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Ciclismo

Lo de Maxim van Gils roza lo surrealista

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La mala suerte que persigue a Maxim van Gils sale de lo normal

No hay forma de encontrar una foto de Maxim van Gils con el maillot de Red Bull en los archivos, casi no existen.

A veces el ciclismo se empeña en recordarnos su cara más amarga justo cuando la épica asomaba por el horizonte de los olivos jienenses. Lo de Maxim van Gils empieza a parecer una broma de mal gusto, un guion escrito por un enemigo íntimo.

Su aterrizaje en Red Bull-Bora-Hansgrohe se vendió como el salto definitivo, el paso al siguiente nivel para un corredor que desprende un aroma especial, de esos que aguantan el pulso cuando la carretera se retuerce.

Sin embargo, su paso por la estructura alemana está siendo un desierto de sensaciones que ahora culmina con una fractura de pelvis.

Una lesión de este calibre no es solo un parón físico; es un mazazo psicológico para alguien que buscaba desesperadamente ese brillo que se le presupone y que, por ahora, se queda en el dique seco durante meses.

En el centro de la polémica de la Clásica Jaén queda Jan Christen.

El joven suizo es puro nervio, un talento de esos que UAE gestiona con mimo pero que todavía no ha aprendido a domar los caballos que lleva en las piernas.

Se ha leído de todo en las redes sociales, ese tribunal de guardia que suele dictar sentencia antes de que los jueces bajen del coche. Se habla de mala fe, de una maniobra sucia, pero sinceramente cuesta creer en la intencionalidad de derribar a un compañero de profesión en pleno esfuerzo.

Christen es impulsivo, lo hemos dicho aquí más de una vez, y esa fogosidad le lleva a cometer errores de bulto, pero de ahí a la premeditación hay un abismo que no conviene cruzar a la ligera.

La descalificación de Christen es, con el reglamento en la mano, absolutamente justa e inapelable.

En un sprint de tres, con el pulso a doscientas pulsaciones y el podio en juego, cambiar la trayectoria de forma tan errática es una temeridad que el ciclismo moderno ya no puede permitirse.

La seguridad de los corredores debe estar por encima de la fogosidad juvenil.

Al final, la carambola del destino quiso que fuera Benoît Cosnefroy quien ocupara ese cajón, curiosamente otro corredor de la escuadra emiratí.

El resultado queda en las estadísticas, pero el regusto es amargo.

Perdemos a Van Gils para la primavera, y nos queda la duda de si Christen aprenderá que, en el ciclismo, la cabeza debe ser tan rápida como las piernas para evitar que el espectáculo termine en el hospital.

Imagen: a.s.o./jonathan biche

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