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Ciclismo antiguo

Las fotos del amigo Miquel Poblet

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Descubro, aturdido por la noticia, que tengo un sobre, con letra del propio Miquel Poblet, que contiene  más de diez incunables fotográficos del campeón y su época de gloria. Retratos de esos tiempos que hizo grande el maillot de la Ignis, esa empresa que le idolatró casi tanto como Italia entera. El contenido del sobre estaba destinado a ilustrar un artículo que salió en una edición de Ciclismo en Ruta con impresiones del astro sobre el Giro de Italia. Veo siete años después de ese “préstamo” que no le he retornado ese sobre con acuse de devolución. Lo siento Miquel, he sido un impresentable.

A Miquel Poblet le podías preguntar por el tiempo y acabar una tarde entera conversando de esos años que ahora idolatramos. Los mágicos cincuenta. Tiempos de miseria y tristeza generacional, pero pasionales, terriblemente intensos. Miquel Poblet, su sola presencia en el cartel, valía llenar un velódromo. Lo hizo en Barcelona, en los muchos escenarios que el ciclismo tenía entonces por la ciudad, pero también en Madrid, en Donosti, en Buenos Aires. En aquellas veladas de nebulosa interior, por la cantidad de puros que se fumaban en su desarrollo Poblet era la vedette que todos querían tener.

Leo continuamente la palabra pionero en los artículos que referencian la muerte del “noi de Montcada”. Decir que fue pionero es quedarse corto. Fue un rara avis más bien. Convivió en la España de Bahamontes y Loroño como poco antes el primer león de Flandes Fiorenzo Magni sorteó fortuna en la Italia de Bartali y Coppi.

Poblet fue todo en Italia, donde una vez incluso habiendo dejado la bicicleta, siguió ganándose la vida. Su amistad con el patrón de la Ignis fue legendaria. Le dio dos Milán-San Remo, dos Voltas, etapas en el Tour, en el Giro, en la Vuelta, en multitud de carreras, amasó las mejores clásicas catalanas, pisó el podio de Roubaix. En 1955 fue el primer y último ganador de etapa del Tour de Francia, ese año vistió el primer amarillo de un español en Francia. Creo que hubo un año que coronó primero el Tourmalet. Le llamaban sprinter.

Fue presidente de la Federació Catalana de Ciclisme y luego ejerció nuevamente de precursor de la Escola Catalana de Ciclisme junto Alfred Esmatges, Jordi Clarós i Xavier Rafols, dando origen a una cantera que ha dado tantos y tantos magníficos corredores de pista y routiers. Un lugar de donde surgieron, entre otros, Juan Antonio Flecha, de quien tan pendientes estamos estos días de primavera.

 

Por todo eso y por la amistad y cariño que nos brindaste al abrigo de tu tienda o de cualquier cuneta o pelousse, amigo Miquel, descansa en paz. No te olvidaremos.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. eduardo

    8 de abril, 2013 En 15:12

    hola
    en facebook tengo una pagina con fotos de las victorias españolas en giro y tour: http://www.facebook.com/#!/groups/440695812634128
    de Poblet solo tengo un par, ¿podrias pasarmelas?
    adios

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La trágica muerte de Francisco Cepeda

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Francisco Cepeda fue el primer ciclista que perdió la vida en la Grande Boucle

Fue un 12 de julio, han pasado más de 85 años cuando Francisco Cepeda falleció compitiendo en el Tour de Francia, siendo el primer ciclista que perdió la vida en la carrera más importante. Queremos recuperar este extracto de “El primer campeón“, pues Cepeda fue compañero de Mariano Cañardo.

Aquella muerte se produjo en un sitio que muchas veces hemos visto, el descenso del Galibier, por Lauratet, hacia Le Bourg d´ Oisans.

Así fueron aquellos días y la convivencia entre ambos:

Entre Amélie-les-Bains y Barcelona pasaron los meses que dieron la bienvenida a 1931. Mariano arrancó algo más pronto la campaña, un inicio aguado por su amigo y gran velocista José Cebrián Ferrer, quien le ganó el Gran Premio de Calatayud. Aquello fue en marzo. Poco después le reclamaron de Francia para disputar la Mont Faron, donde un choque, literalmente hablando, con Montero durante la salida lo dejó parcialmente fuera de combate, haciéndolo hacer a una posición discreta. A aquella cita, al margen de Montero, viajó con Mariano Francisco Cepeda, a la postre el mejor de los tres.

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Cepeda fue un ciclista vizcaíno, buen profesional, con palmarés eminentemente doméstico. Sin embargo su recuerdo se asocia con el descenso del col del Galibier, y más exactamente en la carretera que desciende del Lautaret a Bourg d’Oisans, trecho donde se dejó la vida en el Tour de Francia de 1935. Cepeda fue el primer ciclista que perdió la vida en la Grande Boucle. Con Vietto y compañía bajando temerariamente, Cepeda se dispuso a darles caza, hasta que un coche le atropelló provocándole una caída que le hizo imposible continuar.

Los sanitarios le atendieron sobre el mismo arcén pero no hubo manera, el corredor no presentaba signo alguno de recuperación y se lo llevaron con urgencia al hospital de Grenoble. Allí las horas iban pasando sin síntomas de mejoría. A última hora de la noche, con el corredor aún sin conocimiento, se decidió practicarle una trepanación, pero su suerte estaba echada.

Cepeda falleció aquel 12 de julio. Sus compañeros, los pocos españoles que quedaban en carrera, quisieron estar con él en un momento donde la victoria que se disputaban Romain y Sylvère Maes, Ambrogio Morelli y Félicien Vervaecke, quedaba convertida en una nimiedad. 

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La muerte de Cepeda fue un antecedente doloroso y gravísimo en la historia del ciclismo. El pelotón ya no soltaba un genérico “sois unos asesinos”, como el de Lapize veinte años antes, cuando les hicieron atravesar los Pirineos a merced de los lobos; ahora se hablaba de materiales deficientes, de seguridad precaria y de condiciones míseras. Los artistas del circo eran, paradójicamente, los peores tratados. Eran la purria del negocio, cuando efectivamente eran la clave de bóveda de todo.

Cepeda tuvo una amplia relación con Mariano, de hecho compitieron en pista haciendo pareja en alguna ocasión y ambos estaban juntos en aquel Tour de negro recuerdo. La edición de 1935 del Tour fue la vigesimonovena de la carrera más prestigiosa. España se presentó con un combinado interesante que estaba formado por Trueba, Ezquerra, Cardona, el mentado Cepeda y Mariano, entre otros. Un buen plantel a priori, pero un desastre desde el primer minuto de competición.

Mariano lo dejó en la quinta etapa, sumido en un mar de anonimato en el que nunca llegó a estar por encima de la quincuagésima plaza. Se dijo mucho y se escribió más. “Son tantas las cosas que he leído que ya ni me enfado”, dijo en un primer momento. Luego argumentó: “No es cierto que Trueba nos indujera a abandonar. Trueba no carbura y decidió dejar la carrera. Ezquerra perdió en la etapa del Ballon d’Alsace toda confianza en lograr una buena clasificación y eso le desmoralizó. Yo no podía con mi alma y de un momento a otro esperaba que me pusieran la linterna. Ya veía la llave cerrando el control. Cuando uno no marcha no es necesario que vayamos malgastándonos inútilmente por la ruta”. Mariano supo del terrible desenlace para su compañero Cepeda, el peor de los posibles, cuando aún se albergaban esperanzas de recuperación.

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Ciclismo antiguo

Jean-Christophe Péraud, el ciclista que marcó el camino

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Jean-Christophe Péraud es un ciclista para muchos de perfil bajo que no merece tal trato 

El otro día comentábamos las bondades que hicieron de Sylvain Chavanel uno de nuestros corredores favoritos, y ahora traemos a otro francés que sembró para que el ciclismo del hexágono vuelva a ser envidiado en medio mundo

Supe de Jean-Christophe Péraud por varios sitios y también en primera persona.

Sencillo, honesto, sonriente, educado,… le ha tocado ser segundo de abordo muchas veces, siempre con normalidad, siempre con modestia.

Con su retirada hace unos años el ciclismo francés despidió a un ciclista que le devolvió a las cotas en las que en la actualidad corre, lejos de esos años en los que el mejor “enfant de la patrie” corría más allá del top ten de la carrera de sus ojos del Tour de Francia.

Jean-Christophe Péraud es un ciclista para muchos de perfil bajo que no merece tal trato.

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Llegó al ciclismo en ruta desde las ruedas gordas, siendo subcampeón olímpico, sólo superado por la leyenda de Julien Absalon.

Pronto empezó a demostrar las cualidades que adornan los bikers que logran con éxito la transición al asfalto: resistente, buena cadencia y sorprendentemente notable contrarrelojista.

Similar que Cadel Evans, el ganador de Tour con menos carisma de los últimos treinta años, pero con virtudes ciclistas muy afiladas.

Yo cuando hablo de Péraud me acuerdo de un día, de esa etapa del Tour de 2015, cuando corría por la imposible defensa de la segunda posición en la mejor carrera.

Recordaréis aquella jornada en la que Van Avermaet acrecentó la desazón de Sagan ganándole sobre la línea un agónico sprint.

Aquel día, en los grupos traseros entró Péraud, con un costado abrasado por el asfalto y lacerado por el sudor y el calor.

Cuando Péraud se cayó, surgieron rumores sobre su abandono.

Nada más lejos de la realidad, si alguien plasma la heroicidad de estos hombres hasta el último hervor ese es Péraud, que llegó a meta, primero, y a París, después, hecho un Cristo, la escena de un ciclista que venía de ser segundo en el Tour y arrastró su maltrecho cuerpo durante diez días por el hexágono.

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Cuando anunció que dejaba la bicicleta, todos hablábamos de la retirada de Fabian Cancellara, sobre Purito, sobre Wiggins, pero dejando de lado a un corredor que en mi modesta opinión es un símbolo, fue uno de los ciclistas más resultones y menos valorados de su tiempo.

Y sí, sé que muchos dirán que su segunda plaza en el Tour fue debida a los abandonos de ilustres, pero ser segundo en esta carrera no puede ser nunca fruto de la casualidad.

Es un Tour, la carrera con mayúsculas, el lugar donde se separa el grano de la paja, y Péraud resultó ser lo primero, y lo hizo, ahí están las imágenes, estrujando su ser hasta que no le quedó nada por dar.

Ahora que se habla de Démare, Bardet y Alaphilippe, recordad que Péraud contribuyó para que Francia volviera a donde está ahora mismo.

Imagen: Challenges

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David López es «uno de los nuestros»

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Así es la sencilla convivencia de un pro como David López con aficionados

¡Un millón de espectadores en las cunetas del Alpe! Eso nos comentaba David López, mientras cenábamos la primera noche en el restaurante del Hotel Loizu de Burguete, un encantador pueblo del Pirineo navarro. Allí sentado, compartiendo mesa y mantel, junto a una treintena de cicloturistas de todas las categorías, David era uno más, muy cercano, simpático y muy respetuoso con las preguntas que le íbamos formulando uno detrás de otro, casi sin descanso. Era lógico, todos lo mirábamos con admiración.

Hacía tan sólo unos pocos días que lo habíamos visto trabajar muy duro en el Tour de Francia para un compañero de equipo, un tal Froome que acabó ganando la carrera. En nuestras retinas aún estaban grabadas las imágenes de David tirando de todo el equipo Sky, con su líder a rueda y, de pasada, no dando margen a ningún ataque por parte de rival alguno. Una ascensión para el recuerdo, coronando primero la muralla d’Oisans, ante millones de ojos. Una historia que podrá contar con orgullo a sus hijos y nietos y que quedará siempre en el recuerdo.

La verdad es que ascender entre tanta gente te da alas, te anima y, sobre todo, te pone la piel de gallina”, nos dice. A la pregunta de… ¿y los que os molestan siguiéndoos tan de cerca, que hacen peligrar vuestra integridad física? David nos dice que son cuatro tontos pero que forma parte del espectáculo, algo que en ningún otro deporte sucede. Si algún aficionado intenta acercarse a Messi o a Cristiano el placaje lo tiene asegurado. Le comentamos si sería partidario, en este tipo de subidas, de hacer pagar algún tipo de tasa simbólica, ni que fuera tan solo uno euro que podría servir para muchas cosas: desde la posible salvación de carreras, equipos enteros o como ecotasa medioambiental. David asiente con la cabeza. Está completamente de acuerdo. Ahí queda la idea. ¿Por qué no?

Pero a David no se le sube el éxito a la cabeza y con mucha educación va contestando las inquietudes de los que estábamos allí presentes. De nuevo junto a nosotros, en su tercera participación en el stage de Burguete, no parecía que estuviéramos ante todo un ganador de Tour. Porque sí, ganó Chris, pero él, junto al resto del equipo, tuvo mucho que ver en el éxito del keniata.

De verlo pasear en bici de la mano de Froome por los Campos Elíseos de París, celebrando el triunfo con una gran sonrisa en su rostro, a estar a su lado, con la misma felicidad que se dibujaba en su cara. Daban ganas de tocarle con un dedo y preguntarse… ¿Es de carne y hueso? Recuerdo acercarme a él y con un apretón de manos de colegas, felicitarle por su extraordinario Tour. Me dio las gracias con mucha sencillez. Alucinante. Estábamos junto a David López y a no ser por su impresionante planta de ciclista pro, muy fino, muy delgado y moreno, recién aterrizado de la Grand Boucle, nadie diría que estábamos delante de un profesional como la copa de un pino, un currante del pedal que comenzaba por fin a destaparse y a coleccionar reconocimientos y éxitos. Ya era hora. El bueno de David se lo merecía.

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Para el corredor del Sky volver a Burguete significaba encontrarse de nuevo con una familia: un grupo de amigos que disfrutan como él de la bici pero de manera completamente diferente, aunque en nuestro mundo cicloturista ya sabemos que hay multitud de categorías, desde el simple globero al globero Élite, dicho esto con todo el cariño del mundo, por supuesto.

Para David es su profesión, pero como dice el dicho, fue antes cocinero que fraile, y nuestro querido amigo de Baracaldo se inició en el mundo de las dos ruedas como un cicloturista más, participando en las diferentes marchas que se organizaban en la provincia de Vizcaya y sus alrededores, “marchas de las de antes, sin chips ni clasificaciones, donde lo importante era disfrutar en grupo con tu club y donde si uno pinchaba, allí lo esperaban todos”, nos comenta con un cierto regusto nostálgico.

Y es que efectivamente cómo han cambiado las marchas, algo que no entiende David, porque él comprende que el que se dedica a esto no tiene más remedio que pensar en entrenar, en números, kilómetros, potencia y carreras, y cree que lo lógico, los que somos cicloturistas deberíamos recordar que montamos por diversión, para disfrutar, desconectar, dando paseos, más largos o cortos, más duros o suaves, pero siempre bajo un marcado signo de turista ciclista. Lo importante es salir en bici. David no es partidario, como muchos otros, de cicloturistas que esprintan en una marcha, que se colocan un chip para intentar bajar 5 ó 10 minutos su tiempo. “¿Y qué más da? ¿Eso es cicloturismo? Para eso ya están las carreras Máster”, reflexiona David.

No falto de razón, porque él se preocupa por nuestro pequeño gran mundo, opina que todos los que nos dedicamos a ir en bici deberíamos pasar primero controles médicos periódicos, y no comprende, aunque lo pueda entender y compartir, que alguien que trabaja ocho horas diarias saque tiempo para entrenar una marcha con muy duros puertos. “Conozco algunos que como no tienen tiempo, entrenan de noche y dejan incluso a la familia y que, después de participar en una prueba de este tipo, están hechos caldo toda la semana”, nos dice con perplejidad. Todos le damos la razón. No puede ser muy positivo que digamos.

David defiende los derechos de los ciclistas, y de paso el de los cicloturistas, lógicamente, y si tiene que discutir con un coche de autoescuela sobre alguna norma de tráfico que no ha cumplido, pues lo hace, para que al final le den la razón y acaben hasta pidiéndole perdón: “igual así hemos encontrado la raíz del problema, desde las propias autoescuelas”, opina con una cierta esperanza.

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Cuando David viene a Burguete, y a pesar de la dureza de algunos de sus puertos, lo hace para pasar unos días de vacaciones, montando en bici con amigos que tengan algo más de vida social y que no se pasen el día hablando de entrenos, carreras, fotos de bicis y que no se sepa nada más de sus vidas. Esto es lo que busca nuestro querido amigo pro en nuestros stages: buen ambiente, diversión, unas risas y disfrutar de la compañía de gente que compartimos una misma pasión, salir por carreteras por donde él nunca había andado, olvidándose del reloj, “llegando a unas horas que uno no sabe si comer o merendar”, nos dice con unas risas. A pesar de todo esto, David no suele relajarse del todo y así, si tiene que pegarse unas series en Larrau pues se las hace, luego ya habrá tiempo en Erroymendi de relajarse esperando junto a otros “fieras”, que han intentado seguir su rueda, al resto de la expedición. Si es que además tiene que tener una paciencia…

Si tiene que afrontar a bloque, con su 39×28, el excepcional primer kilómetro de Beillurti, pues lo hace sin queja alguna. “Mirad -nos dice-, existen deportes que cuando llueve no te mojas, que no tienen coches que les estorben, que no pinchas ni te caes, pero si has elegido la bici… menos quejas y pedalea”. Con esto nos responde a varias preguntas, como por ejemplo si piensa que muchos de estos recorridos que realizamos los cicloturistas jamás los harían los pros. La respuesta de David es contundente: “¿Y por qué no?”

Él es de la opinión que un ciclista entrenado y bien remunerado no debería quejarse por subir puerto alguno y que le encantaría que toda esta zona que lleva visitando durante tres años fuera entrando en los planes de organizadores de carreras. Puertos como Arnostegui, Irei, Lindux, Munhoa… por supuesto. En una comarca de extrema belleza y dureza, eso sí, se tendría que buscar a alguien que pusiera dinero encima de la mesa para poder ver a los pros disputando carreras por estas increíbles carreteras.

Cuando alguno le pregunta si le molesta que los globeros se peguen a su rueda, él nos comenta que en absoluto, que al contrario, y siempre dependiendo de la rutina que lleve ese día, si le toca series o descanso activo, le encanta ponerse al lado de ellos y charlar un rato. Eso sí, si pasa alguno porque aquel día va por faena, y ni le saluda y se le engancha a su rueda de manera un poco pestosa, eso, no lo soporta.

“Pero más por el hecho de que cuando te cruzas con otro ciclista… ¡Saluda! Los profesionales también lo hacemos”. Es una frase manida que no por eso hemos de olvidar y David nos la recuerda. Le comentamos si lo suelen reconocer mucho por la carreteras:”a veces sí, sobre todo si son conocidos de la zona, pero la mayoría de veces no”, y nos explica una jugosa anécdota cuando un día paró en la fuente de Lunada y escuchó a dos cicloturistas que estaban cerca de él como uno le decía al otro: “mira, mira, ese parece un pro” y el otro le respondió: sí claro, uno del Sky va a venir a entrenar por aquí”. El bueno de David nos dice que casi se cae a la fuente de la risa que le dio. Todos soltamos una gran carcajada.

Se hace tan ameno hablar con él que el tiempo pasa muy deprisa. Eso sí, nos explica que lo peor que lleva en estos stages son los madrugones, nos comenta con unas risas. Acostumbrado a competir a partir de las 11 o las 12, o incluso más tarde, le da algo de “pereza” el tener que levantarse temprano. En eso sí que ganamos los globeros a los pro, ja ja ja.

Pero el olor a café recién hecho o abrir la ventana y respirar, y contemplar las montañas que le esperan, ya le llena completamente de satisfacción. Qué diferente es estar concentrado en competir, cuando ni siquiera tienes tiempo ni de contemplar el hermoso ¿paisaje? “Ni lo vemos”. Y la tranquilidad de no tener que aguantar las maniáticas rarezas, dicho con todo el cariño, porque lo respeta y admira, de compañeros de habitación como Wiggo.

De todas formas, a David y a los que osen seguir su ritmo, les dejamos que salgan una hora más tarde, para que luego nos den alcance en la cima de algún puerto duro; aún y así tendrá que esperar alguno de nosotros. ¡Vaya crack, David!
Un profesional que se cuida mucho, por supuesto, pero que come de todo, cuando le decimos si aquí en Burguete hace algunas excepciones con la comida: “Pues no, porque esto es muy duro y hay que ir bien alimentado”, y es además un declarado fan de los maxibon, ja ja ja. David no para de dar las gracias a todos.

No se cansa. Es un fenómeno como persona y como ciclista y todos deseamos tenerlo de nuevo, año tras año, aquí en Burguete, aunque su deseo ahora es, siempre con nosotros, visitar otras zonas como Asturias o Benidorm, algo que le apetece mucho. Incluso ya piensa que cuando se retire será un cicloturista más, eso sí, sin llevar la vida espartana de profesional ni la de muchos cicloturistas que se lo toman como una cuestión personal: “salir y disfrutar de la bici, sólo eso”.

Días más tarde, todos nos llevamos una gran alegría con su victoria en la dura Côte de La Redoute, en el Eneco Tour, algo que hizo que inundáramos su twitter con felicitaciones de todo tipo, pero sobre todo comentándole lo bien que le habían sentado los aires de Burguete y sus series escalando Aitza. Muchas gracias David por ser como eres. No cambies nunca. Te deseamos desde aquí los mayores éxitos y que nos lo cuentes a nosotros, tus amigos los cicloturistas, porque eres uno de los nuestros.

Imagen: Barakaldo Digital

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Ciclismo antiguo

Diez cimas olvidadas por el Tour de Francia

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Miguel Indurain La Plagne JoanSeguidor
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Ahí va un top ten de cimas que el Tour de Francia ha omitido más de lo que nos gustaría

Siempre hemos sido así, pero en tiempos presentes más si cabe, cuando el Tour de Francia presenta su recorrido, el aficionado medio se dedica a destriparlo hablando, por ejemplo, de las grandes cimas que faltan.

Y así un año y otro, echamos cuentas de si no está el Galibier o el Tourmalet, cosa que en el ciclismo moderno ya no creo que sea tan importante, pues son colosos cargados de historia que en tiempos recientes se han subido al trantrán de un equipo que, marcando el ritmo suficiente, sabe que el rebaño no se le va a desmadrar.

Nosotros vimos este tweet de La Flamme Rouge y nos entró nostalgia…

… por que entre las diez cimas olvidadas por el Tour de Francia recordaron el Puy de Dôme, un clásico que no se asciende desde época de Perico y su Tour.

Con los grandes momentos que nos dio la montaña de Auvernia, aquella crono de Arroyo y Perico, el mano a mano de Poulidor-Anquetil, la victoria de Julito Jiménez.

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Pero más allá de Puy de Dôme, creo que cercado sólo para uso militar, hay otras nueve cimas que el Tour de Francia ha dejado en el cajón de la historia o que no frecuenta, como nos gustaría…

La Cime de la Bonette es, yo creo, el techo del ciclismo en Europa, pues acaricia los 2800 metros tras 25 kms de penosa subida, sin desniveles estridentes, por allí tenían que subir los carros de pastores, pero siempre constante en el ahogo de un paisaje casi lunar.

Conocí aquella subida el día famoso que Indurain y Rominger llegaron solos a la cumbre de Isola 2000, también llamado Col de la Lombarde.

Eso fue en 1993, y desde entonces nunca se volvió a una subida cuyo contorno sí que frecuentó el Giro de 2016, cuando Nibali le arrebató la maglia rosa a Chaves a 24 horas de acabar.

Otro gigante alpino poco frecuentado es Courchevel, el lugar donde Valverde dio cuenta de Amstrong, en el que dicen que Virenque ganó una etapa negociada con Ullrich.

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La Plagne, escenario de la mayor animalada vista jamás, el despegue de Miguel Indurain hacia su quinto Tour, no tiene suerte en el Tour.

Vamos camino de los veinte años sin ella, dos décadas desde la escapada de Michael Boogerd, y eso que Mark Padun nos la puso en la retina de nuevo en el último Dauphiné con su fin de semana mágico.

Pedro Delgado Superbagneres JoanSeguidor

Peor le ha ido a Superbagneres, cima preciosa, dicho por quienes la conocen, en la que Perico puso el Tour 89 al límite, tres años después de que Lemond empezara la remontada ante la locura de Hinault.

La cima más allá de Luchon es el primer atemporal pirenaico que traemos a la lista, y le sigue Guzet-Neige, el sitio en el que Bouvatier se acordó de la madre del gendarme que le marcó mal el camino cuando saboreaba el triunfo de etapa.

Massimo Ghirotto se llevó esa etapa, igual que Marco Pantani, siete años después, en 1995.

La gente de La Flamme Rouge nos ha metido La Ruchere, una subida corta pero muy dura, tiene un kilómetro al 19%, que sólo se ascendió una vez con victoria de Laurent Fignon, en 1984, pero con récord de subida a cargo de Perico.

La otra cima que nos trae este listado es el triste recuerdo que nos viene al ver el perfil de Les Arcs, la subida final de la etapa que marcó el final del reinado de Miguel Indurain en el Tour de Francia.

Y cerramos la relación en Les Deux Alpes, al otro lado del valle de Oisans, enfrentado en cierto modo a Alpe d´ Huez.

Una cima sólo ascendida una vez, pero qué vez, el día que Marco Pantani reventó un Tour que Ullrich tenía en su mano.

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En tiempo de vatio/kilo y números ¿quién habría podido medirse con lo que arrastraba Indurain?

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Con Luis Ocaña no había gris, era blanco o negro, sin punto medio, nunca equidistante.

“Él tiraba y tiraba, se dejaba el alma y llegado a un punto reventaba. Se había acabado la historia. Punto, no había más” me contó un día Jaime Mir.

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De la incertidumbre de Astana al calorcito de Ineos, así ha sido el viaje más reciente de Omar

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#PodcastJS con @OmarFraile

Entre las cosas a celebrar de 2021 está el retorno de Fabio Jakobsen, algo que hace menos de un año veíamos como un milagro.
Incluso soltando la fresca que le propinó a Sénéchal, se quiere a este intrépido neerlandés.

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Qué cima Hautacam, qué no habrá pasado allí, desde Indurain estrenándola entre la niebla, a la sobrada de Riis y de los Saunier.
El Tour vuelve a ella...

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