Ciclismo
La vuelta de Etxe Ondo a Movistar
El germen de Movistar, el maravilloso maillot de Reynolds, llevaba el emblema de Etxeondo
La vuelta de Etxeondo a la piel de Movistar cierra un círculo que empezó hace más de cuatro décadas.
No hablamos de un simple acuerdo comercial de equipaciones, sino del regreso a los orígenes de una estructura que nació bajo el paraguas de Reynolds y que llenó las cunetas de azul cuando este deporte se corría con chichonera y rastrales.
La firma guipuzcoana de Paco Rodrigo y su familia representó el pilar textil sobre el que se cimentó la era dorada de nuestro ciclismo, un sello indiscutible de identidad en el pelotón internacional.
El cambio de cromos llega tras una etapa fértil con Gobik, la otra gran referencia nacional del sector, coronada recientemente con el triunfo de Enric Mas en la Vuelta.
Dejar una enseña que funcionó para volver a la casa de siempre tiene una carga simbólica evidente.
Es mirar por el retrovisor sin complejos para reencontrarse con las raíces.
Pronunciar el nombre de Etxeondo implica desempolvar la memoria sentimental de varias generaciones.
Imposible olvidar a Ángel Arroyo, el bravo corredor de El Barraco, subiendo al segundo cajón del podio en el Tour de Francia de 1983 vestido con aquellas prendas navarras.
Aquel mismo julio asistimos a la eclosión descarada de Perico Delgado en las rampas volcánicas del Puy de Dôme, con la cremallera abierta y el corte impecable de la ropa vasca desafiando la jerarquía europea.
Por aquellas fechas José Luis Laguía dominaba la montaña con una tiranía deliciosa, sumando maillots de puntos en las grandes vueltas con la misma naturalidad con la que corría.
Fue también la época en la que un imberbe Miguel Induráin asomaba la cabeza en el pelotón profesional, convirtiéndose en el líder más joven de la Vuelta a España mucho antes de tiranizar el Tour durante un lustro, cuando los caminos de la marca y el equipo ya se habían separado.
Esa nómina de nombres es, en realidad, la que forjó el mito.
Porque las leyendas se sostienen en los hombros de quienes no siempre salen en la foto del podio, y el maillot de Reynolds confeccionado por Etxeondo fue, ante todo, una escuela de oficio, sufrimiento y fidelidad ciega al líder.
Mencionar a Anastasio Greciano o al añorado Jesús Rodríguez Magro es hablar de la aristocracia de los gregarios.
La estampa de Magro, con las manos apoyadas en la parte plana del manillar, la espalda combada y el pecho abierto tirando del grupo durante horas bajo el sol de julio, forma parte del paisaje inseparable de las victorias de Delgado e Induráin.
Un escalador infatigable que encarnaba la entrega absoluta.
Y qué decir del talento combativo de aquella guardia navarra y vasca.
Ciclistas como Iñaki Gastón, con esa clase desbordante y su chispa en los finales quebrados; la regularidad granítica de Julián Gorospe y el empuje de su hermano Rubén; la bravura de Rafael Ladrón de Guevara; o el desparpajo de Carlos Hernández, un tipo correoso capaz de levantar varios Campeonatos de España frente a estructuras enteras.
También nombres como Celestino Prieto, pura honestidad sobre dos ruedas y de trato llano hasta el día de hoy, Jesús Hernández Úbeda, o las fugas agónicas y bellas de Marc Gomez, junto al toque foráneo que aportaban corredores como el francés Dominique Arnould (más tarde rey del ciclocrós).
En la bisagra de finales de los ochenta, cuando el ciclismo empezaba a mutar hacia la modernidad táctica de los noventa,
Etxeondo todavía vistió a una generación que marcaría época: Herminio Díaz Zabala puliendo su oficio de rodador todoterreno antes de convertirse en pieza angular de la ONCE de Manolo Saiz, o un jovencísimo Melchor Mauri, aprendiendo a sufrir contra el viento antes de sorprender al mundo con su exhibición contrarreloj en la Vuelta del 91.
Aquel 1989, con la llegada de Banesto como copatrocinador y la progresiva transición hacia los colores corporativos de la banca, cerró la primera etapa de Etxeondo con la casa de Echávarri y Unzué.
Sin embargo, la marca nunca perdió ese halo artesanal y de altísima costura: siguió vistiendo a proyectos de primera línea como el Sunweb —llevando a Tom Dumoulin a conquistar el Giro de Italia de 2017 y a volar en las cronos mundiales—, manteniéndose como referencia de culto para el cicloturista y el profesional más exigente.
Que este logo vuelva ahora al pecho de Movistar tiene algo de justicia poética.
Se puede discutir el estilo conservador del equipo en carrera o sus decisiones tácticas, pero nadie puede discutir su condición de espina dorsal del ciclismo español.
Décadas después, el círculo vuelve a cerrarse exactamente donde empezó la historia: vistiendo a los suyos.








