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Ciclismo antiguo

Palabra de Miquel Poblet

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en

DT – 2022 post

Del puño y letra de Miquel Poblet, un viaje a las clásicas…

Recuperamos esta pieza de Miquel Poblet hablando de San Remo, de Roubaix, cómo las preparaba, como las recordaba…

Un retrato de Miquel Poblet sobre esos sitios que nuestra imaginación recreará estas semanas que vienen…

Quieren que os hable de clásicas, a mis 80 años. Y 45 desde que me retiré, después de 18 años como corredor. Parece que ha llovido…

Los más veteranos me recordaréis y no hace falta que os diga quién soy, pero… ¿y los más jóvenes? Podría explicarles mil batallas, pero sólo les diré que he ganado dos Milán-San Remo y una Milán-Turín, con un segundo puesto también en ambas y un segundo y un tercero en París-Roubaix  y Giro de Lombardía, en unos años que aquí, no se les daba importancia de ahora, en una afición más enganchada a las grandes vueltas.

Mi padre Enrique deseaba tener un hijo ciclista, y nací predestinado a serlo, rodeado de cuadros, sillines, manillares, neumáticos… Antes de a caminar aprendí a ir en bici, pues incluso con pañales mis padres me montaban en mi triciclo. En una época difícil, disponía del material adecuado del taller de mi padre, y no tardé en participar en carreras, ganándolas.

Quien se fijó en mí fue Torelló, presidente del Sans y director del Faema y el día que me llevó a participar a mi primera “clásica” en Aix le Bains, fue el que marcó mi trayectoria deportiva, ya que la gané, delante de  Bobet y Magni. Así me di cuenta que estaba capacitado para las llamadas clásicas del ciclismo,  y me enamoré completamente de ellas y buscaba la manera de disputarlas, porque con el Faema no podía correrlas en el extranjero.

En el 57 me enviaron a la Milán-Turín con el Faema belga, pero éstos no me aceptaron. Gracias a Torelló, el organizador me propuso correr como “isolato” (independiente) y la Ignis que iba a desaparecer, nos hizo un hueco a varios “isolatos”… y gané la prueba. El patrón, Borghi, se animó tanto que siguió con el equipo.

Pero a mí me gustaba la Milán-San Remo, enganchado desde la primera vez que la corrí. La entrenaba en un circuito similar cerca de casa. Tras cien km llanos se llegaba al Turchino, como de mi casa hasta el Ordal y de aquí bajaba al litoral,  hacia Torredembarra, Castelldefels… Las cuestas del Garraf se asemejaban a los Capos de Mele y Berta y lo hacía dos veces por semana. Con la única obsesión de ganarla, me presenté en la salida. Recuerdo que hubo una escapada de un italiano. Cerca de meta se formó un grupo en el que me pude meter. Dimos alcance al fugado y disputamos la victoria al sprint. Parecía que iba a ganar De Bruyne, pero en el último momento le superé. Con esta victoria me gané el corazón de los tifossi y  empezaron a llamarme “Mig” –por el avión-. ¡Qué exagerados estos italianos!

Las potentes escuadras belgas imponían su autoridad en las carreras de un día y yo me veía allí metido en medio de un pelotón de “Vanes” (Van Steenbergen, Van Looy, Van Daele, Van Aerde) dispuesto a tocarles las narices, y  lo conseguía, aunque no lograba rematar la faena porque fui segundo, en el 58, en todas las clásicas que disputé.

Recuerdo muy especialmente la París-Roubaix. Sabía de la dificultad del pavés y me dediqué a entrenar por las calles de Barcelona que entonces aún estaban adoquinadas. Así pude hacerme una idea. Respondí muy bien, aguantando hasta el sprint final pero allí estaban Anquetil, Darrigade y todos los “Vanes”. Mi preocupación por Van Steenbergen me hizo dudar un momento cuando saltó Van Daele, pero aún así pude hacer segundo.

En la Milán-San Remo del 58 ya aspiraba claramente a la victoria pero aquel año Van Looy iba muy picado con lo sucedido el año anterior y ordenó a sus gregarios que echaran abajo todas las escapadas y toda la maquinaria belga impuso un tren infernal que ni Darrigade ni yo fuimos capaces de romper. Me prometí volverlo a intentar con todas mis fuerzas al año siguiente.

En enero iniciaba mis entrenamientos para estar fuerte en marzo, acumulando unos 5 mil km en la salida de la Milán-San Remo del 59. Los italianos esperaban que la flecha amarilla, como empezaron a apodarme, pusiera en su sitio a las locomotoras belgas. Empezamos a correr, devorando los kilómetros, dejando atrás abandonos, averías,… En el último km arrancó como un tiro Van Steenbergen. Me puse a rueda, creía que me iba a ganar, pero en el último golpe de riñón pude superarle ante la inmensa alegría de los tifossi.

Todo esto me producía una satisfacción muy grande. Inexplicable lo que sentía. Son cosas que quedan para toda la vida. Recordar mis primeras carreras cuando no era nadie, pelearme en el extranjero con gente de talla internacional, piensas que estás soñando: “lo he logrado”, y sigues sin creértelo, y al día siguiente la gente te para: “¡Oh Poblet!…”. Vives en una aureola de satisfacción pero también de incertidumbre porque piensas qué pasará mañana. Y una vez que has ganado y la gente quiere que repitas, la tremenda responsabilidad que te invade, cuando además eres el único español con posibilidades.

Gracias por dejarme revivir estos momentos.

Por Miquel Poblet (gentileza de Jordi Escrihuela)

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Antonio García Vázquez

    19 de marzo, 2020 En 12:46

    Yo tuve el honor de ser uno de sus alumnos en el primer curso de formación y detección de talentos que se hizo en el velódromo que hoy lleva su nombre, con vistas a Barcelona ’92.

    Si grande, enorme fue como ciclista, como persona demostraba a cada paso que era absolutamente extraordinario. Sus ganas de trabajar con nosotros, de transmitirnos y no tan sólo explicarnos su inmensa experiencia y sabiduría, su exquisito trato humano, nos dejó a todos un legado valiosísimo.

    Gracias por todo, maestro.

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Ciclismo antiguo

Pra-Loup mató a Eddy Merckx

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DT – 2022 post

Cuando Thévénet vio a Merckx descolgarse de Gimondi supo que era su momento

Divaga Carlos Arribas, en su fenomenal “Ocaña”, como el protagonista conquense hablaba de “matar a Merckx.

La obsesión del recio y moreno ciclista de Priego por el mejor corredor de la historia le hacía hablar casi en clave penal.

Al menos así lo atestiguó Arribas.

Sin embargo,  aunque Ocaña hizo besar la lona al belga, lo cierto es que no fue hasta unos años después que un francés de segunda fila llamado Bernard Thévénet, uno de los rostros míticos habituales en la presente caravana del Tour, sí hirió de gravedad al caníbal y lo hizo en una cima que se ha distinguido por ser míticamente discreta.

Porque Pra-Loup es un enclave poquísimo frecuentado por el Tour de Francia.

Se sitúa en la zona meridional de los Alpes, en la Alta Provenza, quizá los menos frecuentados por la carrera y eso que ofrecen el puerto más alto jamás flanqueado, la Bonette Restefond, con sus más de 2800 metros, dejando atrás Iseran y Galibier en este ranking de las altitudes.

Cerca de Pra-Loup, un resort de esquí está Barcelonette, la localidad que marca el inicio de la subida a la mentada cima de Bonette.

Pra-Loup es un resort esquiable no muy alto sin excesiva dureza.

Desde Barcelonette parte una carretera medio llana que empieza a subir en el tercer kilómetro y rompen sus 1620 metros tras poco más de cinco kilómetros de ascensión en los que destaca el tercero, por encima del diez por ciento.

Hace poco menos de 50 años, el 13 de julio, el Tour tomaba la salida en un luminoso domingo hacia Pra-Loup.

La carrera afrontaba su última semana y lo hacía entrando por los Alpes.

Miles de personas aguardaban en las cunetas de Saint-Martin, Couillole, Champs y Allos antes de la cima final.

Millones de personas estaban pendientes de la carrera por la televisión.

Tras siete horas de carrera, Eddy Merckx manejaba el cotarro vestido de amarillo, una prenda que de conservar hasta el final le daría su sexto Tour, lo nunca visto ni entonces ni ahora, pues lo de Armstrong fue un espejismo.

Dos días antes, Merckx había sido agredido por un mal llamado aficionado. Le propinó un puñetazo en la boca del estómago como protesta ante su dominio, como si ganar fuera sencillo y fruto del capricho de un hombre.

En la ascensión final Merckx, a la estela de Felice Gimondi, caminaba destacado en tierra de nadie, la reacción por detrás la conducía Thévénet arrastrando los siempre “pestosillos” Van Impe y Zoetemelk.

El francés jadeaba, se movía graciosamente sobre la bicicleta.

Agarraba el manillar por la parte de abajo. Se refrescaba con una botella de una persona del público para acelerar sutilmente e irse solo.

De repente atisbó el horizonte y en si línea apareció el maillot amarillo.

Gimondi acababa de dejar a Merckx, Thévénet venía a cobrarse todas las facturas y todos y cada uno de los ataques que el belga había sembrado por el camino hasta el puerto final.

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El francés deja a Merckx y supera fácil a Gimondi.

En la cima gana la etapa y se pone a menos de un minuto del líder.

Lo más difícil estaba hecho. Thévénet, quien protagonizaría la primera gran confesión de dopaje de la historia, se viste de grande y el 14 de julio celebró a lo grande la fiesta nacional en el Izoard para jolgorio de Bobet.

Merckx había caído, su reinado tocó a su fin y Pra-Loup fue su tumba.

Imagen: Byenrique

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Ciclismo antiguo

Roger Walkowiak, el campeón más triste de la historia

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DT – 2022 post

Vamos al Tour que ganó contra todo pronóstico el menospreciado Roger Walkowiak

Ganar a lo Walkowiak es algo que impuso en la historia el bueno de Roger.

En a historia hubo alguna victoria en el Tour que respondió a ese perfil, es decir, triunfar de forma sorpresiva y sin triunfo de etapa que adorne la general final.

Cuando Oscar Pereiro ganó la mejor carrera, muchos se acordaron de Roger y su triunfo «a la Walkowiak»

Pero no os engañéis, ganar el Tour implica muchas cosas, posiblemente años de salud, la alineación de los astros en forma de salud, suerte y rivales y en ocasiones el factor sorpresa.

Todos los grandes nombres tuvieron una primera vez, el destello que antecedió sus reinados, pero a veces esa chispa fue una gta en el desierto, una suerte de carambola que el tiempo demostró ser la excepción y no la norma.

El 28 de julio de 1956 el pelotón del Tour de Francia llegaba París con una mezcla de incredulidad entre los corredores, asistentes y los aficionados que se inclinan en las gradas del Parque de los Principes.

El portador del maillot amarillo era un ciclista del equipo regional Centre-Nord-Est llamado Roger Walkowiak, un corredor de perfil muy bajo, tanto que nadie en los pronósticos previos había puesto su nombre en papel alguno.

Marcel Bidot, ciclista en los años veinte y por aquellas fechas mánager del equipo francés, antes de dedicarse al bohemio negocio del vino, no podía creer que Walko ganara el Tour: “Es increíble como las circunstancias pueden beneficiar a un corredor con el que nadie contaba.

Si entre Luchon y Toulouse, Darrigade hubiera estado junto a Bauvin, hoy éste sería el ganador del Tour.

Pero Darrigade quiso buscar el triunfo de etapa”.

Bauvin sería segundo en París a poco más de un minuto del ganador.

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Y es que como dijimos todo se alineó para Walkowiak, que cogió la fuga buena y supo administrar la renta con penosa resistencia, aprovechando que Louison Bobet estaba recuperándose de una operación, Charly Gaul no volaba como en el Giro, Fede Bahamontes estaba inéditamente discreto y Stan Ockers se centró en la clasificación por equipos.

Ya entonces el ranking por escuadras era objeto de deseo.

En un país acostumbrado a la grandeza de Bobet e impaciente por la eclosión inmediata de Riviere y Anquetil, nunca se perdonó la forma de ganar de Walkowiak, quien fue diana de los comentarios más ácidos y descarnados que posiblemente nunca haya recibido un campeón.

Aislado del mundo, ya retirado del ciclismo, Walko, el sacrificado Roger, admitiría que ganar el Tour había resultado su peor condena.

Imagen tomada de Vimeo

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Ciclismo antiguo

Un Mundial de ciclismo en la Italia de Mussolini

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DT – 2022 post

Así fue el Mundial de ciclismo de 1932 y la aventura de los españoles

Roma, 31 de agosto. Umbral del otoño. La ciudad eterna tomada por el fascismo. Italia, una potencia ya en esto de los mundiales, acogía por primera vez una edición de la prueba. Tres vueltas de 68,7 kilómetros por la Rocca di Papa, totalizando 206. Salieron 21 ciclistas, entre ellos una selección italiana que tenía en sus filas al campeón vigente, Learco Guerra, más a un doble campeón, Alfredo Binda, y al varesino Remi Bertoni. Artillería pesada para el mundial de ciclismo en casa.

Mussolini se presentó en persona para desearle suerte y éxito al vigente campeón, Learco Guerra, pues su sugerente apellido gustaba mucho. “Tutti per Guerra”, proclamaba el presidente de la Federación Italiana de Ciclismo, Garelli. Tiempos violentos aquellos. Pero el especialista en mundiales era Binda, que con su compañero lombardo, Bertoni, secó todos los ataques, entre ellos el de Montero, para irse juntos y hacer oro y plata con casi cinco minutos sobre Nicolas Frantz.

Dos acompañantes se sumaron a la delegación hispana: Juan Bautista Soler y Joaquim Rubio estuvieron allí, con los tres españoles. Ambos presenciaron la carrera en directo y pudieron incluso narrar la desventura de Mariano: “Estaba en el control de Frascati, situado a media cuesta. Montero y Cañardo pasaron con los primeros, formando un pelotón de ya siete hombres. Podemos confiar pues en que los dos llegarían a Roma en el grupo de cabeza, pero a Cañardo, al cual acababa de avituallar, le di un empujón para que reemprendiera la marcha, con tal mala fortuna que fue a chocar con Haemerlinck, cayendo. La caída no tuvo consecuencias, pero significó una estimable pérdida de tiempo en un momento en que se desencadenaba la batalla en plena cuesta arriba. A causa del empujón se le torció el manillar y se le descentró la rueda”. Pero Mariano se rehízo: “Con todo, Cañardo arrancó de nuevo y fue ganando posiciones, y cuando con Guerra marchaba a la caza de Frantz, no teniendo por delante más que a Binda, Bertoni y Montero, sufrió una avería, perdiendo todo lo ganado anteriormente”.

Roma, como Lisboa, la ciudad de las siete colinas, algunas de nombre mítico y legendario, había sido para Mariano una montaña rusa, un sube y baja emocional, en unos años en que lo complicado era mantenerse íntegro sin caídas ni lesiones.

Mariano estaba allí, llamando a la puerta, jugándose la suerte con ciclistas que crearon la palabra leyenda, pero le faltaba algo, la fortuna. Aquel día se clasificó duodécimo, pero había añadido una muesca a su palmarés en una carrera que se le daba bien.

Porque Mariano estaba entre los que inventaban el ciclismo en mayúsculas, el que germinó en aquella época, y lo hizo con compañeros de expedición de grandísimo bagaje.

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Juan Bautista Soler fue una de las grandes personalidades de los albores del ciclismo en España: árbitro en sus primeros días, fue presidente y máximo responsable de la Volta a Catalunya, siendo vicepresidente de la Unión Ciclista Internacional en los cincuenta, lo que le valió ser su presidente interino durante dos años por la muerte del entonces primer mandatario del ente, Achille Joinard.

Y luego estaba Rubio, Joaquim Rubio, una persona muy querida en el mundillo en aquellas décadas de aventuras increíbles. Primero ciclista y luego manager, fisioterapeuta, auxiliar y consejero espiritual de las vedettes, entre las que Mariano se contaba. Un empujón dado con todo el cariño y la pasión de Rubio le arruinó a Mariano aquella carrera romana.

Extracto de “El primer campeón”, próxima obra que Cultura Ciclista sacará en breve.

Imagen: Federazione Ciclistica Italiana

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Ciclismo antiguo

El quinto fue el mejor de los 5 Tours de Indurain

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DT – 2022 post

No pudo haber mejor culminación a los 5 Tours de Indurain

En nuestro frecuente viaje al pasado que nos regaló Miguel Indurain con sus 5 Tours, queríamos acordarnos, ahora que ha transcurrido más de un cuarto de siglo, del que consideramos su mejor triunfo en Francia.

Y lo situamos en el último de la lista, el quinto, para nosotros sin lugar a dudas una obra de arte de abajo arriba.

Un  ejercicio de control y dominio, sublimado por quinta vez consecutiva, el más difícil todavía, pues no sólo seguía siendo mantenerse, también implicaba mejorar lo visto hasta entonces.

Ese año Miguel Indurain volvió al Tour con el dorsal uno, pero sin el Giro en las piernas, pero con la certeza de que entre Francia y el mundial en Colombia iba a estar el cogollo de la campaña.

Dicho y hecho.

Cualquier momento decisivo de ese Tour fue terreno abonado a Miguel

Si tenemos que ponernos pejigueros, posiblemente sólo falló una cosa a la que nos acostumbró, no hubo tarde de escabechina contra el reloj,  como sí que nos había ofrecido en Luxemburgo, Lac de Madine y Bergerac, la mejor de estas tres la dejamos a gusto del consumidor, para nosotros algo como lo de Luxemburgo fue único e irrepetible.

De hecho Indurain no ganó por aplastamiento la primera crono larga, en las Ardenas, nada menos que saliendo de Huy en un ejercicio que pareció de contención, pues mantuvo y mantuvo, en especial a Bjarne Riis, hasta ganarle por la mínima al final.

Pero era suficiente, más que suficiente.

Aquella crono formaba parte de un díptico belga, celebrado en fin de semana, que se había abierto un día antes, con la jornada de Lieja, aquella famosa que se escapó con Johan Bruyneel, donde emergieron dos cosas.

Por un lado el patriotismo sin fundamento de aquellos que pensaron que el belga debió dejar ganar a Indurain, pues éste hizo todo el gato y además se debía a un equipo español.

Por el otro la rivalidad con el equipo ONCE, un auténtico martillo sobre la resistencia de Indurain y su Banesto.

En La Plagne, primer día de Alpes, Alex Zulle lo puso todo al límite hasta desencadenar la reacción furibunda de Indurain en el que consideramos su mejor día sobre la bicicleta, aquella subida al coloso alpino.

Nunca he vuelto a ver algo como La Plagne.

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Luego, unos días después en Mende, Jalabert, acompañado por Mauri y Stephens planteó órdago lejísimos de meta que puso al límite a Banesto.

Nunca, creo, nadie había puesto tal al borde del abismo al cinco veces ganador,  un día con el que  jamás hubiera querido  lidiar en el Tour, aunque visto ahora, añadió más brillo, si cabe, a su quinto triunfo en Francia.

El dominio y presencia de Indurain en el final de su serie de 5 Tours propiciaron que una carrera que era un avispero -allí convivían Jalabert, Pantani, Rominger, Riis y Zulle, entre otros- nunca pareciera fuera de control.

Y es que, más que nunca, pareció hacer fácil lo más difícil, encadenar Tours como quien aprendía a sumar.

Nadie podía imaginar que estábamos ante el epílogo de la mejor racha que hemos visto nunca y que creo nunca volveremos a ver.

Imagen: RTVE

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