Ciclismo antiguo
Ciclistas en chapas: Julián Gorospe
Julián Gorospe era modernidad en medio de los ochenta
Había un tiempo en que las tardes de primavera se jugaban en el suelo, sobre baldosas gastadas o asfalto rugoso, con una tiza para pintar la carretera y un puñado de chapas con caras recortadas de revistas.
Entre aquellos metales aplastados brillaba siempre la figura espigada de Julián Gorospe.
Es nuestro ciclista en chapas que sigue la estela de Álvaro Puno.
El ciclismo español de los ochenta construyó una devoción popular que iba mucho más allá de las estadísticas frías.
En las cunetas y en las charlas de bar no había término medio: o eras de Julián o eras de Marino Lejarreta.
Esa rivalidad silenciosa, hecha de simpatías geográficas y estilos opuestos, partió en dos a la afición durante años, otorgando al vizcaíno una dimensión icónica que el paso del tiempo tiende a difuminar injustamente.
Gorospe representaba la clase, el pedaleo elegante y la ilusión de una modernidad que asomaba en el pelotón nacional.
Su figura encarnaba las esperanzas de quienes veían en él al corredor completo capaz de gobernar las grandes rondas.
Sin embargo, su historia quedó marcada a fuego en aquella Vuelta a España de 1983.
Julián vestía el maillot amarillo, defendía el liderato con entereza y parecía tocar con la yema de los dedos el triunfo definitivo en Madrid.
Pero el ciclismo de entonces no perdonaba la mínima fisura.
En la etapa de Serranillos, Bernard Hinault ejecutó una ofensiva brutal, una demolición que destrozó la carrera, despojó a Gorospe del liderato y cambió el destino de aquella edición.
Aquella jornada no fue solo una derrota; fue el bautismo en el dolor y en la grandeza trágica que define a este deporte.
Pese a ese golpe tremendo, la huella de Julián Gorospe no menguó.
Al contrario, aquel revés humanizó aún más su figura y agrandó su estatus entre quienes coleccionaban sus fotos.
Siguió sumando triunfos de mérito, etapas en el Tour de Francia, victorias en la Setmana Catalana y en el País Vasco, demostrando una regularidad y una dignidad competitivas admirables.
Él estuvo en el Reynolds del Tour Perico y el Banesto de dos Tours de Indurain.
Su trayectoria tuvo un calado superior al que la memoria rápida suele concederle.
Gorospe fue el héroe cercano de una generación que aprendió a amar el ciclismo a través de sus triunfos y sus heridas abiertas, rodando para siempre en la memoria de aquellas chapas que nunca dejaremos de empujar.








