si pensáis que estos lo tuvieron difícil, imaginad los australianos que venían desde la otra punta del mundo a jugarse el pan y buscar acomodo en un ambiente que de todas, todas, les resultaba hostil y lejano.

Quizá por eso los pocos ciclistas australianos que venían fueran tan buenos, y triunfaran sí o sí, a veces rozando el límite, nos viene a la mente Robbie Mc Ewen o incluso Baden Cooke, auténticas pesadillas para sus rivales.

Ellos son la parte de un todo, que creció en nombres, pero también en convición y apuesta.

La lectura que siempre nos valió para el inglés también es válida para el ciclismo australiano, porque desde la gran isla se hizo una apuesta monumental por el ciclismo en pista que les reportó muchas medallas, no tantas como a los británicos, en los velódromos olímpicos.

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Y de esos mimbres surgió el Orica, cuya perfección quedaba patente cada vez que se disputaba una crono por equipos, recordad grandes bloques como BMC o Sky inclinándose ante los aussie, perfectos en los relevos, en el reparto de esfuerzos, en el qué colectivo.

Hoy Orica se llama Team Jayco, visten uno de los maillots más feos del World Tour, y tienen varios australianos en su seno, en especial el eterno Michael Matthews , si bien el líder sigue siendo Simon Yates, Dylan Groenewegen, el hombre rápido y, Zdenek Stybar, fuera del Quick Step, apunta la primavera.

Sólo tres están en la lista de los 100 mejores de siempre, el anotador Mc Ewen, el mentado Anderson y el ganador del Tour, Cadel Evans.

Richie Porte no está en ese estatus, pero su retirada se tiene que notar por narices, incluso con el último ganador del Giro, Jay Hindley en liza, pues no son muchos en la primera línea, desde Caleb Ewan a Ben O´Connor pasando por Dennis, Haussler, Clarke y el querido Jack Haig.

Imagen: A.S.O./Pauline Ballet

 

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Ciclismo antiguo

La leyenda de los «forzados de la ruta»

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World Fondo WT – Epic

Albert Londres fue el primer en hablar de los «forzados de la ruta»

«Los forzados de la ruta», o traducido simplemente en francés : «Les forçats de la route», es una frase que se hizo famosa en su época y que se puede llanamente mantener con el paso de los tiempos; ser actualidad. Para encontrar el origen de esta frase, hay que remontarse al Tour de Francia del año 1924, que fue el que precisamente se adjudicó y consagró de manera definitiva a aquel pionero italiano llamado Ottavio Bottecchia.

La frase se debió a la pluma del célebre periodista Albert Londres, que había despuntado con anterioridad como escritor de sendas novelas muy populares en su época, que tenían un cariz más bien perteneciente al género aventurero. Fue, además, colaborador asiduo del rotativo “Le Petit Parisien”, lo que le permitió introducirse por vía indirecta en la especialidad incluso deportiva, un filón por el cual en un principio no se sintió muy motivado.

Fue con el tiempo que sus escritos se inclinaron paulatinamente ante las incidencias que fue presenciando, día tras día, en la ronda francesa en la época veraniega. Su periódico decidió sumergirle en esos menesteres, cosa que en sus inicios se sintió un tanto desplazado. Su función, bien es verdad, fue el cumplir con una obligación dictada por los dirigentes que llevaban la responsabilidad de la gaceta en cuestión, que conocían bien de sobras sus ya doctas habilidades periodísticas.

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Era un hombre liso que atraía por sus escritos plenos de candente originalidad al transparentar en su crónica diaria las incidencias que iba experimentando en el periplo francés. Observaba y veía con agudeza el torbellino viviente del Tour con sus protagonistas inconfundibles: los sufridos ciclistas, cosa que plasmaba con doble y atractiva intención.

Lo esencial fue que con el paso del tiempo Londres se afianzó en sus narraciones con una fuerza interior sin igual en el transcurso de las varias ediciones del Tour en las cuales cual concurrió con no poco y sí crecido entusiasmo. Demostró a los lectores su particular valía y el significado profundo con que con su mágica pluma describía los movimientos en ruta espoleados por los hombres del pedal.

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La chispa del repórter Londres sonó con más difusión, si cabía, a los cuatro vientos a raíz de la retirada de los hermanos Henri y Francis Pélissier, dos muy populares ciclistas franceses, en compañía de Maurice Ville, que ocupaba entonces el segundo puesto en la clasificación general. El abandono, un abandono muy sonado, se produjo en la población de Coutances, en el transcurso de la tercera etapa Cherburgo-Brest del Tour del año 1924, al discrepar furiosamente contra un comisario por una penalización que se le había impuesto en la vigilia de la etapa al casi intocable y famoso campeón en su tiempo, Henri Pélissier, el hermano mayor de la saga de los Pélissier, toda una institución.

Se le consideraba que había vulnerado el reglamento de la ronda francesa al prescindir en plena carrera de una segunda camiseta que llevaba puesta para protegerse de los fríos. Asediado por el calor impuesto por el astro rey, el sol, Henri se sacó la citada elástica y la echó por los suelos al borde de la calzada. Un comisario que vio la acción no le perdonó este desliz que contravenía el reglamento vigente de la carrera. Fue una medida drástica que Henri no aceptó.

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Aunque desavenencias, dicho sea de paso, siempre las tuvo con los organizadores de cualquier competición ciclista. Tenía aptitudes para la práctica de las dos ruedas, pero su mal carácter y su germánica personalidad muchas veces le desbordaron. Su persona, aquel genio y figura, producto de su continuada disconformidad ya le venía de lejos. Los mismos aficionados, los que le admiraban, bien lo sabían.

En un café provinciano de la localidad que hemos mencionado más arriba, coincidieron en la misma estancia los tres ciclistas retirados con precisamente el aludido escritor Albert Londres, una presencia que imponía cierto respeto. Henri, con su temperamento habitual, arremetió contra los dirigentes del Tour y de manera particular contra Henri Desgrange, otro protagonista con carácter, que posee el mérito de haber fundado e impulsado la gran ronda gala, allí poco antes del año 1903, un hito realmente inolvidable para la historia. No tuvo inconveniente en acusar abiertamente a los directivos que llevaban en aquel entonces las riendas del ciclismo.

Para él era una terrible injusticia la manera que los pobres ciclistas eran constantemente maltratados por los mismos dirigentes de la organización. A todos aquellos esforzados ciclistas que debían soportar mil sacrificios y mil ingratitudes pedaleando por aquellas tortuosas y hasta delirantes carreteras, que les atormentaban día tras día. Acusó a los responsables jefes representativos de no haber tenido más consideración a favor de los atletas del pedal, siempre despreciados, marginados, y no valorados en justa medida y en consonancia con los esfuerzos que venían realizando cotidianamente. Por lo demás, tampoco eran compensados en buena lid, económicamente hablando. Eso se sabía al dedillo en los ambientes y coros del pedal ¡valgan las palabras!

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Albert Londres, observador atento del entorno ciclista y de sus trifulcas, siguió muy de cerca la conversación planteada por los hermanos Pélissier. Digamos que hubo un tercer hermano que completaba la dinastía, un tal Charles, que también destacó con soltura en este deporte, y quizá más adecuadamente en las carreras clásicas de un solo día. No le faltó tiempo a Londres para publicar un extenso artículo puntualizando y defendiendo con ahínco a los pobres y hasta esclavizados ciclistas.

El juicioso escrito, bien es verdad, causó gran revuelo y a la vez tuvo mucho éxito entre los lectores apegados a los medios informativos. El autor puso sobre el tapete aquella frase escueta y contundente en referencia a los corredores ciclistas a los que denominó más comúnmente como “Les forçats de la route”. La palabra “forçats”, indicaba en su lengua de origen, simplemente las labores de los presidiarios condenados a trabajos obligados o forzados. Aquella frase tan alegórica dio la vuelta al mundo. Fueron unas palabras muy contundentes que tocaron la dura realidad con la que se encontraban los ciclistas, que defendían su pan y su prestigio en unas polvorientas y casi intransitables carreteras, en un escenario más bien dantesco y hasta desconocido por los medios de divulgación. Era, en fin, una cruda y triste realidad. Fue, sin embargo, todo un vivo elogio, repetimos, dedicado a aquellos héroes del pedal encerrados casi en un mundo desconocido por las gentes.

Hay que descubrirse vislumbrando las pequeñas y grandes historias que sucedían sin cesar bajo los escenarios de aquel pasado tumultuoso. Como exponente secundario, si queremos nombrar a uno de los novelistas, especializado como profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, llamado Marc Augé, oriundo de la Bretaña francesa, al que tuvimos la feliz oportunidad de conocerle y tratarle personalmente, que inmortalizó a toda costa este duro deporte de las dos ruedas a través de un libro que tituló: “Elogio de la bicicleta”, una publicación de pequeñas dimensiones que siempre consideramos de alto contenido divulgativo y de expansión tal como se desprende de redacción tan acertada y a la vez tan bellamente descrita.

Él, nos referimos al autor Marc Augé, escribía, por ejemplo, que nadie puede hacer elogio de la bicicleta y sus practicantes sin hablar de su propia experiencia. La “bici”, escribía, forma parte de la historia de cada uno de nosotros. Su aprendizaje, su mundo, nos remite a momentos muy emotivos y muy particulares, estelares, cercanos a nuestra infancia y a nuestra misma adolescencia.

Por Gerardo Fuster

Sobre las fotos

El primer documento fotográfico que se acompaña pertenece al periódico “L´Equipe”, agenciada por “Presse Sports”. De izquierda a derecha, figuran el conocido periodista Albert Londres, cubierto con su sombrero, y los ciclistas Henri y Francis Pélissier, y Maurice Ville, en el día de su sonada retirada en el Tour de 1924 .

El segundo documento: Figuraba expuesto en el Musée du Sport. El protagonista es el belga Lucien Buysse, cruzando a pie el alto del Tourmalet, en la edición del Tour de 1926, una imagen delatadora del ciclista vencido por el sufrimiento.

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Ciclismo antiguo

El peso de los años en el ciclismo (y II)

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Seguimos para ver cómo sientan los años en la vejez del ciclismo

Quisiéramos introducir en relación a este tema unas manifestaciones que un día hizo el ciclista de otros tiempos, el italiano Claudio Chiappucci, que destacó por su temperamento altamente belicoso, deparándonos muchas emociones sobre el asfalto de las carreteras. Nos viene a la luz una opinión que vertió a propósito de aquel ciclismo que él vivió de manera palpable en su época de corredor.

Tras su retirada activa, decía: “La forma en que yo corría es impensable en el ciclismo actual, donde todo lo domina la tecnología, los pinganillos. Yo atacaba hasta sin fuerzas. Ahora, en cambio, los líderes no arriesgan, compiten pensando en conservar su plaza. Este no es el ciclismo que gusta, todo demasiado programado. El de entonces era mucho más carismático”, concluía así su sentencia el bravo e inquieto ciclista transalpino.

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Protagonistas anónimos

Los ciclistas, los verdaderos actores de la serpiente rodante, tienen una asistencia técnica concienzuda, detallada y fraguada entre bastidores. Son unos hombres que trabajan en el anonimato, cuyo objetivo radica en tratar de sacar el máximo rendimiento a favor de sus pupilos, los que pedalean y se enfrentan a diario en la carretera. Nos referimos concretamente a los mecánicos, masajistas, directores técnicos, encargados de  relaciones públicas,  patrocinadores y así una relación inacabada de gente que tutela una función determinada. Son sencillamente personas que hacen su trabajo tras el telón, allí en la penumbra en donde no existen palabras envueltas por el incienso.

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La evolución de los tiempos

¡Cómo ha evolucionado el ciclismo con respecto a los años de nuestra primera época! Entonces no se disponía apenas dinero para su sostenimiento. Uno tenía la sensación de que los atletas del pedal se valían  de una cerrada austeridad bajo un marco más bien sencillo, especialmente, repetimos, en nuestro territorio español. Ahora, lo que se contempla es un ambiente abigarrado y sumamente espectacular con unos ciclistas que van de un lado a otro sustentados y mimados por las gentes adeptas a las dos ruedas.

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Visten unas vistosas camisetas decoradas por una amalgama variada de vivos colores, con las  letras de diversas casas anunciantes, que son las que realmente pagan así su publicidad. Bicicletas limpias e impecables que representan el último grito lanzado por los expertos en mecánica. Uno podría estar horas y horas ensimismado observando a las personas que se mueven arriba y abajo entre bicicletas, ruedas, bidones, músicas, autocares de gran volumen, automóviles y demás componentes que contribuyen a cumplimentar a la rutilante y a la vez sugestiva caravana ciclista.

Si queréis leer el primer post de esta doble entrada

Por  Gerardo  Fuster

 

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Mundo Bicicleta

La ciclista

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World Fondo WT – Epic

Una historia sobre esa ciclista que siempre veías pasar

Invierno. Son las 8 de la mañana. Ahí afuera hace un frío que pela. Creo que deberemos rondar los 0ºC. Hasta la casa está fría. Enciendo la chimenea. Calor de hogar. Mientras tomo el café me asomo a la ventana a ver si la veo. Mi casa está justo al final de la colina principal que corona el pueblo, una rampa dura de unos 500 m al 10%, pero es que para llegar hasta aquí hay una respetable subida de 5 km al 6%.

El cielo de un gris plomizo, apenas deja pasar el sol. Observo los árboles desnudos y escucho el sonido del viento, aire frío y molesto del norte, el habitual por estas fechas. La carretera está muy húmeda y me viene un olor intenso a chimeneas encendidas.

La verdad es que tengo ganas de verla ya que hace bastante que no pasa por aquí, desde mucho antes de Navidad. Se habrá tomado su merecido mes de descanso, pero como es habitual en ella, hoy es el primer sábado después de las fiestas y seguro que hoy la veo. Siempre inicia su temporada en esta fecha realizando este recorrido ascendiendo este pequeño alto donde yo vivo.

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Se retrasa bastante. Es normal. Seguro que se lo ha tomado con calma. Después del parón invernal, las fiestas y el frío que hace no es para menos. El reloj está a punto de tocar las 9 de la mañana. Parece que se acerca alguien a lo lejos en bici. Tiene que ser ella. En efecto, es mi «amiga» ciclista. No la conozco de nada, pero la he visto pasar muchas veces.

Viene muy tranquila, moviendo un desarrollo muy cómodo. Si no fuera porque sé que es ella, casi no la reconocería. Muy abrigada, con un buff que le tapa casi toda la cara y sólo se distinguen sus bonitos ojos detrás de sus gafas claras, su pelo recogido bajo su casco de color metalizado, chaqueta térmica de color amarillo y un culotte largo de invierno ajustado que delatan que estos días ha echado algunos kilillos, no muchos, tres o cuatro. Unos guantes de riguroso invierno y unos botines a juego completan su equipación en estos primeros kilómetros del año.

La verdad es que debe ser una sensación muy especial salir de casa el primer día del año con la bici y pegar esa primera pedalada, ya sea con la derecha o con la izquierda, que hay para todos los gustos, y completar ese primer kilómetro pedaleando al que le seguirán miles y miles más durante toda la temporada.

Hoy mi «amiga», del cual desconozco su nombre, va muy tranquila sobre su blanca y reluciente bici. Seguro que unos días antes de salir le ha dado un buen repaso, engrasándola y limpiándola.

Llega a mi altura y corona el repecho. Como siempre también gira su cabeza arriba y hacia la derecha como buscándome. Aquí estoy. Me saluda con un ligero y tímido movimiento de cabeza. Le contesto con una sonrisa. Nada más iniciar el suave descenso que viene a continuación ya veo que echa mano del plato grande y se deja caer pedaleando con tranquilidad. Ya no la volveré a ver hasta la semana que viene.

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Primavera. La luz del sol me despierta. Las ocho en el reloj. Me hago el café y me asomo rápido a la ventana. La abro y respiro. Hace un fresco agradable. Los árboles empiezan a vestirse de  verde y escucho el agradable sonido del canto de las golondrinas revoloteando alrededor de mi casa. Es una bonita mañana de abril con el cielo completamente despejado. Sopla una ligera brisa y en el campo que tengo delante de casa ya florecen las amapolas. Hemos dejado por fin el invierno atrás.

Hoy seguro que viene con ganas. Ya está aquí. Y viene bastante deprisa. Apena pasa un cuarto de hora de las 8. Lleva dos o tres piñones menos desde la última vez que la vi. La encuentro más atlética y sin duda ya ha dejado por el camino los kilos que le sobraban. Ya lleva culotte corto, mostrando sus bonitas piernas que empiezan a estar ya bastante morenas. Aún va con maillot largo. En las bajadas aún hace fresquito. Ha cambiado sus gafas transparentes por otras oscuras. El sol empieza a pegar. Veo su cara, también ya morenita y se ha soltado un poco su corta melena. Es muy guapa, la verdad, y la veo muy en forma. Va por faena y muy concentrada. Apenas hoy se fija en mí.

Aún y así hace un gesto como de saludo.

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No sé ni siquiera si me ha visto o ha intuido que estaba ahí asomado como siempre. Creo que hoy ha debido subir muy rápido, ha coronado, ha puesto plato y se ha lanzado como una posesa hacia abajo. Estos días la veré más a menudo. Hoy es martes, el jueves seguro que vuelve y el sábado también. Está entrenando duro.

Verano. Hoy me he despertado antes de las 8. Son las 7:30. Ya no podía dormir más y no paraba de dar vueltas en la cama. Hace ya mucho calor y eso que duermo con la ventana abierta. El sol está ya bastante alto y el termómetro marca ya 22 grados,  lo que promete una jornada de intenso calor. Oigo el canto de las chicharras, tostándose al sol, y a lo lejos campos amarillos de trigo a punto de ser segados. Suerte que aquí arriba tengo estos frondosos árboles que protegen y dan un poco de sombra a mi casa.

Miro el calendario. Ya estamos a finales de junio. Me asomo a la ventana y giro mi cabeza directamente a la derecha. Ya ha pasado, la veo a lo lejos que ya ha iniciado hace un rato el descenso. Estos días, a no ser que madrugue, sólo la veré por detrás, muy morena, completamente de corto, con su maillot azul y su culotte blanco alejándose como una moto. Hoy seguro que habrá hecho su mejor tiempo subiendo hasta aquí. Ya está preparada.

Hasta el otoño, guapa.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: A.S.O./Thomas Maheux

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