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Ciclismo antiguo

Isola 2000 y el misterio entre Rominger e Indurain

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En la llegada de Isola 2000 siempre quedará la duda de si Indurain dejó o no dejó ganar

DMT – KRSL pogi’s edition

Cuando el Tour 2024 afronte la antepenúltima etapa hacia Isola 2000 habrán pasado 31 años de la famosa llegada de Miguel Indurain y Tony Rominger.

Será una jornada mini en kilometraje como tanto gusta en la actualidad, en un perfil que conocemos bien, hacia el sur, similar al de 1993, pero sin el Izoard, porque aquel Tour había llegado a Serre Chevalier el día antes, al lado de Briançon, y se salía desde más al norte.

Kern Pharma

Es curioso, Tony Rominger y Primoz Roglic han ganado en Serre Chevalier.

Por lo demás, una etapa casi calcada a una jornada que tenemos muy marcada en la memoria.

Aquel Tour 93 estaba destinado a ser un duelo Rominger vs Indurain, matizado por las diferencias de la primera semana, con una contrarreloj en Lac de Madine de esas que el amigo navarro acostumbraba esos días.

Aquella etapa fue la constatación que había dos cocos en el Tour, la continuidad del Galibier pero ahora en Isola 2000, una estación más al sur, que curiosamente nunca más visitaría el Tour, pero que quedó con letras de oro por el duelo Indurain vs Rominger.

Si os acordáis de la conclusión de aquella etapa, en la recta final de Isola 2000, Pedro González narraba con pasión la más que posible victoria de Indurain.

Rominger tiraba y tiraba, lanzó el sprint, pero no… cuando parecía que le iba a pasar, Miguel miró a su izquierda y detuvo la remontada.

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Isola 2000 ¿Dejó ganar Indurain a Rominger?

Si me fío de la primera sensación, os digo que sí, sin duda, sin vacilar.

Un día antes ambos habían destrozado la carrera por la cara dura del Galibier sentenciando el Tour para el 99% de los favoritos.

Lo normal es que en Serre Chevalier, como dije antes, Indurain dejara pasar primero a su «aliado» suizo ese día, pero ¿Isola 2000?

Cada uno se quedará con su interpretación e impresión, la mía ya la he expresado, aunque pasados los años, no sería tan rotundo como entonces.

Indurain no creo que dejara ganar carreras, no desde el mero hecho de la generosidad por la generosidad, en todo caso, la prebenda se incluía en el plan estratégico de un ciclista que tenía muy claro lo que le interesaba más, la general del Tour, considerando lo demás algo accesorio y prescindible.

Si para ganar el Tour, Indurain hubiera necesitado triunfos parciales, otra historia habríamos visto.

El Tour 2024 va a recordar aquella jornada, seguro, veremos las imágenes de las herraduras del inicio en Isola 2000, los intentos vanos de Robert Millar, Bjarne Riis y Claudio Chiapucci por tomar distancia y cómo Rominger a Indurain acaban pasando por encima de todos.

Qué años aquellos…

Imagen: Eurosport

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4 Comentarios

4 Comments

  1. Manel

    8 de noviembre, 2023 En 11:55

    Aquel Toni Rominger andaba mucho. Cuatro Vueltas España y un Giro, son palabras mayores. Corrió contra Zulle, Escartin, Jalabert o Mauri (en aquellas Vueltas), quiero decir que era un corredor muy talentoso, andaba subiendo como los mejores escaladores y contra el crono era un especialista.
    Ocurrió que en el Tour del 93, se encontró con una bestia como Indurain, y se tuvo que conformar con la segunda plaza.

  2. Manuel

    8 de noviembre, 2023 En 19:21

    Tres vueltas a España rominger y un giro . Un crak , pero un peldaño por debajo del navarro que fue el no va más

    • Iban Vega

      9 de noviembre, 2023 En 13:51

      uno de mis ciclistas favoritos de siemore

  3. Panoli

    9 de noviembre, 2023 En 16:26

    Rominger era buenísimo pero se debía al equipo (CLASCAJASTUR) que le pagaba y tenía que estar bien para la vuelta a España y más tarde fichó por el italiano MAPEI y tenía que estar bien en el giro,nunca pudo hacer como Indurain,preparar el Tour….si hubiese podido hacer como Indurain,preparar a conciencia el Tour…. si que habríamos visto un verdadero duelo de Titanes . No digo que ganase el suizo pero se lo iba a poner dificilísimo. Tony estaba obsesionado con Miguelón,no hay más que ver cuándo Indurain batió el récord de la hora en Colombia,en altitud porque es mucho más sencillo,al poco tiempo fue rominger a Francia,al nivel de mar de altitud y lo pulverizó….era un grandísimo campeón pero nunca pudo decidir dónde y cuando correr,en cambio Indurain sí,por eso nunca corrió la Vuelta a España, porque era muy malo para el Tour estar en forma en la Vuelta. Miguelón siempre será estratosférico pero ojo con el suizo que también era un increíble,mucho mejor que los Bugno,Chiapucci,Berzin,Ugrumoz,Pantano,Zule,etc etc

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Ciclismo antiguo

El Tourmalet, Indurain, Chiapucci…

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1991, en aquella subida y bajada al Tourmalet no sólo sucedió el gran salto de Miguel Indurain

No sé cómo, aunque puedo imaginarlo, el otro día el algoritmo me recomendó echarle un ojo a este vídeo que me llevó directo al Tour 1991, el Tourmalet, Indurain, Chiapucci y cia.

Dicen que el tiempo da perspectiva, que alejarte de proporciona mejor visión de los sucedido y sin duda de las consecuencias y en esta ocasión pude corroborarlo.

Kern Pharma

Ver aquella grabación me gustó, con los cortes de voz de Pedro González en TVE y Javier Ares y Luis Ocaña en las retransmisiones de radio de José María García.

Total que me papeé toda la subida y bajada a aquel histórico paso por el puerto más emblemático del Tour de Francia, una jornada que 33 años después sigue siendo histórica por lo mucho que pasó en aquella subida.

Recordad que la carrera venía de España, de Jaca, donde la hinchada se había decepcionado fuertemente con la actitud de los Banesto por no empezar a asediar el liderato de facto de Greg Lemond, dorsal 1 y gran favorito.

De hecho, durante un momento de la subida, el narrador de TVE, Pedro González, afirmaba que al americano se le veía seguro y fuerte, con visos de salir de amarillo aquella jornada de 250 kilómetros.

Sin embargo, Luis Ocaña no tenía tanta confianza en el americano, su lenguaje corporal no invitaba al optimismo y acertó.

Estábamos presenciando un cambio generacional en toda regla y no éramos conscientes de ello.

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Con Chiapucci abriendo camino en el Tourmalet, e Indurain siempre pegado a su rueda, Perico ya había cedido, Fignon nadaba contracorriente y Lemond acabaría descolgado.

Los de la generación del 64 -a la que perteneció también nuestro invitado del otro día, Raúl Alcalá, aunque en esa etapa ya se había retirado- habían derribado la puerta a por el trozo gordo del pastel.

Y no se irían en unos años, encabezados por Miguel Indurain.

Sin saberlo en esos instantes, estábamos viendo un cambio de orden y la marcación de las jerarquías en ese mismo orden, puesto que el momento de duda de Gianni Bugno, una vez pasado el descenso del Tourmalet le sacaría para siempre de las quinielas del Tour de Francia.

El Tourmalet siempre ha sido mágico, el gran anfiteatro del ciclismo, ha tenido mejores y peores ediciones, pero aquella tarde de julio de 1991 fue el gran «revolucionario» del ciclismo que nos asaltaba y marcaron los años más felices viendo este deporte.

Por suerte, mirándolo ahora, aquella magia, el cosquilleo anterior a las grandes carreras sigue y sólo espero que esa llama no se apague.

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Francesco Moser, “signore Roubaix”

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En la leyenda de Moser, Roubaix es un lugar esencial

La historia es caprichosa, como muchas veces hemos dicho, y situamos a corredores en nuestro imaginario en una faceta que, aunque siendo cierta, no es la única que vistió su leyenda, sucede con Moser y Roubaix.
Por eso cuando la imagen más divulgada de Francesco Moser es la de ese ciclista ancho, profunda mirada, pelo negro, angulada cara y perfil corpulento, sobre la rompedora máquina con la que destrozó el récord de la hora en las altitudes de Ciudad de México, sólo es eso, una faceta, un perfil ideal, una forma de recordar un corredor que fue mucho más y logró mucho más.

Moser también tiene un Giro, el de 84, una carrera marcada por las múltiples influencias que concurrieron para que ganara un italiano ante la insolente juventud que despertaba de Laurent Fignon, que a todas luces fue el ganador moral de aquella carrera. Público hostil, helicópteros que empujaban en las cronos,… Moser tenía que ganar por lo civil o lo criminal. Así lo hizo.

Pero hay una tercera faceta, conocida aunque quizá menos por muchos, las clásicas, y es que Francesco Moser, ese ciclista de porte elegante, rodar agresivo y tremenda ambición, tiene en su palmarés nada menos que seis monumentos: tres Roubaix, dos Lombardías y una San Remo, un botín que le sitúa entre los mejores de siempre, especialmente en el Infierno del Norte, donde sólo le superan De Vlaeminck y Boonen.

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De hecho Moser es el tercer mejor ciclista del mundo sobre los afilados adoquines encadenando, y eso sí que es difícil, por lo imprevisible de la carrera, tres triunfos consecutivos, logrados en un tiempo en el que las clásicas tenían grandes nombres de todos los tiempos, aunque especialmente uno, Roger De Vlaeminck, ese que llamaban el Gitano, que nunca tuvo amigos, ni siquiera en su propio equipo.

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Así las cosas en la Roubaix del 78, Moser, arco iris a la espalda, arco iris que ganó en Venezuela, se presentó ante “Monsieur Roubaix” como alternativa ganadora a la mejor carrera del año.
El italiano, listo como el hambre, jugó sus bazas sin esperar instrucciones del gran jefe. Realizó dos ataques, primer a 23 de meta y luego a 18 para romper la resistencia de Maertens y Raas, mientras el influjo de De Vlaeminck se hacía notar.

Moser llegó solo al velódromo y De Vlaeminck echaba fuego. “Este tipo es un desagradecido” escupía por esa boca que no dejaba indiferente, como cuando dijo que las cuatro Roubaix de Boonen tenían menos mérito que las suyas.

Cabreado, el gitano cambió de equipo, a sabiendas que su tiempo, aunque glorioso, era caduco frente a las hechuras del joven Moser.
El belga al Gis, Moser en el Sanson.

En 1979 le ganaría por la mano otra Roubaix, dejándose segundo, sintomático.

Al año Francesco renovaría la corona en el infierno tras reaccionar a un ataque de largo radio protagonizado por Thurau. Moser arrastró a su sombra, De Vlaeminck, y a Duclos Lasalle. Les acabaría dejando. Era la tercera.

Pero si Roubaix fue el foco de su enemistad con De Vlaeminck, Lombardía fue otra de las cabezas de esa hidra de mil cabezas que fue su relación con Giuseppe Saronni.

En una rivalidad que para Italia era reverdecer los tiempos de Coppi y Bartali, Moser y Saronni entablaron su enemistad desde el momento que corrieron juntos el mundial haciendo de todo aquello que compitieran un corralillo de gallos enfermizos.

En ese clima se corría en la Italia a caballo entre los setenta y los ochenta y en ese clima Moser se llevó dos Lombardías, uno de ellos delante de Hinault, y San Remo, entrando solo en la Via Roma, tras desplegar toda su sabiduría en el descenso del Poggio.

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La París-Roubaix siempre fue así

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En la París-Roubaix nadie toca el recorrido, ni el kilometraje

El Domingo, la Pascale, la París-Roubaix, la llamada reina de las clásicas.

Viéndola cada año, venimos a lo que hemos dicho tantas veces sobre las clásicas como reducto del ciclismo de toda la vida, ese que se mantiene intacto ante las moderneces que tantos disgustos nos significan a veces.

Los nombres, los recorridos, los grandes tramos, los kilómetros… eso no se toca.

Kern Pharma

Como hemos dicho, la París-Roubaix es la “dura entre las duras”, el “Infierno del Norte”, la “Pascale”… apelativos, pseudónimos, coletillas no le faltan.

Otros le llaman la “Reina de las clásicas”. París-Roubaix, una carrera que sale, curioso, de Compiegne, como de Chartres sale la París-Tours. Sea como fuere es la carrera más singular de la temporada, un día que no deja indiferente, lo amas o lo odias, no hay discreción, no consenso, ni equidistancia.

Dicen que fueron dos empresarios del ramo textil quienes montaron la travesía desde la capital al norte de país, a la gris y fabril Roubaix, un enclave que pareció surgido del infierno, en el que tuvieron la curiosa idea de crear un velódromo. En 1896 el alemán Joseph Fischer fue el primer ganador en el infierno. Cien años después Lefevere se lo pasó como un crio eligiendo el orden del podio de la edición del centenario, primero Museeuw, luego Bortolami y Taffi en la parte baja del podio.

Sea como fuere la obsesión por conservar su singularidad ha sido una constante en la historia de la París-Roubaix. La irrupción del automóvil a mediados del siglo pasado fue un síntoma de evolución para Francia, pero una velada amenaza para la carrera y sus infumables sendas adoquinadas.

La París-Roubaix está jodida, es historia

Es una catástrofe, sin pavé no habrá selección, la carrera será como las otras. Tenemos que ir al norte y mirar nuevos caminos, nuevos pavés

Un día de 1967, entró chillando Albert Bouvet en el despacho de Jacques Goddet, mandamás del Tour, y por ende de la París-Roubaix, el tipo que vestía como un explorador mientras coordinaba la caravana de la mejor carrera. Asustados por el desenlace de esa edición que gana Rik Van Looy en un sprint de diez ciclistas, inédito, cogen los bártulos y se van al norte para preservar el tarro de las esencias de su Roubaix. No puede ser que lleguen diez a Roubaix.

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Mientras más involución mejor, la carrera va al revés del mundo y suena la flauta. El excampeón del mundo, Jean Stablinsky habla de la mina en la que ejerció antes de ser ciclista legendario. Habla de Arenberg, de una recta adoquinada, descarnada, un lugar para los sueños, como los duendes, por medio de árboles en un denso bosque por donde el sol asoma a duras penas.

Y Arenberg obra el milagro, Roubaix vuelve años atrás, a la anarquía, a la locura. Merckx es el primer en ganar con el bosque en la ruta. “Dos así no lo aguantamos” dicen los corredores al llegar.

Se produce una brecha, una division de opiniones entre los contendientes, unos detestan, odian Roubaix, “carrera de mierda” dice Hinault, otros la aman profundamente, entre ellos Duclos, el viejo, Lasalle, que ganaría muchos años después hasta dos veces la carrera, la prueba por la que se hizo ciclista, por la que muchos suspiraron el día que decidieron ser diablos en el infierno.

Por cierto que dicen que el pavé anda remojado y algo enfangado para el domingo, como en las mejores ocasiones, dicen..

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Viaje a los orígenes de la París-Roubaix

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El textil tuvo mucho que ver en los orígenes de la cotizadísima París-Roubaix

Nadie puede dudar de que la París-Roubaix constituya de todas a todas la prueba de una jornada del calendario más cotizada y anhelada por cualquier corredor ciclista desde sus orígenes que sienta en su fuero interno deseos de ser algo en el mundo de la bicicleta. Su final tiene lugar no lejos de la frontera belga y cercana al conocido Paso de Calais.

Cabe consignar que fue a partir del año 1968, cuando la mencionada competición cambió su itinerario en contraste de lo que fueron sus anteriores ediciones. Posteriormente, al objeto de aligerar su excesivo kilometraje, la aludida competición tomó la decisión en el año 1977 de situar la línea de partida en la ciudad de Compiègne, situada a 65 kilómetros al norte de París, lugar de cierta fama por erigirse allí el fastuoso castillo de Luis XV, monumento nacional, así como lugar de residencia de los reyes de Francia y de los emperadores no menos conocidos, tales como Napoleón I y III. Con el citado cambio de salida los organizadores lograron acortar el recorrido, que ha quedado en definitiva en los 259 kilómetros, la cifra oficial en la actualidad.

¿Quiénes fundaron la París-Roubaix?   

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Su creación nos hace retroceder al año 1896. Fue ingrata la labor emprendida por dos empresarios importantes pertenecientes al ramo textil, Théo Vienne y Maurice Pérez, éste último era originario de una familia española. Se establecieron en las cercanías de la ciudad de Roubaix, que poseía un gran poder industrial y económico. Estos dos magnates influyeron decisivamente en la construcción e inauguración de un velódromo de 250 metros de cuerda, asentado en aquella población de cierta identidad y tonalidades más bien grises, impregnada por los casi constantes humos de las fábricas colindantes y sus neblinas un tanto perpetuas, una característica muy usual en aquella región norteña del país galo.

Aquellos dos aludidos entusiastas, impulsados a su vez por otro maestro en aquellas lides, un tal Paul Rousseau, quisieron a toda costa divulgar y enaltecer las excelencias del deporte ciclista, dándole incluso una difusión internacional para que llamara más la atención. Así se instauró esta prueba de tanto abolengo y eco internacional.

Les secundó en este gran proyecto el rotativo denominado “Le Vélo”, bajo el impulso del citado Paul Rousseau, otro apasionado también, que en cierta ocasión llegó a escribir un elogio a favor de la bicicleta a la que “consideraba más que un elemento rodado dentro del deporte, un artilugio divulgador y benefactor social puesto a disposición de las gentes”. Esta era su imaginativa definición. Esta frase ha perdurado en todos los ámbitos como símbolo de esperanza.

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Es así como se puso en marcha la prueba en la fecha del 19 de abril de 1896, que registró el triunfo de un tal Josef Fischer sobre la distancia de nada menos 300 kilómetros. El corredor germano tuvo una compensación económica que ascendió a 1.000 francos franceses. ¡Qué años aquellos!

Los organizadores divulgaron a los cuatro vientos que constituía la carrera ideal para afrontar con más garantías la clásica ya asentada, Burdeos-París. Inicialmente fue un reclamo para atraer a los ciclistas.

Luego resultó con el paso del tiempo que la fama y popularidad se la llevó de todas a todas la París-Roubaix, considerada desde sus orígenes como una carrera de visos difíciles y a la vez sumamente arriesgada, especialmente por tener que pisar los sufridos ciclistas los terribles adoquinados que se insertaban a trechos en su recorrido un tanto diabólico, adoquinados que de manera intermitente atenazan a los animosos concurrentes.

Los tramos de este insólito obstáculo de piedras casi cuadráticas aparecen unas veinte y tantas veces, un verdadero tormento. Se puede decir que aproximadamente una quinta parte del recorrido se sumerge en esta situación un tanto angustiosa.

Ello supone, más o menos, el cubrir bajo esta pesadilla una longitud de aproximadamente 53 kilómetros que no invitan al descanso precisamente.

Continuará…

Por  Gerardo  Fuster

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