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Mundo Bicicleta

¿Quién conoce a Sergi Escobar?

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DT – 2022 post

Como bien sabéis este fin de semana la catedral del ciclismo en pista mundial, Manchester, cerró una nueva edición de la Copa del Mundo de la disciplina. En ella se obtuvieron buenos resultados, resaltando el acceso a la final del keirin, sí del keirin, de Juan Peralta, quien tuvo la suerte de ver cátedra en la persona de un sir, llamado Chris Hoy, de forma directa y también dolorosa pues se fue al suelo en el último giro cuando su progresión auguraba un resultado realmente fantástico, algo que no veíamos desde Escuredo, y a fe de ser sinceros augurábamos para varios años vista.
Además del éxito de Juan, puesto que sólo se éxito se debe entender su acceso a la final de la manga más cara de la CDM, se consumó otro en la mano del equipo de persecución que rubricó el triunfo absoluto en la Copa del Mundo. Asusta ver con qué normalidad hemos encajado tal logro. Una modalidad olímpica, espejo de la labor de los técnicos, ha pasado con más pena que gloria. Sé que alguna otra general de la Copa del Mundo ya había sido de algún pistard español, para ello quizá deberíamos echar mano del almanaque «Román Mendoza», pero que la cuarteta ruede a estos niveles, siendo conscientes de que con todos los ases en concurso quizá su opción resida en el top 5, es para esta muy, pero que muy satisfechos.
Sin embargo yo me quedo con lo anecdóctico de la cita. El sr. Arturo Sintes -a quien no tengo el gusto de conocer en persona- y sus logradas galerías fotográficas en su Facebook nos daba fe de la presencia de una instantánea de Sergi Escobar vestido con el maillot de campeón del mundo y los colores del Illes Balears. La foto está colgada en el velódromo de Manchester, sí, Manchester. Curiosamente no la hemos visto en ninguna de las instalaciones ni instituciones, que tanto se vanaglorian cuando el deportista vuelve con la presea, de nuestro país. Escobar tiene a bien estar inmortalizado en un lugar donde, como en Australia, Japón y Francia, la pista es sagrada. El caso nos recuerda mucho a anónimo héroe de la Segura Guerra Mundial, un barcelonés de 20.000 identidades apodado «Garbo» que engañó a Hitler facilitando el desembarco de Normadía. Saben dónde tiene su recuerdo «Garbo??? en el Museo Imperial Británico. En España ni una simple calle.

Con todo felicidades Sergi, por estar donde hay que estar, en los sitios importantes.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Jaime

    24 de febrero, 2011 En 7:22

    Acabo de leerme Garbo: Doble Agente, es muy interesante. El símil establecido con Escobar denota muchas cosas… de ambos casos. Un saludo.

  2. Iván Vega

    24 de febrero, 2011 En 7:47

    gracias Jaumeen eso estamos

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Mundo Bicicleta

En Pailhères tendrás el puerto total

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DT – 2022 post

Pailhères fue el primer gran escenario de Nairo en el Tour

Un puerto soberbio, a 2001 metros de altitud con una magnífica carretera para ascenderlo tanto si lo hacemos desde Axat como desde Ax-les-Thermes. Admiración. ¡Oh! Pailhères, sí. Eso es.

Si tuviera que explicarlo lo primero que saldría de mis labios sería esta exclamación.

Asombro. Fue lo que yo sentí cuando lo ascendí por primera vez en julio de 2013, como cuando Nairo explotó en la grande boucle. Aquel año, aquel verano en el Tour. ¡Qué gran recuerdo! Estaba fuerte aquella temporada y quizás haya sido una de mis mejores ascensiones a un gran puerto, a todo un hors catégorie, donde yo encontré mi mejor golpe de pedal en uno de los escenarios más sorprendentes que yo pueda recordar. “De dibujos animados”, lo llaman algunos.

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Fascinación. Y eso que lo tuve que ascender con una corona trasera de 25, que era lo único que pudo ponerme el simpático alemán Wolfgang, mecánico de Focus, marca de bicis por la que había sido invitado a sentir toda una experiencia en la Grand Boucle. “Tendrás que tirar de piernas”, recuerdo que me dijo en su día, medio en alemán, medio en francés.

Seducción. A pesar del “dolor”, del sufrimiento en un día de sol radiante de mucho calor, el típico día de verano de la alta montaña del julio francés, decidí disfrutarlo, y vaya si lo hice.

Atracción. Aquella jornada nos pusimos en marcha tres alemanes, un inglés, un francés, un italiano y yo (sí, como en los chistes, je), iniciando desde Axat, bonito pueblo del Languedoc-Roussillon situado a 405 metros de altitud, y cruzando el puente sobre el Aude, una preciosa ruta de unos 20 kilómetros en suave ascenso dirección a Usson-les-Bains (785 m) pasando por una carretera encajonada entre rocas: el bello paso de Les Gorgues de St. George atravesando el Valle del Aude.

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Maravilla. A ritmo de cháchara y de risas, mientras pudimos, llegamos al cruce a mano derecha donde se desataron todas las hostilidades: los alemanes se descolgaron y yo me fui detrás del francés que inició la subida como alma que lleva el diablo.

Hechizo. Al final lo tuve que dejar y poner intermitente a la derecha porque aquel ritmo me iba a reventar. Además hacía muchísimo calor. Me preparé para sufrir, puse el 25 y para arriba, sin prisa pero sin pausa, notando el aliento en mi cogote de algunos que ya se me iban acercando.

Encanto. En Rouze (980 m), un pequeño descanso alivió mis piernas y me hizo bajar piñones. Pasado este pequeño suspiro las rampas volvieron a endurecerse. De pronto me giré y vi al inglés poniéndose a mi lado, asfixiado. Me adelantó unos 25 metros y se bajó de la bici. Abandonaba. No podía más. Yo seguí a mi ritmo, pasando mucho calor, pero más o menos bien. Luego supe que el resto también plegaron, incluido el italiano. Aquí también recordé la etapa del Tour de 2003, cuando un villano llamado Lance las pasó canutas en una jornada como la de aquel día, en plena ola de calor y a más de 30 grados: maillot abierto, boca abierta buscando aire, y mirada baja, que hizo que hasta se le desencajara el rostro y pareciera algo más humano.

Embrujo. Recuperando fuerzas, aprovechando un pequeño rellano entre agradecidas sombras de hayas, a mitad de puerto y a la salida de aquel bosque, es cuando pude contemplar hasta dónde tenía que llegar. Vistas impresionantes de la cima del puerto de Pailhères, en la que aún quedaban rastros de nieve en sus laderas rodeadas de verdes prados. Unas montañas bellísimas. Un paraíso pirenaico espectacular.

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Embeleso. Uno de los puertos más hermosos que yo haya ascendido nunca con esa poquita de razón ante tanta locura, porque Palhières (“la razón de la locura”) es así, te aprieta pero no te ahoga, te deja hacer sin que te vuelvas loco, sino padeces de síndrome de Stendhal porque es inmensa la belleza que se presentó delante de mí, algo que, por otra parte, hizo que mi sufrimiento encima de la bici lo tuviera bastante distraído a la espera de que por fin saliera la fiera de escalador que llevaba dentro, que por algún sitio tenía que estar, y pudiera vencer sin problemas al coloso.

Furor. Como siempre, de menos a más, y sobre todo en la zona de curvas, nada menos que hasta 19 según han contado algunos, es donde mejor me encontré y donde di mi mejor golpe de pedal. Así es, en los lacitos es donde más fácil subí.

Éxtasis. Ya estaba a punto de coronar. Las cunetas llenas de auto-caravanas y mucho público que jaleaban nuestro pequeño Tour particular, esperando el de verdad para el día siguiente. Una experiencia extraordinaria. En aquel momento estar rodeado de gente que animaba me daba alas literalmente, soltando el pedaleo, demostrando que iba bien, porque notaba ese empujón invisible que hizo que lo diera todo y coronara con fuerzas, tras 15 kilómetros de duro ascenso hasta llegar a los 2001 metros de altura.

Wolfgang, ¿cuándo volvemos? Pero como alguien dijo, la próxima vez «mon Dieu, ¡ponme un 28!»

Por Jordi Escrihuela

 

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Mundo Bicicleta

El Circo de Litor es la antesala del Aubisque

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DT – 2022 post

Antes de coronar el Aubisque, el Circo de Litor aguarda al ciclista incauto

Del Aubisque ya hemos hablado de sus bicicletas gigantes, pero esta vez, la historia va por otros derroteros…

«¡Ohh…bisque!» -grité a los cuatro vientos.

Frené la bici. Una parada suave. Me quité las gafas y me quedé unos momentos en actitud contemplativa. Estaba en el Soulor después de un dulce ascenso atravesando el paradisíaco Val d’Azun, si bien los últimos kilómetros de subida de este renombrado puerto me habían exigido lo suficiente como para tomarme un respiro.

Las vistas a este otro lado del valle bien valían la pena y merecían olvidarme del tiempo y de mis pulsaciones: contemplaba el Pirineo en todo su esplendor. El paisaje se extendía frente a mí de una manera que pocas veces había visto.

Venía de Argelès-Gazost, buscando mi particular teatro de los sueños, esos que me habían llevado a imaginarme estar ahí, después de haber visto esas imágenes una y otra vez: cicloturistas disfrutando de la hermosa carretera colgante que comunica el Soulor con el Aubisque: la larga y estrecha cornisa del Circo de Litor, que se mostraba majestuosa ante mí y que había quedado al descubierto nada más poner pie a tierra. Un corte de precisión con bisturí en la ladera. Una cicatriz en la montaña. Una lombriz arrastrándose por la tierra.

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En mi recuerdo, la escena de aquellos mismos ciclistas atravesando un túnel natural abierto en mitad de la roca. Eran tantas las galerías de fotos que me venían a la mente, una detrás de otra, que era difícil quedarse con tan sólo una. Pero ya estaba allí, a 1474 metros sobre el nivel del mar, y lo admiraba con mis propios ojos.

Nada ni nadie me iba a impedir saborear de ese instante. Después de recrearme lo suficiente, aunque después siempre me supiera a poco porque el recuerdo que me dejó aquella panorámica en el tiempo fue muy fugaz pero a la vez muy intensa, me dispuse a seguir adelante.

Me coloqué las gafas y con pedalada fuerte inicié el suave descenso que me esperaba, un par de kilómetros que me iban a dejar a las puertas de la escalada decisiva al col de las bicicletas gigantes: 7,5 km al 5% de media. Me sumergí en el valle y me dejé invadir por mis sensaciones. Abrí los sentidos en aquella cinta de asfalto que bordeaba los escarpados picos, atravesando los míticos túneles tallados en la montaña.

Me sorprendió el segundo, oscuro, prolongado y angosto, no así el primero, apenas un suspiro rebasando el corazón del macizo de Litor.

Dicen los que la han visto que este tramo recuerda al primer acto de la película The Italian Job, pero la original, la del año 1969, un film de culto protagonizado por Michael Caine, en el que un Lamborghini Miura se estrella, saliendo de un túnel contra una excavadora, en una memorable carretera de los Alpes. Lo comprobaré.

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Inmerso entre altos acantilados de piedra caliza, el sueño de Napoleón III de cruzar el Circo de Litor (del griego λίθος -litos-) uniendo los balnearios de Pirineos entre Eaux-Bonnes y Argelès-Gazost se hizo realidad en el año 1860, abriendo la pared para salvar un desnivel de 200 metros de caída libre.

Un paseo de vértigo que no deja indiferente. Un teatro al aire libre que muestra su espectacular naturaleza en todo su esplendor y donde la belleza no se esconde. Un lugar tocado por los dioses, donde uno no sabe bien dónde dirigir su mirada.

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Podía elegir entre contemplar los caballos y las vacas que pastaban al lado de la carretera, o bien observar las ovejas merodeando por los verdes prados, rebaños de ganado que después proporcionan a estas tierras la excelente leche con la que elaboran sus afamados quesos.

Pero también había que pedalear con cuidado, no sea que a alguna de estas bestias le diera por echar una cabezada en mitad de la carretera. Algo habitual y peligroso, ya que podías encontrar una durmiendo en medio del túnel, único sitio llano donde lo pueden hacer. Así que ojo.

Mientras me dejé atrapar por la sintonía de una canción como Glacier, del compositor irlandés James Vincent McMorrow, que me sonaba una y otra vez en la cabeza, empecé a subir de nuevo por la pintoresca carretera: ”I wanna go south of the river, glacier slow in the heart of the winter” (“quiero ir al sur del río, glaciar lento en el corazón del invierno”, me repetía a mí mismo, aunque estuviera en verano y me dirigiera cuesta arriba hacia el norte.

Seguía sin saber dónde elevar mi mirada.

El escaparate del Circo de Litor está diseñado para nuestro completo disfrute. Este escenario me permitía deleitar con la visión del cielo, siempre espectacular, a veces soleado, otras nublado, o de la tierra, allá abajo, fijándome en las cabañas de los pastores y escuchando las campanas que suenan alrededor del cuello de las vacas. ¿Las oís?

18Por Jordi Escrihuela

Imagen: Bicis en ruta

 

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Países Bajos: un ancestral amor por la bicicleta

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DT – 2022 post

Así se vive la bicicleta en cualquier viaje por los Países Bajos

Poned un pie en Amsterdam, en los Países Bajos. Si usamos la vía normal será a través del principal aeropuerto del pequeño estado que ganó terreno al mar, Schiphol. Luego cogeréis un tren dirección estación central y allí accederéis a la vida normal de una ciudad que parece no dormir nunca.

Y lo veréis, un parking de varios pisos de altura donde se sitúan encajadas que digo cientos, miles de bicicletas, perfectamente acopladas, situadas y alineadas en grandes hileras.

Un espectáculo de civilización. Daréis dos pasos y os pitarán por izquierda y derecha, quizá hasta por arriba y abajo, son bicicletas que van y vienen. Gente de todas las edades, chicas con falda, ejecutivos con traje.

Todo armonía. Todo simple.

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Apreciaréis riadas, continuos movimientos informes de personas sobre su bici, también que el tráfico es menos denso, como más fluido.

Atascos habrá, como en todas las grandes urbes, pero mucho más llevaderos. Coger un bus, llamad a un taxi. Comparadlo con Madrid o Barcelona. Aquello va como más ligero.

Coged un tren e id a La Haya, o Delft, ciudades preciosas, modernas con sus enclaves de siempre, acanaladas en algún caso y sembradas, auténticamente trufadas de bicicletas.

Disfrutad de los bajos de las estaciones de tren con bicis que van y vienen, mirad el parking para bicis en Delft.

Acercaros a la que dicen ser la más católica de las ciudades de los Países Bajos, id a Utrech, la que vio la salida de Tour de 2015 o la de la Vuelta 2022.

Es una ciudad por y para ciclistas.

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Sinceramente, las flacas abruman, es terrible, son las reinas del paisaje, de la calzada y casi de las aceras, los coches frenan al verlas pasar, son el auténtico motor del lugar y del país.

Una isla en medio de países fuertemente motorizados, porque en sus senos crecieron grandes industrias automovilísticas.

Al norte Suecia, donde el respeto al ciclista no es la norma, al oeste Francia, al sur Alemania.

Ahora estos países y otros se quieren subir a los beneficios de la la bicicleta, pero estos ya se respiran en los Países Bajos desde hace tiempo ¿por qué? ¿de dónde viene ese arraigo?

Pues le viene de lejos, de tan lejos que hay que irse al 1870. Mientras Alemania sueña en grande con Bismarck, los neerlandeses adoptan la bicicleta como elemento propio y diferenciador, un instrumento que además perdura ante la inexistente industria del coche del país, lo que le confiere autonomía en la planificación de las ciudades.

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En esas fechas surgen las primeras asociaciones de velocipedistas, que hacen un ímprobo trabajo en la promoción de la bicicleta, esa máquina que entroncaba con la época de los grandes navegantes que yacen en las iglesias de Amsterdam, tiempos de esplendor que se recrean a través del equilibrio, libertad e independencia, valores que transmite la bicicleta, hoy la reina del lugar.

Y si no mirad lo que era Amsterdam en los años setenta, una utopía que casi cincuenta años después muchas ciudades europeas sueñan con ser.

Ellos ya lo eran entonces, nos llevan mucha ventaja.

Imagen: Amsterdam Bikes

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Mundo Bicicleta

Pedaleando por el techo del mundo

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El Semo La, en el Tíbet chino, les esperaba en el techo del mundo

En el techo del mundo. Así se podían sentir, en la montaña más alta del planeta que se puede ascender en bicicleta: el Semo La, en el Tíbet chino. La fecha, 14 de julio de 2005 y allí estaba en su cima la expedición catalana a este reto: Xavier Romero, Manel García y Jordi Pons, nuestro protagonista de hoy (en la foto, en el centro). Querían demostrar que el Semo La era unos 150 metros más alto que el Khardung La (Tíbet indio) -el «Highest Motorable (y ciclable) Pass»- que figura en el Libro Guiness de los récords. Y lo consiguieron y así lo certificaron.

Aquel mes de julio, saturados de estudiar fotografías aéreas y mapas, volvieron al Tíbet donde tuvieron la satisfacción de ascender y medir el puerto ciclable que probablemente sea el camino para vehículos más alto del planeta: el Semo La, 5565 m, 206 m más alto que el Khardung La, que en la medición dio 5359 m en lugar de los 5602 m que erróneamente figuraba en muchos lugares.

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En el puerto tomaron muchos datos de los satélites y los grabaron en un GPS profesional durante una hora, para tener pruebas irrefutables del hecho. La ascensión al Semo La fue muy dura. Fue un día de mucho viento y frío. Y lo hicieron sin poner pie a tierra en este gigantesco puerto, tal y como nos explica Jordi Pons.

Nacido en Barcelona, biólogo y profesor de ciencias, y gran amante de la bicicleta de carretera y montaña, a pesar que «de pequeño no tuve ni bicicleta y no fue hasta que tuve 20 años que me pude comprar una«. Recuerda que su primera gran aventura en bici fue ir a Burdeos y ya desde entonces no paró. Con su bici recorrió desde los Pirineos y los Alpes hasta la Península de Kamchatka (2003), pasando por el Himalaya (2002) y participó en maratones y triatlones como el de Embrunman, en 1989.

Es coautor de «Altimetria dels ports de Catalunya» (1991) y es un gran aficionado a la escritura en épicos relatos donde nos explica sus aventuras extremas, como en el libro que auto editó «Pedasalcel, buscando los puertos más altos del Planeta», basado en sus viajes en bici por el Himalaya. «Pedasalcel» fue precisamente el nombre de este proyecto, porque «montar en bici nos saca, literalmente, los pies del suelo, y pensábamos subir lo más arriba posible, buscando el lugar más alto del planeta donde se pueda ir sin motor ni tocando los pies en el suelo, sino pedaleando».

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Y eso que a aquella altitud pedalear por aquellas pistas les costaba más que caminar y tenían que mantener una velocidad mínima para no caer, añadido todo a una vasta zona donde no había poblaciones, con lo que eso suponía de falta de alimentos, recambios, suministros y abrigo, y donde las aguas eran salobres. La bici que utilizó fue una de montaña con doble suspensión, bielas de 180 mm y Rotor.

Aquel 14 de julio, día de la ascensión y medida del gran puerto, hicieron 73 km por encima de los 5100 metros, una buena paliza. «Realmente la ilusión ayuda mucho en las montañas».

Jordi, explícanos tus mayores proezas encima de la bici:

Prefiero mejor hablar de recuerdos: con mi primera bici, que era de paseo, me fui hasta Burdeos, con 20 años. ¡Vaya aventura! Luego acabé la Marmotte en 1990, con un «hierro». También he subido el Angliru, donde no puse pie a tierra pero tuve que hacer alguna “S”: la rampa al final de la Cueña de les Cabres es monstruosa. Y luego los grandes viajes: de Lhasa a Katmandú (y campo base tibetano del Everest) en bici de carretera el 2002. En bici de montaña la travesía por Kamchatka (Siberia oriental) el 2003 y este recorrido para medir los puertos más altos del mundo en el 2005.

¿Qué problemas pueden surgir en una aventura de estas características?

Un viaje en bici por el Himalaya comporta muchas molestias y gastos en los aeropuertos para llegar a tener tu propia bici en buen estado en el punto de partida. Pero esto no es nada comparado con los trámites burocráticos que hacen falta para que te dejen viajar de forma autónoma las autoridades chinas que ocupan el Tíbet. Superado todo esto sólo queda pedalear y ya no parece tan difícil.

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¿Cómo fue la experiencia?

Pocos lugares están tan aislados del resto del mundo como el Tíbet. Esto añade un aliciente al que quiera recorrer en bici este desolado país. El exotismo se agradece, pero la falta de oxígeno, de comodidades y de comida, hacen que no sea un lugar para un viaje de placer y menos aún en bici. Fue una experiencia dura donde nos dejamos una parte de nosotros mismo, 7 kg exactamente.

¿Seguiste algún entreno específico?

Jo hacía unos 6 mil km al año. No es mucho y para hacer este tipo de travesías no hace falta ser un superhombre. Lo puede hacer cualquier persona bien entrenada y aclimatada.

¿Cuánto tardasteis en hacer la ruta?

Fue muy larga. Cogimos hasta siete aviones para llegar y necesitamos cuarenta días. Hicimos entre 30 y 100 km diarios.

Por Jordi Escrihuela

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