Mundo Bicicleta
Las tensiones no sexuales de Marcel Kittel
En cualquier película de Rocky, Marcel Kittel habría pasado por Ivan Drago. En cualquier tratado sobre la pureza de la raza aria, Marcel Kittel habría ilustrado la portada. Joven, angulado, guapete, rubio, Kittel no es el futuro de la velocidad, es el presente, como si de un aldabonazo hubiera querido quemar todas esas etapas que tanto gusta marcar en su equipo, el Giant Shimano, antaño Argos. Y es presente porque hace unos meses que pasó el Rubicón. Rara vez un aprendiz manifiesta tal dominio y arrogancia frente al campeón saliente. El año pasado Mark Cavendish dejó el Team Sky para “campeonar” a gusto en un equipo sin otras servidumbres y le saltó un ciclista prometedor para limpiarle nada menos que cinco triunfos de etapa en el Tour, con victoria en templo de los velocistas, esa larga y espaciada avenida llamada Campos Elíseos. Marcel Kittel es por tanto un tipo de anuncio. Con la amplia sonrisa que permite una ancha mandíbula que seguramente cause furor entre las teutonas. Ya se sabe que la imagen es una cosa que en ciclismo lleva muy poco tiempo siendo cuidada. Se trata de tipos larguiduschos, flacos y carentes de curvas. Seres planos, tiesos y castigados por el esfuerzo, el viendo, el sol inmisericorde y el frío cortante. Un ciclista al que pocas declaraciones se le conocen y algunas sobre la limpieza y esas cosas de las que tanto gusta pontificar en Alemania. Kittel rompe ese estereotipo. Parece cincelado por un alarife del velódromo. Musculoso, fuerte, serio, profesional, tanto, que hasta nos pareció extraño su arrebato el otro día en la Tirreno arronjando su carísima bicicleta contra el suelo como si fuera un balón de playa que rebote contra la arena. Al calor de esas imágenes expresamos el dolor por ver tratar así tan caro instrumento de trabajo y en Giant no dudaron en respondernos lo siguiente: “Como lo sabes! Al menos le honra su rápida reacción y el gesto que ha publicado hoy en twitter” Sin embargo, la escena nos impactó por mucho que la viéramos en su día en Brad Wiggins, aunque éste aparcado de pura chiripa la máquina al otro lado de la carretera, y en David Millar, algún año antes lanzándola más allá de la cuneta –debe ser muy británico esto de aporrear bicicletas-. 


