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Ciclismo antiguo

El rinconcito más colombiano de Catalunya

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Tuvalum

Querida montaña: no me hagas sufrir, hoy me decido a escribirte esta carta de amor sincero tú lo ves, tu cariñito es un agujero que me atraviesa el querer y sin tus besos en mi maillot nada me cubre la piel; como ves, solo pienso en ti, un sufrimiento a plazo fijo llevo en el pecho, querida montaña. Quiéreme otra vez, lléname de ti, vida tengo yo solo junto a ti. Tan solo vivo por refugiarme desnudo en tu corazón. Quiéreme otra vez, no me hagas sufrir, quiéreme otra vez, mi cielo, mi bici, mi amor verdadero, todo te lo di. No me hagas sufrir con mi pasión, quiéreme otra vez, envuelto en rampas de cariño y un poquitico de amor es lo que te pido, pero no me hagas sufrir que sin ti me rindo y en los bolsillos de mi maillot, mira nada me queda, todo te lo di. Mi sueño dorado, tan solo yo vivo midiendo el camino para besar tu cima. Amor sin cadena, quiéreme otra vez

(Adaptación libre, “Carta de amor” de Juan Luis Guerra)

Para encontrar duros puertos catalanes no hace falta que nos desplacemos hasta el Pirineo, y sino que se lo pregunten a Álvaro Pino, cuando en septiembre de 1985, comentaba “que las carreteras catalanas tienen unas montañas que parecen no ser nada hasta que descubres lo duras que son”. Y la sorpresa fue mayúscula, no solo para él, sino para todo el pelotón internacional que durante aquellos días disputaba la prestigiosa Volta a Catalunya, que también descubrió un puerto de lo más selectivo que se había ascendido hasta entonces: el Mont Caro, a 1447 m de altura, uno de los colls más duros de Catalunya, que encararon con respeto y temor.

Aquel 11 de septiembre del 85 el primer corredor en inscribir su nombre en la cima fue el ciclista colombiano del Kelme Alirio Chizabas, demostrando por aquel entonces la superioridad de los escaladores del país sudamericano en la montaña, al ganar con autoridad aquella etapa final reina de la Volta. Robert Millar acabó adjudicándose aquella edición en dura pugna con Sean Kelly, y en las retinas de los corredores quedaron grabadas una bella y dura ascensión que nacía de las mismas entrañas del mar para subir a más de mil metros de altitud en muy pocos kilómetros.

Ubicado en la provincia de Tarragona, al sur de Catalunya, el Mont Caro destaca en el horizonte, altivo, majestuoso, como punto culminante del Parc Natural dels Ports de Tortosa-Beseit, declarado así en el año 2001 por su riqueza botánica y faunística, siendo la reserva de cabra hispánica más importante del país, un macizo montañoso a caballo entre Aragón, Valencia y Catalunya, y que desde sus 1447 m de altitud se convierte en mirador natural desde donde se pueden observar desde los Pirineos hasta el Delta del Ebro en toda su extensión.

Para mí, uno de los gigantes más ignorados tanto en el ámbito ciclista profesional como en el cicloturista. La Volta no va por allí desde hace más de 20 años y tampoco existe la celebración de una marcha cicloturista que lo glorifique. La última vez que estuvo la ronda catalana por excelencia fue en septiembre de 1991, convirtiéndose en juez absoluto de aquella edición. El año que viene volverá, será el final en Lo Mont.

Mano a mano en el Mont Caro, con las cabras de testigos

Era un 11 de septiembre. Según las crónicas del día siguiente “hasta las cabras se entusiasmaron con el espectáculo ciclista que ofrecieron dos grandes escaladores de los de antes, Herrera y Delgado, en las colosales paredes del Monte Caro”. Así que podríamos decir que este alto bien podría denominarse “la montaña de los colombianos” pues fue el inolvidable Lucho el que consiguiera el triunfo, delante de un Perico extraordinario que ejerció de gregario de lujo a un Indurain intratable, líder de la carrera con su maillot blanquiverde de la U.E.Sants, que superó sin problemas el cariñoso monte y se proclamaría vencedor absoluto de aquella Volta del 91.

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Aquel día atacó con fuerza el “Jardinerito”, desatando una espléndida batalla, y Perico respondió llevándose a su rueda a Miguelón, con tal fuerza que parecía que incluso iba a hacer peligrar su liderato. Superó a Lucho a falta de 4 km para meta. Indurain era un espectador de lujo, limitándose a controlar lo que sucedía por delante. Pero a falta de 1 km Pedro Delgado se desfondó y Herrera lo sobrepasó con mucha fuerza, ganándole la etapa en los últimos metros.

Tuvo que conformarse con la segunda plaza, la misma que ocuparía en el pódium junto a su compañero de equipo Miguel Indurain, que había sido el dominador absoluto de la situación: “el puerto ha sido francamente duro, sobre todo en algún tramo, pero el equipo ha estado bien, y sobre todo Pedro, en una ascensión que se ha subido a un ritmo muy fuerte”, comentaba el navarro a su llegada a meta.

Como anécdota, en aquella Volta del 91 descubrimos a un tímido y novato corredor, un tal Álex Zulle que saltaba al campo profesional de la mano de la ONCE y que se consagró como un excelente escalador en las cuestas del Caro, acabando el suizo en la 3ª posición de la general.

Desde entonces ya no se ha vuelto a saber más del Mont Caro a nivel profesional, y a nivel cicloturista tampoco han sido muchos los que se han acercado hasta Tortosa y abandonar su centro para iniciar en la vecina población de Roquetes la escalada a este coloso olvidado. De acuerdo que hasta ahora su pavimento no ayudaba mucho a venir por aquí: infame, muy deteriorado, todo puro bache que aumentaba la sensación de abandono de este monte y que incluso en su descenso, el ir frenando continuamente por el mal estado de la calzada, se hacía casi más agotador que su escalada. Pero hoy en día ya no es así y hace unos pocos años que arreglaron el firme dejándolo en perfecto estado para nuestras finas ruedas.

La carretera del Caracol

Antes de iniciar la escalada, vigilad la fuerza del viento. Según la gente de Tortosa, según como sople, “es mejor no ir”. Si continuamos, saldremos de Roquetes: un cartel nos indicará “20 km Mont Caro” y con la visión impresionante de la pared de los Ports delante de nosotros que hace que te lo pienses dos veces el intentarlo o no. Pero ya que hemos venido hasta aquí… ¡vamos a por él!

Menos mal que los 9 primeros kilómetros son suaves, justo antes de que, después de una bajada, nos encontremos la primera rampa a izquierdas que no bajará del 10%, y así, prácticamente sin descanso, durante todo el resto del puerto, duro, muy duro. Estamos ascendiendo por la carretera del Cargol, toda en forma de eses, aunque puede que la llamen así por el ritmo que llevamos algunos afrontándola. Pasaremos por la famosa y curiosa fuente con un caracol de piedra, pero… ¡atención!, está más seca que la mojama. Contemplaremos, un poco más adelante, la cabra de piedra instalada en lo alto de un gran monolito, que nos recordará lo ya comentado, que estamos en una de las reservas más importantes de cabra hispánica del país.

Una vez llegados a un descanso de aproximadamente un kilómetro (donde se situó la meta en las dos etapas de la Volta, en la Colonia de los Puertos), parecerá que ya hemos coronado, pero nada más lejos de la realidad. Otro cartel a la izquierda nos dirige al “Mont Caro en 4 km”. Y es que para decir “yo he subido el Mont Caro” hay que llegar hasta las antenas ¿verdad? Ese repetidor que en septiembre de 1962 produjo el aumento del parque televisivo de la zona de 1436 a 4368 televisiones.

Metidos en este último tramo: ¡vaya rampas!, ¡vaya 4 km! Los más duros y penosos a un 9% de media con puntas del 15. Las antenas están ahí pero no llegan nunca. Cuando lleguemos arriba, si tenemos suerte, podremos contemplar algún ejemplar de cabra hispánica y si el tiempo acompaña, de un paisaje espectacular, con el mar enfrente y, por supuesto, homenajearnos fotografiándonos junto a la placa de piedra grabada con la inscripción: “Parc Natutal dels Ports. Cim del Caro. 1447 metres. Terme municipal de Roquetes (Baix Ebre).”

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de www.enbici.eu

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Ciclismo antiguo

La contrarreloj que Indurain no acabó

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Tuvalum

Julián Gorospe fue la pareja de Indurain en aquella contrarreloj

Hace unos días, curioseando twitter, nos encontramos con esta historia sobre la contrarreloj que Miguel Indurain no acabó…

El Trofeo Baracchi fue una competición italiana de final de temporada que se disputaba en una crono por parejas

La primera edición se remonta a 1941 con victoria de Michele Motta, cuando aún se celebraba a modo de crono individual.

Fue en 1953 cuando se celebró la primera en dúo: la ganaría por tres veces Fausto Coppi acompañado por el también italiano Riccardo Filippi.

La prueba empezó en la Toscana, pero se mudaría al Trentino, concretamente a Trento, la capital de la región, sede de esa edición de 1985.

Seis años después se solaparía con el Gran Premio de las Naciones que ganaría Tony Rominger, volviendo a la fórmula de crono individual.

Por cierto, que el Gran Premio Eddy Merckx, otra prueba contrarreloj de gran prestigio, también adoptó la competición por parejas.

Entre sus ganadores estuvo la formada por Abraham Olano, ganador individual un año antes, y Chente García allá por 1998, el gran año del guipuzcoano que venía de ganar la Vuelta y el mundial contra el crono.

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Así las cosas, el sábado 28 de septiembre de 1985 se celebró un Trofeo Baracchi cargado de tantas figuras como pocas carreras podían aglutinar.

Por delante 96 kilómetros de eterno esfuerzo mano a mano con tu pareja, una contrarreloj que el dúo de Reynolds formado por Julián Gorospe y Miguel Indurain afrontaba ante los cocos de la época.

No en vano la pareja ganadora, formada por dos recordmen de la hora, Francesco Moser y el danés Hans Henrik Oersted marcaron un crono inferior a las dos horas en aquella eternidad, superando por 24 segundos a Caroli-Wilsin y dos minutos a Bernard y Wiss.

Los focos estaban en la pareja del momento, Bernard Hinault-Greg Lemond, primero y segundo por ese orden en el Tour de aquel año

El francés se vio incapaz de seguir al americano, toda una premonición, y su tiempo se fue por encima de los cinco minutos respecto a Moser, quien con esa victoria se situó como el mejor de todos los tiempos en esa carrera.

En el primer tramo de la crono, el danés Oersted llevó el peso y fue en ese punto cuando la crontrarreloj puso de relieve la calidad del dúo español de Indurain y Gorospe, pues en el primer intermedio marcaron el segundo mejor tiempo.

«Tuve un día fabuloso -dijo Julián Gorospe en Ciclismo a Fondo- de esos que vas sin cadena, pero Miguel no tuvo el suyo. Éramos la revelación de la prueba, ocupando el segundo puesto de la contrarreloj, pero Indurain cogió una pájara impresionante. Le llevé a rueda unos kilómetros, para que se recuperase, pero a diez de meta tuvo que bajarse de la bicicleta. Nos quedamos con las ganas»

La historia que narra Gorospe en esa contrarreloj es la de un joven Miguel Indurain que ese mismo año se había convertido en el líder más joven que jamás haya tenido la Vuelta a España.

El de Mañaria tenía entonces 25 años y era una de las grandes figuras del ciclismo vasco, siempre «enfrentado» deportivamente a Marino Lejarreta, dividiendo las aficiones.

Para esa época Gorospe ya era un ciclista con pedigrí, líder en la Vuelta que acabaría perdiendo ante Hinault camino de Ávila, Gorospe ya tenía una Itzulia y etapas en la propia Vuelta en su palmarés.

Para Indurain aquella contrarreloj fue una esas experiencias que nadie recordaría años atrás, pero que habla del camino lento, pausado y cargado de paciencia que supo conducirle con éxito hasta sus cinco Tours.

Diez años después el último cinco veces ganador en Francia ya no sería Bernard Hinault.

Imagen: Dorsal 51

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Ciclismo antiguo

#PodcastJS Fernando Escartín, el ciclista de la esforzada figura

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Fernando Escartin JoanSeguidor
Tuvalum

Viajamos al ciclismo que perpetuó Fernando Escartín

No pocos aficionados al ciclismo esbozan una sonrisa cuando surge el nombre de Fernando Escartín.

Pocos ciclistas conectaron de forma tan directa y sincera con el público a través de la incondicionalidad en el esfuerzo y la entrega en carrera.

Durante más de diez años Fernando Escartín fue uno de los ciclistas más queridos del público: no era el más laureado, tampoco el más elegante, creció rodeado de auténticos gigantes, pero supo rascar su sitio en el corazón del buen aficionado al ciclismo.

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Esa década de ciclismo parte del mismo Clas-Cajastur, el equipo de la tierra, que se hizo multinacional con Mapei.

De ahí a los mejores años liderando el Kelme, el equipo que ponía los gregarios a bailar para que Fernando Escartín volara y alcanzara metas increíbles como los podios en la Vuelta y el Tour y aquella etapa de Piau Engaly.

Años después aquellos años quedan lejos, pues hoy diseña recorridos que omiten las cronos y potencian las llegadas en alto: «Me equivoqué de época» cuenta, pero no cambiaría nada del ciclismo que le tocó vivir, un ciclismo que con todas sus imperfecciones le dio todo lo que tiene.

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Ciclismo antiguo

En España, el ciclismo es de escaladores

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Tour de Francia - Federico Martin Bahamontes JoanSeguidor
Tuvalum

El ciclismo en España no se entendería sin los escaladores

El ciclismo de España se vincula íntimamente con la palabra escaladores, esa estirpe que emergió, cuando medio país se dio cuenta de lo cerca que estaban los Pirineos los días que el Tour tenía a bien atravesarlos.

Una estirpe que ha pasado de generación en generación, trasladando el gusto por las cuestas, legitimando que cualquier gesta firmada en la montaña es más hazaña, pues se recubre de épica y leyenda enmarcadas en la belleza de las cimas.

Por eso, en pleno siglo XXI, la unión de las palabras ciclismo, España y escaladores sigue en plena forma, identificándose la montaña como el paradigma de lo que puede dar este deporte a este lado de los Pirineos.

De esta guisa, la revista Peloton Magazine recoge en esta pieza los grandes nombres de la escalada en España, en un viaje que nos trae grandes recuerdos.

Éste arranca desde el mismo 1930, cuando Henri Desgrange monta un Tour por selecciones y España llega capitaneada por un tal Salvador Cardona, para siempre el primer ganador de etapa español en el Tour.

En ese conjunto emerge Vicente Trueba, el considerado, posiblemente pionero de esta tradición

Dicen que Vicente pesaba 112 libras, al cambio menos de 51 kilos, y que entró en el Tour compitiendo en la categoría de turista, una forma amable de decir que competía solo, sin equipo, ni staff.

La ruta 100 por la Gran Canaria Ciclista

Hasta él tenía que arreglarse los pinchazos de una bicicleta que pesaba por dos de las actuales, minucia que no le impidió ser el primer rey de la montaña en 1933 tras ser una flecha por los puertos de los Pirineos y Alpes, especialmente en el Galibier, donde marcó un excelente récord.

Como buen escalador era excelente hacia arriba y negado en los descensos, pero con él empezó todo, la íntima relación de las palabras ciclismo, España y escaladores.

Le tomaría el testigo el paradigma, creo que mundial, de la escalada Federico Martín Bahamontes, quien ganaría el primero de sus siete premios de la montaña en 1954, un año después de conseguirlo Jesús Loroño.

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A día de hoy nadie tiene más KOM que Bahamontes: los siete del Tour más uno en el Giro y dos en la Vuelta

Con nueve le iguala Gino Bartali y con ocho les sigue ese témpano llamado Lucien Van Impe.

En la lista de conquistas de Federico Martín Bahamontes se contemplan casi todos los grandes puertos del Tour y eso que le tocó vivir paralelo a otro de los grandes de siempre hacia arriba, Charly Gaul.

La lista prosigue por el relojero abulense, Julio Jiménez, un ciclista de cuyas gestas no somos conscientes muchas veces, pero que colecciona éxitos tan singulares como aquel en el Puy de Dome el día que Tour estrenó televisión en directo para inmortalizar el duelo a codo con codo de Anquetil y Poulidor.

A Julio le sigue José Manuel Fuente, el ciclista más racial que haya dado el ciclismo en España en materia de escaladores y en cualquier otra, un competidor de rompe y rasga de cuya aureola se inspirarían Perico, José María Jiménez y Roberto Heras, tres nombres más de una historia en la que los de Peloton se han dejado unos cuantos…

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Ciclismo antiguo

Indurain y Valverde: Duitama no admite comparación con Florencia

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Tuvalum

Los marcajes de Indurain y Valverde en sus respectivos mundiales estuvieron a años luz

España es un país relativamente joven en la historia de los mundiales de ciclismo, pero si hemos de quedarnos con dos de siempre, Duitama y Florencia serían los extremos, gentileza de los que consideramos los dos mejores ciclistas a este lado de los Pirineos: Indurain y Valverde.

Entre ambos pasaron 18 años, una mayoría de edad que curiosamente adquirió el ciclismo español en una de las asignaturas pendientes que venía arrastrando desde el segundo cero de su creación.

En ese tiempo sólo queda al margen el oro de Alejandro Valverde, una de las victorias más deseadas del pelotón, en Innsbruck, todo lo demás entra directo en ese periodo, los tres oros de Freire, el doblete de Hamilton de Astarloa, las medallas del mentado Valverde… incluso hasta el registro singular de Abraham Olano, único ciclista capaz de ser campeón contra el reloj y de fondo.

Al ciclismo español le quedan otras asignaturas, no os penséis, como las clásicas del adoquín, pero en esas peleas, salvo Flecha nadie pareció estar con visos de salir exitoso.

“L’adoquí”, caja de productos y experiencias para los amantes de la bicicleta

Volviendo a Duitama y a aquella tarde-noche, por el horario de aquí, lo cierto es que hemos recordado y debatido ampliamente, en este mal anillado cuaderno, lo que pasó.

Incluso nuestro amigo Miguel González, nos trajo el otro día una opinión muy alejada de la nuestra en la que se volvía sobre si Olano debió o no disputar la jerarquía de Miguel Indurain.

Nosotros siempre defendimos que aquello fue de manual de primero de ciclismo, en una escapada en la que tienes ventaja numérica, lo normal es lanzar al segundo para que los rivales quemen cartuchos en la caza.

Aquello que vimos claro y de cajón se convirtió en el principio del fin para Abraham Olano, quien ganando ese arcoíris se cargó de un peso que le lastró para siempre.

Sin embargo, más allá de lo que Olano hiciera, la grandeza de Miguel quedó reforzada en un día que llevaba su nombre y apellido.

El control que ejerció para que su compañero volara al triunfo contrasta con lo que vimos en Florencia tantos años después.

Si en Colombia el gran rival fue Marco Pantani en Italia, la rueda de Vincenzo Nibali fue veneno para la selección española.

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Cuando Alejandro Valverde se obcecó en marcar al italiano y Rui Costa tomó metros, que luego fueron segundos irreducibles, la suerte de control y estrategia que Indurain sí supo plasmar para Olano, se esfumó en Valverde, para desgracia de Purito.

El catalán, como Olano, ejerció de segundo espada venido a líder, pero le falló la retaguardia.

Hizo la carrera perfecta, incluso la convenida con el propio Valverde, pues al murciano ya le iba bien que su compañero incordiara, pero la clave estuvo en el marcaje, dejar a Nibali entre él y Rui Costa, en cabeza, fue faltal.

De un oro y plata que muchos saboreábamos, se pasó a los dos escalones bajos del podio.

Valverde dijo que no pudo, que no le dio para salir a por el portugués, cuando sólo cabía esperar algo del luso, siempre escondido, siempre tan fresco.

Aquella tarde, como 18 años antes, hubo lágrimas, pero no de felicidad y sí de incredulidad, Valverde no había sido Indurain, y mira que lo tenía todo para romper la lanza a su favor.

La fotografía es ésta, la actitud y habilidad de uno y otro en un momento similar, separados por tantos años, sin más intención que poner negro sobre blanco lo que hicieron ambos en un momento crítico, y sin olvidar méritos de Valverde, quien fue clave para el tercero de Freire o una ayuda in extremis en la carrera final de Purito en los Juegos Olímpicos de Río.

Que siempre hayamos pensado que Valverde es y ha sido capo, no quita que haya realizado alguna labor para terceros, pero aquel día su perenne grandeza nos cayó a los pies.

 

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Ciclismo antiguo

Nunca compararía a Landa con el Chava

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Tuvalum

El carisma es al Chava, lo que la estadística a Landa

En la vorágine revisionista que nos lleva a traer cada poco una de esas figuras o momentos del pasado que nos marcaron, el otro día el Chava Jiménez pasó dejando huella.

Obviamente, cuando dices que un ciclista que arrastró lo que él consiguió movilizar estuvo sobrevalorado, los inputs que recibes no siempre son favorables -estamos consiguiendo tocar ciertos temas sin recibir insultos, lo celebramos- aunque otros se alineen con lo que uno piensa.

En todo caso, nos llamó la atención una cosa, y en esto sí que estamos de acuerdo, el Chava Jiménez supo conectar con la gente, supo darle lo que quería y buscaba, encontrando ese influjo de héroe español, agonístico y de escalada, con las miras puestas siempre ahí arriba y asentando sobre una mítica irregularidad.

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Chava tenía duende y eso no conecta ni con el palmarés, ni la estadística pues era etéreo, como diría el diccionario de Google «intangible o poco definido y, a la vez, sutil o sublime» una definición que, como veis, va como anillo al dedo.

En esa línea, muchos entraron directamente en esa estirpe de corredores cuyo carisma excede con mucho lo que son o dejan de ser ciclísticamente hablando, es decir, que los resultados no tienen que estar en consonancia con lo que arrastran al alrededor suyo.

En esa discusión surgió la comparación con Mikel Landa

Una comparación que sin embargo no compartimos, pues creo que si bien son dos corredores que tienen algo en común, ambos dan que hablar, su dimensión es muy diferente.

Mikel Landa tiene carisma y enamora por su forma de correr, quizá por ese sentido trágico y una perenne injusticia que se explican muy bien en término «landismo», ese «palabro» que no sé quién inventó ni cuándo se acuñó.

Pero incluso con ese «ismo» flotando en el ambiente, creo que el carisma de uno y otro se ponen en platos opuestos de una balanza alejada del equilibrio, lo del abulense superaba cualquier término racional, quizá también, como comentan en el Pedal Vintage de la Vuelta 1998, por que fue punta de lanza en la pugna mediática entre dos monstruos como García y De la Morena.

Uno y otro utilizaron al ciclista para sus propósitos como nunca se hizo uso de Landa, hoy la radio en ciclismo nada tiene que ver con entonces, quien sí que goza de una inmerecida impopularidad entre muchos colombianos, como si el alavés fuera el culpable del declive de Nairo.

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Estos tiempos son más fríos y alejados que aquellos, y la comparación en cuestión de carisma no me parece argumentada.

Otra cosa es el rendimiento en las tres semanas, ahí no hay color

Mikel Landa se ha prodigado en todos los escenarios, pisado un podio del Giro, acariciado un par en el Tour y otro del Giro, siendo top ten en varias ocasiones y protagonizando ataques de largo radio como nunca se los habríamos visto al Chava.

En el punto de vista ciclístico y estadístico, el alavés le lleva ventaja, aunque matizada, pues el Chava se llevó toda una Volta a Catalunya a casa.

Con todo, recordando al Chava estos días, viendo a Landa y lo que genera, podemos decir que de vez en cuando con ambos, nos reconciliamos con el ciclismo de toda la vida, aquel que discurría ajeno a tanto número, vatio y control, ese que sólo te podía enganchar, aunque cada uno en su época, la caliente y agitada del Chava, la más fría y analítica de Landa.

Eso sí, cada uno en lo suyo, serán recordados ciclistas singulares de su tiempo.

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Ciclismo antiguo

Indurain, Perico, Pantani… ¿qué corredor te enganchó al ciclismo?

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Pedro Delgado Superbagneres JoanSeguidor
Tuvalum

Los Tours de Perico significaron mis primeros filtreos con el ciclismo

Estos días fueron especiales para quienes vibramos con el ciclismo.

El pasado domingo, el día del  “amore”, se cumplieron 17  años de la muerte de uno de los corredores que mejores momentos nos proporcionó, Marco Pantani, un ciclista que nos marcó a fuego por su forma de correr, de entender el ciclismo, de aventurar el espectáculo.

Ahora mismo en el pelotón tal arrojo no se conoce, ni se le espera.

En este deporte de convencional dureza focalizada en los estertores se premian los trenecitos y los vatios.

Sin embargo el ciclismo no se hizo grande por la especulación.
Todo lo contrario, fue la exposición de la valentía de algunos quienes lo hicieron grande.
Y no siempre tuvo que ocurrir en la montaña, tenemos días históricos grabados y no precisamente de perfil complejo.
Al contrario, disfrutamos de exhibiciones contra el crono, etapas de abanicos, descensos que rayaron lo suicida,… como lo hubiéramos hecho en la más terrible ascensión.
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A mí me engancharon Pedro Delgado y sus Tour de finales de los ochenta.
El de 1987 sigue nítido en mi memoria, la fecha delata mi edad, cuando un Roche agónico se rehízo en La Plagne, el día que Fignon batió a Fuerte, para atar en corto al segoviano antes de la última crono.
Recuerdo como en aquellas noches de verano, al calor de la radio, lo más inmediato que existía entonces, hacían cábalas sobre Perico y de cuánto podía cambiarle la vida en 365 días pues un año antes debió dejar la carrera por el fallecimiento de su madre.
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Subidos a esta bicicleta quiero preguntaros por los corredores que os engancharon al ciclismo.
Yo quiero dejaros unos nombres de forma espontánea con intención de tocar la fibra al mayor número de generaciones…
·         José Manuel Fuente: su raza le hizo muy querido. Su palmarés no tomó en consideración el despliegue de talento que realizó durante una trayectoria que al margen de dos Vueltas mereció un Giro como poco.
·         Laurent Fignon: su antipatía era tan atractiva como el influjo que radiaba sobre el aficionado. A pesar de tal anticarisma su falta de peros al espectáculo fue de agradecer.
·         Luis Ocaña: el mejor ciclista español según muchos, al menos el ejemplar ibérico que mejor asemejó las andaduras de Eddy Merckx. Un hombre de frontera, extraño en su Francia, extrañado en su España y por cierto un excelente comentarista hasta que nos dejó.
·         Claudio Chiapucci: un ciclista mayúsculo que rara vez salió a entrenar cuando se colgaba un dorsal.
·         Pedro Delgado: ideólogo sin quizá buscarlo de una generación de fanáticos entre los que me ubico. Genial en días puntuales y desastroso en otros, su contribución a hacer popular este deporte fue enorme.
·         Sean Kelly: el irlandés que deshojaba tréboles de cuatro hojas, otro ciclista que iba de cara. Velocista, croner, escalador, … rara vez estaba fuera de la pomada. Tocó el cielo en su San Remo del 92.
·         Miguel Indurain: la eficiencia hecha ciclista. Sus exhibiciones emocionaban por doquier bien fuera con su exquisita técnica sobre la cabra o en sus acelerones sostenidos subiendo.
El recorrido no sólo es para quienes tenemos una edad, hay opciones más recientes, claro, pero en nuestro caso, éstas nos pillaron con la fe bien asentada.

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Ciclismo antiguo

Jan Ullrich debió ser el sucesor de Miguel Indurain

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Casco ciclista Jan Ullrich JoanSeguidor
Tuvalum

El motor de Ullrich se midió al de Indurain

El otro día escuchando el Pedal Vintage, creo que el de las consecuencias del mundial de Duitama sobre Miguel Indurain, se dedicó una reflexión a Jan Ullrich que concuerda al 100% con mi opinión.

Se decía del alemán que su irrupción fue una noticia impactante, con veintipocos años su dominio de la escena era brutal, siendo el mejor en montaña y ganando contra el reloj, trabajando para Bjarne Riis y teniendo suficiente para ser segundo.

De hecho seguimos pensando que Ullrich debió ganar el Tour de Riis, el que debió ser el sexto de Indurain, pero lo que allí dentro estaba tramado marcaba al calvo danés como caballo ganador.

Ya sabemos la gasolina que se estilaba en aquella época, y que Ullrich estaba metido aquel saco, pero aquella manera de correr evidenciaba otras muchas cosas: un motor como sólo habíamos visto en Indurain.

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Podríamos incluso comprar el argumento que la irrupción de Jan Ullrich fue el uno de los motivos que barajó Indurain para retirarse del ciclismo.

El navarro había admitido alguna vez que el ciclismo ya no tendría sentido para él en el momento que el Tour no estuviera a tiro y el alemán era un rival que superaba con creces lo visto hasta la fecha.

Por eso nos preguntamos por los motivos por los que Jan Ullrich no acabó de explotar todo lo que pudimos imaginar en un primer momento.

Él ganó el Tour con 23 años, no muy lejos de la edades de Pogacar y Bernal, y su nivel ya era tremendo, a tal altura que quizá el problema no era aspirar a mejorarlo y sí a mantenerlo.

Y mantenerse era un tema que Ullrich no llevaba bien, descuidado como pocos campeones, se permitió extravagancias de aquellas que habíamos visto en el mismo Jacques Anquetil, famoso por su apetencia al cabrito y el champagne.

Costumbres poco ciclistas que en Ullrich se plasmaban cada inicio de año con esa cara redonda, digna de ocupar su lugar en una moneda, y una generosa tripita.

A todo ello, añadidle las juergas y las salidas de tono, una de ellas le dejaría sin Toour.

Esas imágenes, se sumaron al año estratosférico de Marco Pantani en 1998, con esa etapa en la que le sacó del mapa en Les Deux Alpes y la reacción de grande Ullrich en la Madeleine.

Junto a la explosión de Pantani, estuvo Lance Armstrong que con el alemán hizo pequeño el récord de Poulidor.

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La coincidencia de ambos ciclistas, sobre todo la del tejano, con el alemán le pusieron en el sitio que ocupa en la historia.

Si la Operación Puerto no se lo hubiera llevado por delante, Ivan Basso ya le había tomado la delantera.

Si el motor de Ullrich era descomunal, su estrategia no era un punto fuerte, de hecho entró en el cuerpo a cuerpo con Virenque y Pantani en subidas tipo Alpe d´ Huez donde tenía todas las perder, o nunca pudo burlar el control y marcaje de Lance Armstrong, quien jugaba a quedarse en los puertos para luego rematarle.

Jan Ullrich es el perfecto ejemplo de lo que podría dar un campeón con una cabeza bien amueblada, aunque hay que decir que en su descargo que alinear mentalidad y cualidades físicas es algo tan complicado que sólo lo vimos en un ciclista al 100% y no fue otro que Miguel Indurain.

 

 

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