Mathieu Van der Poel
Mahtieu van der Poel, 31 años y sumando
Aquel niño llamado Mathieu van der Poel ha cumplido las expectativas
Hay corredores que ganan carreras y corredores que cambian la forma de verlas.
Mathieu van der Poel, que hoy apaga 31 velas, pertenece a esa estirpe de elegidos que no entiende de vatios ni de pinganillos, sino de instinto puro.
Estaba marcado desde el inicio para cosas grandes, y no ha fallado un ápice.
Lo ha hecho cuando todos esperaban que lo hiciera y eso no es sencillo.
En una era de ciclismo de laboratorio, el neerlandés sigue siendo ese niño que se bajaba de la bici de ciclocrós para subirse a la de carretera y, de paso, humillar a los especialistas en el monte.
Nacido en Kapellen hace poco más de tres décadas,
Mathieu no eligió ser ciclista; el ciclismo lo eligió a él.
Nieto del eterno Raymond Poulidor e hijo de Adrie, su genética es un mapa del tesoro del pedal.
Pero lejos de pesarle el apellido, Van der Poel lo ha utilizado como combustible para ser algo que su abuelo nunca pudo: un ganador insaciable de Monumentos.
Si analizamos su trayectoria, vemos a un ciclista que ha roto los moldes del “especialista”.
Sus siete títulos mundiales de ciclocrós -el primero en 2015- no son más que el prólogo de una historia que ha alcanzado su clímax sobre el asfalto.
Tres Tours de Flandes, tres París-Roubaix y dos Milán-San Remo.
No son solo números; es la forma de lograrlos. Van der Poel no espera al último kilómetro; él es el responsable de que las carreras estallen a 60 de meta, para desgracia de los directores que buscan el control absoluto.
Rivaliza, en este campo, con el eterno Pogacar, ojo.
Su palmarés habla de un “todoterreno” real.
Fue capaz de ganar la Amstel Gold Race de 2019 en una remontada que todavía desafía las leyes de la lógica, y poco después, vestirse de amarillo en el Tour de Francia para honrar la memoria de “Poupou”.
Sin embargo, su carrera también tiene esas sombras que lo hacen humano y, por tanto, más interesante: la caída en los Juegos de Tokio o aquel incidente en Australia, cuando el mundial, que nos recordó que, tras la bestia competitiva, hay un tipo de carne y hueso.
A los 31 años, Mathieu van der Poel llega a una madurez extraña.
Sigue siendo el “niño terrible”, pero ahora luce el arcoíris de ciclocross con la solvencia de quien se sabe el mejor, de ruta lo vestía hace un par de años.
No busca el Giro, ni el Tour, ni la Vuelta; busca la gloria en los adoquines y el barro, allí donde el ciclismo todavía conserva su aroma a deporte antiguo. En un pelotón de robots, Van der Poel es el último gran improvisador.
Y eso, para los que llevamos años viendo esto, es el mejor regalo que nos puede hacer.




Galego da área mindoniense
29 de enero, 2026 at 19:08
También ganó 1 Mundial de ruta, por cierto.