Opinión ciclista
Mejor no acordarse de Marco Pantani
En Italia esto lo hacen como si no hubiera un mañana, es decir de puta madre. Venden el producto como nadie, lo envuelven, le dan mensaje, contenido y continente, te lo ponen ahí y te dejan sin opción a negarte, porque sencillamente te han llevado al huerto.
Cuando Purito nos explicó sus impresiones previas al #Giro100 admitía que le ponía el hecho de ver la carrera desde afuera, ver cómo la montaban, cómo lo locutaban y qué disponían por los pueblos de la bota. El resultado lo hemos visto. Hemos tenido #Giro100 hasta en la sopa, con el centenario siempre en la boca, siempre en el hashtag.
Comparar tamaña acción con lo que vimos en la Vuelta de hace dos años, que cumplía ochenta primaveras, provoca la risa. La efeméride de la carrera de casa pasó de puntillas, con una celebración y comida de viejas gloria sy poco más. Así son las cosas, así se vende la moto.
Una de las constantes en el Giro fue la evocación de los grandes ciclistas de la historia de Italia. Se salió del pueblo de Bartali, también del de Coppi, se refrescaron gestas, nombres y leyendas. Salió la promiscua vida de Coppi y las hazañas en silencio de Bartali cuando Italia estaba tomada por los fascistas. Uno de los que estuvo presentes durante buena parte de la carrera fue el de Marco Pantani, un nombre cuya pronunciación abre los ojos al respetable.
Pantani ganó un Giro y piso el podio de otro, el de Berzin e Indurain. Pantani fue un revolcón en el ciclismo de hace unos veinte años, en la considerada la época más oscura del ciclismo o al menos la cima de la escalada de barbaridades que hoy nos cuentan y no queremos creer. Pantani en aquel ciclismo fue el rey.
En el Giro que acaba de morir en Milán, Pantani fue recordado en el Santuario de Oropa, que si no me equivoco pusieron el pseudónimo de “monte Pantani” porque aquella gesta única de pinchar al inicio de la subida, pararse a arreglar, reemprender la marcha siendo el último y tras remontar todos los ciclistas, llegar a los de adelante, que no eran unos cojos (Gotti, Simoni, Heras y Jalabert, entre otros) y ganarles la etapa. Esa “gesta” que todos tuvimos en mente el día del santuario instalado en las crestas que circundan Biella fue argumento de mil narraciones ese día. Como la llegada a Piancavallo, donde Pantani ganó, como la de Montecampione hace unos años, cima en la que Pantani destrozó a Tonkov a base de mil ataques…
Todas esas “gestas” fueron el paso previo hacia el precipicio de Pantani que, para nos hagamos una idea, fue expulsado del Giro días después de Oropa, aquella mañana de Madonna di Campliglio, donde Landa ganó hace dos años, y donde se rememoró a la figura del “divino” calvo. Cada recodo de la ruta del Giro tuvo fotos de Pantani (es curiosa la querencia italiana de sacar grandes pancartas con fotos de sus ídolos y no sólo en ciclismo), tuvo mensajes de Pantani, tuvo recuerdos a Pantani.
Es como si el colectivo olvidara que poco después de rozar el cielo con las manos en el santo lugar de Oropa, Pantani fue expulsado del Giro por altos niveles de hematocrito, que nunca más volvería a ser el mismo, que, pasados los años, se han dicho mil historias, alguna del estilo “se sabía que Pantani no iba a acabar aquel Giro”, sin pasar por alto los mil cuentos sobre su fallecimiento años después.
Yo qué queréis que os diga, no lo veo ni medio normal, y es el vivo ejemplo de nuestra desmemoriada sociedad, que se alumbra de mitos que en su día fueron lapidados en plaza pública. Encumbrar a Pantani, y mira que me hizo disfrutar, es como hablar del fútbol de Oliver y Benji, con toda la fantasía e hilaridad que queráis ponerle y que encima se institucionalice desde el propio Giro, la carrera que le puso de patitas en la calle, habla por sí solo de lo ridículo de la situación.
Imágenes tomada de Ditalia
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