Ciclismo
Lo que no suceda en la Vuelta no ocurre en ningún sitio
La granizada de Font Romeu, penúltimo capitulo de desventuras de la Vuelta
Lo repito: Lo que no suceda en la Vuelta no ocurre en ningún sitio.
La tercera jornada, con meta en Font Romeu y el pelotón a las puertas de España tras el paso por Andorra, prometía un espectáculo de altura.
Todos esperaban ver una réplica de Pogacar al estilo de su exhibición en Les Angles durante el Tour, pero la etapa se desmoronó por completo antes de afrontar el descenso previo al remate final.
Son los caprichos de la alta montaña: meteorología cambiante, granizo a traición en mitad del aislamiento y un caos generalizado.
Esta vez ni me he molestado en sondear las redes sociales para comprobar si el público aprueba o desaprueba la decisión de detener la carrera y buscar refugio en un hotel que, de repente, se convirtió en el lugar más codiciado del ciclismo mundial.
Si vais por la zona, visitadlo, si conocéis a la mujer que distribuyó las toallas entre los ciclistas, mostradle admiración.
Las imágenes emitidas no dejaban margen a la duda, había que cancelar.
Ni Gavia, ni hostias.
¿Quién canceló?
A pesar de que veamos a Pogacar diciendo «it´s over», leo en Cycling Report que la organización ya había dicho en Radio Vuelta que todos a casa.
Labor bien hecha, pero imagen, otra vez, tocada.
Nos flagelamos con frecuencia comparando el nivel organizativo de la ronda española con el Tour o el Giro, pero aquí, al menor atisbo de contratiempo o riesgo climático, se pone pie a tierra y a otra cosa.
Conviene recordar la sangría vivida en aquella jornada inaugural del Giro en territorio búlgaro para calibrar las diferencias.
En cualquier caso, la Vuelta parece condenada a un libreto impredecible, repleto de giros inesperados y resoluciones impuestas por los propios corredores, a menudo por encima de la propia dirección de carrera.
No me parece un rasgo destructivo, aunque queda claro que la mística y la gesta heroica habrá que rescatarlas del videoclub.
Tras dejar atrás el episodio absurdo de la influencer —que, todo sea dicho, catapultó la prueba al centro de la conversación masiva—, la competición arrastra el poso de una edición anterior convulsa, marcada por llegadas alteradas debido a las protestas y aquel cierre frustrado en las calles de Madrid.
La Vuelta da la impresión constante de caminar sobre la cuerda floja, al límite, pero resiste.
Avanza entre sobresaltos con la convicción absoluta de que la siguiente tormenta, sea del tipo que sea, terminará encontrando su cauce natural tarde o temprano.
Imagen: Unipublic / Cxcling / Antonio Baixauli








