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Ciclismo antiguo

Ciclistas que querría haber visto: Roger De Vlaeminck

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La intimidación que ejerció Roger de Vlaeminck fue algo atemporal

Cuentan los libros que Roger y Éric, los De Vlaeminck, fueron niños que crecieron en la adversidad más absoluta.

Fue en Eeklo, un municipio al norte de Gante, en tierra de nadie, cerca de los Países Bajos, con el León Flamenco ondeando en las casas, pero con el neerlandés muy instalado entre los ciudadanos del lugar.

Y eso hace especial este sitio frío, sombrío e incómodo, que ciertos personajes sean vistos como eternos “nómadas” y casi extraños.

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Roger De Vlaeminck cumple ese perfil de eterno emigrante, en una familia de comerciantes en la que coger la maleta e irse con los bártulos a otro sitio, no era un problema.

Él, con ese aspecto tan moreno, tan fuerte y rudo, creció con escaso apego a la escuela, siguiendo los pasos de otros tantos que ya desde bien jóvenes parecían encaminados a la fábrica textil más cercana.

Sin embargo, para Roger De Vlaeminck hubo un pero en ese camino casi trazado a ciegas: su hermano.

El portento Éric era una máquina de ganar y amasar titulares y reconocimientos, su habilidad sobre la bicicleta quedó eternamente en los libros como el mejor ciclocrossman de la historia, con siete arcoíris en la modalidad, tres más que Van der Poel y cuatro que Van Aert.

El día que Éric se llevó 500 francos a una casa en la que los excesos no eran precisamente habituales, Roger entendió que quizá la bicicleta habría de ser su compañera de viaje.

Su hermano, su inspiración, pero también el espejo de los errores que no debía cometer, entre otros los del dopaje.

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Así creció Roger De Vlaeminck, con esas ganas de reivindicarse ante ese mundo que nada fácil se lo había puesto, con el hambre de quien se lo jugó todo a una carta y con la rabia que ese corpachón era capaz de desplegar.

Desde un principio no se conocía victoria suya que no fuera en solitario, su estrategia pasaba por destrozar rivales, descolgar la gente y llegar con todos los focos mirándole a él.

Una historia que fue a más con el tiempo hasta que chocó con quien debía chocar: Eddy Merckx.

Eran finales de los sesenta, principios de la década siguiente, era el tiempo de Merckx, y Bélgica sólo tenía ojitos para él.

Pero claro, cuando alguien domina con la brutalidad de Eddy, surgen alrededor rivales protestones que no se quedan de brazos cruzados.

Inspirado en un tal Luis Ocaña, Roger De Vlaeminck fue el azote de Merckx en todo lo que fueran adoquines, llanos, llegadas al sprint y espacios ajenos a las grandes vueltas.

Lo logró, y lo hizo al punto que dejó al astro belga con las ganas de triunfos tan apetecibles como la París-Roubaix que Roger le ganó en el mismo velódromo a Eddy, vestido en arcoíris.

Decían las crónicas que la capacidad de intimidación que alcanzó Roger De Vlaeminck fue única, midiéndose con la del propio Merckx.

Su violencia en el pedaleo, en la forma de tazar, de maltratar la bicicleta pasaron a la historia gruesa de este deporte, al punto que, incluso que no le vimos en directo, sabemos tanto de él, que podemos imaginar lo que supo generar a su alrededor.

Imagen: The Spoken

 

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