Ciclismo
El Team Picnic no tiene solución
El ciclismo ya es suficientemente duro como para leer cómo funciona el Team Picnic
La sequía del Team Picnic durante toda la campaña no es un tropiezo puntual, sino el síntoma definitivo de un modelo agotado.
Llegar a mediados de octubre con solo dos triunfos menores en el bolsillo y estrenar el casillero WorldTour en la segunda etapa del Tour de Guangxi con Frits Biesterbos roza la caricatura para una estructura de máxima categoría.
Llevaban casi quinientos días sin alzar los brazos en la élite.
Ganar en China a esas alturas del calendario no salva una temporada desastrosa, solo evidencia hasta qué punto se ha devaluado el bloque neerlandés.
La explicación a esta travesía por el desierto no está en las piernas de los corredores, sino en el funcionamiento interno del bloque.
Leemos que las recientes investigaciones publicadas en su país, respaldadas por más de setenta testimonios entre ciclistas y empleados, revelan un entorno marcado por la ansiedad, el control obsesivo y la imposición.
No se trata de un problema de rendimiento aislado, sino del colapso de un sistema de trabajo que prioriza la obediencia al manual por encima del rendimiento del deportista.
Esta dinámica de rigidez inflexible y gestión cuestionable viene de lejos.
Bajo sus anteriores denominaciones, el equipo ha sido incapaz de retener el talento o de convivir con corredores con carácter.
Las salidas de nombres de referencia como Marcel Kittel, Warren Barguil, Tom Dumoulin, Marc Hirschi o Wilco Kelderman respondieron al mismo patrón: ciclistas ahogados por un método inflexible que los aislaba en cuanto cuestionaban las órdenes o buscaban espacio propio.
Oscar Onley es el último de la lista.
El libreto de la dirección se impone siempre al factor humano.
Cuando la discrepancia táctica se castiga con el ostracismo en el calendario y se corta la comunicación entre técnicos y corredores, el grupo se bloquea.
El ciclismo profesional exige disciplina, pero la fiscalización de cada gramo y de cada vatio resulta inútil si el corredor compite atenazado por el miedo a equivocarse.
La primera victoria del año al máximo nivel ha llegado por puro accidente en el epílogo del curso, pero no tapa una realidad evidente: una estructura sumida en la desconfianza y la rigidez termina destruyendo el rendimiento antes de que las fuerzas fallen en la carretera.
Menudos lumbreras.
Imagen: ASO/Gaëtan Flamme
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