Ciclismo
¿Es Iván Romeo contrarrelojista?
Los triunfos de Iván Romeo no han sido como contrarrelojista
En la carrera de Iván Romeo flota una paradoja difícil de esquivar: Llegó al profesionalismo con la vitola de contrarrelojista, avalado por aquel título mundial sub-23 que disparó las expectativas.
Sin embargo, con el paso de las temporadas en Movistar, el vallisoletano ha ido moldeando un perfil sensiblemente distinto.
Es un ciclista que ha crecido en presencia, que rueda con una fuerza descomunal y que sabe moverse en carrera, pero al que la disciplina de la cabra se le atraviesa de forma recurrente.
El reciente Campeonato del Mundo volvió a poner el problema sobre la mesa.
Lejos de excusarse en el desgaste acumulado tras trabajar para Enric Mas en la Vuelta, el propio corredor admitió sin paños calientes que simplemente no tuvo el día.
El resultado volvió a quedar lejos de lo deseable, como ya ocurrió en la crono inaugural de O Gran Camiño y en tantas otras.
Salvo pinceladas aisladas en Polonia o Romandía, la realidad es tozuda: las contrarrelojes de primer nivel son como una asignatura pendiente.
Lo curioso es que sus seis triunfos como profesional dibujan a un ciclista muy diferente al que se anunciaba.
Todas sus victorias han llegado en etapas en línea.
Son triunfos fraguados a pleno pulmón, tirando de potencia, planta sobre la bici y una capacidad de rodar incontestable.
Ahí está su éxito en el Dauphiné, su único triunfo World Tour hasta la fecha, o sus actuaciones en Valencia, Andalucía y el Campeonato de España.
Romeo se ha revelado como un rematador interesante desde la escapada y un trabajador incansable para sus líderes, una doble virtud muy codiciada en una estructura que necesita sumar éxitos con urgencia.
Llegados a este punto, cabe preguntarse si insistir en la contrarreloj tiene sentido o si es momento de abrazar definitivamente la naturaleza real del corredor.
Iván Romeo es un rodador de entidad, un corredor sensato, con discurso propio y un valor seguro en el terreno llano.
Quizá la crono deba dejar de ser su etiqueta principal para convertirse solo en un recurso secundario, permitiéndole centrarse en lo que mejor sabe hacer: ganar a fuerza bruta y sostener al equipo cuando la carrera se pone dura.
Imagen: RFEC








