Ciclismo antiguo
Claudio Chiapucci: la cara del diablo
Un buen día para recordar a Claudio Chiapucci
El 28 de febrero de hace 59 años nació en Uboldo, en la lombarda región de Varese, Claudio Chiapucci, posiblemente el ciclista más especial de los últimos treinta años.
Su sello quedó perenne en una generación, la mía, por muchos motivos, primero porque fue el eterno y quizá primer gran rival de Miguel Indurain, incluso por encima del propio Gianni Bugno, y segundo porque su forma de correr, su innato inconformismo prendó tan fuerte, que hoy nos acordamos de la figura del que un día se hizo llamar diablo.
Claudio Chiapucci tuvo un buen palmarés, no extenso, pero sí de calidad, si bien su aureola y fama superan, números en mano, lo conseguido.
Aunque su apellido no resultaba desconocido, fue en el Tour de 1990, camino de ese parque temático en el que Angel Sarrapio casi sale a palos por ganar una etapa a un francés, Futuroscope, cuando Chiapucci se metió en una de las escapadas más famosas de la historia.
Bauer, Pensec y Maasen le acompañaron y de la renta que ahí sacaron estuvo viviendo Claudio hasta el penúltimo día, cuando Greg Lemond pudo decantar la clasificación.
Pero Claudio murió de pie, saltando en el Aspin, en la jornada que coronaría a Indurain en Luz Ardiden, atacando muy de lejos, con el maillot amarillo en ristre.
Nunca ganó una gran vuelta, esa vez, el Tour de 1990 fue lo más cerca que estuvo, porque con Indurain, esa posibilidad era una quimera.
Sin embargo sembró de grandes perlas su carrera, como una victoria en San Remo, algo realmente extraño para ciclistas de su perfil, hoy impensable casi, también la escapada con Indurain en Val Louron o la increíble, por todo lo que implicó, etapa de Sestriere del Tour del 92.
Ese día creo que se acabaron todos los calificativos y creo que divide a partes iguales los que defienden el ciclismo sin ambages y a cara descubierta ante los que marcan ese periodo como el más oscuro de la historia de este deporte por la irremisible escalada del dopaje.
Sea como fuere, un servidor, y estoy seguro de que muchos de los que lean esto también, reconocemos que, como aquella etapa, hemos visto muy pocas en nuestra vida.
Fue de esas jornadas que dejó el sello de un tiempo que nos parece tan lejano, que a veces dudamos de haberlo vivido.
Pero fue real, fue un hecho, fue historia y como otras muchas cosas la debemos aceptar.
Fue la mejor obra de Claudio Chiapucci, un tipo especial, tanto que no me habría extrañado nada que hubiera querido nacer un 29 de febrero, para ser uno de los pocos en el mundo que celebrara el cumpleaños cada cuatro años.
Imagen tomada de www.granfondonews.it




