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Ciclismo antiguo

Nadie dominó la París-Roubaix como él

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El primer mito de París-Roubaix fue Roger de Vlaeminck

Para entender la magnitud de Roger De Vlaeminck en la París-Roubaix, hay que alejarse de la estadística fría y mirar directamente a los ojos del corredor que decidió que su destino no era ser el escudero de nadie, ni siquiera del mismísimo Eddy Merckx.

El apodo de “El Gitano” no solo definía un origen errante, sino una resistencia forjada en la libertad y una técnica depurada en el ciclocross que le otorgó una clarividencia única sobre el pavé.

Mientras los demás sufrían para mantener el equilibrio, De Vlaeminck parecía flotar, sentado bajo sobre el sillín, con la espalda recta y una capacidad sobrenatural para leer dónde terminaba el barro y dónde empezaba la tracción.

Su primera gran conquista en 1972 fue un aviso para navegantes en un día de caos absoluto en Arenberg.

Mientras una montonera histórica atascaba a cuarenta corredores, incluido un Merckx que acabó contra un árbol, De Vlaeminck esquivó el desastre con la frialdad de quien sabe que su lugar está delante.

Aquel triunfo, con dos minutos de ventaja sobre Dierickx, fue la confirmación de que el velódromo de Roubaix era para él.

La relación de De Vlaeminck con el Infierno del Norte fue una mezcla de maestría técnica y una ambición que a menudo rozaba la amargura.

Su obsesión por la carrera le llevó a métodos de entrenamiento brutales, con jornadas de 400 kilómetros sobre los adoquines para endurecer cuerpo y mente.

Esa preparación le permitió defender su corona en escenarios dantescos, como en la edición de 1974, donde el barro era tan denso que incluso las motos de carrera se quedaban atrapadas.

Aquel año, un pinchazo a solo ocho kilómetros del final le obligó a una persecución agónica para reintegrarse en el grupo de cabeza y terminar imponiéndose en un sprint de puro coraje.

De Vlaeminck llegó a decir que, de haber sabido que las condiciones serían tan extremas, se habría negado a correr por miedo a morir en la ruta, una declaración que subraya la dureza de una época donde ganar en Roubaix era supervivencia.

Sin embargo, el éxito de “Monsieur Paris-Roubaix” también estuvo marcado por las rivalidades y los pactos estratégicos que definieron el ciclismo de los setenta.

Su capacidad para estar siempre en el lugar correcto le permitía leer los movimientos de gigantes como Francesco Moser o Freddy Maertens.

No siempre fue el más fuerte en términos absolutos, como admitió tras la derrota de 1976 ante Marc Demeyer, pero su inteligencia táctica era superior.

Sus directores de equipo recordaban asombrados cómo, tras terminar la carrera, las ruedas de De Vlaeminck eran las únicas que no necesitaban ser desechadas; estaban como nuevas, prueba de una trazada perfecta que evitaba cada trampa del camino.

Roger no solo corría contra el crono o contra sus rivales, corría contra el propio terreno, estableciendo un estándar de excelencia en las clásicas de pavé que convirtió su nombre en sinónimo de la carrera más dura del mundo.

Con el tiempo hubo uno que lo igualón, Tom Boonen, Roger no se tomó bien perder esa exclusividad, pero lo que hoy es un dúo podría ser un trío si Mathieu van der Poel gana el domingo.

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