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Ciclismo antiguo

El rinconcito más colombiano de Catalunya

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DT – 2022 post

Querida montaña: no me hagas sufrir, hoy me decido a escribirte esta carta de amor sincero tú lo ves, tu cariñito es un agujero que me atraviesa el querer y sin tus besos en mi maillot nada me cubre la piel; como ves, solo pienso en ti, un sufrimiento a plazo fijo llevo en el pecho, querida montaña. Quiéreme otra vez, lléname de ti, vida tengo yo solo junto a ti. Tan solo vivo por refugiarme desnudo en tu corazón. Quiéreme otra vez, no me hagas sufrir, quiéreme otra vez, mi cielo, mi bici, mi amor verdadero, todo te lo di. No me hagas sufrir con mi pasión, quiéreme otra vez, envuelto en rampas de cariño y un poquitico de amor es lo que te pido, pero no me hagas sufrir que sin ti me rindo y en los bolsillos de mi maillot, mira nada me queda, todo te lo di. Mi sueño dorado, tan solo yo vivo midiendo el camino para besar tu cima. Amor sin cadena, quiéreme otra vez

(Adaptación libre, “Carta de amor” de Juan Luis Guerra)

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Para encontrar duros puertos catalanes no hace falta que nos desplacemos hasta el Pirineo, y sino que se lo pregunten a Álvaro Pino, cuando en septiembre de 1985, comentaba “que las carreteras catalanas tienen unas montañas que parecen no ser nada hasta que descubres lo duras que son”. Y la sorpresa fue mayúscula, no solo para él, sino para todo el pelotón internacional que durante aquellos días disputaba la prestigiosa Volta a Catalunya, que también descubrió un puerto de lo más selectivo que se había ascendido hasta entonces: el Mont Caro, a 1447 m de altura, uno de los colls más duros de Catalunya, que encararon con respeto y temor.

Aquel 11 de septiembre del 85 el primer corredor en inscribir su nombre en la cima fue el ciclista colombiano del Kelme Alirio Chizabas, demostrando por aquel entonces la superioridad de los escaladores del país sudamericano en la montaña, al ganar con autoridad aquella etapa final reina de la Volta. Robert Millar acabó adjudicándose aquella edición en dura pugna con Sean Kelly, y en las retinas de los corredores quedaron grabadas una bella y dura ascensión que nacía de las mismas entrañas del mar para subir a más de mil metros de altitud en muy pocos kilómetros.

Ubicado en la provincia de Tarragona, al sur de Catalunya, el Mont Caro destaca en el horizonte, altivo, majestuoso, como punto culminante del Parc Natural dels Ports de Tortosa-Beseit, declarado así en el año 2001 por su riqueza botánica y faunística, siendo la reserva de cabra hispánica más importante del país, un macizo montañoso a caballo entre Aragón, Valencia y Catalunya, y que desde sus 1447 m de altitud se convierte en mirador natural desde donde se pueden observar desde los Pirineos hasta el Delta del Ebro en toda su extensión.

Para mí, uno de los gigantes más ignorados tanto en el ámbito ciclista profesional como en el cicloturista. La Volta no va por allí desde hace más de 20 años y tampoco existe la celebración de una marcha cicloturista que lo glorifique. La última vez que estuvo la ronda catalana por excelencia fue en septiembre de 1991, convirtiéndose en juez absoluto de aquella edición. El año que viene volverá, será el final en Lo Mont.

Mano a mano en el Mont Caro, con las cabras de testigos

Era un 11 de septiembre. Según las crónicas del día siguiente “hasta las cabras se entusiasmaron con el espectáculo ciclista que ofrecieron dos grandes escaladores de los de antes, Herrera y Delgado, en las colosales paredes del Monte Caro”. Así que podríamos decir que este alto bien podría denominarse “la montaña de los colombianos” pues fue el inolvidable Lucho el que consiguiera el triunfo, delante de un Perico extraordinario que ejerció de gregario de lujo a un Indurain intratable, líder de la carrera con su maillot blanquiverde de la U.E.Sants, que superó sin problemas el cariñoso monte y se proclamaría vencedor absoluto de aquella Volta del 91.

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Aquel día atacó con fuerza el “Jardinerito”, desatando una espléndida batalla, y Perico respondió llevándose a su rueda a Miguelón, con tal fuerza que parecía que incluso iba a hacer peligrar su liderato. Superó a Lucho a falta de 4 km para meta. Indurain era un espectador de lujo, limitándose a controlar lo que sucedía por delante. Pero a falta de 1 km Pedro Delgado se desfondó y Herrera lo sobrepasó con mucha fuerza, ganándole la etapa en los últimos metros.

Tuvo que conformarse con la segunda plaza, la misma que ocuparía en el pódium junto a su compañero de equipo Miguel Indurain, que había sido el dominador absoluto de la situación: “el puerto ha sido francamente duro, sobre todo en algún tramo, pero el equipo ha estado bien, y sobre todo Pedro, en una ascensión que se ha subido a un ritmo muy fuerte”, comentaba el navarro a su llegada a meta.

Como anécdota, en aquella Volta del 91 descubrimos a un tímido y novato corredor, un tal Álex Zulle que saltaba al campo profesional de la mano de la ONCE y que se consagró como un excelente escalador en las cuestas del Caro, acabando el suizo en la 3ª posición de la general.

Desde entonces ya no se ha vuelto a saber más del Mont Caro a nivel profesional, y a nivel cicloturista tampoco han sido muchos los que se han acercado hasta Tortosa y abandonar su centro para iniciar en la vecina población de Roquetes la escalada a este coloso olvidado. De acuerdo que hasta ahora su pavimento no ayudaba mucho a venir por aquí: infame, muy deteriorado, todo puro bache que aumentaba la sensación de abandono de este monte y que incluso en su descenso, el ir frenando continuamente por el mal estado de la calzada, se hacía casi más agotador que su escalada. Pero hoy en día ya no es así y hace unos pocos años que arreglaron el firme dejándolo en perfecto estado para nuestras finas ruedas.

La carretera del Caracol

Antes de iniciar la escalada, vigilad la fuerza del viento. Según la gente de Tortosa, según como sople, “es mejor no ir”. Si continuamos, saldremos de Roquetes: un cartel nos indicará “20 km Mont Caro” y con la visión impresionante de la pared de los Ports delante de nosotros que hace que te lo pienses dos veces el intentarlo o no. Pero ya que hemos venido hasta aquí… ¡vamos a por él!

Menos mal que los 9 primeros kilómetros son suaves, justo antes de que, después de una bajada, nos encontremos la primera rampa a izquierdas que no bajará del 10%, y así, prácticamente sin descanso, durante todo el resto del puerto, duro, muy duro. Estamos ascendiendo por la carretera del Cargol, toda en forma de eses, aunque puede que la llamen así por el ritmo que llevamos algunos afrontándola. Pasaremos por la famosa y curiosa fuente con un caracol de piedra, pero… ¡atención!, está más seca que la mojama. Contemplaremos, un poco más adelante, la cabra de piedra instalada en lo alto de un gran monolito, que nos recordará lo ya comentado, que estamos en una de las reservas más importantes de cabra hispánica del país.

Una vez llegados a un descanso de aproximadamente un kilómetro (donde se situó la meta en las dos etapas de la Volta, en la Colonia de los Puertos), parecerá que ya hemos coronado, pero nada más lejos de la realidad. Otro cartel a la izquierda nos dirige al “Mont Caro en 4 km”. Y es que para decir “yo he subido el Mont Caro” hay que llegar hasta las antenas ¿verdad? Ese repetidor que en septiembre de 1962 produjo el aumento del parque televisivo de la zona de 1436 a 4368 televisiones.

Metidos en este último tramo: ¡vaya rampas!, ¡vaya 4 km! Los más duros y penosos a un 9% de media con puntas del 15. Las antenas están ahí pero no llegan nunca. Cuando lleguemos arriba, si tenemos suerte, podremos contemplar algún ejemplar de cabra hispánica y si el tiempo acompaña, de un paisaje espectacular, con el mar enfrente y, por supuesto, homenajearnos fotografiándonos junto a la placa de piedra grabada con la inscripción: “Parc Natutal dels Ports. Cim del Caro. 1447 metres. Terme municipal de Roquetes (Baix Ebre).”

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de www.enbici.eu

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Ciclismo antiguo

Tres de los ciclistas muertos en la Primera Guerra Mundial ganaron el Tour

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DT – 2022 post

Recordamos alguno de los ciclistas que perecieron en la Primera Guerra Mundial

El día 28 de junio de 1914 se marca como la primera jornada de la Primera Guerra Mundial, una máquina de destrozar generaciones y sueños de la que los ciclistas no fueron ajenos.

Mucho menos divulgada que la segunda, aquella conflagración fue una barbarie tan grande y tan mal resuelta que dio origen al segundo capítulo, veinte años después en unos de los ciclos más horrendos y espeluznantes de la historia de la humanidad.

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El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa a manos de un estudiante nacionalista serbio abrió la veda.

Luego los imperios centrales entrarían en conflicto con las naciones aliadas dándose diversos escenarios al mismo tiempo donde perecieron millones de personas en batallas interminables e irresolutas.

Años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el Tour había nacido con salud, fervor y los primeros grandes ciclistas de la historia   

Los nuevos tiempos cabalgaban en bicicleta, ese elemento ya menos exótico que pasó de pulular por las ciudades a estructurar competiciones y apuestas integrales donde grandes diarios se lo jugaban todo a eventos deportivos.

Así nació el Tour y así crecieron sus primeros héroes, dándose la circunstancia de que tres de los ciclistas pioneros de la carrera acabarían sus días en el fragor de la Primera Guerra Mundial.

Hablamos de la terna formada por Lucien Petit-Breton, François Faber y Octave Lapize.

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Entre los tres escribieron el palmarés del Tour desde 1907 a 1910 y los tres encierran historias de excepción.

El nombre real de Lucien Petit-Breton fue el de Lucien Georges Mazard, si bien pasó a la historia, incluso al palmarés del Tour con el apodo de pequeño bretón.

Hablamos de un excelente pistard de la época, que vivió tiempo en Buenos Aires y que pudo batir el récord de la hora en el mítico velódromo parisino de Buffalo, el mismo lugar donde Henry Desgrange lo fijó por primera vez a finales del anterior siglo.

Petit-Breton superó los 41 kilómetros en sesenta minutos antes de ganar el Tour por doble ocasión, siendo el primero en lograrlo en la historia.

Durante la I GM, en 1917, sería herido en las contiendas de Vouziers, el lugar donde falleció un piloto llamado Rolland Garros.

Al poco tiempo, fruto de las heridas fallecería en el hospital de Troyes.

François Faber fue luxemburgués, el primero en ganar el Tour esta carrera antes del legendario Nicolas Frantz.

Faber ganó la edición de 1909. En su condición de no francés estuvo adscrito  a la Legión Extranjera de Francia tomando parte en la Batalla de Artois, en el norte del hexágono, no muy lejos de Roubaix.

Allí, en 1915, fue informado de que iba a ser padre, pereciendo en el momento de la celebración de la nueva en la trinchera.

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Una bala alemana le dio muerte.

Un fatal descuido que le impidió conocer a su niña.

Autor de la famosa frase de “sois unos asesinos” fruto de la primera travesía pirenaica del Tour entre lobos acechantes en las cunetas, Octave Lapize había ganado la edición de 1910.

Sargento del ejército francés, pereció en Pont-à-Mouson en 1917 durante un combate aéreo.

En su epitafio se puede leer: “Muerto por Francia”.

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Ciclismo antiguo

Tour 1985: La prioridad siempre fue Hinault

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DT – 2022 post

Así fue el Tour 1985 de Hinault, el último ganado por un francés

Cuando Bernard Tapie ideó La Vie Claire y envió una oferta a Greg Lemond, nunca escondió otro objetivo que el Tour de 1985 iba a ser para Bernard Hinault.

Tras dos años de dominio del insolente parisino, Laurent Fignon, infringiendo dolorosas derrotas al que había sido su mentor, en especial en el Tour del año anterior, era el momento para que Hinualt acudiera raudo a su cita con la historia, pues el de 1985, iba a significar su quinto Tour.

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Hinault quería silla en la mesa de Merckx y Anquetil en una gesta que es el mito del ciclismo, los cinco Tours

Hablamos de una dificultad tal que, desde entonces, sólo Miguel Indurain se ha sumado a la fiesta, y vamos camino de los cuarenta años de esta efeméride.

En todo caso nunca se escondió que 1985 era el quinto turno de Hinault en la carrera francesa.

Así se le hizo saber a Greg Lemond, quien habría de dar un paso al lado en el liderato y dejar al ídolo bretón llevarse los honores con una condición, que al año siguiente Bernard le devolviera el favor a Greg.

Todos sabemos lo que sucedió en el Tour de 1986, icónico, antológico y maravilloso, pero poco se recuerda del anterior.

Y es que hay en la vida una cosa que se llama juventud que cuando entra en brillo, todo lo demás languidece.

Eso se debió pensar viendo a Hinault yendo a menos según avanzaba la carrera hacia París.

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Cada vez más justito, Hinault demostraba problemas para estar con los mejores, al tiempo que Lemond iba preguntando ¿qué hay de lo mío?

En la famosa etapa de la niebla de Luz Ardiden que gana Perico, Hinault va con lo justo.

Lemond se ve en cabeza con Chozas y Roche con su líder a un minuto.

El americano ve el panorama y pide permiso para ser más activo en el corte, la respuesta es tajante, desde el coche Paul Koechi, el director de la historia que más sapos ha debido tragar, le dice que ni se le ocurra .

Al día siguiente, en la mini etapa del Aubisque que gana Roche, la historia se repite, la respuesta es la misma.

«Greg, te jodes, pero no»

Bernard Hinault iba atufado, al punto que de aquellos días surgió aquella curiosa «amistad» con Lucho Herrera y la complicidad de ambos en carrera.

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Lemond obedece porque no le quedan más opciones, tiene la promesa de Hinault: «Tras el Tour de 1985, te ayudo a ganar el siguiente«.

Una promesa de campeón es complicada de tragar y Lemond nunca tuvo claras esas intenciones, de hecho a los hechos nos remitimos.

«El año que viene volverá Fignon -por desgracia tardaría más en regresar- y si él está Hinault no querrá quedarse fuera» dijo Lemond, medio convencido de la promesa de su compañero.

En todo caso, que Hinault ganara ese Tour tiene hoy su relativa importancia, pues estaríamos un año más cerca de la última victoria francesa en el Tour.

Imagen: Reddit

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Tour 1983: Angel Arroyo le dio la vuelta a la tortilla

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DT – 2022 post

Aquella crono de Ángel Arroyo cambió la suerte española en el Tour

Permitidnos irnos 39 años atrás, al Tour de 1983, la carrera que, como hemos leído tantas veces, lo cambió todo para el ciclismo español, aunque si tuviéramos que tomar un día, hablaremos de ese del Puy de Dôme, de la crono de Ángel Arroyo y los grandes mitos que se derrumbaron en esa subida.

Para quienes no estén en sintonía, me gustaría invitaros al podcast que hicimos hace unos días con Pello Ruiz Cabestany y Ángel María de Pablos.

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Si al primero, seguro le tenéis ubicado, al otro deciros que fue la voz del ciclismo en TVE cuando ésta se adentraba en caravanas por media España a razón de la Vuelta.

Angel, como Pello, guarda recuerdos de esos años que deposita en una pieza sonora que es una joya y que, entre otras cosas ubica dónde estaba el ciclismo español hace más de 40 años.

Tras Tours de grandeza y notoriedad con Luis Ocaña, entre otros, llegaron vacas flacas que dejaron al ciclismo español completamente al margen de la elite mundial.

«Ir al Tour era un fastidio, todo el día a mil por hora y encima mal pagado» viene a comentar Pello en este podcast.

«Otro día de calor en Burdeos y los españoles sin aparecer» recuerda Angel de aquellos días.

No sé si la imagen es del Tour de 1983, pero tanto da, muchos de los que ahí salen son artífices de ese salto adelante que devolvió España al mapa del ciclismo mundial y consiguió torcer las cosas.

Para quienes nos atribuyen hostilidad para con Abarca, hoy gestor del patrocinio de Movistar, que vean que, recordando estos momentos, tenemos buena memoria.

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De aquella historia hubo un día muy glorioso, único diría yo.

Fue el 16 de julio de 1983, y la etapa, la cronoescalada al Puy de Dôme

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Entre Clermond Ferrand, la patria de Geminiani, y el Puy de Dôme, no hay más que quince kilómetros, los suficientes para que Ángel Arroyo escriba la historia en letra gruesa.

El abulense vuela en la subida al gigante prohibido del Macizo Central, por carácter militar y gana una etapa cuyo podio completa Pedro Delgado, Perico, el mismo que días antes había impresionado en las bajadas de los Pirineos.

Arroyo, descalificado en la Vuelta del año anterior, un día después de su conclusión, se redimía con un ejercicio en solitario que mejoró en 13 segundos el tiempo de Perico y en casi medio minuto el de Patrocinio Jiménez.

El futuro ganador de aquel Tour, Laurent Fignon se dejó casi dos minutos.

A más de cuatro minutos del líder, el desafortunado Pascal Simon, quien arrastraba las molestias de una caída que le acabaría por obligar al abandono, Arroyo iniciaba la reconquista del podio del Tour, que acabaría pisando en París.

Sólo le quedó por remontar a Fignon, aquel rubio era demasiado aquellos días, aunque la cosa hubiera sido diferente si en el camino de Ángel no se hubiera cruzado un tal Van Impe, que jugó a lastrarle en la etapa de Morzine, la misma en la que Perico se agarró el globo que le sacó de un podio que tenía casi seguro.

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Ciclismo antiguo

Para calentar el Tour, de Merckx al vacío francés

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En el Tour nombres como Merckx e Hinault suponen la excelencia del ciclismo

Tal como ya anunciábamos con anterioridad, es nuestra intención el ir  exponiendo y comentando habitualmente ciertos relatos en torno al Tour de Francia, la carrera más prestigiosa que encierra nuestro calendario internacional ciclista. No dudamos de que los aficionados a este deporte podrán conectar y conocer de cerca ciertas anécdotas u otras actitudes ignoradas o difusas por el paso de los tiempos y que creemos que vale la pena ventilar o poner sobre el tapete.

Merckx,  el conquistador de etapas

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No hay duda de que Eddy Merckx ha sido uno de los ciclistas con más fama y popularidad en el plano deportivo de nuestro siglo.

Tiene un aquilatado y variado historial que le sitúa en un lugar a todas luces excepcional.

Aún así somos de los que creemos que no es tarea fácil el querer establecer comparaciones y colocar en un mismo ramillete a todos los atletas del pedal que han destacado, entremezclados en un mismo saco, pero pertenecientes a épocas distintas, diversas.

Un período determinado no es comparable a otro 

Los acontecimientos que nos depara la carretera con sus protagonistas no son, repetimos, comparables.

Las circunstancias son enormemente variables. Todos los juicios, en más y en menos, son suposiciones que no se sostienen con una base sólida.

Hay temporadas que se aglutinan una serie de ciclistas de alta categoría o rango, y, en cambio, en otras los atletas del pedal, por lo general, son de más bajo nivel.

Es aquello que se suele decir metafóricamente: que el país de los ciegos, el tuerto es el rey. No podemos medir los valores en litigio con el mismo patrón. Los vientos soplan de una manera u de otra.

Las comparaciones suelen ser insostenibles por unos entornos que nosotros no vamos aquí a discernir, una a una.

Hubo, por ejemplo, una Primera y una Segunda Guerra Mundial, motivos de indudable trascendencia que alejaron a los ciclistas de toda competición, de todo escenario rutero, sin un porvenir por delante que supusiera una renovada esperanza.

Hubo tiempos en los cuales se notaba la ausencia de figuras de categoría, de campeones en esencia. Como hubo asimismo también otras épocas que fueron mucho más prolíferas en la producción de ciclistas de alto copete. No nos vamos a extender en más consideraciones en este capítulo que queremos dedicar más bien a este corredor belga inolvidable, admirable, que ha marcado un verdadero hito en la historia del ciclismo: Se llama Eddy Merckx.

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Merckx ha sido, al igual que los consiguieron Jacques Anquetil, Bernard Hinault y Miguel Induráin, los protagonistas que conquistaron con brillantez y buena lid el Tour de Francia y nada menos en cinco ocasiones.

El estadounidense Lance Armstrong, que poseía siete triunfos absolutos, fue apeado de su flamante posición al ser sancionado por dopaje perdiendo en consecuencia toda su titularidad y todo su áureo prestigio.

Es interesante recalcar que Merckx, que concurrió en el Tour siete veces, logró acaparar nada menos que treinta y cuatro victorias de etapa, y, además, con la valía adicional de vestir la codiciada camiseta amarilla de líder durante noventa y seis largos días, una marca pasmosa y de alto mérito deportivo, no igualada o superada por ningún otro ciclista hasta la fecha de hoy.

Eso sí, el año pasado, apreció como Mark Cavendish se le ponía a la par en etapas ganadas.

¿Y cuánto tiempo lleva Francia sin ganar “su” Tour?

Analizando las prestaciones realizadas por naciones, es interesante observar que ha sido Francia el país que más veces ha reeditado la victoria absoluta en el Tour, “su” Tour. A los franceses les ha sonreído el triunfo en nada menos treinta y seis  ocasiones.

En cambio, con la mitad (18), le sigue Bélgica; y en un escalón más inferior  aparece España, con doce.

A continuación en un plano algo más bajo, aparece Italia que logró en el balance global tan sólo nueve triunfos en ese Tour que nos ocupa.

No ha sido elevada la cosecha acumuladas con el paso de los años por lo que ha representado y representa el país transalpino, con una identidad de por sí de alto contenido, pero que adolece por una falta de continuidad que se presagiaba, especialmente en la época gloriosa impulsada por el inolvidable dúo compuesto por Fausto Coppi y Gino Bartali, dos héroes, recalcamos, de carácter casi legendario.

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Vale la pena recordar, poner sobre el tapete, el de que los franceses, por ejemplo, lleven un largo trecho sin paladear las mieles de un ansiado y bien deseado galardón o premio.

Ha sido una senda frustrante, cosa que es sabido y que ahora señalamos una vez más. Nos hemos de remontar al éxito fructífero protagonizada por el ciclista bretón Bernard Hinault, el último bastión, cuando redondeó su último laurel en la ronda francesa, que se concretó en el año 1985; es decir, que han pasado casi cuarenta años de sequía absoluta, sin gloria y sin poder mostrar con cierto orgullo la siempre admirada bandera gala en el epílogo final vivido en París, la capital, una faceta o signo que se suele contemplar en su tierra con especial respeto y sobre todo con encendido patriotismo.

Por lo demás, Bernard Hinault, que fue un ciclista batallador y de alta capacidad física, tuvo la virtud de adjudicarse la competición también en los años 1978, 1979, 1981 y 1982, un conjunto de efemérides que los franceses conmemoran y que no olvidan. La nostalgia, hay que afirmarlo, les embarga con el pasar de las ediciones y de seguro que les llena de tristeza, de impotencia.

El Tour es algo muy propio que sus gentes llevan muy adentro. Se sienten propietarios más que nadie y sin embargo el destino les viene decepcionando sin concesiones.

Los españoles se han hecho oír

Quisiéramos hacer hincapié antes de dar por concluidas estas líneas, recordando la influencia de nuestros representantes españoles en la citada prueba por etapas. Decíamos con anterioridad que nuestro país se ha hecho notar con especial ahínco, en especial al inscribir sus nombres y apellidos por doce veces en el condensado historial del Tour.

Veamos, pues, al detalle su dilatada relación: Federico Martín Bahamontes (1959), Luís Ocaña (1973), Pedro Delgado (1988), Miguel Induráin (de 1991, 1992, 1993, 1994 y1995),  Óscar Pereiro (2006), Alberto Contador (2007 y 2009) y Carlos Sastre (2008).

¿Qué les parece ese panorama tan constante?

El presente no sonríe como antaño.

Aprovechamos este inciso para formularnos a continuación una incógnita:

¿Se nos ha interrumpido de un tiempo a esta parte la buena cosecha que fue acumulando España a lo largo de nuestro loable pasado, que involucra en cierta manera medio siglo de existencia?

Los números cantan: desde 1959, por obra de Bahamontes, hasta llegar al año 2009, con la victoria de Contador. Es una estela de resultados que nos hace pensar.

Por Gerardo  Fuster

Imagen tomada de forodeciclismo.mforos.com

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Pocos sitios en el mundo tan buenos para el ciclismo como Mallorca. Por eso y por que hacía mucho que no tenían un campeonato, se merecían la visita.
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Que ¿por qué me gusta Romain Bardet?
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