Ciclismo
Hemos visto el mejor Mundial posible
Éste fue el Mundial que todos pudieron ganar y perder al mismo tiempo
Recuerdo la noche antes del mundial, hablando con mi padre y discutiendo sobre el tema.
De repente, salió la gran pregunta al aire. ¿Quién de estos cinco semidioses se iba a marchar de Montreal sin una presea en sus manos?
Por más que intentaba buscar una respuesta, al menos la más acertada posible, no la encontraba.
No podía imaginar a Evenepoel descolgado en un tercer grupo, tampoco podía ver a van der Poel siendo alcanzado por un grupo de perseguidores, ni a Del Toro sin fuerzas luchando por una quinta plaza.
Mucho menos a Van Aert despidiéndose de sus opciones a falta de 40 km para el final. Y, por supuesto, en ningún caso contemplé la posibilidad de ver a Seixas con calambres.
Sobre el papel, había cinco claros candidatos a llevarse el maillot arcoiris.
Sobre el papel de las inscripciones, una realidad totalmente distinta: ciclistas que de primera mano no iban a ser esenciales y que acabaron dándole la vuelta al Mundial.
Y aquí llego al siguiente punto: bendito sea McNulty, por su aparición totalmente sorpresa y por hacer que nos mordiésemos las uñas lo que duró su cabalgada en solitario.
Bendito sea Pidcock (aun cuando su decisiones sobre el equipo sean bastante cuestionables), bendito sea Ciccone (el clásico ciclista que se mantiene tapado pero que estuvo presente en los momentos clave) y bendito sea Michael Matthews, entre otros.
Estos ciclistas pusieron contra las cuerdas a los principales favoritos, y no solo eso, les “birlaron” las medallas.
Unas medallas que, recalco, aparentemente ya tenían futuros dueños.
Nunca había visto una carrera tan bestial.
Hubo un momento, no sé a falta de cuántos kilómetros (estaba metida completamente dentro de la narración de Ares), que McNulty sacaba unos 20-30 segundos.
En el grupo de perseguidores, atacaba Pidcock, parón, atacaba Del Toro, parón. La diferencia disminuía drásticamente y luego volvía a subir como la espuma.
Van der Poel resistía a duras penas las embestidas y Matthews se mantenía soldado a la rueda de Jorgenson.
Por otro lado, Seixas no perdía de vista a su compañero de generación. Por la parte trasera, Remco intentaba contactar con el grupo delantero y a unos 100 metros detrás, Pedersen hacía su aparición en pantalla.
Por un momento pensé, “pueden coger a McNulty, que haya parón y que Remco conecte, que ataque y que les robe la cartera.También van der Poel puede luchar con los últimos gramos de fuerza que le queden y ganar al sprint. Por otro lado, Healy se puede mover en el momento exacto y que les pille desprevenidos. También Pedersen puede conectar y enfundarse el arcoíris con su potente sprint.”
Al mismo tiempo, cruzaron por mi mente otro tipo de pensamientos: “Van der Poel descartado, no le quedan fuerzas. Pidcock no tiene posibilidades al sprint. Healy ha gastado demasiado. Remco va descolgado, imposible que reenganche y Del Toro no es lo suficientemente superior como para marcharse solo.”
Y dentro de esa tormenta de pensamientos apareció el estadounidense: estelar, rápido, ostentando 50 estrellas en su maillot, imparable, y a la vez, casi destruído por el esfuerzo.
Finalmente, como todos ya saben, fue Brandon McNulty quien alzó los brazos.
El más inteligente, astuto y uno de los más fuertes.
Merecedor del resultado, claro que sí.
Y, tras ver el mundial desde a falta de 150 km para meta y estando concentrada las 4h de retransmisión que vi, solo puedo afirmar una cosa: soy incapaz de llegar a una conclusión.
Algo de lo que estoy segura es de que he visto el mejor mundial posible y que fueron un cúmulo de ciclistas de calidad, recorrido exigente y dureza extrema los ingredientes para la receta perfecta.
Vi a todos ganadores y a la vez, despidiéndose de sus opciones mientras avanzaban los kilómetros.
Podría decirse que pecamos de nombres y apellidos, haciendo un gran análisis de los favoritos, pero no del recorrido y de lo que supone un mundial.
Tanteamos las opciones de Del Toro, de Evenepoel, Van Aert, Van der Poel y Seixas.
Resultado: solo dos de estos candidatos metidos en el top 10; y solo una medalla de bronce que fue la que se llevó el neerlandés.
Y esto es una crítica más hacia mí que hacia los espectadores en general: dimos por hecho la dureza y exigencia del mundial como si fuera otra carrera cualquiera, lo cual fue el primer error.
El segundo error fue que la falta de Pogacar nos removió algo en el interior: la necesidad de que hubiese uno o varios ciclistas a batir.
Más allá del resultado, del reparto de medallas y de las opiniones que han ido saliendo tras esto (inclusive la mía), solo nos queda agradecer el desarrollo de este mundial, que fue un auténtico caos, una auténtica maravilla.
Y cómo no hacerlo si no hay carrera más bonita que la que es impredecible y salvaje.
Por Ángela Sánchez Tabernero








