Ciclismo
Un Mortirolo mete miedo, imaginaros dos
Nunca la indiferencia apareció en el Mortirolo
Recuerdo el impacto al ver por primera vez el perfil del Mortirolo en aquella revista de Ciclismo a Fondo de mayo de 1991.
Eran rampas a dos dígitos, trece kilómetros sin respiro.
Ni los Lagos tenían semejante porcentaje.
Aquel gráfico plasmaba el nacimiento de un coloso que liquidó las subidas clásicas e inauguró la era de las paredes imposibles.
Desde entonces, el puerto no admite medias tintas ni deja a nadie indiferente.
En sus rampas se construyó una leyenda que mezcla épica y sospecha.
Marco Pantani firmó allí su obra cumbre ante Miguel Indurain en 1994, el mismo día que Sergi Bruguera ganaba en París.
Sin embargo, recurrir a los tiempos de ascensión como prueba de limpieza del pelotón actual es agarrarse a un clavo ardiendo.
Ivan Gotti conserva los registros más rápidos junto a Roberto Heras y Pavel Tonkov, rodando más veloz que el propio Pantani.
Ivan Basso voló en 2006 antes de la Operación Puerto y calcó casi el tiempo cuatro años después, ya con el cartel de redimido.
Qué cerca lo tuvo aquel día David Arroyo.
En 2008, tipos como Emanuele Sella o Riccardo Riccò marcaron registros peores que ascensiones posteriores. Comparar épocas en estas pendientes siempre resulta un ejercicio arriesgado.
Para Alberto Contador, el coloso supuso caminar sobre una fina línea entre el desastre y la gloria.
En 2008 salvó los muebles sin estar al cien por cien para amarrar su primer Giro ante Di Luca y Riccò.
Siete años después, en 2015, el madrileño sufrió un pinchazo justo a pie de puerto.
Con su equipo desarmado y el grupo lanzado, firmó una remontada monumental.
La crisis de Fabio Aru y el freno táctico a un Mikel Landa superior despejaron el camino hacia Aprica.
El Mortirolo siempre dicta sentencia sin disfraces.
En el Giro 2027, la carrera redobla la apuesta con un doble paso en la misma jornada, una vuelta de tuerca a un escenario donde no cabe el término medio.
Habrá quien celebre el espectáculo y quien señale el exceso, pero cuando la carretera se empina por encima del diez por ciento continuado, el ciclismo vuelve a su esencia más cruda.








