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Ciclismo antiguo

Los nazis nunca convencieron a Albert Richter

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Albert Richter fue la integridad de un ciclista ante la barbarie de los nazis

Albert Richter era un culo inquieto y eso le costó caro en la Alemania de los nazis.

A los 16 años, en la Alemania resultante de las sangrantes heridas de la Gran Guerra y la humillación, también llamada pacto de Versalles, empezó a competir.

Su padre quería que hiciera cosas de provecho, él, en cambio, quería partirse la cara sobre una bicicleta.

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Lo  hizo a escondidas y se rompió la clavícula con el pertinente broncazo, pero Albert era una guindilla que no iba a amilanarse.

De una manera u otra la Segunda Guerra Mundial entra en nuestras casas por documentales o incluso podcast dedicados a ella.

Hace casi noventa años que los nazis accedieron al poder alemán, activando de esta manera la tragedia que estaba por venir.

Hace ochenta se culminó por estas fechas la batalla de Stalingrado, ese baluarte que cayó en manos de los rusos tras dejar más de dos millones de víctimas en el camino y torcer el sentido de la guerra.

Ese momento fue determinante para la contienda y también para la forma que los alemanes podían vender a los suyos la misma.

Hasta la fecha los nazis habían las bondades del régimen a través de varias vías, en especial de sus deportistas.

Curiosamente, siendo un rodillo totalitario donde el individuo se aplastaba, el régimen tomaba talentos para decir que la Virtud era una de las cualidades en la pureza de la esvástica.

Albert Richter fue uno de esos deportistas que el nacionalsocialismo quiso exhibir como el águila que sostenía la esfera terrestre.

Pero Richter, nacido en Colonia en 1912, fue diferente.

Afamado pistard en París en los años treinta, su consideración de rutilante estrella justo cuando el nacionalsocialismo movía los resortes del poder absoluto, le llevaron a ser solicitado por los círculos hitlerianos.

Albert no cayó en la complacencia.

Él ganaba para Alemania, la de siempre, la del esfuerzo prusiano y la grandeza de Bismark, no para la esvástica

Omitió la nueva bandera en sus participaciones internacionales, miró para otro lado cuando le convenían el saludo marcial.

No quiso hacerlo por ejemplo durante los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.

Incluso el hombre clave en su proyección, el judío Ernst Berliner, siguió ejerciendo de manager.

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Pero la solidez de principios tiene factura, y la suya se saldó con nada menos con su vida.

En 1940, en el entorno de una Alemania emborrachada por las conquistas del este, el poder constituido no olvidó las afrentas.

La nota tildaba de suicidio su muerte.

No podía convivir con tal culpa” rezaba el parte, una patraña urdida para todo aquel que no era afín a la causa, una muestra de la verdadera cara del fascismo, palabra que tanto se usa estos días para definir a quien no piensa como tú.

Pues no, fascismo fue aquello, lo que le costó la vida a Albert y tantos otros que no fueron de la cuerda. Qué asco.

Con los años el modus operandi en la muerte de Albert Richter fue desvelado:  La Gestapo hizo un trabajito fino.

Le capturó dirección Suiza a donde huía con dinero para un amigo judío.

Un total de 12.700 marcos que inflaban sus neumáticos.

Llevado a Lörrach falleció dicen que suicidado.

Su amigo Berliner quiso saber más. Nunca supo los motivos.

Hoy Colonia le recuerda con el Velódromo Albert Richter

Imagen: Alcherton

 

 

 

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