Ciclismo
Este ciclismo no sólo cobra víctimas en la carretera
La ciencia ha barrido la intuición y la libertad del individuo en el ciclismo
Lo veíamos venir, que no era normal y está sucediendo: El ciclismo profesional se ha transformado en una trituradora de jóvenes talentos a una velocidad pasmosa.
Lo que antes era un proceso de maduración gradual, donde un sub-23 aprendía el oficio a base de oficio, caídas y kilómetros de trabajo sucio, hoy se ha convertido en una exigencia inmediata de rendimiento.
El fenómeno no es casual ni responde a una coincidencia de nombres; es el resultado directo de una estructura que ha dinamitado las etapas naturales de crecimiento para exigir resultados a chavales que apenas han dejado atrás la adolescencia.
El espejo donde todos se miran tiene nombres y apellidos concretos.
Las irrumpciones prematuras de Pogačar o Evenepoel, dominando desde la casilla de salida, destruyeron el margen de error para los demás.
Recuerdo, hace unos años, hablar de esto con ciclistas como Roger Adrià o íñigo Elósegui, ambos navegando en estas aguas revueltas, siendo jóvenes debían convivir con las comparaciones.
Los directores ya no buscan proyectar ciclistas a tres o cuatro años vista; exigen que un chaval de diecinueve años dispute victorias al máximo nivel desde el primer día.
Esa urgencia por replicar excepciones genéticas termina por saltarse la adaptación básica, condenando al fracaso a quienes necesitan un tiempo distinto para asentarse en el pelotón.
A esa prisa institucional se suma una rutina asfixiante que mina la salud mental. El paso de la pasión juvenil a la obligación laboral se cobra una factura altísima. La vida de monje imposibilitada de desconexión, la presión constante por justificarse en cada concentración y la pérdida total del disfrute transforman la bicicleta en una pesadilla. Muchos terminan quemados antes de cumplir los veinticinco, exhaustos de una disciplina que no deja espacio para nada más.
La robotización del deporte acelera este proceso de desgaste.
Todo está medido, pesado y fiscalizado al milímetro: los vatios en el potenciómetro, las pulsaciones, la báscula en cada comida y las horas de descanso exactas.
Id a cualquier concentración de pretemporada que tendrá lugar en breve en la Costa Blanca, le quita todo el romanticismo a la escena.
La ciencia ha barrido la intuición y la libertad del ciclista, convirtiendo al atleta en un ejecutor de números.
Cuando la vida se reduce a rendir cuentas a un ordenador, la autonomía personal desaparece.
El cuadro se completa con un pelotón cada vez más peligroso.
Las velocidades son absurdas, las carreras se disputan con una agresividad desmedida y el riesgo físico es constante.
Tras una caída grave o viendo las secuelas de compañeros de generación, muchos jóvenes empiezan a sopesar si el coste psicológico, el aislamiento y la amenaza real a su integridad física compensan el sueldo.
La respuesta, cada vez con mayor frecuencia, es decir basta y colgar la bicicleta mucho antes de tiempo.
Imagen: ASO/Charly López








