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Ciclismo antiguo

Las filias y fobias históricas del ciclismo español (y II)

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DT – 2022 post

En el punto que lo dejamos en la anterior entrada, tomamos por referencia las clásicas y Campeonato del Mundo y su desigual relación con el ciclismo español.

68 años para ganar un Mundial

Si en los años 50 un español vistió el maillot jaune en París, no fue hasta hace diez temporadas que ninguno de los antiguamente llamados “íberos” se hizo con carreras como Flecha Valona, Lieja- Bastogne- Lieja, Campeonato de Zurich, Giro de Lombardía o Gante- Wewelgem. Un palmarés asimétrico que parece camino de corregirse. Sin embargo, un hito algo lejano en el tiempo quiso darle, aunque de forma esporádica, continuidad a la obra de Poblet. En 1992, Federico Echave ganaba el lejano Gran Premio de las Américas en Canadá, logrando así la segunda victoria española en los años de la Copa del Mundo. Si Miguel Indurain había abierto este capítulo en Donostia, un par de años antes, la del corredor de Kortezubi era la primera en terreno foráneo. En la extinta Copa del Mundo, que la UCI dio sepultura en 2004, hubo otros tres triunfos españoles, los tres precisamente el año del sepelio de este ranking. En 2004 ganaban Oscar Freire, Miguel Ángel Martín Perdiguero y Juan Antonio Flecha, San  Remo, San Sebastián y Zurich, respectivamente.

Sin embargo para muro infranqueable, ninguno como el del Campeonato del Mundo. No fue hasta Colombia en 1995 que el ciclismo español no inició la cuadratura del círculo en la que se halla inmerso. Si Wewelgem necesitó de 70 años para ser española, el mundial instó de 68. En 1935, en la novena edición, la localidad belga de Floreffe era escenario de un desenlace que ubicó a Luciano Montero en la segunda plaza. Luego llegarían las preseas de Ramón Saez, Luis Ocaña, en la olímpica montaña de Montjuïc, y Juan Fernández. Medallas todas ellas importantes, pero ninguna de matiz dorado y huérfanas de arco iris. En 1995, Abraham Olano, segundo en la anterior Vuelta a España, visitó por fin el preciado maillot acompañado por Miguel Indurain, portador al final de dos platas en esta cita, y Marco Pantani. Luego vendrían tres títulos de Oscar Freire y otro de Igor Astarloa

Esos odiados adoquines

“Cuando Igor –por Astarloa- y yo veíamos ciclismo por la tele siendo amateurs, disfrutábamos mucho más viendo la Roubaix que la Vuelta a España”. Estas palabras de Pedro Horrillo, uno de los “abogados del diablo” por las grandes clásicas, resumen perfectamente el carácter universal de la generación que finalmente ha tomado las riendas del ciclismo en España. El cambio más sustancial ha sido sin duda, la variación de actitud ante las grandes citas del pavé. En torno al Tour de Flandes y la París- Roubaix, creció durante muchos años una leyenda negra que alejaba los primeros espadas el ciclismo español de sus cunetas. Ahora parte de esos primeros espadas se atreve con el reto.

Hasta que Juan Antonio Flecha no probó los cajones de Roubaix y Flandes, sólo el legendario Poblet había estado en uno de ellos. El mito catalán fue segundo en 1958 y tercero en 1960 en el “Infierno del Norte”. Cuando Flecha se fugaba junto a Tom Boonen y George Hincapié en 2005 y arribaba tercero al velódromo, se zanjó una ausencia de nada menos que 45 años. Un par de años después, el catalán oriundo de Buenos Aires, volvió al podio para ser segundo. En 2008 Flecha rompió el maleficio flamenco logrando la tercera plaza en la Ronde. Hasta esa fecha, el mejor resultado de un español en los muros de Flandes lo había firmado Jesús Del Nero sin pasar del top ten. Si Luis Otaño, 35º en 1963, hubiera levantado la cabeza. Con todo los larguísimos palmarés de Flandes y Roubaix carecen de nombres españoles entre sus ganadores.

En las semiclásicas belgas cabe anotar presencia española y también reciente. La  Gante- Wewelgem cayó en saco hispano de la mano de Oscar Freire. Hasta 2005, una vez vista la vergonzosa “persecución tras moto” protagonizada por Nico Mattan, ninguno había estado en el podio. Entonces tuvimos a Flecha segundo, quien en 2010 rompió la squía en la antigua Het Volk, hoy Het Niueuwsblad. Siguiendo con el calendario belga, originales han sido las tres victorias seguidas de Oscar Freire en la Flecha Brabanzona. Tres triunfos que contrastan con la ausencia total de resultados en el  E3. Fran Ventoso logró en 2010 inaugurar el casillero en la París-Bruselas.

Igor Astarloa, camino de ganar la Flecha Valona

Igor Astarloa, camino de ganar la Flecha Valona

Italia y Ardenas, pocas pero buenas

A pesar de haber sido siempre mucho más afines, las clásicas de las Ardenas junto a las grandes italianas habían ofrecido hasta hace bien poco un balance más bien pobre. En el caso de las transalpinas, existe un tremendo vacío desde las dos victorias en San Remo de Miquel Poblet, prolongadas por Freire hasta en tres ocasiones. Por el medio, muchas y meritorias actuaciones de corredores como Pérez Francés, Perurena, Juan Fernández e incluso Angel Edo, pero ningún podio y mucho menos, ningún éxito. Para ausencia de triunfos por eso, el Giro de Lombardía, donde resaltaron los podios de Marino Lejarreta y Samuel Sánchez hasta que Joaquim Rodríguez hizo diana en la última edición. En otra de las citas notables, tradicionalmente en el otoño, del calendario italiano, la Milán- Turín, se impuso Poblet en 1957. Marcos Serrano lo haría en 2004, mismo año de la victoria de Juan Antonio Flecha en el Giro del Lazio.

Las Ardenas siempre han sido, dice la leyenda, un territorio más apropiado para el corredor español, históricamente agonístico, buen “grimpeur” y osado bajador, que los adoquines de la primera parte de la primavera. Eso es lo que dice el mito, por que la realidad ha sido más bien cruda. Hasta 2003, con Igor Astarloa, no se logró mediar con éxito en la Flecha Valona. Y hasta 2006, con Alejandro Valverde, no se ganó la decana por excelencia, la Lieja- Bastogne. Lieja. ¡104 años después de su creación!. La Amstel Gold Race nunca ha tenido ganador español aunque sí integrantes en el podio.

Extracto de un artículo publicado en Ciclismo en Ruta

Foto tomada de Dorsal 51

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Ciclismo antiguo

Pra-Loup mató a Eddy Merckx

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DT – 2022 post

Cuando Thévénet vio a Merckx descolgarse de Gimondi supo que era su momento

Divaga Carlos Arribas, en su fenomenal “Ocaña”, como el protagonista conquense hablaba de “matar a Merckx.

La obsesión del recio y moreno ciclista de Priego por el mejor corredor de la historia le hacía hablar casi en clave penal.

Al menos así lo atestiguó Arribas.

Sin embargo,  aunque Ocaña hizo besar la lona al belga, lo cierto es que no fue hasta unos años después que un francés de segunda fila llamado Bernard Thévénet, uno de los rostros míticos habituales en la presente caravana del Tour, sí hirió de gravedad al caníbal y lo hizo en una cima que se ha distinguido por ser míticamente discreta.

Porque Pra-Loup es un enclave poquísimo frecuentado por el Tour de Francia.

Shimano Sep 2022 – Post

Se sitúa en la zona meridional de los Alpes, en la Alta Provenza, quizá los menos frecuentados por la carrera y eso que ofrecen el puerto más alto jamás flanqueado, la Bonette Restefond, con sus más de 2800 metros, dejando atrás Iseran y Galibier en este ranking de las altitudes.

Cerca de Pra-Loup, un resort de esquí está Barcelonette, la localidad que marca el inicio de la subida a la mentada cima de Bonette.

Pra-Loup es un resort esquiable no muy alto sin excesiva dureza.

Desde Barcelonette parte una carretera medio llana que empieza a subir en el tercer kilómetro y rompen sus 1620 metros tras poco más de cinco kilómetros de ascensión en los que destaca el tercero, por encima del diez por ciento.

Hace poco menos de 50 años, el 13 de julio, el Tour tomaba la salida en un luminoso domingo hacia Pra-Loup.

La carrera afrontaba su última semana y lo hacía entrando por los Alpes.

Miles de personas aguardaban en las cunetas de Saint-Martin, Couillole, Champs y Allos antes de la cima final.

Millones de personas estaban pendientes de la carrera por la televisión.

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Tras siete horas de carrera, Eddy Merckx manejaba el cotarro vestido de amarillo, una prenda que de conservar hasta el final le daría su sexto Tour, lo nunca visto ni entonces ni ahora, pues lo de Armstrong fue un espejismo.

Dos días antes, Merckx había sido agredido por un mal llamado aficionado. Le propinó un puñetazo en la boca del estómago como protesta ante su dominio, como si ganar fuera sencillo y fruto del capricho de un hombre.

En la ascensión final Merckx, a la estela de Felice Gimondi, caminaba destacado en tierra de nadie, la reacción por detrás la conducía Thévénet arrastrando los siempre “pestosillos” Van Impe y Zoetemelk.

El francés jadeaba, se movía graciosamente sobre la bicicleta.

Agarraba el manillar por la parte de abajo. Se refrescaba con una botella de una persona del público para acelerar sutilmente e irse solo.

De repente atisbó el horizonte y en si línea apareció el maillot amarillo.

Gimondi acababa de dejar a Merckx, Thévénet venía a cobrarse todas las facturas y todos y cada uno de los ataques que el belga había sembrado por el camino hasta el puerto final.

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El francés deja a Merckx y supera fácil a Gimondi.

En la cima gana la etapa y se pone a menos de un minuto del líder.

Lo más difícil estaba hecho. Thévénet, quien protagonizaría la primera gran confesión de dopaje de la historia, se viste de grande y el 14 de julio celebró a lo grande la fiesta nacional en el Izoard para jolgorio de Bobet.

Merckx había caído, su reinado tocó a su fin y Pra-Loup fue su tumba.

Imagen: Byenrique

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Ciclismo antiguo

Roger Walkowiak, el campeón más triste de la historia

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DT – 2022 post

Vamos al Tour que ganó contra todo pronóstico el menospreciado Roger Walkowiak

Ganar a lo Walkowiak es algo que impuso en la historia el bueno de Roger.

En a historia hubo alguna victoria en el Tour que respondió a ese perfil, es decir, triunfar de forma sorpresiva y sin triunfo de etapa que adorne la general final.

Cuando Oscar Pereiro ganó la mejor carrera, muchos se acordaron de Roger y su triunfo «a la Walkowiak»

Shimano Sep 2022 – Post

Pero no os engañéis, ganar el Tour implica muchas cosas, posiblemente años de salud, la alineación de los astros en forma de salud, suerte y rivales y en ocasiones el factor sorpresa.

Todos los grandes nombres tuvieron una primera vez, el destello que antecedió sus reinados, pero a veces esa chispa fue una gta en el desierto, una suerte de carambola que el tiempo demostró ser la excepción y no la norma.

El 28 de julio de 1956 el pelotón del Tour de Francia llegaba París con una mezcla de incredulidad entre los corredores, asistentes y los aficionados que se inclinan en las gradas del Parque de los Principes.

El portador del maillot amarillo era un ciclista del equipo regional Centre-Nord-Est llamado Roger Walkowiak, un corredor de perfil muy bajo, tanto que nadie en los pronósticos previos había puesto su nombre en papel alguno.

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Marcel Bidot, ciclista en los años veinte y por aquellas fechas mánager del equipo francés, antes de dedicarse al bohemio negocio del vino, no podía creer que Walko ganara el Tour: “Es increíble como las circunstancias pueden beneficiar a un corredor con el que nadie contaba.

Si entre Luchon y Toulouse, Darrigade hubiera estado junto a Bauvin, hoy éste sería el ganador del Tour.

Pero Darrigade quiso buscar el triunfo de etapa”.

Bauvin sería segundo en París a poco más de un minuto del ganador.

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Y es que como dijimos todo se alineó para Walkowiak, que cogió la fuga buena y supo administrar la renta con penosa resistencia, aprovechando que Louison Bobet estaba recuperándose de una operación, Charly Gaul no volaba como en el Giro, Fede Bahamontes estaba inéditamente discreto y Stan Ockers se centró en la clasificación por equipos.

Ya entonces el ranking por escuadras era objeto de deseo.

En un país acostumbrado a la grandeza de Bobet e impaciente por la eclosión inmediata de Riviere y Anquetil, nunca se perdonó la forma de ganar de Walkowiak, quien fue diana de los comentarios más ácidos y descarnados que posiblemente nunca haya recibido un campeón.

Aislado del mundo, ya retirado del ciclismo, Walko, el sacrificado Roger, admitiría que ganar el Tour había resultado su peor condena.

Imagen tomada de Vimeo

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Ciclismo antiguo

Un Mundial de ciclismo en la Italia de Mussolini

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DT – 2022 post

Así fue el Mundial de ciclismo de 1932 y la aventura de los españoles

Roma, 31 de agosto. Umbral del otoño. La ciudad eterna tomada por el fascismo. Italia, una potencia ya en esto de los mundiales, acogía por primera vez una edición de la prueba. Tres vueltas de 68,7 kilómetros por la Rocca di Papa, totalizando 206. Salieron 21 ciclistas, entre ellos una selección italiana que tenía en sus filas al campeón vigente, Learco Guerra, más a un doble campeón, Alfredo Binda, y al varesino Remi Bertoni. Artillería pesada para el mundial de ciclismo en casa.

Mussolini se presentó en persona para desearle suerte y éxito al vigente campeón, Learco Guerra, pues su sugerente apellido gustaba mucho. “Tutti per Guerra”, proclamaba el presidente de la Federación Italiana de Ciclismo, Garelli. Tiempos violentos aquellos. Pero el especialista en mundiales era Binda, que con su compañero lombardo, Bertoni, secó todos los ataques, entre ellos el de Montero, para irse juntos y hacer oro y plata con casi cinco minutos sobre Nicolas Frantz.

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Dos acompañantes se sumaron a la delegación hispana: Juan Bautista Soler y Joaquim Rubio estuvieron allí, con los tres españoles. Ambos presenciaron la carrera en directo y pudieron incluso narrar la desventura de Mariano: “Estaba en el control de Frascati, situado a media cuesta. Montero y Cañardo pasaron con los primeros, formando un pelotón de ya siete hombres. Podemos confiar pues en que los dos llegarían a Roma en el grupo de cabeza, pero a Cañardo, al cual acababa de avituallar, le di un empujón para que reemprendiera la marcha, con tal mala fortuna que fue a chocar con Haemerlinck, cayendo. La caída no tuvo consecuencias, pero significó una estimable pérdida de tiempo en un momento en que se desencadenaba la batalla en plena cuesta arriba. A causa del empujón se le torció el manillar y se le descentró la rueda”. Pero Mariano se rehízo: “Con todo, Cañardo arrancó de nuevo y fue ganando posiciones, y cuando con Guerra marchaba a la caza de Frantz, no teniendo por delante más que a Binda, Bertoni y Montero, sufrió una avería, perdiendo todo lo ganado anteriormente”.

Roma, como Lisboa, la ciudad de las siete colinas, algunas de nombre mítico y legendario, había sido para Mariano una montaña rusa, un sube y baja emocional, en unos años en que lo complicado era mantenerse íntegro sin caídas ni lesiones.

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Mariano estaba allí, llamando a la puerta, jugándose la suerte con ciclistas que crearon la palabra leyenda, pero le faltaba algo, la fortuna. Aquel día se clasificó duodécimo, pero había añadido una muesca a su palmarés en una carrera que se le daba bien.

Porque Mariano estaba entre los que inventaban el ciclismo en mayúsculas, el que germinó en aquella época, y lo hizo con compañeros de expedición de grandísimo bagaje.

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Juan Bautista Soler fue una de las grandes personalidades de los albores del ciclismo en España: árbitro en sus primeros días, fue presidente y máximo responsable de la Volta a Catalunya, siendo vicepresidente de la Unión Ciclista Internacional en los cincuenta, lo que le valió ser su presidente interino durante dos años por la muerte del entonces primer mandatario del ente, Achille Joinard.

Y luego estaba Rubio, Joaquim Rubio, una persona muy querida en el mundillo en aquellas décadas de aventuras increíbles. Primero ciclista y luego manager, fisioterapeuta, auxiliar y consejero espiritual de las vedettes, entre las que Mariano se contaba. Un empujón dado con todo el cariño y la pasión de Rubio le arruinó a Mariano aquella carrera romana.

Extracto de “El primer campeón”, próxima obra que Cultura Ciclista sacará en breve.

Imagen: Federazione Ciclistica Italiana

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El quinto fue el mejor de los 5 Tours de Indurain

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No pudo haber mejor culminación a los 5 Tours de Indurain

En nuestro frecuente viaje al pasado que nos regaló Miguel Indurain con sus 5 Tours, queríamos acordarnos, ahora que ha transcurrido más de un cuarto de siglo, del que consideramos su mejor triunfo en Francia.

Y lo situamos en el último de la lista, el quinto, para nosotros sin lugar a dudas una obra de arte de abajo arriba.

Un  ejercicio de control y dominio, sublimado por quinta vez consecutiva, el más difícil todavía, pues no sólo seguía siendo mantenerse, también implicaba mejorar lo visto hasta entonces.

Ese año Miguel Indurain volvió al Tour con el dorsal uno, pero sin el Giro en las piernas, pero con la certeza de que entre Francia y el mundial en Colombia iba a estar el cogollo de la campaña.

Dicho y hecho.

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Cualquier momento decisivo de ese Tour fue terreno abonado a Miguel

Si tenemos que ponernos pejigueros, posiblemente sólo falló una cosa a la que nos acostumbró, no hubo tarde de escabechina contra el reloj,  como sí que nos había ofrecido en Luxemburgo, Lac de Madine y Bergerac, la mejor de estas tres la dejamos a gusto del consumidor, para nosotros algo como lo de Luxemburgo fue único e irrepetible.

De hecho Indurain no ganó por aplastamiento la primera crono larga, en las Ardenas, nada menos que saliendo de Huy en un ejercicio que pareció de contención, pues mantuvo y mantuvo, en especial a Bjarne Riis, hasta ganarle por la mínima al final.

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Pero era suficiente, más que suficiente.

Aquella crono formaba parte de un díptico belga, celebrado en fin de semana, que se había abierto un día antes, con la jornada de Lieja, aquella famosa que se escapó con Johan Bruyneel, donde emergieron dos cosas.

Por un lado el patriotismo sin fundamento de aquellos que pensaron que el belga debió dejar ganar a Indurain, pues éste hizo todo el gato y además se debía a un equipo español.

Por el otro la rivalidad con el equipo ONCE, un auténtico martillo sobre la resistencia de Indurain y su Banesto.

En La Plagne, primer día de Alpes, Alex Zulle lo puso todo al límite hasta desencadenar la reacción furibunda de Indurain en el que consideramos su mejor día sobre la bicicleta, aquella subida al coloso alpino.

Nunca he vuelto a ver algo como La Plagne.

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Luego, unos días después en Mende, Jalabert, acompañado por Mauri y Stephens planteó órdago lejísimos de meta que puso al límite a Banesto.

Nunca, creo, nadie había puesto tal al borde del abismo al cinco veces ganador,  un día con el que  jamás hubiera querido  lidiar en el Tour, aunque visto ahora, añadió más brillo, si cabe, a su quinto triunfo en Francia.

El dominio y presencia de Indurain en el final de su serie de 5 Tours propiciaron que una carrera que era un avispero -allí convivían Jalabert, Pantani, Rominger, Riis y Zulle, entre otros- nunca pareciera fuera de control.

Y es que, más que nunca, pareció hacer fácil lo más difícil, encadenar Tours como quien aprendía a sumar.

Nadie podía imaginar que estábamos ante el epílogo de la mejor racha que hemos visto nunca y que creo nunca volveremos a ver.

Imagen: RTVE

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