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El último quebrantahuesos

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Soy una especie en extinción. Un superviviente del grupo que hemos sobrevolado juntos durante muchos kilómetros todas estas magníficas montañas, donde venimos año tras año miles y miles de ejemplares que como yo anidamos en sus cimas nuestras ilusiones. Unos lo conseguirán. Otros las irán enterrando por el camino. Yo hoy me he quedado solo, no he podido seguir el ritmo de la bandada en la que viajaba. Voy a llegar el último a destino.

Ya sobrevuelo la recta de llegada. Estoy agotado del viaje. Un último esfuerzo para recibir al menos el calor de la gente que me va a recibir con todos los honores. Es lo bueno que tiene el ser una especie protegida, a los más débiles se les cuida más. No en vano vengo muy bien acompañado: ambulancia, policías haciendo sonar sus sirenas y coches de asistencia. Me siento mimado por el recibimiento. Aplausos, vítores, gritos de «campeón, campeón». Esto es lo mejor. Y por fin he llegado. He sobrevivido a una enorme bandada de depredadores que han intentado devorarme. Soy el último quebrantahuesos.

Esta mañana, hace tan «sólo» 12 horas, me las prometía muy felices. Contento por estar de nuevo aquí, en la línea de salida junto a otros «rapaces». Me encontraba fuerte, con ganas de liarla. Para eso este año había entrenado sobrevolando carreteras, puertos y más puertos. Estaba bien preparado. Había espabilado para llegar pronto y colocarme justo detrás de los ejemplares más feroces, los que llevaban en su dorso marcas de pintura amarilla, rosa o verde. Señales de guerra. Los mejores especímenes, de rostros afilados, los que volaban más rápido y más alto. No me intimidaban. Yo quería estar ahí y aprovechar el rebufo de este enorme grupo de élite. Al menos lo quería intentar.

Pistoletazo de salida. Salimos escopeteados, como una bandada de pájaros asustados por un potente petardo. Volamos. Circunvalamos Sabiñánigo a no menos de 45-50 km/h. Aguanto bien, a rueda del grupo de cabeza. No distingo bien a la gente que nos anima y nos aplaude. Vamos muy rápido. El pueblo se ha volcado, como siempre. Afrontamos las interminables rectas de los llanos de Jaca, cada vez más deprisa. El pulso se me acelera. No bajo el ritmo. Este año voy a por todas y quiero el oro. A velocidad de vértigo nos plantamos en Canfranc. Hasta aquí he llegado. Ahora empieza a endurecerse el puerto y ya no puedo seguir más este ritmo infernal. Levanto el pie y dejo escapar no menos de 500 fenómenos que no corren, vuelan dirección a la primera cima del día. Serán los quebrantahuesos que se jugarán entre ellos la victoria. Me despido de ellos. Ya no los volveré a ver en todo el día.

Subo dos piñones. Me dejo alcanzar por un segundo grupo. Enorme también. A ver si me acomodo entre ellos. Me meto. Me pongo a rebufo. El ritmo también es muy alto. Algunos me miran de reojo como diciendo «¿a dónde ibas pájaro?». Veo que tampoco voy cómodo. Sigo con las pulsaciones por las nubes. No hay manera de estabilizarlas. Esta gente también tira mucho. No puedo aguantar en los repechos. Van a bloque. Y yo que creía que iba bien. Me van pasando y poco a poco voy perdiendo posiciones del numeroso grupo. Calculo que debemos ser unos mil ahora mismo los que viajamos juntos. Me siguen adelantando y yo en vez de avivar el ritmo lo voy perdiendo, voy a menos. Este tampoco es mi grupo. Me voy rezagando y ya voy el último. No puedo seguir ni siquiera al que me precede. También lo voy perdiendo. Me quedo un momento solo en tierra de nadie. Sólo serán un par de minutos. En seguida veo cómo se acerca otro gran pelotón, más grande aún si cabe que el que me acaba de dejar. Me alcanzan. Sigo con ellos un buen rato. Van rápido pero puedo seguirles, aunque en ello me va el ir a tope. Llego con este grupo como puedo a Candanchú. Aún y así estoy contento de cómo he subido. La vez que más fuerte y más rápido lo he hecho.

Llegamos al avituallamiento y veo que la mayoría de los que íbamos juntos ni paran («¡Eh! ¿Dónde vais chicos?»). Del gran grupo que éramos solo quedamos unos pocos. La mayoría ha emprendido el vuelo. Yo tengo que parar. Creo que me he pasado. No me empiezo a encontrar demasiado bien. Como y bebo algo. Tengo que llegar arriba lo antes posible porque por aquí no paran de pasar y nadie para. Han debido pasar más de mil en unos pocos minutos. Tiro para arriba con otro grupo que no ha parado. Coronamos en medio de un ambiente excepcional. Mucha gente, muchos ánimos («aúpa, aúpa»). Y mucha niebla y frío. Paro a ponerme el chubasquero porque la bajada además está húmeda. ¿Qué pasa? ¿Aquí tampoco para nadie? Los que venían conmigo han recogido periódicos de la gente y se los han colocado en el pecho y se han tirado para abajo. ¡Qué valientes! De esta manera, de nuevo, vuelvo a perder otro tren. Ataco la bajada, con más miedo que otra cosa. Me giro y otro numeroso grupo viene decidido a por mí. Me pasan por todos lados, por la izquierda, por la derecha… Me han pasado muchísimos que no sé cómo tienen narices de bajar así. Sigue habiendo mucha niebla. Los abnegados voluntarios hacen sonar pitos avisando de los peligros de la carretera. Son geniales, de verdad.

Finalizamos el descenso y tiramos con decisión hacia el Marie Blanque. Voy en un grupo mucho más cómodo, pero que también tira fuerte. Van por faena. Iniciamos la subida a la Dama Blanca. Las sensaciones no son buenas. Paro, pero esta vez para quitarme el chubasquero. Como la mayoría de los que venían conmigo llevaban periódicos que, por cierto, los han tirado al suelo (¡muy mal!) pues me quedo solo de nuevo. Por poco rato, por eso. Sigo con la escalada. Nada, no voy fino. No tiro. Me siguen adelantando algunos como auténticas motos por ambos lados. Yo sigo a mi ritmo. Llega la parte dura. Meto todo y para arriba. Voy muy despacio. Por suerte la temperatura es buena, pero yo «no voy». Me siguen pasando. Mi corazón quiere pero mis piernas no pueden. Me bajo de la bici. Ando un rato con ella al lado. Soy de los pocos que lo hacen. La gente sigue subiendo a muy buen ritmo. Ya oigo el griterío de la cima. Estamos cerca. Me subo de nuevo a la bici. No quiero ni pensar en toda la gente que me ha pasado. Aquí me olvido del oro, de la plata y de hacer buen tiempo. Ya sólo pienso en acabarla. Llego arriba. Chubasquero y para abajo, con más motivo, ya que ahora se ha puesto a llover. Paro en el avituallamiento que está petado de gente. Intento comer, beber y recuperarme. Una voluntaria, muy amable y con una sonrisa, me da dos plátanos («te irán bien»). Me los como sin rechistar.

Descenso, lluvia y pinchazo. Al llegar al cruce dirección Laruns me encuentro que voy “blando”. Miro la rueda trasera. ¡He pinchado! Indico con la mano al numeroso grupo en el que ahora estaba inmerso de que me voy a parar a mano derecha. ¡Qué mala suerte! Ahora que había pillado un pelotón “cómodo”. Miro de cambiar la cámara rápidamente pero con la lluvia se me antoja si no complicado al menos molesto. Siguen pasando grupos y grupos que me miran algunos con lástima y otros ni me miran. Pero ninguno para. Sigo adelante. Se está haciendo tardísimo. Me engancha otro pelotón bastante majo y vamos haciendo. Llegamos al cruce del Portalet. Sigo sin ir bien. Cruzamos el túnel y me doy cuenta que hace bastante rato que no como nada. Echo mano de una barrita. La mordisqueo e intento tragar. No puedo. No me entra la comida. Guardo el resto en el bolsillo de atrás del maillot mientras veo como mis compañeros de ruta en aquel momento se van alejando poco a poco y yo no puedo seguirles ni siquiera el suave ritmo que van imponiendo.

La pájara y el tío del mazo. Las piernas no me van. La cabeza me da vueltas. Sigue pasando gente que para mí, tal y como voy, me producen auténtico vértigo. Pero sigo pedaleando, muy despacio. Ya no miro ni el reloj. Las pulsaciones hace rato que ni me suben. Llevo un globo de cuidado. No sé qué tiempo debo de llevar pero me está cayendo un verano, como diría el Butanito. Hace rato que no veo a nadie ni por delante ni por detrás. La presa de Artouste se me presenta como un muro infranqueable. Paro un momento. Respiro. Vuelvo a intentar comer algo. Nada, no puedo. Parece que a lo lejos viene alguien. Detrás una ambulancia. ¡Deben ser los últimos! Me subo a la bici e intento ir un rato con ellos. Me dicen que aún queda gente por detrás, poca, pero aún vienen ciclistas. Estos chicos con los que ahora pedaleo un rato en su compañía van tocados, bastante, pero van haciendo, a ritmo de caracol pero van superando rampa tras rampa. Yo voy tan mal que incluso me cuesta seguirles. Los excesos se pagan y yo lo estoy haciendo con creces. En mi cabeza un único pensamiento: intentar pasar el control de las 6 de la tarde arriba del puerto y dejarme caer y finalizar.

Llegamos al avituallamiento. Aquí casi no hay nadie. Paramos todos a rellenar bidones y a comer algo. Seguimos. El puerto se abre. Precioso. La parte más bonita de la marcha. Con mucho dolor y muy despacio, avanzamos. No me puedo poner de pie, me dan amagos de calambre. Digo adiós de nuevo a mis compañeros de viaje y dejo que se marchen. Veo cómo se van alejando. Cómo me duelen las piernas. Y el pecho. El pulso no me sube. Me giro en una curva y ya veo cómo ascienden tres o cuatro grupos pequeños de ciclistas. Les siguen las últimas ambulancias y unos cuantos policías en moto. Éstos sí que son los últimos. Me dan alcance. Me dicen que me ponga a rueda.

¿Dónde está la gente? Por fin, con mucha más pena que gloria, entramos en el último kilómetro de ascensión. No queda casi gente. ¿Dónde están los ánimos? Aquí ya se ha marchado todo el mundo. Apenas quedan dos o tres autocaravanas. Sus propietarios cuando nos ven, salen e intentar darnos el último aliento (“aúpa, aúpa”). Coronamos por los pelos a las seis menos cinco minutos. Nos dejamos caer justo hasta el cruce donde los voluntarios nos vuelven a desviar.

La hoz y el martillo. Giramos los 8 integrantes del último pelotón de la marcha. Llaneamos e iniciamos la tachuela de Hoz. Aquí mis amigos se vuelven a distanciar. Quedamos un señor mayor y yo. Me bajo de la bici y continuo andando. No puedo más. Estoy al borde del abandono. Pero no lo voy a dejar ahora cuando tengo casi finalizada la marcha. Oigo el ruido de los motores de las ambulancias… y el de las motos. Sigo con mi particular procesión. El veterano ha seguido pedaleando firme hacia arriba. A veces se gira y me mira. Creo que quiere esperarme. Le digo que no, que siga adelante. Aunque no sé si lo hace por eso o para quedarse él el último. Siempre había oído de la gloria al héroe del farolillo rojo. Hasta me hacía ilusión.

Ya está, ya lo he perdido de vista. Ya soy definitivamente el último. Corono. Bebo agua. Este pueblo es una pasada. Aún queda gente aquí animando. Con fuerzas renovadas me veo con ganas de acabar por fin. Afronto las pestosas rectas en dirección Sabiñánigo. Viento en contra. Voy llaneando bien pero no voy muy deprisa. Voy solo, en bicicleta. Las ambulancias, coches de la organización, motos de la guardia civil me acompañan. Soy el último quebrantahuesos.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo sueños ciclistas

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Lacets de Montvernier: El Tour 2022 subirá esta maravilla

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Lacets de Montvernier no es el puerto + duro, pero sí uno de los + icónicos

«L’une des stars du prochain parcours» Christian Prudhomme dijo hace seis años sobre Lacets de Montvernier, novedad para el Tour 2015, coronado por Romain Bardet antes que nadie y hoy previsto para la recién presentada edición de 2022.

No tuvimos ninguna duda. La visión desde la carretera de esta escalonada ascensión nos impresionó desde el primer momento. Espectacular.

Pensamos que tenía que entrar con todos los honores en esta sección. Nos frotamos los ojos, nos miramos y una media sonrisa se nos escapó del alma.

Al ver la sinuosa cinta asfaltada que, de lado a lado de la montaña, se retorcía subiendo agarrada a la ladera salvando el tremendo desnivel, atravesando pasos naturales entre las rocas del abismo, lo tuvimos muy claro: ¡queríamos subirlo!

Una escalada de 17 curvas de felicidad, la que nos proporciona estos Lacets de Montvernier, haciendo de esta subida una experiencia única, muy vistosa, que hará las delicias de cualquier cicloturista.

Algunas fuentes hablan de 18 cordones, porque parece ser que uno de ellos está «cuestionado» como tal.

No seremos nosotros quienes le otorguemos la categoría de lacet o no, pero sí contaremos que las horquillas, sobrepuestas una encima de la otra, literalmente, que se aferran a la montaña en unos 3 kilómetros, dan como resultado una curva cerrada cada 150 metros.

Eso es mucho lazo continuado.

De acuerdo que Alpe d’Huez cuenta con 21, pero lo hace en una distancia cuatro veces mayor que en Montvernier.

Los ciclistas que las acometen a bloque comentan que tienen que frenar en sus curvas para luego coger velocidad para intentar ascender lo más rápido posible este corto y explosivo desafío.

No será nuestro caso.

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La contemplación «sólo para nuestros ojos» de las continuas herraduras nos seguían produciendo muestras de asombro y cada uno de nosotros exclamaba un adjetivo para intentar describirlas: «singular», «imposible», «diferente».

Sólo es un pequeño puerto (¿sólo?). Una menuda joya escondida que se está haciendo célebre porque su foto ya se está empezando a publicar en revistas de turismo y que ha recibido el espaldarazo definitivo con su inclusión en la 18ª etapa del Tour de Francia de hace dos años, aunque ya fue «vista» por los seguidores en el Critérium du Dauphiné también esa misma temporada.

Los lacets remontan los 286 m de desnivel desde Pontamafrey (departamento de la Savoia, región Roine-Alps) a 492 m de altura, salvando el valle bañado por el río Arc para llegar a la Chapelle Nôtre-Dame-de-la-Balmes antes de dirigirnos hasta la pequeña población de Montvernier a 778 m, situada en una gran meseta al abrigo de los grandes Alpes.

Así es. Toda esta zona es un lujo para el cicloturista, el hogar de cinco de las diez ascensiones más famosas de Francia: Galibier, Iseran, Madeleine, Glandon y Croix de Fer.

Y ahora el Col du Chaussy.

Un gran paso de montaña de difícil grado a 1533 m de altitud que se inicia aquí, en esta divertida, estrecha y empinada carretera que es sólo una cuarta parte de su ascensión y siempre pedaleando a un constante y mantenido 8% que nos llevará por una fabulosa ruta que nos pondrá en el camino hacia el Col de la Madeleine.

Mirando de nuevo estos especiales Lacets de Montvernier nos sigue pareciendo improbable que hayan podido construir un camino por ahí.

Pero sí, la encontramos trepando bruscamente por el acantilado esta asombrosa obra de ingeniería de caminos de montaña, que con total seguridad habrá seguido los pasos de una mula ascendiendo por esta ladera, como no podía ser de otra manera.

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Finalizada las obras en el año 1934, después de seis años de construcción, sus ingenieros poco o nada podían imaginar que iban a hacer tan dichosos a tantos seguidores del ciclismo que cuanto más cuesta arriba se hace más felices son.

Sólo nosotros, las vacas, las ovejas y el cielo azul. Y unas barandillas «donde agarrarnos» que nos protegerán del precipicio. Suerte que por aquí hay muy poco tráfico y además los vehículos de gran tamaño tienen prohibida la circulación.

Mucho mérito tiene el fotografiar los lacets. A no ser que montemos en helicóptero o dispongamos de un dron puede ser difícil plasmarlas en papel. Creemos que nosotros lo hemos conseguido y hemos intentado llevaros estas imágenes a vuestras retinas y por eso pensamos que el hecho de que sean «poco visibles» haya sido una de las razones por las que la subida se ha debido mantener en relativo anonimato hasta ahora.

Los Lacets de Montvernier son divertidos, entretenidos, enganchan, pero son sólo el glaseado de un gigantesco pastel de grandes ascensiones que es la vallée de la Maurienne.

Por Jordi Escrihuela

 

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Ciclismo antiguo

En el Pordoi de Fausto Coppi

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En el Pordoi Fausto Coppi goza de memoria eterna

«Escenario inmortal«. Así definían nuestros amigos Juanto y Ander el mítico Passo Pordoi en un artículo publicado en Pedalier tras ver la senda que abrió Fausto Coppi.

Un puerto que lo describían como épico más por su historia y belleza que por su dureza contenida.

En efecto, estar en esta cima legendaria, a 2239 metros de altura, uno tiene la sensación de formar parte de la historia del ciclismo y más concretamente de la del Giro de Italia.

Si entras en el hotel Savoia, el primer refugio que hay subiendo desde Arabba, podrás contemplar en su interior, colgados de la pared, fotos y recortes de periódicos antiguos con las crónicas de las hazañas de Fausto Coppi en el Pordoi.

Y muy cerca de aquí está el reciente monumento dedicado a Gilberto Simoni, inaugurado el 3 de julio de 2011, con motivo del «Gibo Simoni Pordoi Day», una fiesta en su honor, como homenaje por su reciente retirada de la competición y en su puerto preferido: el Pordoi.

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Lo más curioso es que el monumento es una bici auténtica de Gibo (una Wilier), protegida por una estructura metálica con forma de ciclista y asentada sobre una gran roca, que además contiene una placa con la lista de todos los corredores del Giro que han ganado la Cima Coppi en los años que el Pordoi era el punto más alto de la carrera.

Y ahí está la bici y nadie osa ni tocarla.

Pero el auténtico tesoro para el cicloturista es pararse y hacerse una foto junto al magnífico monumento a Fausto Coppi que hay en la cima, tanto para el que lo ha ascendido por la vertiente de Arabba, la más bella, con sus 33 tornanti, vueltas y revueltas marcadas en orden numérico y señalando siempre la altura, o bien por el que lo ha hecho por la de Canazei también con sus 27 curvas, eso si no tiene que esperar su turno y hacer fila ante la cantidad de grupos de ciclistas que quieren inmortalizar el evento.

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La escultura está enmarcada con un telón de fondo magnífico: las montañas del Grupo del Sella y es obra del joven maestro italiano, artista y restaurador, Lorenz Martino. Nacido en mayo de 1976 y con sólo 23 años recibe el encargo de la Comune di Canazei (Val di Fassa) de crear un monumento dedicado al «Campeón de Campeones» en el Pordoi.

Sin duda, por su gran habilidad artística, ya demostrada desde su infancia, le confían esta gran obra, aunque su especialidad es la madera, al joven Lorenz le gusta experimentar con diferentes materiales y decide que su trabajo será en bronce.

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Se lanza de cabeza con mucha ilusión en esta nueva experiencia y se pasa un mes entero dibujando el proyecto, modelando y creando, hasta que después de varios meses, en julio del año 2000, completa su obra, una prueba de la capacidad artística de este joven maestro.

Creada con 600 kg de arcilla y después fundida en bronce, la escultura tiene unas dimensiones de 2.30 por 2.20 metros y descansa sobre un enorme bloque de piedra, con un peso total de más de dos toneladas.

El monumento a «Il Campionissimo» representa a Coppi en el centro del plano con una perspectiva elipsoide, saliéndose de la escena en plena carrera, flanqueado por el público, los tifossi que le dan alas entre la multitud. Grazie mille, Lorenz!

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo, sueños ciclistas 

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Ciclismo antiguo

El rampante león de la bandera de Flandes

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El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Bramante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

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Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

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Ciclismo antiguo

La Milán-San Remo 2004 fue El mejor milagro de Óscar Freire

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La imagen de Freire superando a Zabel en la meta de Milán-San Remo 2004 ha pervivido todos los tiempos

Aquella tarde de sábado, mes de marzo, año 2004, la Milán-San Remo entró en el imaginario eterno de Oscar Freire.

Aquella llegada era dura, una carrera lanzada 300 kilómetros, comprendiendo que cualquier rueda, en la Via Roma, podía ser la buena.

Oscar Freire en el caos hacía de la necesidad virtud, un camino que le dejó su primera Milán-San Remo, la de 2004, ganaría otras dos, en bandeja.

Le entretenemos un rato y nos cuenta…

Oscar ¿Cómo llevas estos días?

«La verdad es que estaba algo advertido, tengo amigos italianos que hace días me contaban todo lo que estamos viendo aquí estos días. Tengo la suerte de vivir en una casa y las horas pasan más rápidas»

Este sábado deberíamos estar mirando San Remo y lo que por sus alrededores pasara. ¿Qué sitio ocupa la Milán-San Remo en el corazón de Freire?

«Es una carrera única, la más especial, la que más quería. Visto ahora, y entonces, es una carrera que puedes perder en cualquier momento y ganar sólo al final»

Algo que a ti se te daba bien

«Siempre he sido hábil en estas circunstancias, en sortear los problemas durante la carrera, buscar la rueda buena. Siempre hubo gente con más físico que yo, pero no con la técnica suficiente para sacarle el mejor partido»

¿Eso se llama intuición?

«Posiblemente sí, sabía moverme bien, ahorrar fuerzas y la suma de todo eso acababa marcando las diferencias. Quien me haya visto competir de cerca, seguro que te lo puede decir. La experiencia también suma, ves los peligros venir. La primera vez que sufrí un abanico fue en una carrera juvenil, en Arévalo, me quedé en el penúltimo grupo. La siguiente vez que me pasó, ya de pro en una Vuelta a Castilla y León, lo vi venir y acabé en el grupo delantero ganando el sprint»

Grande…

«Es más, puedo decir que nunca me he caído disputando un sprint, en eso hay suerte, pero también intuición. Recuerdo una Vuelta, llevaba dos triunfos de etapa, que no me metí en un sprint por que pensaba que iba a ser peligroso y en efecto, hubo una gran caída al final»

Volviendo sobre San Remo…

«Es una carrera top, para mí la más importante tras el Mundial». 

Tú la conociste en Mapei

«Como italianos la tenían en alta estima, pero no la ganaron nunca. Curiosamente lo logramos ciclistas que llevamos su nombre en el pecho –a Freire sumarle Pozatto, Bettini y Cancellara

Menuda edición aquella del 2000

«Había mucho gallo en aquel equipo, yo era el campeón del mundo pero estaban Museeuw, Bartoli y otros con muchos galones. Era un equipo fuerte y a veces pasa que cada uno defiende sus intereses»

Han pasado ya veinte años

«Nos hacemos mayores, ves fotos de entonces, las comparas con ahora y…»

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«Era mi segunda San Remo con Rabobank. Ya no era el de cuatro años antes, conocía la carera, dónde estar, cómo moverse. Cada año es diferente, pero la experiencia ayuda. Sabía que era mi carrera»Freire en aquella Milán-San Remo de 2004

Rabobank era una historia diferente a Mapei

«Rabobank corría para mí. Tenía a Flecha, a Horrillo… con los años incluso pude tener la ayuda de uno que acabaría ganando, Alexander Kristoff quien seguro tomó nota de cómo afrontaba la carrera. La diferencia entre ganar y perder esta carrera era muy pequeña, a veces llevaba una sensaciones horribles y acababa ganando, pero también pasaba al revés»

Vamos a por la edición de 2004 ¿Cómo fue la aproximación?

«Recuerdo que hubo una pelea con Zabel por cogerle la rueda a Petacchi que llevaba a su Fassa tirando. Yo iba tras él, y Zabel se aproximó, intentó echarme dos veces y al final decidí que esa guerra no me convenía. Le dejé pasar»

Y luego

«Trentin lanzó el sprint, Petacchi saltó muy pronto y Zabel con él. Se precipitó, casi no había tiempo para remontarle, pero lo logré por levantar las manos. Le devolví la moneda»

¿Qué moneda?

«Unas semanas antes en la Vuelta a Andalucía cuando me ganó una etapa en Almería que yo celebré antes de tiempo»

https://www.facebook.com/misanremo/photos/a.618482351578651/618482364911983/?type=3

Aquella imagen quedó icónica…

«Sí, quedó para la historia. No fue la única vez que logré un triunfo así, una vez en Tirreno le gané una etapa a Cipollini por celebrarlo antes de tiempo»

¿Lo habéis comentado muchas veces Zabel y tú?

«Sí desde luego. Zabel fue un gran ciclista, pero también una gran persona y tuve una gran relación con él»

¿Estuviste con él en Katusha tu último año?

«Así es. Fue director técnico en Katusha la temporada que corrí con ellos. Recuerdo que en la primera reunión nos dijo que iba a ser nuestro instructor para los sprints y Purito le preguntó si podía enseñarme algo a mí»

Siempre tan cachondo… para acabar un deseo para este presente tan incierto

«Que el año que viene estemos disfrutando de nuevo de la Milán-San Remo»

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¿Qué Iván Sosa tendremos en Movistar?
El Nairo que iba a por generales???
O el "coleccionista de cumbres" que fue Piepoli?

https://joanseguidor.com/ivan-sosa-movistar/

A Bahrain le atribuyen el uso tizanidina para el mejor descanso de sus ciclistas. No es una substancia prohibida pero su uso se ciñe a hospitales...
Y ahora qué???
Debemos atribuir su temporadón a esto???
Dónde queda su trabajo y planificación???

https://joanseguidor.com/bahrain-tizanidina/

Qué triste que el Tour haya marginado las etapas largas, sin ellas perdemos incertidumbre y factor sorpresa en el desenlace.
El ciclismo siempre ha sido un deporte de fondo y esa etiqueta ha quedado en la historia.

https://joanseguidor.com/tour-2022-etapas-cortas/

Horita con Pello Ruiz Cabestany, también @viciosport,hablando de los Tours que corrió y que vio desde el coche, aquí sale hasta el Tato de Hinault a Miguelón en ese ciclismo en el que las diferencias se controlaban con el "rabillo del ojo"

https://www.ivoox.com/tours-pello-ruiz-cabestany-audios-mp3_rf_77120042_1.html

¿Qué Iván Sosa tendremos en Movistar?
El Nairo que iba a por generales???
O el "coleccionista de cumbres" que fue Piepoli?

https://joanseguidor.com/ivan-sosa-movistar/

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