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Mundo Bicicleta

Ciclismo + turismo

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DT – 2022 post

Hace unos cuantos años, y como decía un buen amigo mío, cuando me ponía el culote no conocía ni a mi padre. Ya sabéis todos lo que esto significa: salidas a cuchillo con las pulsaciones desbocadas, llevando las fuerzas al límite. De tan ciegos que íbamos no reparábamos en el paisaje, ni en los pueblos, ni en sus gentes. No veíamos nada. El objetivo era ir lo más rápido y lejos posible. Hoy en día mi visión del ciclismo ha cambiado, gracias en buena parte a esta revista que me ha dado la posibilidad de ver el mundo de la bici con otros ojos… ojos de ZIKLO.

¿Te atreves?

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Con esta pregunta, de respuesta afirmativa, se abría ante mí la posibilidad de estar ante ellos, mis ídolos, ciclistas a los que había seguido desde joven o, como en el caso de otros, estos últimos años. Sin embargo, se trataba de cambiar la visión “profesional” del ciclismo en el entrevistado por una faceta más cicloturista, más cercana a todos nosotros, los aficionados que disfrutamos de la bici todos los fines de semana. Por eso la palabra “competición” era tabú y estaba casi prohibido hablar de carreras con ellos. Había que encontrar ese lado “no competitivo” de la bici en el personaje. Y creo que muchas veces lo conseguimos.

Puertos, puertos, puertos…

¡Ay los puertos…! Qué sería de nosotros sin ellos, sin nuestras preciadas cumbres, donde tan bien lo pasamos, sufriendo un buen rato, casi siempre por encima de los mil metros, aunque otros más bajitos, también nos den grandes “satisfacciones”. Los ojos de ZIKLO me han dado la oportunidad de ver las montañas de otra manera, y así he cogido mi bici, mi cámara de fotos, mi grabadora y mi GPS y me he ido a la caza de puertos terribles, para poder experimentar sensaciones de primera mano y luego poder explicároslo.

Otras veces no he dudado en echar la bici al coche, sin escatimar esfuerzos, para dirigirme a los Pirineos y narraros mi experiencia en mi “primer Tourmalet”, o a los Alpes, para ascender el mítico Alpe d’Huez y contaros cómo me fue sorteando los “21 lacitos”, o incluso desplazarme hasta Italia para escalar las Tres Cimas de Lavaredo, en un viaje en “el límite de lo irreal y fantástico”.

He tenido la suerte de haberos presentado muchos de mis puertos preferidos, empezando por los de mi tierra, Catalunya, y por su buque insignia: el Turó de l’Home. Una maravillosa tarde de un mes de mayo, y junto a Claudio Montefusco, ascendimos el coloso, mano a mano, y os trajimos a estas páginas nuestras vivencias en un puerto que está “tan cerca, pero tan lejos”. O mi querida Montserrat, la cima que habré subido más veces en mi vida y la que más me ha dado. Ni recuerdo cuántas han sido, muchas… Os expliqué todo lo que significa este “sueño hecho montaña” para el cicloturista catalán, y asistimos a una mítica cita, la Diada Montserratina, para finalizar una temporada.

Pero… ¿qué hay detrás de estos artículos? (“¿Cómo se rodaron?”). Además de contar con unos fotógrafos de excepción como Pau y Sergi, a los cuales he tenido la suerte de poder conocer, pero aún más privilegiado por haberlos podido acompañar a retratar numerosos puertos, la mayoría duros, pero sobre todo bellos, hay muchas horas de sueño, de madrugones, intentando atrapar las primeras luces del día, como cuando fuimos a Portbou, un gélido 4 de enero, para pedalear hasta Prades pasando por puertos, ya bien nevados, como Xatard y la Palomère, dando cobertura a un reportaje de la primera etapa de la Pirenaica. Recuerdo que pasamos mucho frío, sobre todo saliendo de la costa, quizás más que en alta montaña y es que, sin duda, aquella mañana había inversión térmica.

Pero todo tiene su recompensa, y hemos podido disfrutar de la salida del sol sobre el mar ascendiendo, casi de noche, el durísimo Rat Penat en el Garraf, donde vivimos auténticas “historias de terror”, o notar el calor de los primeros rayos, pasando por la extraordinaria visión del alba en el Santuario de Bellmunt, en una jornada primaveral y en un entorno que nos inspiró una “historia medieval”.

No siempre hemos tenido suerte, a la hora de cazar buenas fotos, en nuestros madrugones, y hace poco nos quedamos con las ganas en el Turó de l’Home, ya que una espesa niebla nos ocultaba la espléndida vista. Tampoco creáis que buscando todos los colores de una estación, como pueda ser el caso del otoño, los hemos encontrado siempre a la primera, y así, hasta en cuatro ocasiones tuvimos que visitar el Montseny, hasta que por fin un día dijimos: “ahora sí, ya está preparado”.

Pero no todo es madrugar y a veces hemos ido a buscar todo lo contrario, los colores de la puesta de sol, el ocaso, como en Mare de Déu del Mont. Estar en su cima, una tarde-noche de verano del mes junio, contemplando como el astro rey se escondía detrás del imponente Canigó, no tiene precio. No es de extrañar que esta montaña fuera la “inspiración del poeta”.

Otras, hemos apurado tanto, que se nos ha hecho de noche en la carretera. Recuerdo descender con nuestras bicicletas desde Prades completamente a oscuras. Experiencias alucinantes las que hemos vivido, buscando siempre esa visión tan particular que nos hace, además de ver, sentir y pensar en ZIKLO.

De marcha

Dos coches parados frente a un semáforo. 6 de la mañana de un domingo cualquiera. ¿Qué es lo que diferencia a los ocupantes de los dos vehículos? Además de las bicis que lleva encima uno de ellos, parece que algunos son más jóvenes que otros, y unos tienen más sueño que los de al lado. Está claro que unos vienen de “marcha” y otros van (nos vamos) de marcha… cicloturista. Es la gran diferencia. En las marchas disfrutamos poniéndonos a prueba… ¿contra otros colegas o contra nosotros mismos?

Los ojos de ZIKLO me han dado la oportunidad de disfrutar de ellas de otra manera, muy diferente a como lo hacía antes. Recuerdo pedalear durante más de 10 horas por las bellas tierras del Pirineo franco-navarro junto a Francis, subiendo y bajando un montón de puertos, muy duros, muy bellos, como Errozate o Larrau, en una jornada memorable, a cola de pelotón, lentos pero seguros.

Tampoco la Quebrantahuesos se ha librado de mi nueva visión ZIKLO. El año en la que era mi 10ª participación, llevaba mis sentidos más abiertos que nunca, para percibir todo lo que desprendía ese último kilómetro mágico del Portalet. Aún sigo buscando a la chica que me acompañó durante aquellos maravillosos mil metros, pero no la encuentro. La he buscado en videos, y hasta en youtube, pero nada. Espero volverla a ver el año que viene.

Mi gente

Quizás una de las aportaciones más gratificantes que me ha dado colaborar con ZIKLO, y siempre con estos nuevos ojos de nuestro pequeño y gran mundo del cicloturismo tan particular: el haber conocido a través de entrevistas de todo tipo a más de 40 personajes, hombres y mujeres, de todas las edades, desde “jóvenes” jubilados que “triunfan” sobre las dos ruedas a una avanzada edad, como el turolense Cesáreo Dolz o el catalán Jordi Camps, o las veteranas y guapísimas Catalina Aleix, valenciana y recordwoman de participaciones en la QH, y la también catalana Antonia Espinal, mujer emprendedora donde las haya y precursora de la Volta al Cor de Catalunya que, en 2009, pasaba el relevo a los chicos de Terra Diversions.

Y es que por estas líneas han pasado gente de la talla del oscense Luís García Landa, uno de los padres de la Quebrantahuesos que nos explicaba los duros inicios de sus primeras ediciones, el madrileño Ricardo Landaburu “Buru”, un “activista” de los puertos de montaña, a los que se dedica a dar nombre “en madera y al viento”, en una de las actividades más altruistas que hayamos visto, pasando por Fernando Spiluttini, primer argentino en finalizar la París-Brest-París, el catalán Frederic Ràfols, el hombre de los “mil puertos”, el donostiarra José Luís García, otro recordman con sus 24 horas encima de la bici, o sus 1000 km y sus 1000 millas, non stop.

Gente maravillosa, personajes extraordinarios todos ellos, con los que he tenido el placer de charlar con ellos.

Os dimos también buena cuenta del barcelonés Carlos Barreiro, monologuista, cantante y gran cicloturista que se hizo famoso con Buenafuente, del vitoriano Óscar Díaz, Dandy, y de su grupo “nadie entrena”, pasando por el jovencísimo catalán de 16 años Jordi Vallés, toda una promesa en ciernes, o una bonita historia de amor a pedales de la mano de la guipuzcoana Miren Igartua y el zaragozano Santi Jiménez, una relación que va sobre ruedas. Gente que tiene muchas cosas que contar, con una historia detrás, muchas de ellas conmovedoras, de esfuerzo, superación y motivación, como en el caso del tolosarra Edorta Andueza, montañero que cuando atacaba su primer ochomil padeció congelaciones en los dedos de los pies, algo que no le ha impedido seguir pedaleando, o la burgalesa, y catalana de adopción, Merche López, que sufrió un terrible derrame cerebral, que supo vencer y seguir adelante disfrutando de su deporte favorito.

Todas ellas historias muy emotivas, como también la del medinense Rafa Sánchez “Panadero” que, con sus 160 kg de peso y sus 3 paquetes de tabaco al día, los médicos no le daban más de dos años de vida, pero como muchos otros encontró en la bici la solución a todos sus problemas, o el catalán Joan García Ayllón que un gravísimo atropello le dejó postrado en una silla de ruedas, pero siguió adelante con su proyecto de medir puertos y editarlos, o el peruano Israel Hilario, el ciclista incabiónico, que con su pierna ortopédica es capaz de parar el reloj en la Quebrantahuesos en poco más de 8 horas, y ya más recientemente, el vitoriano Paco González que superó también una grave lesión en su pierna y sigue dando caña por ahí, o la guapa malagueña Remedios Jurado, la Dama del Portalet, que acabó la QH después de haberse recuperado de un desvanecimiento entrenando dos meses antes. Ya os digo, gente anónima, gente importante, gente interesante… y espero poder seguir contándoos muchas más historias cercanas.

Sociedades ciclistas

Los hay que son agrupación, otros asociación, peña o sociedad, ya sea ciclista o cicloturista. También se conocen como club deportivo o unión ciclista, o cicloturista, incluso sport ciclista. Diferentes términos para referirse al mismo motivo asociacionista: son los Clubes. Para todos los gustos y de todos los colores, de todos los rincones de la geografía, los que pedalean por esas carreteras de Dios todos los sábados y domingos, algunos siguiendo un calendario “pro” de febrero a octubre. Otros, algo más cicloturista, de marzo a noviembre, y los hay que no paran en todo el año, haga frío o calor, aunque todo hay que decirlo, algunos paran no sólo en invierno, sino también en verano, cuando muchos de sus integrantes marchan a sus segundas residencias. Los hay que no siguen ningún tipo de programación establecido, simplemente quedan y salen.

Los hay centenarios, o casi, entidades con 100, 75, 50 ó 25 años dando pedales, hasta los más jovencitos con pocos kilómetros en sus piernas. Hasta de pocos meses os hemos presentado aquí. Sociedades grandes, con muchísimos socios, otras con menos, y algunas casi familiares, pero muchas, organizadoras de grandes marchas, algunas mediáticas, otras no tanto, para deleite de los que amamos esto que llamamos excursionismo en bici, o sea cicloturismo, enseñándonos las carreteras por dónde ellos se mueven, sus puertos, sus pueblos, sus rincones escondidos.

Algunas, bastantes, trabajando desde la base con los niños y jóvenes en sus diferentes escuelas, para que el ciclismo siga siendo lo que es o, si puede ser, aún mejor. ¿Cuántos grandes campeones han salido de estas modestas canteras? Muchos, sin duda. Por eso también las hay que montan sus carreras amateurs, juveniles o másters, aunque ya sabéis que la visión de ZIKLO es procurar huir siempre de la competición. Es nuestra filosofía.

He tenido la oportunidad de conocer más de 50 clubes que nos han enseñado a todos cómo se lo montan… encima de la bici. Hemos visitado la Mancha, la Noguera, el Parque Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac, el Valle de Ultzama, la Costa Dorada, la Serra Calderona, el Garraf, la Cerdanya, la Sierra de Urbión, las Sierras de Moratalla, el Maestrazgo, la Garrotxa, Picos de Europa, Burgos, pasando por Menorca, Andorra o las Canarias.

¿Qué sería del ciclismo sin los clubes cicloturistas? Nada, absolutamente nada. Ellos son la base, el motor, sus integrantes son los que compran las bicicletas, la ropa, el material. También los que se acercan a las cunetas a ver a los ídolos y los que inundan las carreteras todos los fines de semana formando innumerables serpientes multicolor.

Imagen tomada de Instagram de Ziklo

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Guillermo del Pozo

    30 de septiembre, 2016 En 10:52

    Fantástico artículo, un gusto y rareza leer textos así en el periodismo «deportivo». Gracias :).

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Vigorelli

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DT – 2022 post

Vigorelli es historia universal del ciclismo, pura y dura

Lo que significa el Vigorelli no es exclusivo de Milán y sí para todo el mundo del ciclismo: es Historia.

Además, en el caso particular de Milán, Vigorelli no es sólo algo monumental, también es una historia actual, podríamos decir que una oportunidad. En los últimos 15 anos Milán, como muchas ciudades de Europa, se ha llenado de bicis y en particular las bicis de pista.

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Hay un movimiento «fixie» que involucra todo el mundo, con muchos jóvenes (y menos jóvenes) que no quieren competir en critérium, pero les gusta el piñón fijo y la cultura de la pista. El Vigorelli es una oportunidad para ellos, como es una ocasión para dar espacio a los niños y a los ciclistas más pequeños para tener un lugar seguro donde aprender este magnifico deporte. Las carreteras en Milán y alrededores son peligrosas.

Vemos que muchos equipos juveniles han cerrado o están en crisis muy profunda: las familias prefieren que los niños jueguen a fútbol o hagan natación, por el riesgo en las carreteras. Nosotros (y el Comitato Velodromo Vigorelli) siempre hemos visto Vigorelli como a la «casa del ciclismo milanés» por eso: a partir de su magnifica historia, en el futuro el Vigorelli deberá que acoger todos esos ciclistas. Hay mucho hambre de ciclismo en Italia y Milán: Vigorelli es el destino final.

La última vez que unas bicis corrieron por el Vigorelli fue al 11 de septiembre del 2001. Después la pista quedó más o menos abandonada, mientras que la estructura fue utilizada por el fútbol americano (un equipo que juega en este campo desde más de 25 años) y otros eventos. Abandonada sin solución, la pista se degradó, con la madera muy estropeada. Pero lo más grave fue que Vigorelli estaba cerrado al ciclismo, y sin ciclismo no había interés en la pista.

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Los ciclistas de Milán llevaban cinco años pidiendo una restauración y una reapertura. Tuvimos que esperar hasta al 2013 cuando una gran empresa de construcción, la que gestiona los rascacielos aledaños al velódromo, ayudó al ayuntamiento para renovar la estructura. El ayuntamiento lanzó una convocatoria publica para los trabajos y premió un proyecto que quería destruir la pista y hacer un pequeño estadio para fútbol americano y rugby, además de competiciones caninas.

Ante estas terribles perspectivas, el ciclismo local se movilizó solicitando que la pista del Vigorelli fuera reconocida como un monumento histórico, sin posibilidades de destruirla. Por suerte, hemos encontrado un ministro que nos atendió, y ahora Vigorelli es un monumento y nadie puede tocarlo para transformarlo en otra cosa. En ese momento, el ayuntamiento empezó a trabajar junto con los ciclistas y puso parte del dinero en un proyecto de restauración que está a punto de acabar.

Salida de la última Milán-San Remo

Ahora mismo queda mucho trabajo: por lo menos un mes de trabajo en la pista, todo el verano para los trabajos en el campo, y luego casi dos años más en las gradas, los vestuarios y el resto.

Lo más importante es que el renovado Vigorelli sea un velódromo abierto a los jóvenes, a los equipos, pero también a la gente que quiere pedalear, entrenarse y divertirse. Claro hay que pensar en las competiciones: como sabéis el Vigorelli es un velódromo «viejo», abierto y con una pista de 397 metros. No puede acoger unos mundiales o unos JJOO, pero es posible hacer todas las otras carreras: locales, nacionales e internacionales.

Tenemos el ejemplo del velódromo de Fiorenzuola, cuyos «Seis Días» siguen desde el 1998 siendo la competición en pista más importante de en Italia habiendo desfrutado de Hoy, Cavendish, Wiggins, Cipollini, Llaneras, Galvez, Risi, Lombardi, Collinelli, Martinello y Viviani. Todos han pasado por ahí. Igual que el Red Hook y otras carreras tipo criterium. El Red Hook de Milán es el segundo más viejo del mundo llevando más de 2.000 personas a la calle.

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Si Milán es la capital italiana del ciclismo de carretera porqué no acoger el Giro del centenario o la salida de la Milán-San Remo. Sólo hay que quererlo.

Como os podéis imaginar, Italia está llena de lugares históricos para el ciclismo. Cada uno tiene su historia. Nosotros tenemos un vínculo muy fuerte con el Museo del Ghisallo, que creemos debe ser uno museos de ciclismo más importantes del mundo. En Ghisallo el Museo está vivo aùn, pero necesita dinero para vivir. Sería suficiente con que los italianos lo vivieran como lo sienten todos los turistas que van allí desde el extranjero.

Nos gustaría que después de Vigorelli otros velódromos volverían a ser abiertos. Hay un montón de velódromos cerrados, y muchos en malas condiciones pero con grandes historias. Hablo de Varese, con un proyecto de demolición encima de la mesa, y el Motovelodromo Fausto Coppi de Turìn, ahora abierto por una asociación pero con la idea de un supermercado en su lugar. Estoy seguro que esto no es un problema solo de Italia, pero creo que la gente tiene ganas de velódromos, de bicis, de pedalear con una joya. Conservar lo que ya tenemos, como nuestros velódromos históricos, mirad lo que hicieron en Herne Hill en Londres. Esta sería la mejor manera para empezar nuestra pequeña revolución.

Por Filippo Cauz

Imagen de Emanuele Barbaro

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Mundo Bicicleta

El último kilómetro del Portalet

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DT – 2022 post

En el Portalet el ciclista saborea el paisaje con mayúsculas

Se me acercó y me ofreció una barrita energética. No la conocía de nada, pero allí estaba, a mi lado. Se la acepté gustosamente con un “gracias”, conteniendo casi la respiración y tragando saliva. No debería tener más de 30 años, o al menos eso aparentaba. Su melena rubia se dejaba caer justo hasta media espalda, y el viento jugaba entre sus rizos, al compás de su elegante pedaleo.

¡Vaya clase! Su maillot sin mangas, y su culote ajustado, insinuaba su hermosa figura. Sus piernas, morenas y robustas, eran la admiración de todos los que nos adelantaban. Una chica guapísima que, bajo sus gafas de sol, me esbozaba una tímida sonrisa. Nos encontrábamos a punto de entrar en el último kilómetro para coronar el Portalet. Quizás me había visto algo tocado, por otro lado normal, al menos para mí, a estas alturas de marcha.

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Y es que, como cada año, allí estaba, rodeado de miles de cicloturistas que como yo, cumplíamos el sueño de vernos allí, pedaleando por este hermoso collado, bajo los ánimos de cientos de personas, amigos y familiares, que se han instalado en las cunetas, para darnos aliento en estos últimos mil metros de puerto, creando un ambiente festivo como si del mismísimo Tour se tratase. Mis sensaciones son las de siempre: verme allí, ascendiendo el Portalet nuevamente, pero como si el tiempo no hubiera pasado y allí estuviera eternamente escalándolo, echando la vista atrás y contemplando la belleza del puerto con sus hermosas praderas verdes, sus riachuelos, su cielo azul, y al fondo la carretera, abriéndose paso entre las montañas, con un rosario de ciclistas, tanto por delante como por detrás, subiendo muchos a un paso cansino, otros a un ritmo mejor, y algunos, los menos, como auténticas motos.

En este escenario cabemos todos. No sé porqué pero aquella chica no se separaba de mi lado y varias fueron las veces que la animé a que continuara a su ritmo, porque sin duda parecía que iba como un tiro. Pero siempre declinaba la invitación y prefería que coronáramos juntos el puerto. “Así vamos bien” –me decía. Un ángel, eso es lo que era, un ángel en bicicleta… qué estilo, qué elegancia, qué belleza… Y yo llevando como siempre también, el mismo desarrollo con el que había subido el Marie Blanque…

Al pasar por fin por el mojón de “último kilómetro”, me animo algo más, bajo un par de dientes y me incorporo en la bici, pegando algunas pedaladas en “bailón”. No sabía cómo, pero no quería quedar mal delante de la chica… Y así, a un ritmo más alegre, íbamos charlando, “empujados” por el aliento de la afición, en su mayoría vascos, que con sus banderas ondeando al viento, sus colores y sus gritos (“aúpa, aúpa, campeones…”) nos iban dando alas en la ascensión. ¡Qué afición la vasca! Sin duda para mí, la mejor del mundo.

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A estas alturas de puerto el gentío es impresionante. Auto-caravanas aparcadas en las cunetas, coches, tiendas de campaña, mesas y sillas de camping, parasoles… todo vale para contemplar uno de los mayores espectáculos cicloturistas del mundo. Alguien se me acerca y me ofrece una ¡tajada de melón! “No, no, gracias” –le digo amablemente, y es que aún recuerdo la última vez que comí melón en una marcha y luego bebí agua, ¡estuve una semana de baja con gastroenteritis! Ahora hay unos cuantos que corren a nuestro a lado (“aúpa, aúpa…”). Desde luego si hay algo parecido al Tour para el cicloturista, sin duda lo encuentra aquí.

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500 metros y coronamos. Este año parece que en este tramo vamos algo mejor. El viento que tanto nos había castigado en el ascenso al Somport, y el frío, se había puesto de nuestro lado, echándonos una mano en este tramo final, acompañado por un sol que se agradecía, ya que tampoco calentaba demasiado. Estábamos a una temperatura ideal para pedalear, y no como otros años que en el Portalet nos cocíamos vivos. A pesar de esto, los rayos del sol eran lo suficientemente cálidos para que muchos dejaran lucir sus cuerpos al aire, quedando rojos como gambas, sobre todo algunas chicas en bikini que llevaban desde no sé qué hora luciendo palmito, para goce de muchos ciclistas que se entretenían con la bella vista.

Y así seguíamos, mi acompañante y yo, recogiendo muchos de los ofrecimientos de la afición: agua, alguna coca-cola, algún aquarius… todo fresquito, qué bien sienta. Algunos jóvenes, y no tan jóvenes, disfrutan de su particular “botellón”, bebiendo cervezas, pero siempre gritando y animando, animando… ¡no se cansan nunca! “¡Qué espectáculo!”-me comenta la chica, “sólo por disfrutar de este ambiente vale la pena venir aquí”. Y es que se ven escenas de todo tipo, desde el cicloturista que, tumbado en la calzada, le hacen un masaje, desde el que se detiene un momento para saludar a la familia, o para besar a la novia (¡qué bonito!), los que reciben llamadas al móvil (“tranquila cariño, estoy a punto de coronar el Portalet…”), los que, exhaustos, le dicen a su bici “mírate bien el paisaje, porque es la última vez que pasas por aquí”.

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Exagerados… seguro que cuando lleguen a casa ya están deseando volver el año que viene. La gente nos sigue llevando en volandas y empujando hacia arriba, cada vez animando más (“venga, venga, doscientos metros y ya estáis”, “venga campeones”, “aúpa, aúpa…”, “venga valientes, no queda nada”…). La gente nos sigue ofreciendo de todo: periódicos para la bajada, más melón, más agua… Algunos incluso nos quieren “empujar” literalmente: “no, no, por favor…”. Ni sabemos la de veces que habremos dado las gracias hoy, a toda esta gente que nos anima.

Es impresionante. Y efectivamente, ya no queda nada, y aquí sigo al lado de este ángel que me está robando el corazón y el de la gente que la jalea: “¡guapa, guapa! ¡neska polita!”. 100 metros y arriba. Ya se ve el final. Pedaleamos por un pasillo humano y, como no podía ser de otra manera, un hermoso ejemplar de quebrantahuesos planea, majestuoso, sobre nuestras cabezas. Un entorno idílico. Aceleramos, avivamos el ritmo y… se acabó. Hemos coronado.

Hay un gentío enorme. Estamos en la frontera. Paro un momento a ponerme el chubasquero pues se intuye que en el descenso hará fresco. Me giro para darle las gracias a mi fiel acompañante, en estos maravillosos mil metros de ascensión, y que no hubieran sido lo mismo sin su compañía. Lo hago para ver también si se va a abrigar o no. Me giro y no la veo. La busco y nada. No está. Tal y como apareció se ha desvanecido. ¿Habrá iniciado ya el descenso? Imposible… ¿Habrá sido todo un espejismo? ¿Un sueño? ¿Una aparición? ¿O quizás un ángel? Lástima, yo que quería haberle pedido su número de móvil y ni siquiera me ha dicho su nombre.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de www.lespyrenees.net

 

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El padre de la Quebrantahuesos

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DT – 2022 post

El creador de la Quebrantahuesos es Luis García Landa

Si hay alguien en este país responsable de que año tras año miles de ciclistas nos hayamos ilusionado por el cicloturismo y aceptado el reto de finalizar una de las marchas con más renombre mundial, no es otro que Luís García Landa. Y es que este deportista altoaragonés de Biescas, pero residente en Sabiñánigo, es el auténtico padre de la Quebrantahuesos junto a su esposa Tere, su amigo José Antonio Ferrer y el entonces presidente de la peña J. Navasa.

Luís llevaba varios años participando en la Marmotte y siempre había pensado para su tierra el trasladar la idea: organizar algo bonito, no sólo en el aspecto cicloturista, sino también para sacar de la profunda crisis en la que había quedado inmersa la comarca. Estamos hablando de principios de los 90 y en cuanto arreglaron las carreteras, se lanzó a completar su sueño, porque además el recorrido ya lo tenía claro, tantas veces sufrido y disfrutado por los pocos integrantes, por entonces, de su peña Edelweiss, cuando en una de aquellas “excursiones” a algún miembro de la grupeta se le ocurrió la feliz idea de volver a España, después de haber superado el Somport y entrado en el país vecino, “acortando” por el atajo del Marie Blanque: “¡Por aquí!”.

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Así nacía una de las rutas más bellas, más famosas, reconocidas y recorridas por miles y miles de cicloturistas cada año, bien “solos” o en “compañía”, en modo “turista” o “competición”, con dorsal o sin él, a “disfrutar sufriendo” o “sufrir disfrutando” que de todo hay en el extenso abanico de perfiles ciclistas de este bendito país.

Los inicios fueron difíciles y él mismo Luís nos explica que la primera oficina de la organización fue el comedor de su casa, donde trabajó duro para enviar 3000 cartas informativas a todos los clubes de España y a 700 del sur de Francia.

El premio a ese esfuerzo todos lo conocemos: en cinco ediciones se llegó a los dos mil participantes y hoy ya son más de diez mil.

Luís nos podría explicar miles de anécdotas sobre la QH, pero… ¿sabías que estuvo a punto de llamarse la Sarrio – el rebeco del Pirineo Aragonés-? Pero finalmente Luís, ecologista recalcitrante y miembro fundador de ADEPA, la Asociación para la Defensa del Pirineo Aragonés, y ya que en aquel entonces se ocupaban de cuidar y alimentar a un quebrantahuesos malherido, pensó… ¿y por qué no llamarla así?

Porque eran muchos que en un principio, en sus primeras ediciones, pensaban que el nombre se debía a cómo se quedaba el cuerpo después de completar el duro trayecto de 205 kilómetros en bici, nada que ver, por supuesto, con la idea de hacer un llamamiento para proteger esta especie en extinción.

Nuestro protagonista de hoy daría para escribir un libro, y a mí se me acaba el espacio, pero vamos a añadir, si cabe, que fue el ganador (o como él mismo dice, “el que llegó en menor tiempo”) en la Madrid-Gijón-Madrid (MGM), y como también siempre nos comenta “lo hice sin pájaras”.

Randonneur, corredor, cicloturista… tiene en su palmarés pruebas tan dispares como dos victorias en la carrera de las 24 horas de Pomps (Francia), subcampeón de la Copa de Europa en Mallorca el año 94 y décimo del Mundo en el Tirol en 2001 como Máster 30, como Máster 40 subcampeón de Europa en Torres Vedras (Portugal) en el 2004 y es un habitual, por ejemplo, de la Vuelta a Maspalomas, del Tour de Flandes y, por supuesto, de su Quebrantahuesos, en la cual ha participado en todas sus ediciones menos en dos ocasiones.

Como buen amigo ciclista que es, siempre podremos pedirle sus sabios consejos, sobre todo en alimentación, para poder acabar una MGM “de la cual te puedo asegurar que acabé fresco, y eso que no soy de Bilbao”.

Por Jordi Escrihuela

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Destacado

El último quebrantahuesos

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Así es la Quebrantahuesos de un ciclista como cualquiera de nosotros

Soy una especie en extinción. Un superviviente del grupo que hemos sobrevolado juntos durante muchos kilómetros todas estas magníficas montañas, donde venimos año tras año miles y miles de ejemplares que como yo anidamos en sus cimas nuestras ilusiones. Unos lo conseguirán. Otros las irán enterrando por el camino. Yo hoy me he quedado solo, no he podido seguir el ritmo de la bandada en la que viajaba. Voy a llegar el último a destino.

Ya sobrevuelo la recta de llegada. Estoy agotado del viaje. Un último esfuerzo para recibir al menos el calor de la gente que me va a recibir con todos los honores. Es lo bueno que tiene el ser una especie protegida, a los más débiles se les cuida más. No en vano vengo muy bien acompañado: ambulancia, policías haciendo sonar sus sirenas y coches de asistencia. Me siento mimado por el recibimiento. Aplausos, vítores, gritos de «campeón, campeón». Esto es lo mejor. Y por fin he llegado. He sobrevivido a una enorme bandada de depredadores que han intentado devorarme. Soy el último quebrantahuesos.

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Esta mañana, hace tan «sólo» 12 horas, me las prometía muy felices. Contento por estar de nuevo aquí, en la línea de salida junto a otros «rapaces». Me encontraba fuerte, con ganas de liarla. Para eso este año había entrenado sobrevolando carreteras, puertos y más puertos. Estaba bien preparado. Había espabilado para llegar pronto y colocarme justo detrás de los ejemplares más feroces, los que llevaban en su dorso marcas de pintura amarilla, rosa o verde. Señales de guerra. Los mejores especímenes, de rostros afilados, los que volaban más rápido y más alto. No me intimidaban. Yo quería estar ahí y aprovechar el rebufo de este enorme grupo de élite. Al menos lo quería intentar.

Pistoletazo de salida. Salimos escopeteados, como una bandada de pájaros asustados por un potente petardo. Volamos. Circunvalamos Sabiñánigo a no menos de 45-50 km/h. Aguanto bien, a rueda del grupo de cabeza. No distingo bien a la gente que nos anima y nos aplaude. Vamos muy rápido. El pueblo se ha volcado, como siempre. Afrontamos las interminables rectas de los llanos de Jaca, cada vez más deprisa. El pulso se me acelera. No bajo el ritmo. Este año voy a por todas y quiero el oro. A velocidad de vértigo nos plantamos en Canfranc. Hasta aquí he llegado. Ahora empieza a endurecerse el puerto y ya no puedo seguir más este ritmo infernal. Levanto el pie y dejo escapar no menos de 500 fenómenos que no corren, vuelan dirección a la primera cima del día. Serán los quebrantahuesos que se jugarán entre ellos la victoria. Me despido de ellos. Ya no los volveré a ver en todo el día.

Subo dos piñones. Me dejo alcanzar por un segundo grupo. Enorme también. A ver si me acomodo entre ellos. Me meto. Me pongo a rebufo. El ritmo también es muy alto. Algunos me miran de reojo como diciendo «¿a dónde ibas pájaro?». Veo que tampoco voy cómodo. Sigo con las pulsaciones por las nubes. No hay manera de estabilizarlas. Esta gente también tira mucho. No puedo aguantar en los repechos. Van a bloque. Y yo que creía que iba bien. Me van pasando y poco a poco voy perdiendo posiciones del numeroso grupo. Calculo que debemos ser unos mil ahora mismo los que viajamos juntos. Me siguen adelantando y yo en vez de avivar el ritmo lo voy perdiendo, voy a menos. Este tampoco es mi grupo. Me voy rezagando y ya voy el último. No puedo seguir ni siquiera al que me precede. También lo voy perdiendo. Me quedo un momento solo en tierra de nadie. Sólo serán un par de minutos. En seguida veo cómo se acerca otro gran pelotón, más grande aún si cabe que el que me acaba de dejar. Me alcanzan. Sigo con ellos un buen rato. Van rápido pero puedo seguirles, aunque en ello me va el ir a tope. Llego con este grupo como puedo a Candanchú. Aún y así estoy contento de cómo he subido. La vez que más fuerte y más rápido lo he hecho.

Llegamos al avituallamiento y veo que la mayoría de los que íbamos juntos ni paran («¡Eh! ¿Dónde vais chicos?»). Del gran grupo que éramos solo quedamos unos pocos. La mayoría ha emprendido el vuelo. Yo tengo que parar. Creo que me he pasado. No me empiezo a encontrar demasiado bien. Como y bebo algo. Tengo que llegar arriba lo antes posible porque por aquí no paran de pasar y nadie para. Han debido pasar más de mil en unos pocos minutos. Tiro para arriba con otro grupo que no ha parado. Coronamos en medio de un ambiente excepcional. Mucha gente, muchos ánimos («aúpa, aúpa»). Y mucha niebla y frío. Paro a ponerme el chubasquero porque la bajada además está húmeda. ¿Qué pasa? ¿Aquí tampoco para nadie? Los que venían conmigo han recogido periódicos de la gente y se los han colocado en el pecho y se han tirado para abajo. ¡Qué valientes! De esta manera, de nuevo, vuelvo a perder otro tren. Ataco la bajada, con más miedo que otra cosa. Me giro y otro numeroso grupo viene decidido a por mí. Me pasan por todos lados, por la izquierda, por la derecha… Me han pasado muchísimos que no sé cómo tienen narices de bajar así. Sigue habiendo mucha niebla. Los abnegados voluntarios hacen sonar pitos avisando de los peligros de la carretera. Son geniales, de verdad.

Finalizamos el descenso y tiramos con decisión hacia el Marie Blanque. Voy en un grupo mucho más cómodo, pero que también tira fuerte. Van por faena. Iniciamos la subida a la Dama Blanca. Las sensaciones no son buenas. Paro, pero esta vez para quitarme el chubasquero. Como la mayoría de los que venían conmigo llevaban periódicos que, por cierto, los han tirado al suelo (¡muy mal!) pues me quedo solo de nuevo. Por poco rato, por eso. Sigo con la escalada. Nada, no voy fino. No tiro. Me siguen adelantando algunos como auténticas motos por ambos lados. Yo sigo a mi ritmo. Llega la parte dura. Meto todo y para arriba. Voy muy despacio. Por suerte la temperatura es buena, pero yo «no voy». Me siguen pasando. Mi corazón quiere pero mis piernas no pueden. Me bajo de la bici. Ando un rato con ella al lado. Soy de los pocos que lo hacen. La gente sigue subiendo a muy buen ritmo. Ya oigo el griterío de la cima. Estamos cerca. Me subo de nuevo a la bici. No quiero ni pensar en toda la gente que me ha pasado. Aquí me olvido del oro, de la plata y de hacer buen tiempo. Ya sólo pienso en acabarla. Llego arriba. Chubasquero y para abajo, con más motivo, ya que ahora se ha puesto a llover. Paro en el avituallamiento que está petado de gente. Intento comer, beber y recuperarme. Una voluntaria, muy amable y con una sonrisa, me da dos plátanos («te irán bien»). Me los como sin rechistar.

Descenso, lluvia y pinchazo. Al llegar al cruce dirección Laruns me encuentro que voy “blando”. Miro la rueda trasera. ¡He pinchado! Indico con la mano al numeroso grupo en el que ahora estaba inmerso de que me voy a parar a mano derecha. ¡Qué mala suerte! Ahora que había pillado un pelotón “cómodo”. Miro de cambiar la cámara rápidamente pero con la lluvia se me antoja si no complicado al menos molesto. Siguen pasando grupos y grupos que me miran algunos con lástima y otros ni me miran. Pero ninguno para. Sigo adelante. Se está haciendo tardísimo.

Me engancha otro pelotón bastante majo y vamos haciendo. Llegamos al cruce del Portalet. Sigo sin ir bien. Cruzamos el túnel y me doy cuenta que hace bastante rato que no como nada. Echo mano de una barrita. La mordisqueo e intento tragar. No puedo. No me entra la comida. Guardo el resto en el bolsillo de atrás del maillot mientras veo como mis compañeros de ruta en aquel momento se van alejando poco a poco y yo no puedo seguirles ni siquiera el suave ritmo que van imponiendo.

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La pájara y el tío del mazo. Las piernas no me van. La cabeza me da vueltas. Sigue pasando gente que para mí, tal y como voy, me producen auténtico vértigo. Pero sigo pedaleando, muy despacio. Ya no miro ni el reloj. Las pulsaciones hace rato que ni me suben. Llevo un globo de cuidado. No sé qué tiempo debo de llevar pero me está cayendo un verano, como diría el Butanito. Hace rato que no veo a nadie ni por delante ni por detrás. La presa de Artouste se me presenta como un muro infranqueable. Paro un momento. Respiro. Vuelvo a intentar comer algo. Nada, no puedo. Parece que a lo lejos viene alguien. Detrás una ambulancia. ¡Deben ser los últimos!

Me subo a la bici e intento ir un rato con ellos. Me dicen que aún queda gente por detrás, poca, pero aún vienen ciclistas. Estos chicos con los que ahora pedaleo un rato en su compañía van tocados, bastante, pero van haciendo, a ritmo de caracol pero van superando rampa tras rampa. Yo voy tan mal que incluso me cuesta seguirles. Los excesos se pagan y yo lo estoy haciendo con creces. En mi cabeza un único pensamiento: intentar pasar el control de las 6 de la tarde arriba del puerto y dejarme caer y finalizar.

Llegamos al avituallamiento. Aquí casi no hay nadie. Paramos todos a rellenar bidones y a comer algo. Seguimos. El puerto se abre. Precioso. La parte más bonita de la marcha. Con mucho dolor y muy despacio, avanzamos. No me puedo poner de pie, me dan amagos de calambre. Digo adiós de nuevo a mis compañeros de viaje y dejo que se marchen. Veo cómo se van alejando. Cómo me duelen las piernas. Y el pecho. El pulso no me sube. Me giro en una curva y ya veo cómo ascienden tres o cuatro grupos pequeños de ciclistas. Les siguen las últimas ambulancias y unos cuantos policías en moto. Éstos sí que son los últimos. Me dan alcance. Me dicen que me ponga a rueda.

¿Dónde está la gente? Por fin, con mucha más pena que gloria, entramos en el último kilómetro de ascensión. No queda casi gente. ¿Dónde están los ánimos? Aquí ya se ha marchado todo el mundo. Apenas quedan dos o tres autocaravanas. Sus propietarios cuando nos ven, salen e intentar darnos el último aliento (“aúpa, aúpa”). Coronamos por los pelos a las seis menos cinco minutos. Nos dejamos caer justo hasta el cruce donde los voluntarios nos vuelven a desviar.

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La hoz y el martillo. Giramos los 8 integrantes del último pelotón de la marcha. Llaneamos e iniciamos la tachuela de Hoz. Aquí mis amigos se vuelven a distanciar. Quedamos un señor mayor y yo. Me bajo de la bici y continuo andando. No puedo más. Estoy al borde del abandono. Pero no lo voy a dejar ahora cuando tengo casi finalizada la marcha. Oigo el ruido de los motores de las ambulancias… y el de las motos. Sigo con mi particular procesión. El veterano ha seguido pedaleando firme hacia arriba. A veces se gira y me mira. Creo que quiere esperarme. Le digo que no, que siga adelante. Aunque no sé si lo hace por eso o para quedarse él el último. Siempre había oído de la gloria al héroe del farolillo rojo. Hasta me hacía ilusión.

Ya está, ya lo he perdido de vista. Ya soy definitivamente el último. Corono. Bebo agua. Este pueblo es una pasada. Aún queda gente aquí animando. Con fuerzas renovadas me veo con ganas de acabar por fin. Afronto las pestosas rectas en dirección Sabiñánigo. Viento en contra. Voy llaneando bien pero no voy muy deprisa. Voy solo, en bicicleta. Las ambulancias, coches de la organización, motos de la guardia civil me acompañan. Soy el último quebrantahuesos.

Por Jordi Escrihuela

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