Ciclistas
La primavera ciclista patas arriba: 5 momentos


Cinco motivos para querer muy fuerte la primavera ciclista

Al hilo del desenlace de Harelbeke el viernes, pensamos en cinco instantes en los que la primavera ciclista nos dejó rotos…
Hablamos de momentos en los que el guion saltó por los aires.
Lo de Mat Hayman en la Roubaix de 2016 no fue una victoria, fue una afrenta al orden establecido.
Ver a Tom Boonen, el emperador de las piedras, claudicar en su propio jardín ante un tipo de 38 años que venía de entrenar sobre un rodillo con el brazo escayolado, es una de las grandes sorpresas del ciclismo moderno que ha dado este deporte.
Hayman no era el elegido, era el obrero que decidió que ese día no aceptaría su destino.
Fue un final sucio, agónico y maravillosamente injusto para los que creen que el palmarés se escribe antes de salir de Compiègne.
La épica no siempre es estética.
Sonny Colbrelli en 2021 nos regaló una imagen que parecía rescatada de los tiempos de entreguerras.
Aquello no fue el primavera, por eso, fue en otoño -por la pandemia- pero qué carrera.
Aquella París-Roubaix de barro y lodo terminó con un hombre que no ganaba, sino que se liberaba de una presión insoportable.
Verlo hundirse en el suelo del velódromo, convertido en una estatua de tierra, fue el recordatorio de que el ciclismo duele más de lo que gratifica.
Le ganó a un Van der Poel que parecía intocable y a un debutante que no sabía dónde se había metido, demostrando que en el infierno del norte la veteranía y la desesperación son mejores aliadas que el favoritismo.
Si de imposibles va la cosa, lo de Ian Stannard en la Het Nieuwsblad de 2015 sigue siendo un manual de cómo reventar la superioridad numérica.
Tres corredores del Omega Pharma frente a un solo Sky.
Las matemáticas decían que Stannard estaba muerto, pero el ciclismo no es una ciencia exacta.
Los batió por puro desgaste, aprovechando que en el ciclismo, cuando sobran líderes en un mismo equipo, suele faltar inteligencia. Fue una clase magistral de sangre fría.
Algo similar vimos con Neilson Powless en A través de Flandes el año pasado.
Enfrentarse a la maquinaria del Visma, con tres piezas moviéndose para encerrarte, requiere una fe ciega en las propias piernas.
Powless no especuló, simplemente aceptó el desafío y dejó en evidencia que la táctica de saturación no sirve de nada si enfrente tienes a alguien que decide no rendirse.
Y por supuesto, la Amstel de 2019 de Van der Poel.
No fue un sprint, fue una persecución contra la física. Mathieu tiró del grupo, recortó una distancia que en cualquier manual de ciclismo se considera definitiva y, tras pegarse un calvario en solitario, tuvo la osadía de ganar el sprint.
Fue el día que entendimos que con él las reglas del juego habían cambiado para siempre.
No hubo conjeturas, solo una exhibición de fuerza bruta que nos dejó a todos, otra vez, con la boca abierta.