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Mundo Bicicleta

Amstel Gold Race, la contracrónica

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Ciclovolta

Holanda es un país en donde se practica asiduamente el ciclismo. Sus extensas planicies invitan a ello. Deportivamente hablando siempre ha tenido buenos ciclistas, y, sin embargo, para darse a conocer han debido aprender el oficio y alcanzar la fama en el extranjero. En el país de los tulipanes no se suelen celebrar carreras de gran envergadura internacional. Tan sólo destaca la clásica Amstel Gold Race, patrocinada de años por una importante firma cervecera que divulga su nombre por doquier. Su primera edición data del año 1966, con triunfo para el francés Jean Stablinski, un hombre de antaño bien conocido en las lides del pedal.

Esta vez, concretamente en la 50ª edición, ha recaído la victoria a favor del corredor polaco, Michal Kwiatkowski, campeón del mundo de fondo en carretera en la categoría reservada a profesionales, que acaba de vencer en la meta de Valkengurg, formando parte de un grupo compuesto por dieciocho unidades. El segundo lugar correspondió al español Alejandro Valverde, un hecho honorable que vale la pena también elogiar, y que nos confirma que esta prueba le es más bien propicia a pesar de que el ganar en alguna edición no le ha sido posible hasta la fecha de hoy.

Los muros, el tormento de los ciclistas

La citada competición aunque tenga lugar su celebración en los Países Bajos, uno imagina que carece de dureza por la tradición imperante que prevalece en aquellos parajes, dominados por el dios del viento. Si nos adentramos en la provincia de Limburgo, situada en la parte sur, una zona que en otros tiempos se erigió como ducado, una distinción compartida también por Bélgica, a orillas del Mosa, se alza la valiosa ciudad de Maastricht, que se rodea de un terreno bastante intrincado con repechos cortantes por doquier, y que nosotros, perdonen la intromisión, hemos experimentado a lo vivo dándole precisamente a los pedales en una época algo lejana en la cual  vivimos no lejos de allí obligados por razones profesionales.

Un tercero en discordia

Selle italia

La Amstel Gold Race, inició su periplo como siempre en Maastricht, que cuenta con un amplio conglomerado industrial, destacando empresas de cerámica, cemento, papel y cristalería, entre otras materias básicas. La competición en esta edición constaba de nada menos 34 muros, una pesadilla casi constante y acuciante para los ciclistas. Su variado recorrido, inciso aparte, fue cuna del Campeonato Mundial de fondo en carretera, cuyo encuentro nos remonta al año 2012, en donde se impuso el belga Philippe Gilbert, este corredor que era señalado como el gran favorito precisamente en esta prueba Amstel Gold Race a la que dedicamos estas líneas  hoy, junto con la sombra inconfundible del eslovaco Peter Sagan.

Los dos, hay que decirlo, lucían antes de salir el mejor cartel propagandístico. Luego resultó que ni uno ni otro se llevó corona tan codiciada. Les aplastó los planes un tercero en discordia, un poco de sorpresa si se quiere: el polaco Michal Kwiatkowski, que lució, además, con cierto orgullo su actual camiseta de arco iris de campeón mundial (2014), un título que siempre llama a la atención.

La esperanza es lo último que se pierde

Apenas dado el pistoletazo de salida, el pelotón se puso en tono vibrante a pesar de que quedaban 258 kilómetros por delante. La serie de muros que hemos mencionado, podía atragantar el físico a cualquiera. La gente importante tomó sus precauciones y dejaron a hacer a otros el juego aventurero. En realidad la realidad de la carrera se empezó a fraguar cuando faltaban una treintena de kilómetros para la línea de llegada. Se formó un pequeño grupo de cinco unidades compuesto por el italiano Nibali, los australianos Clarke y Tanner, el eslovaco Polanc y el belga De Vreese, dispuestos a quemar sus naves ¡valgan esas palabras!

Tanto fue así que poco antes de afrontar por última vez el Muro de Cauberg, que se cruzó tres veces en ese día, y que tiene una longitud de 800 metros de ascensión al 12%, el ciclista australiano originario de Melbourne, Simon Clarke, lanzó una alocada estocada con la sana intención incluso de ganar en solitario, una temeridad. La esperanza es lo último que se pierde. Su ventaja osciló a lo sumo con unos segundos de tiempo que no llevaban a ninguna parte. Pisándole los talones venía un grupo de escogidos, cual fueran galgos con un afán vengativo en su interior.

¿Quién temió a Michal Kwiatkowski?

Una vez ahogado el intento de Clarke, no vamos a especificar el número amplio de intentos que se dibujaron en la parte final de la carrera. El protagonismo corrió a cargo de varios. Nos daba la sensación de que con tantos movimientos y con tantas tentativas vanas la razón de la carrera se arremolinaba en un torbellino confuso. No había ni orden ni concierto en el seno del pequeño grupo. Fue precisamente Michal Kwiatkowski (24 años), encuadrado en el equipo luxemburgués Etixx-Quick Step y luciendo la vestimenta de campeón, el que puso toda la carne en el asador en el último y electrizante respiro, en tanto que los corredores -algunos de los favoritos-, se sometían a una estrecha vigilancia.

Nos cupo la alegría de haber vislumbrado en segunda posición al ciclista murciano Alejandro Valverde, que sobresalió en los últimos metros de carrera gracias a su punto de velocidad. Ni el australiano Michael Matthews (3º), ni el portugués Rui Alberto Faria da Costa (4º), ni el otro belga  Greg Van Avermaet (5º) y ni el francés Tony Gallopin (6º),  pudieron trastocar el resultado final. El ser demasiado favorito muchas veces cierra las puertas, pues supone un alto grado de alta tensión que ahoga las esperanzas.

Así se escribe la historia

Michal Kwiatkowski (24 años) nació en la población polaca de Dzialyn.  Es profesional desde la temporada de 2010. Es un más bien un ciclista completo y temido como velocista. Anotamos en su historial triunfos absolutos en la Vuelta al Algarve (Portugal) más dos etapas y en la Strade Bianche (Italia) en el año 2014, aparte de conquistar el título mundial de carretera. En el curso de este año ha sido vencedor de la primera etapa prólogo de la París-Niza bajo la especialidad de contrarreloj.

Vale la pena recordar que Valverde, en el año 2008, consiguió en esta misma prueba alcanzar el tercer lugar en una jornada en la que la victoria correspondió al italiano Damiano Cunego. En la temporada 2013, se clasificó segundo tras el checo Roman Kreuziger. Se recuerda que el catalán Joaquim Rodríguez hizo el segundo en el 2011, con el laurel de la victoria al belga Philippe Gilbert. Digamos que los españoles en la presente edición alinearon en la línea de salida a sólo doce componentes. No es mucho. Es poca cosa. Pero hay que conformarse con lo que uno tiene en sus manos. Y más cuando hay que luchar frente a un conglomerado de exactamente 199 participantes ¡Qué no es poco!

Hasta la fecha de hoy,  por Naciones, resulta que Holanda es la más agraciada, con 17. Le siguen Bélgica, con 12, e Italia, con 6. España, recalcamos, nunca ha conocido las mieles del triunfo en esta clásica. El que más veces ha ganado esta carrera es el holandés Jan Raas (1977-1978-1979-1980-1982). Una hazaña, mucho nos tememos, que va durar por mucho tiempo. El mérito queda ahí en el pedestal de los famosos.

Por Gerardo  Fuster

Imagen tomada de es.eurosport.yahoo.com

INFO 

En Eibar, hace 175 años nació una empresa familiar, regentada por varios hermanos que fue pionera en muchas cosas. Entraron en el negocio de las armas como marcaba la tradición, primero grandes, luego se sofisticaron, incluso llegaron a tener sus saltos de agua para generar energía eléctrica. Con el cambio de paradigma, se fueron a la bicicleta y fueron sociedad anónima hasta que su gerente Esteban se declaró incapaz de seguir adelante. Los trabajadores cogieron las riendas hace unos 45 años y desde entonces siguen haciendo bicicletas tras superar mil vericuetos. Hoy compiten desde Mallabia, cerca de Eibar, porque en ella era imposible permanecer por no haber más espacio para crecer. Esta empresa es Orbea y se bate en un mundo de gigantes con la innovación y los valores que marcaron sus orígenes, que dibujaron la bicicleta eibarresa.

Castelli GIRO
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1 Comentario

1 Comentario

  1. German

    21 de abril, 2015 En 7:53

    ¿Sagan?

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Ciclismo antiguo

El rampante león de la bandera de Flandes

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Flandes bandera JoanSeguidor
Ciclovolta

El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Bramante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

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En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

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Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

Castelli GIRO
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Ciclismo antiguo

Tirreno-Adriático: Herminio Díaz Zabala fue almirante entre dos mares

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Herminio Díaz Zabala Tirreno JoanSeguidor
Ciclovolta

Cuando Herminio Díaz Zabala ganó toda una Tirreno-Adriático

Si en los años recientes nos hemos acostumbrado a ver a ciclistas españoles hollar nuevas dimensiones, hubo un tiempo que ciertos cotos parecían vedados a los nuestros.
Una de las mejores carreras del calendario, la Tirreno- Adriático, que arranca ya de costa a costa, por el ancho de la bota transalpina, no tuvo acento hispano hasta que aquel ciclista de generosa entrega llamado Herminio Díaz Zabala logró el éxito en el año 1991.
Hace treinta años, ya.
Y es que en el libro de oro de la ONCE, Herminio ocupa plaza afortunada.
Compañero de Perico en su Tour triunfal, le dio al cuadro dirigido por Manolo Sainz su primera gran victoria, esa que dicen nunca se olvida, con una etapa en la Vuelta a España de 1989 con final en Benicassim.
Sin embargo si hubo una victoria que este cántabro pudo saborear con excelente tino fue esa Tirreno que acabó embolsando en un palmarés asimétrico en cantidad respecto a la calidad humana y derroche que generó a favor de otros.
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En esa edición de la Tirreno Herminio debió correr con el pálpito desde el inicio pues entre Pompeya y Octaviano ya estuvo ojo avizor insertándose en fuga buena con muy buenos elementos rodeándole, tales como Taffi, Ghirotto, Wegmuller o Raúl Alcalá. Tercero en esa jornada el equipo decidió trabajar la inesperada baza del ciclista cántabro.
De esta manera la carrera estuvo atada hasta la crono final de San Benedetto del Tronto, ese lugar ya fijo en la carrera, donde Herminio sólo era superado por Erik Breukink, entonces en condición de eterna promesa en el PDM, obteniendo un rédito de cuatro segundos pero definitivo sobre Ghirotto, en el gran éxito de este ciclista entonces bien dotado de cabello, pero luego reconocido por su estampa inclinada sobre el manillar y despoblada testa.
Un ciclista como pocos quedan, como pocos se ven. Un hombre cuyo mejor triunfo siempre era el ajeno.
Foto tomada de www.ciclo21.com

Castelli GIRO
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Destacado

Strade Bianche: ¿De dónde viene la fiebre por el ciclismo vintage?

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Ciclismo Vintage JoanSeguidor
Ciclovolta

La Strade Bianche es la cuna del nuevo gusto del ciclismo vintage

En 2020 la Strade Bianche fue noticia por su anulación hasta el mes de agosto, pero la historia de esta carrera, la misma que no había visto una suspensión de la Milán-San Remo desde la II Guerra Mundial, viene de antes.

En 1997 nació en Italia, en la preciosa Toscana, la tierra de viñedos e increíbles ciudades medievales, L´ Eroica, era la nueva edad de oro del ciclismo vintage.

Por los caminos que en Castilla se podrían llamar “de concentración”, se lanzaron miles de cicloturistas equipados por bicicletas de sabor añejo.

Dotados de glamour de antaño, viejos hierros rehechos a sí mismos. Piezas de museo, menospreciadas durante muchos años, por su peso e incomodidad, abordaron las rutas de la Strade Bianche.

Todos debían llegar a la salida de Gaiole in Chianti con una bicicleta anterior a 1987, es decir, y para ubicarnos, todas las anteriores al triplete inédito de Stephen Roche. Combinando gravilla, tierra y asfalto se pusieron varios recorridos y distancias según los niveles y exigencias.

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Todo se vistió de rosa, muy italiano, vino y pasta rodearon el evento, el círculo estaba cerrado, fantástico producto que desde entonces no ha parado de crecer.

Y lo ha hecho tanto que cada mes de marzo, un sábado en las líneas que dibujan el mapa de Siena se reúne parte del mejor pelotón mundial dando salida a grandes ganadores y mejores momentos de ciclismo: Cancellara, Kwiatkowski, Stybar, Gilbert, Alaphilippe…

Arrate JoanSeguidor

Es la Strade Bianche, la repercusión más obvia y directa de este evento que al mismo tiempo ha inspirado no pocas citas en el calendario español e internacional en las que ciclistas pertrechados con maillots de hace cuarenta años, chichonera en ristre y vieja, pero remozada, bicicleta entre las piernas se dan cita para recorrer pintorescos lugares.

Hace un tiempo Jordi Escrihuela nos deleitaba con una pieza sobre la vieja bicicleta que le acabó cautivando y llevando por los páramos de medio mundo a presumir el mero placer de rodar como antaño.

Con Jordi quisimos saber de las raíces de esta nueva pasión que además de generar eventos por doquier da de comer a no pocos restauradores, auténticos artistas platerescos que en otra circunstancia no habrían tenido esta cantidad de trabajo.

El amante del ciclismo vintage admiraba a Perico, a Ocaña, a Bahamontes, y echa de menos aquel ciclismo de costura y tapiz, sin pulsómetros, ni CRM no ostias, era ciclismo a pelo, corrido con el corazón y las sensaciones, de rompe y rasga. La tecnología le ha robado alma al ciclismo, como a otros deportes, al mismo tiempo.

Hay auténticos nostálgicos de aquello.

Y la única manera de revivir esa época es montando estas fiestas del ciclismo sin pulsómetros, ni medias, ni chips, ni dorsales sino sacando las viejas bicis de rastrales, manetas en el cambio, y nuestros maillots de laneta de los sesenta o setenta

Hoy en día se ve a Froome, Bernal, Roglic y compañía, se disfruta, se sabe más que nunca de ellos, quizá demasiado, y la química no es la de entonces cuando un campeón era la cara de tu chapa en los juegos de corral y llenaba de posters las paredes de tus paredes con relieve de gotelé.

Hoy las carreras muchas veces se resuelven por un puñado de segundos, ya no existen las pájaras, ni los ataques suicidas, ni las heroicidades en montaña ni la épica, todo está bajo control, el ciclista no es dueño de sus actos, no hay tiempo para la improvisación, todo está bajo el mando de la voz del director en el pinganillo.

Por eso triunfan estas marchas, por eso  vuelve lo antiguo, que aunque un incauto lo pensara, nunca pasó de moda.

Imagen tomada de totalwomenscycling.com

trata de un accesorio fundamental para las bicis de piñón fijo, porque significan el único sistema de seguridad para los que no llevan freno o llevan un solo freno. Es un sistema de retención que básicamente te ayuda a frenar hacia atrás con los pedales sin que vueles de la bici.

No obstante como todo sistema de frenado, los straps de pedales deben ser regularmente mirados para ver si hay desgaste. Todo depende de cuánto los usas y del tipo de bici que tengas. Nuestros straps aguantan bastante y a nivel de relación precio/calidad son de los mejores del mercado.

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Mundo Bicicleta

En el Galibier somos como un pálido y vulgar animalillo

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«En el Galibier somos como un pálido y vulgar animalillo; ante este gigante, sólo podemos quitarnos el sombrero y saludar con modestia»

La frase de Henry Desgrange, el padre del Tour, exclamada en 1911, define a la perfección lo que el ciclista siente cuando se tiene que enfrentar al gigante alpino en un terreno grandioso, inexpugnable hasta aquel entonces, donde incluso los más grandes campeones empequeñecen ascendiendo por su carretera ganada a los hielos, que cubren tres cuartas partes del año alcanzando los siete metros de manto blanco bajo las órdenes del general Invierno.

Territorio hostil, en su cumbre a 2645 metros sobre el nivel del mar reina el silencio y solo nos queda admirar. Y meditar. Por encima de la cota 2000 hay poca vida en sus laderas, quizás alguna marmota que se despereza del letargo hibernal, pero la actividad humana es prácticamente nula. Es el triunfo de la naturaleza sobre el hombre, en toda su expresión, un monumento hecho montaña donde solo llegar hasta allí arriba supone una victoria y ganar, la gloria, tocando el cielo con las manos.

Así debió sentirse Émile Georget -igual que Neil Armstrong cuando pisó la Luna-, al ser el primer hombre en pedalear por el túnel abierto en su cima, porque el francés, a diferencia del norteamericano, no puso pie durante las 2 h y 38 minutos que invirtió en toda su ascensión, «una gesta sin precedentes en los anales del ciclismo», tal y como tituló L’Auto en su portada del 11 de julio de 1911. Siguiendo con la analogía, el mismo diario aquella fecha podría haber definido la épica etapa como un pequeño paso para el ciclista pero un gran salto para el ciclismo mundial y el Tour, que con aquella montaña adquiría una nueva dimensión.

El túnel que la mayoría de vosotros conocéis ya estaba abierto en aquellos años, ya que fue nada menos que en 1891 cuando se construyó para comunicar a los vecinos de la Saboya con los de la Provenza, bajo 90 metros de piedra y roca y 365 de largo, tantos como días tiene el año. Poco se podían imaginar que 20 años más tarde alguien montado en aquel invento reciente sería capaz de semejante hazaña.

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Le habrían tachado de loco, de lunático, pero así fue para asombro de los aficionados a este increíble deporte que se engancharon a un espectáculo sin igual en el que los ciclistas «fueron capaces de ser alados y elevarse hasta unas alturas donde ni siquiera llegan las águilas», como también pronunció en su día el propio patrón de la Grand Boucle. Por aquí volaron Fausto Coppi en el Tour del 52 «escalando como un teleférico deslizándose por su cable de acero» (Goddet), Charly Gaul en 1955, Bahamontes en el 64 o Anquetil dos años más tarde en una de sus mejores vuelos.

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El Galibier es un paso de montaña casi tan viejo como la propia Humanidad. Se dice que esta ruta se fue trazando siguiendo los pasos de contrabandistas y vendedores ambulantes que desafiaban el frío y las ventiscas de nieve incluso en verano. Acceder a uno de los otros valles era como hacerlo a la cara oculta de la Luna, a un territorio desconocido, otro mundo.

Sin embargo no fue hasta 1979 cuando el coloso da su estirón definitivo y crece nada menos que 89 metros, alcanzando los 2645 actuales. En efecto, el viejo túnel se resintió de una sus bóvedas y amenazaba con desplomarse de un momento a otro. Se cerraron sus grandes portalones de madera durante 25 años y se construyó una nueva carretera para cruzar el paso en forma de curvas diseñadas «a la mula», mil metros más de escalada al 10%, convirtiéndose en el tramo más duro de toda la ascensión, siendo Lucien Van Impe, aquel mismo año, el primero en estrenarlo pasando en solitario en cabeza.

“L’adoquí”, caja de productos y experiencias para los amantes de la bicicleta

Aunque las puertas del túnel fueron abiertas de nuevo en el año 2003, después de las reformas que ya permitían el paso incluso de autocares, el Tour prescinde de él y prefiere el nuevo tramo que lleva a la cima, para disfrute de los aficionados que sienten en aquellas nuevas rampas toda la épica de los esforzados de la ruta que se convierten en gigantes cuando hollan su cumbre, igual que lo seréis vosotros si superáis el miedo escénico del cartel «Col du Galibier: 35 km», saliendo de St Michel de Maurienne. Más que un fuera categoría, un puerto de otro planeta.

Por Jordi Escrihuela

Imagen: Ciclismo Épico

 

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