Ciclismo antiguo
La Vuelta mostró el camino de salida a Indurain, hace 30 años
Nunca se le dio la Vuelta a Miguel Indurain
La Vuelta a España de 1996 no fue una edición cualquiera; fue el epílogo involuntario del mejor ciclista español de todos los tiempos.
Aquel septiembre —un cambio de fecha reciente tras décadas disputándose en primavera, justo después de las clásicas del norte— guardaba una trampa invisible para Miguel Indurain.
La carrera arrancaba con un pelotón desconfiado y una estrella que acudía más por compromiso publicitario y presión institucional que por convicción real.
Indurain ya venía tocado deportivamente tras un año atípico.
Los indicios de su desinterés y desgaste eran evidentes tras el desgaste del intento del récord de la hora en Quito, la turra que le dieron por la plata mundialista en Duitama ayudando Olano y, sobre todo, aquel Tour de Francia donde Bjarne Riis y la estructura del Telekom rompieron su hegemonía.
En la salida, las palabras del navarro transmitían una frialdad matemática.
No había chispa ni esa mirada afilada que exhibía en julio.
Frente a él, un bloque como ONCE, capitaneado por Laurent Jalabert y Alex Zülle, volaba sobre el asfalto a una velocidad implacable.
En ese ciclismo hipercompetitivo, salir sin el punto exacto de preparación equivalía al suicidio deportivo.
Las señales del colapso no tardaron en aparecer.
La contrarreloj de Ávila ofreció las primeras grietas evidentes en su rendimiento habitual, y la subida al Naranco confirmó que las piernas no respondían al cerebro.
El desenlace definitivo llegó camino de los Lagos de Covadonga.
En en tramo anterior a las rampas de la mítica cima asturiana, Indurain puso pie a tierra, se metió en aquel hotel y cerró para siempre su etapa competitiva en grandes vueltas.
El próximo 19 hará tres décadas de eso.
Quedaron después algunos criteriums exhibición, como el de L’Hospitalet organizado por mi querido Pedro Zamora, pero la historia con dorsal oficial terminó en aquel arcén.
La carrera que siempre le fue esquiva terminó siendo el escenario de su adiós definitivo.
Treinta años después, aquella retirada prematura sigue recordando cómo el ciclismo no perdona la duda, ni siquiera a los mitos más grandes.
La Vuelta perdió a su referente en pleno proceso de reinvención, dejando una lección clara sobre el peso de la presión y la caducidad del éxito en este circo.








