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Ciclismo antiguo

Así nació el Alejandro Federico Martín Bahamontes ciclista

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en

DT – 2022 post

Viaje a los orígenes del primer ganador español del Tour de la historia: Bahamontes

En este reportaje queremos dar referencia o eco a favor de un ciclista de otros tiempos llamado Alejandro Federico Martín Bahamontes, estos días que ha sido noticia.

Ese largo nombre era su detallada identificación, aunque siempre se le conoció más comúnmente como Bahamontes. Así a secas. Llevaba el apellido materno. Alguien había dicho que desde el punto de vista publicitario este sobrenombre tendría más fácil difusión cara al exterior que el llamarle simplemente Martín, que, dicho sea de paso, tampoco desmerece.

Bahamontes era un nombre que los publicistas apuntaron que tenía más gancho en boca de los medios informativos y de los miles de aficionados que seguían de cerca las vicisitudes del deporte de las dos ruedas.

Un casi desconocido que se inscribe en la Volta

Nos hemos de situar, retroceder, al año 1953. De cuando el tal Bahamontes, nacido en Val de Santo Domingo, no lejos de Toledo, se alineó por vez primera en la línea de salida de la 33ª edición de la Vuelta Ciclista a Catalunya, en la cual se adjudicaría con autoridad manifiesta el título del Gran Premio de la Montaña, una distinción que se valoraba en gran manera en aquel entonces.

Recordar que el vencedor absoluto de la “Volta” fue el valenciano Salvador Botella, un ciclista que dio mucho prestigio a nuestro ciclismo. Era un corredor completo en todos los terrenos y que poseía un depurado estilo montado sobre la bicicleta. En la clasificación final, compartieron también podio los catalanes Francisco Masip (2º), nacido en Santa Coloma de Gramenet, y José Serra (3º), en Amposta, dos corredores que en su época revalorizaron de manera positiva y continuada nuestro ciclismo regional.

Sí rememoramos aquel acontecimiento del pedal, que transparentamos en estas páginas del Cuaderno de Joan Seguidor, dado que tuvimos la oportunidad de vivirlo en directo y muy de cerca. Hacemos hincapié concreto a la 9ª etapa, Tarragona-Berga, que tenía una llegada intermedia, en su primer sector, en la cima de la cumbre de El Tibidabo, montaña un tanto representativa que preside y que se hace valer ante la vista panorámica que se otea de la ampulosa ciudad de Barcelona.

¿Quién era aquel ciclista pedaleando cuesta arriba?

Bahamontes, con un ímpetu y una facilidad asombrosa, se despegó del gran pelotón en un punto no muy distante de nuestra capital, concretamente en el conocido Alto del Ordal, que acaparaba una denodada tradición en las competiciones ciclistas que solían y suelen celebrarse en nuestro suelo catalán.

Luego, con el paso de los kilómetros, perduró en su marcha desenfrenada y en solitario en las calles de la misma Barcelona.

Si recordamos que la respuesta del gran público catalán fue fabulosa, puntual y unánime a lo largo de todo su recorrido.

El gran público presente, con un entusiasmo desbordado, estuvo ávido por presenciar tan magno espectáculo deportivo, apostado y apretujado al borde de las aceras de la denominada calle Balmes, adoquinada en aquel entonces, y que iba ascendiendo en pendiente de manera paulatina.

Deambulábamos, es verdad, por una de las arterias de más vitalidad con que cuenta la aludida ciudad, un eje vertical de circulación que va de sur a norte, o bien, en sentido inverso.

Constituía un todo cuadro particularmente atractivo bajo la visión variable de unas construcciones más bien modernas y algunos otros de acusada solera.

Los aficionados se volcaron ante un advenimiento sin igual

Estábamos, los seguidores de esta prueba, sumergidos en una densa caravana multicolor ciclista. Era una estampa que no se nos olvida y que se mantiene viva en la danza de nuestros pensamientos que nos representan el pasado; como si palpáramos una estampa del mismo ayer. Todo a nuestro alrededor nos sugestionaba ante la masiva y agrupada concurrencia de gentes venidas de todas partes, de todos los rincones de la provincia.

Barcelona estaba vibrante festejando una magna fiesta deportiva que paralizó por largo tiempo la densa circulación de los vehículos rodados. Rugía en los ámbitos que nos rodeaban el clamor de una agitada multitud, un tanto desbordada y a la vez identificada ante aquel loable suceso. Nuestros oídos incluso se nos taponaban. Aplausos y griterío que no amainaban a nuestro paso, casi en pasillo, frente a aquel torbellino rutilante de ruedas y coches, que abrían con sus estridentes cláxones. Vítores por parte de todos aplaudiendo a sus favoritos, amortiguados ante el runrunear acuciante de los motores de los vehículos renqueantes que seguían la carrera en cumplimiento de una responsabilidad.

Bahamontes, un héroe que vino de la nada

Bocanadas de nubes de polvo que se levantaban por doquier al paso alocado impuesto por la tupida y coloreada caravana multicolor. Todo a nuestro alrededor parecía una danza alocada que no conocía pausa. Como periodista, singularizo diciéndolo, me sentía entusiasmado ante aquel ambiente protagonizado por unos corredores que empujaban con fuerza los pedales de sus bicicletas. Tenía bien abierta la ventana de mi vehículo para mejor palpar aquel ambiente espoleado por los reflejos que despedían los radios brillantes de las ruedas de las consabidas bicicletas.

El Cuaderno de JoanSeguidor: La Revista 

He podido seguir muchas y muchas competiciones ciclistas, pero aquella estampa de un Bahamontes, luchando en solitario ante una atmósfera caldeada por el ambiente, perdura en mi recóndito interior como un recuerdo feliz e invulnerable. Nadie con el paso de los años ha podido apagar la llama encendida de aquella imagen vivida en las laderas del Tibidabo.

Bahamontes, aquel día, llegó a la cima con una ventaja de tres minutos sobre el grupo perseguidor. Al contemplar su pedaleo agitado como si empujara su bicicleta a golpes de martillo, mientras columpiaba la cabeza de un lado para otro, nos preguntábamos con cierto estupor y no poca sorpresa, quién era aquel ciclista madrileño, enjuto, con el número de dorsal 34 a su espalda.

A primera vista, su figura nos mostraba un físico de apariencia más bien frágil, y hasta endeble si se quiere. Sí recordamos que vestía una camiseta de un color rosado pálido, equipamiento que distinguía a la escuadra que representaba: “Castilla”. Aparte de “Fede”, figuraban con él otros cuatro componentes inscritos: Fuertes, García, Guzmán y Hernán. A la par, todos ellos, eran considerados unos ciclistas modestos.

El Cuaderno de JoanSeguidor: La Revista 

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Bahamontes en aquella efeméride tan señalada tuvo una actuación realmente destacada que sugestionó, tanto a los aficionados apostados el borde de las carreteras como a los que seguimos aquel periplo sentados un vehículo renqueante. Era un privilegio para los que habíamos tenido la suerte de poder estar allí. Aquella gesta, aquella imagen, aquella silueta inconfundible, perdura, repito, en mis adentros. Su visión había sido una fiel realidad que me brindó este ciclismo vivido en una época ya lejana.

Aquella hazaña o hecho llevado a cabo por Bahamontes marcó un hito importante, un inicio, a su ascendente y dilatado historial. En la Vuelta a Asturias, en la que había concurrido el corredor toledano, hay que decirlo, se había dado ya a conocer. Había sido un protagonista anónimo para nosotros, los periodistas, que comenzamos a fijarnos en él. Fue un anuncio preliminar e impactante de lo que llegaría a representar y significar este ciclista en el vasto mundo de las dos ruedas.

Por Gerardo Fuster

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Miguel angel

    4 de enero, 2022 En 22:03

    Como escribe Gerardo fuster.. Te hace rememorar tiempos y echos muy parecidos en Asturias. Tiene un no se que haciéndolo muy grande

    • Iban Vega

      5 de enero, 2022 En 12:14

      es leer lo que se publicaba hace 50 años, pero hoy
      un gozada

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Ciclismo antiguo

Pocos ciclistas impactaron como Jan Ullrich

Publicado

en

DT – 2022 post

Jan Ullrich fue tan poderoso como efímero en lo más alto del podio

No hace mucho dijimos que Jan Ullrich fue lo más brutal que vimos desde Miguel Indurain y, 25 años después de su Tour, seguimos en las mismas.

Quiso el azar que a segunda mitad de los vilipendiados años noventa viera la colisión de los dos talentos más grandes que ha tenido este deporte en los últimos cuarenta años: Miguel Indurain y Jan Ullrich.

Fue un choque muy desigual, reducido al Tour de 1996, una de las ediciones que flotan en la polémica perenne con un danés sentenciando la carrera en Hautacam ¿Os suena la película?

Al margen de todo ello, aquella carrera tuvo un ganador real y otro moral.

En el declive de Indurain, emergió un corredor que podía hacerlo todo, tirar del grupo de los mejores por kilómetros y llegar con ellos hasta el final, un escalador potente y pesado, de desarrollo largo, una bruta bestia, que diría Ares, que en la contrarreloj no hacía presos.

Jan Ullrich explotó de tal manera, en esos días, que sigo pensando que fue uno de los motivos para que Miguel Indurain diera un paso al lado.

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¿Qué habría sido del Tour 1997 si ambos hubieran estado de dulce?

No lo sabremos, aunque una cosa es cierta, lo que vimos en aquella edición, hace 25 años de eso, pasó a los anales como una de las palizas más hirientes jamás vistas.

El tramo que va desde Andorra a Saint Etienne es un chorreo en toda regla, como yo creo que nunca he visto nunca más.

Con Riis lejos del nivel de antaño, ya en la primera de los Pirineos, Ullrich ejerce de patrón sin el uno a la espalda.

En Arcalis, se acabarían las bromas. el alemán, campeón de su país ese año, abrió gas y destrozó los sueños de Pantani y Virenque en su terreno: les envió más allá del minuto en una etapa concluida tras 250 kilómetros.

A los pocos días en Saint Etienne, «diferencias Indurain» con éste retirado

Ullrich le tomó más de tres minutos en 55 kilómetros a ambos escaladores en una exhibición en la que Olano, especialista total, estuvo casi en los cuatro minutos de pérdida.

Esas eran las carnicerías que dejaba Ullrich a su paso, golpes de efecto que a veces le jugaban malas pasadas, como cuando salía a rueda de Pantani, volando en Alpe d´Huez, para reventar y pasar a controlar los daños.

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Su reinado se presumía largo y duro, pero nada hubo de eso.

Ullrich quedó rápido apeado del trono, esa mala cabeza que mostró en etapas como en los Vosgos, la ineptitud de Virenque aquel día le salvó, le traería de cráneo durante toda su vida.

Ver a aquel ciclista de 1997 fue lo más parecido a Indurain que recuerdo, 25 años después lo sigo pensando.

Aunque no volvería a ganar el Tour, hizo pequeños los registros de Poulidor batallando hasta el final y de buena lid con Pantani -memorable su ataque en la Madeleine- y Armstrong, en los Tours que no salen en los libros.

Queríamos acordarnos de este monstruo que esperemos esté mucho mejor y muy alejado de los entornos en los que le hemos visto no hace tanto tiempo.

Imagen: NDR

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Ciclismo antiguo

«Monsieur Anquetil, no le pedimos que pierda, sólo que no despliegue todo su potencial»

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DT – 2022 post

A Jacques Anquetil le pidieron que no abusara de los rivales

Ese día a Anquetil le llegó una propuesta tremenda.

En Lugano cuando el cielo luce azul, el sol entra por entre las crestas del Ticino y el agua refleja una luz que no calienta, pero sí reconforta.

Una luz de esas que llena el alma e inspira.

Lugano, en el vértice italiano de la confederación helvética, acoge su gran premio, una suerte de mundial oficioso contra el crono que Jacques Anquetil tuvo a bien dominar durante más de media década.

Encantados, pero asustados, los organizadores del evento, no saben cómo aproximarse a la estrella normanda.

Jacques, maitre Jacques, el señor del reloj, el estilista que cinceló la imagen perfecta del hombre sembrado sobre la máquina, la perfección perenne que medio siglo después seguirá como los cánones clásicos, sin perturbarse por las modas.

Temor, como decimos en los garantes del evento.

Temor porque sospechan que el astro va a copar la clasificación.

Sinuosos se escurren ante Anquetil.

Le vienen a decir: “No decimos que pierda, sólo que no despliegue el potencial de su enrome talento”.

Eso tenía un precio, una media verdad que no mintiera al público, pero que le hiciera humano, que le diera emoción. Anquetil pacta un precio por su no victoria.

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El pacto de bambalinas no saldría de entre los firmantes, pero Anquetil riza el rizo.

Tiene en Ercole Baldini, italiano, elegante, querido en la zona y uno de los mejores bajadores de los tiempos, su posible gran rival.

Al final sería Gianni Motta el segundo.

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De cualquiera de las maneras, con Ercole pacta otra prima, parte del premio de éste por “no desplegar el potencial de su talento”.

Ya son dos bolos más el fijo de salida.Pero el día pinta fenomenal, la gente aclama a maitre Jacques y al final gana, porque no podía ser de otra manera, es el mejor y los arreglos, tan traídos en la época, no funcionan.

Le maitre se lo guisa y se lo come, se lleva el premio del primero, sin necesidad de ofender a la concurrencia, dándole pábulo a una cierta emoción.Todo queda como lo establecido, Jacques Anquetil es siete veces ganador en Lugano, esas marcas que nadie osaría igualar, porque como el tiempo demostró no son de este mundo.

Ésta es una de las historias de «La soledad de Anquetil», el excepcional libro de Paul Fournel dedicado al primer quíntuple ganador del Tour de Francia.

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Ciclismo antiguo

La inédita y olímpica historia de Christa Luding y Clara Hughes

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DT – 2022 post

Christa Luding y Clara Hughes han sido campeonas olímpicas de ciclismo e invierno

La historia por poco sabida no merece ser omitida. El día que los Juegos Olímpicos coreanos echaron el cierre, hace ua cuatro años, con una fenomenal final de 50 kms de esquí nórdico, queríamos acordaros de dos campeonas olímpicas que las cuñas de Eurosport nos recordaron esos días porque lo fueron de invierno y verano, y en verano lo consiguieron en las pruebas de ciclismo. Hablamos de Christa Luding y Clara Hughes.

La primera era alemana del este, la antigua RDA, en tiempos en los que los mapas de geografía política en Europa borraron fronteras marcadas desde el mismo final de la Guerra Mundial.Christa Luding fue patinadora y ciclista de velocidad. Es una de nuestras campeonas olímpicas.

Christa Luding fue fija en los podios de los ochenta e inicios de los noventa

Su leyenda empieza como patinadora de velocidad. Medio kilómetro y kilómetro, medallas de oro en Sarajevo 1984 y Calgary 1988.Ese mismo año sería plata en la final de velocidad en Seúl 88, la primera olimpiada coreana y la anterior a la de Barcelona, en el 92, como la de Albertville, donde sería bronce de patinaje velocidad en 500 metros.

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Clara Hughes es una leyenda en Canadá

La otra protagonista es de Winnipeg. Es una leyenda, una celebridad en un país de honda tradición olímpica, como es Canadá.De hecho, Clara Hughes fue la abanderada en los juegos de Vancouver 2010.

Los juegos de casa, como Chris Hoy en Londres.Para tal honor, Hughes, subcampeona del mundo de contrarreloj en Tunja, año 1995, donde Indurain y Olano, ya había pisado podios olímpicos.

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En Atlanta, año 1996, se colgaría dos medallas de bronce en las carreras de carretera, crono y ruta, pero con el tiempo se pasaría a patinadora de distancias más largas que Luding.Hughes ganaría medallas desde Salt Lake City, año 2002, a Vancouver, año 2010.

Por medio, en Turín, 2006, entraría en la galería de campeonas olímpicas: oro en los 5000 metros.

Con la final de hockey hielo aún resonando, las emociones del frío y deslizante, hemos querido tener una esquinita de estos preciosos juegos en este mal anillado cuaderno que es El Velódromo.

Imagen: Olympics

 

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Ciclismo antiguo

El día que Greg Lemond sí batió a Sean Kelly

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DT – 2022 post

Ese mundial de Chambery condenó a Kelly ante Lemond

Sitúense. Década de los ochenta, años vintage.

Tiempos de transición, de respeto real y cariño sincero hacia el ciclismo. Guimard diría que los últimos tiempos de inocencia.

El pelotón es poblado por leyendas vivientes.

Nos centramos en dos. Un americano de grácil pedaleo y afortunado sino, Greg Lemond. Enfrente el mejor ciclista del momento, Sean Kelly, un corredor cuyo bagaje excede los límites de la estadística.

En 1989 el Campeonato del Mundo se desarrolla en la ciudad francesa de Chambery, la puerta de los Alpes, un sitio mágico, de montañas preciosas y duendes escondidos.

La jornada es lluviosa y fría. El mundial, siempre en el ocaso del verano rara vez se corre bajo tanta agua. Aquel día descargó el cielo sobre los corredores, tanto que pasarían unos años hasta ver ediciones tan húmedas.

Oslo a los cuatro años y Valkenburg a los nueve le harían honor.

La carrera se decide en un sprint, qué sprint.

Uno entre un millón, Greg Lemond, sorpresivo ganador del Tour un mes antes ante el desconsuelo de Laurent Fignon, lo hizo, ganó a Kelly en una llegada explosiva, casi icónica, en un ambiente espeso y húmedo, con huesos asomando bajo el maillot calado, imitando eso que griegos inventaron en la Victoria de Samotracia, la técnica de los paños mojados para descifrar la anatomía.

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Sean Kelly vs Greg Lemond. Un duelo desigual si en grandes clásicas nos fijamos y asimétrico si añadimos mundiales.

Kelly llegaba como ganador de la recién creada Copa del Mundo, fue cuatro veces verde en el Tour, ganador de una Vuelta.

Kelly amasó victorias parciales sobre Lemond en San Remo, Lombardía y Lieja. Le sacó del podio de la Roubaix de 1985.

Sólo en una clásica Lemond rompió la tiranía de Kelly, el Gran Premio de las Américas de ese mismo año cuando se clasificaron cuarto y quinto respectivamente.

Greg pudo con Sean en esa clásica y en todos los mundiales en los que se cruzaron.

Sean nunca pudo con Greg cuando el arco iris amanecía en el horizonte.

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La carrera tuvo otro protagonista, Dimitry Konishev, un jovenzuelo soviético que clavó la carrera siempre en vanguardia.

Posiblemente él fuera, con su plata colgando de la nunca, el tipo más feliz del podio francés. Lemond ya había sido campeón del mundo, Kelly nunca lo sería.  El ciclismo, caminos paralelos, caminos cruzados, siempre tuvo estas cosas, estos azares.

Lemond nunca ganó a Kelly hasta que lo hizo, y en un Campeonato del Mundo.

 

Una historia discreta pero latente que explica por ejemplo lo que este año le ha pasado a Peter Sagan, quien nunca fallaba hasta que se vio en el sprint de San Remo.

Historia y foto tomadas de greglemondfans.wordpress.com

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TWITTER

😕 Cuando vi este vídeo, no me gustó.

Tengo la sensación de que se juzga a Movistar Team desde una óptica muy negativa, y me parece bastante injusto.

👇 Os cuento en este hilo mi punto de vista sobre el equipo y las consecuencias de su posible descenso.

Aunque parezca rigurosa, la descalificación de Marianne Vos es, con la norma en la mano, más que justa

https://joanseguidor.com/marianne-vos-descalificacion/

Las zapas @dmtcycling de Pogacar, blancas, limpias, un guante que se ajusta a la antigua usanza, con cordones, elegantemente escondidos

https://revista.joanseguidor.com/zapatillas-dmt-krsl/

Veo emoción en la parroquia con el debut de Carlos Rodríguez en la Vuelta, pero olvidáis, querid@s, que el mocetón va con varios líderes en ineos.
Eso no quita que pueda brillar, pero las opciones son menores de inicio

https://joanseguidor.com/vuelta-2022-carlos-rodriguez-ineos/

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