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Mundo Bicicleta

La antología de «El Alpe d´ Huez»

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WorldTour 2022 – TopPost

Me hallo ante una tarea de valientes. Acometer la escritura de una novela pura e íntegramente fundamentada en el ciclismo de carretera fue una decisión muy arriesgada por parte de Javier García Sánchez allá por 1994. Lanzarse a una escapada temprana en la etapa reina del Tour de Francia, tal y como hace su protagonista, resultó igualmente atrevido. Y no lo es menos emprender una aventura editorial sobre libros de ciclismo o empeñarse en reeditar toda un colección de obras ya descatalogadas, tal y como está haciendo La Biciteca con su colección “Re-Ciclados”.

Así pues, cuando uno se encuentra rodeado de personas tan valerosas, no puede escaquearse ni escurrir el bulto, la deshonra sería mayúscula, y por mucho que la misión asuste, no queda sino enfrentarse a ella y tratar, simplemente, de salir airoso sin resultar herido, y menos aún hacer daño a nadie.

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Así me he sentido a la hora de asumir la invitación de escribir el prólogo de esta reedición del “El Alpe d’Huez”. Estamos ante la que probablemente sea la novela más genuinamente ciclista de todas las que se hayan escrito alguna vez. También ante un escritor consolidado y bien reconocido en el mundo literario actual. Con este panorama, proponer unas páginas de presentación se me antoja una tarea difícil, de las que te hacen temblar las piernas. El autor debió pasarlo peor cuando se lanzó a crear la novela. Siempre he establecido cierto paralelismo entre él y su protagonista. El ciclista, tras su correspondiente meditación y espoleado por su instinto, se lanza a la aventura de intentar la gran escapada, sabiendo que le esperan tres colosos: la Croix de Fer, el Galibier (Col du Télégraphe incluido)  y el mediático Alpe d’Huez. El escritor, ignoro con qué motivaciones y procesos de toma de decisión, se sumerge en la documentación y en el proceso creativo. Ambos se esfuerzan y lo dan todo. Ambos demuestran a los lectores que son merecedores de su atención, de su tiempo y de su esfuerzo comprensivo. Por mi parte, el valor no está a tanta altura. Pero no hace falta. Puedo imaginar el sufrimiento del escapado, porque he subido en bicicleta los tres puertos descritos en el libro. Sin mérito alguno, ya que lo hice en tres jornadas diferentes en vez de en una única etapa; sin la prisa implantada por la competición (en el caso del relato la prueba más importante del calendario ciclista mundial) y puedo asegurar que infinitamente más despacio (ascensiones en “defensa propia” como me gusta calificarlas). En cuanto a las letras, no se me pide literatura. Apenas dar cuenta de una “tachuela” escrita que, afortunadamente, muchos de los lectores se saltarán. Así que en tales condiciones, quizá resulte que sea capaz de salvar el reto.

Estamos ante un hito de la literatura deportiva en castellano. Soy de esos lectores que consideran que ésta ya puede empezar a considerarse como un género. Aunque poco a poco, cada vez van apareciendo más títulos (en muchos idiomas) en los que la ambientación o la trama deportivas se erigen en el universo de desarrollo del relato. No debería resultarnos extraño ya que una importante mayoría de escritores a lo largo de la historia, han dado cuenta en sus obras, de aquellos acontecimientos sociales más relevantes en su época. Y nos guste o no, el deporte constituye, durante una gran parte del Siglo XX y lo que llevamos del XXI, uno de los fenómenos más notorios y populares de la civilización. Así pues, en mi modesta opinión, poca literatura deportiva estamos viendo aún, con respecto a la que podría llegarse a producir. Dicho esto, quiero incidir de nuevo en considerar que “El Alpe d’Huez” es un magistral ejemplo de este antojado “género” literario. El argumento, la trama, la ambientación, el desarrollo y desenlace son deporte. Puro deporte. La novela está fundamentada con el máximo rigor, tanto en aspectos mecánicos, como geográficos, fisiológicos, culturales, etc. Todo el ciclismo profesional está perfectamente integrado en sus páginas. Su lectura te hace calcular desarrollos, viajar por los Alpes franceses a ritmo de pedaleo, conocer los efectos del exceso de ácido láctico en la musculatura de las piernas… El lector no quedará defraudado ni como ciclista, ni como médico, preparador, director de equipo o simple aficionado. El protagonista tiene “clase”, y el autor maestría. Ambos demuestran estar muy preparados para la hazaña. Sin embargo, para conocer el desenlace no queda más remedio que leer completa la novela. Para empezar porque sólo así podrá conocer el lector en qué queda la escapada. Y además, porque sólo tras la lectura íntegra y atenta, podrá igualmente establecer su propia opinión con respecto al nivel del logro del autor. De todas formas, en ambos casos, el desenlace es lo de menos, la clave está en el proceso. Para el protagonista dicho proceso no es otro que la pormenorizada vivencia de una etapa alpina experimentada en solitario casi desde sus inicios. Un recorrido cartográficamente detallado, sufrido kilómetro a kilómetro y en el que desarrolla toda la novela, cargada de épica y de sensaciones corporales e ilustrada con un extenso y documentado bagaje de contenidos. Y desde luego, no exenta de emoción deportiva. En lo que respecta al proceso vivido por el novelista hasta concluir su magnífica obra, lo desconozco, aunque puedo imaginar fácilmente, tras su lectura, algunas de las fases por las que necesariamente debió de pasar: imaginación o visualización preliminar, inmersión ambiental y de conocimiento específico del ciclismo de carretera, quizá algunos encuentros con especialistas, etc. cada autor tiene sus métodos, técnicas y recursos propios. En cualquier caso, la lectura no ofrece una trama encaminada a un final primordial que eclipse todo lo demás. Al contrario, insisto, la clave de la novela está en el proceso de su lectura, en cada página (cada kilómetro) de la jornada que nos narra.

En una osada interpretación personal de la novela, se me antoja encontrar cierto vínculo entre el esfuerzo requerido para que el ciclista vaya superando cada uno de los tres colosos del recorrido, y el que el lector debe poner de su parte para avanzar en las diferentes partes del texto. En la Croix de Fer el pedaleo y la lectura son ágiles y hasta livianos, se parte con fuerza, con seguridad, aplomo y hasta alegría. Hay confianza. Cuando el relato circula por el Galibier a ambos (corredor y lector) las circunstancias, el recorrido, la situación de carrera y el esfuerzo previo, les exigen tesón, perseverancia, economía de esfuerzo y saber dosificar las fuerzas para no quemarse o sucumbir antes de tiempo. Hay que tratar de eludir la temida pájara, saber leerse a uno mismo y saber aprovechar cada resquicio de energía aprovechable (en el organismo del deportista y en el contenido de la novela). Llegados al Alpe d’Huez, viene la hora de la verdad, todo se ralentiza, la montaña se hace muro, las fuerzas fallan y sólo un esfuerzo sobrehumano permitirá, quién sabe, al ciclista llegar a concluir su cabalgada, y hacerlo a solas, o ser superado por sus perseguidores. Así mismo el lector “sufrirá” esa drástica reducción de velocidad, tendrá que esforzarse por mantener la paciencia en esperar el desenlace. Con cada nueva página, se encontrará sintiendo lo que sufre y experimenta un ciclista, llegado a esos extremos de agotamiento. Aunque pueda parecer imposible, el autor consigue alterar el estado perceptivo del lector, de un modo similar a cómo se ve alterado el de un corredor solitario al borde de la extenuación. Puedo dar fe de ello, porque más de una vez me he encontrado sumido en una fatiga de tales características a causa de la bicicleta. En esos momentos nuestra sensibilidad se aleja de racionalismos y de conceptos técnicos o tangibles y se centra en la vivencia de un estado perceptivo en el que los estímulos aparecen bastante alterados. Pues no me pregunten cómo lo consigue, pero Javier García Sánchez lo logra, consigue ponernos en la piel del escalador y hacernos pasar por esos diversos estados que conforman las diferentes fases de una etapa de estas características. Creo que gran parte del éxito lo logra a base de la variación de ritmo narrativo, pero no me quiero meter en ese tipo de “jardines” porque no soy más que un amante de la bicicleta y de la lectura, y ambas aficiones las mantengo con exclusivo afán de ocio y placer, mis ocupaciones laborales y profesionales están alejadas de ellas. Espero que mis palabras se interpreten conforme a mi intención. Si alguien se ha asustado con mis comentarios, es que no es lector suficiente: un miedoso. Lo mismo que si algún ciclista de carretera (deportista ocioso quiero decir), alguna vez tiene la oportunidad de afrontar aquellos puertos alpinos y no la aprovecha: se quedará sin saber lo que son los Alpes Franceses y los grandes puertos.

La publicación de esta recuperación de la novela “El Alpe d’Huez” es una excelente noticia para lectores y aficionados al ciclismo de ruta. Conservo la edición original y la guardo como oro en paño. Resulta que el autor veraneaba habitualmente en Molledo (un pueblo de la cuenca del río Besaya en Cantabria), lugar que también frecuentaba Miguel Delibes en épocas estivales (autor de otra acertada recuperación literaria por parte de “La Biciteca”). Mi amigo Pepe Cuevas coincidía con Javier García Sánchez allí, y gracias a esa circunstancia consiguió transformar mi ejemplar en un objeto de culto con una dedicatoria muy especial, que incluye alusiones importantes para mí. Con tanta carga emocional y confesando cierto fetichismo moderado que asumo cuando se trata de libros (y de bicicletas clásicas), puedo asegurar que añado esta edición “re-ciclada” a mi biblioteca particular.

Prólogo de la reedición de la Biciteca del libro “El Alpe d´ Huez” escrito por José Gutiérrez López

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JoanSeguidor.com

Denominación de origen Flandes: los flandriens

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Tour de Flandes Bkool JoanSeguidor
WorldTour 2022 – TopPost

Así nació el producto más genuino de Flandes, los flandriens

El aire es viscoso y denso, casi tangible al tacto de nuestros dedos. Plomizo. Cunetas por donde rara vez asoma un rayo del sol. Humedad, frío que se clava en los huesos, que amilana el alma. Que atenaza. Flandes es una tierra vecinal, íntima, pero pasional, de flandriens. Lo que fueron zanjas impracticables hoy son tesoros que atraen a medio mundo por que evocan lo que fue este deporte en su esencia.

Dos semanas después de la sofisticada San Remo, la rural región flamenca surge de entre los adoquines.

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Fue en 1993 cuando alguien en esa cuña alargada entre Valonia, Países Bajos y Francia se le ocurrió hacer algo así como la denominación de origen Flandes.

Ante el rodillo de la modernidad que aplacaba los adoquinados senderos frente a alisadas rutas, se quiso salvaguardar un testimonio largo y alto de lo que ha sido esta tierra desde hace cien años. un diminuto lugar que guarda la esencia ciclista mundial.

Lessines es una localidad cercana a Geraardsbergen, justo al sur.

Si la visionáis en Google Maps veréis a que su izquierda se erige una enorme cantera. Un poco más al este está Quenast, en la frontera con la proscrita región valona. Otro lugar reventado, una cantera lo delimita por el sur.

De ambos sitios surgen los perfectos y aristados bloques que componen las alfombras adoquinadas de lugares de culto como Berendries, Koppenberg, Bosberg,…. S

on esos pedrolos grises y abruptos sobre los que rebotan los mejores “flandriens” desde hace cien años.

Pero… ¿qué es un flandrien?

Echando mano de literatura del lugar, encontramos una descripción muy exacta de la amplitud del término.

Amante del mal tiempo, su rostro está castigado, trabajado por los elementos.

El flandrien original llevaba en cruz el tubular, el último de estos fue, dicen Albéric «Briek» Schotte, un armario ropero de los años cuarenta con un físico que abrumaba con el cuchillo entre los dientes cuando olía el triunfo.

Aquellos personajes calzaban bicis de acero, plomizas y contundentes, de trece kilos y les gustaba saber que una «gélida brisa» les iba a acompañar por el recorrido.

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Flandes, a diferencia de otras carreras, no paró ni siquiera por la ocupación nazi. S

u creador, del cual otros dieron cuenta de forma extensa, fue lo que en la época se llamaba un colaboracionista. Al punto fue su comunión con las fuerzas de ocupación que los cruces y cunetas flamencas se cerraron con policías alemanes esvástica en brazo. El diario que siempre alimentó su leyenda, el Het Nieuwsblad, tuvo que ver como otro, el Het Volk, emprendió una carrera del mismo nombre como respuesta a la alineación con el considerado enemigo en esas terribles fechas.

Aquí sin embargo, cuestiones políticas al margen, De Ronde son dos palabras mayúsculas que se impresionan en decenas de cajas de latas de Coca Cola en los supermercados.

Porque más de cien años no se cumplen todos los días y no desde en una carrera que hace de seña al mundo de una tierra que se conoce sobre ruedas finas y frágiles.

Foto tomada de Cycling in Flanders 

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Ciclismo antiguo

El rampante león de la bandera de Flandes

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Flandes bandera JoanSeguidor
WorldTour 2022 – TopPost

El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

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Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Brabante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

Gran canaria 400×400
Cruz 400×400

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

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Mundo Bicicleta

Ciclismo en Flandes, por las rutas que construyeron la fe

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Ciclismo en Flandes JoanSeguidor
WorldTour 2022 – TopPost

Recortes peregrinos de una ruta que abrió para nosotros la profundidad del ciclismo en la tierra de Flandes

Nos cuentan que el «flandrien» es un ciclista duro, que compite hasta que su rostro se torna irreconocible, que cruza la meta con un brillo especial en la cara y el pelo húmedo, que angula sus brazos, acerca el mentón al manillar y baja la espalda porque no ve más acá del umbral del dolor.

Es un tipo que no se queja, que no mira al cielo cuando pone el pie en la ruta.

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El «flandrien» auténtico» calzaba bicicletas de acero de trece kilos, llevaba el tubular a modo de chaleco y desparramaba su capacidad física, que no era poca, por el itinerario.

Oudenaarde JoanSeguidor

Ni Toni ni un servidor somos «flandriens», somos en todo caso, admiradores venidos del sur, para acercarnos lo más posible en esas sensaciones originales que cincelaron uno de los ciclistas más idealizados del universo de la bicicleta.

Nosotros no partimos hacia la conquista del Tour de Flandes, en todo caso, ser parte del lugar, donde no es difícil pasar desapercibido si vas en bicicleta.

El cielo está blanco, a veces azul «habéis traído el sol con vosotros» bromean, pero la lluvia nos va a respetar.

El frío flota en el ambiente, es noviembre, mediados, la hoja ha caído, y la que no mecha de ocre un paisaje por lo demás lineal, salpicado de alguna pequeña colina, que seguramente encierre algún adoquinado tramposo.

Son unos cinco grados.

Dries Verclyte, nuestro anfitrión de Cycling in Flanders, nos invita a una ruta por algunos de los parajes que cada año vibran no sólo con De Ronde, también con muchas de las grandes carreras del calendario belga y otras, las menores, que sirven para inocular este amor por el deporte, el paisaje y la tierra que en Flandes se llama ciclismo y que es una cultura que trasciende a lo meramente cotidiano.

ciclismo en flandes ruta en bicicleta JoanSeguidor

Los primeros kilómetros nos llevan de Oudenaarde hacia la base del Oude Kwaremont.

«Recibiréis un gratificante masaje y gratis» bromea Dries que aprovecha para señalar al horizonte: «Ahí, donde ese pequeño campanario blanco, tienes la cima del Koppenberg».

El ciclismo en Flandes es relajante: rodar sin más intención que respirar su aire, cortante por el frío, algo reseco, estamos a unos 100 kilómetros en línea recta de la costa, entremezclado con los «aromas» que vienen de las continuas granjas que dejas a los lados.

Es relajante por que no vamos enfilados en un pelotón con cien lobos jugándose el pan y por que el viento ese día estuvo en calma.

Los elementos también hacen el ciclismo de Flandes.

También lo es por el tráfico, casi inexistente en muchos tramos, con una completa red de carriles exclusivos para bicicletas que dejan ajeno a ese peligro que quita el sueño a muchos ciclistas.

Pronto llegaremos a la base del Oude Kwaremont, desde hace siete años, el punto clave en la decisión del Tour de Flandes, desde el momento que instaurara el circuito que actualmente decide la carrera.

Es una subida de dos tramos, unidos por un falso llano intermedio.

En él adivinamos que los laterales permiten «navegar» ajenos al adoquín, que es molesto, maltrecho, llevando tu ruta a un completo azar.

«Aquí no es tan importante la cadencia, como en los grandes puertos del Tour, aquí hay que tirar de cuádriceps, de fuerza, chepazos, parte central del manillar y para arriba» sugiere Dries en el asfalto que precede la subida.

El adoquinado tiene algo de «panza» por el centro, conviene irse a los lados, pero no mucho para no correr la suerte de Peter Sagan, a cuarenta por hora, cuando se enganchó a la valla y se fue al suelo Naessen y Van Avermaet con él.

Fue en la edición que ganó Gilbert, cincuenta kilómetros escapado, desde la escabechina de Boonen en la capila, Geraldsbergen, emblema que no podemos visitar, pues queda algo más alejado.

El Kwaremont queda atrás y viramos hacia el Paterberg

Si el primero se va a más de dos mil metros, éste no llega a los 400.

En su base, momentos antes de abordarlo, a nuestra derecha dejamos una granja, una más, podríamos pensar, per ésta es curiosamente de un animal andino, de llamas ¿qué haría ahí?

El Paterberg es un espejismo, una recta en mejor estado que el Kwaremont que parece una rampa de despegue, que gana desnivel según subes.

La inclinación final brilla, el sol ciego del otoño, casi invierno, flamenco, ilumina pero no calienta, le da al lugar un aspecto onírico que nos distrae de la verdadera dureza de la rampa.

En la cima del Paterberg tomaremos ruta a la izquierda, deshacemos por otra carretera el camino hecho, porque Flandes en estos lados, es estrecho, íntimo y revirado, un sorteo de curvas y contracurvas que pone en ventaja a la gente del lugar, de ahí que dos tercios de las ediciones De Ronde hayan sido para ciclistas del lugar.

De Ronde: Si el Kwaremont ha sido el muro + frecuentado el Paterberg tiene el desnivel + pronunciado, un 20,33% en su aliento final


Dries nos pone al corriente, vamos camino al Koppenberg.

Sobre el Kopperberg alecciona: «Ninguna otra carrera lo cruza, sólo el Tour de Flandes y eso que estuvo varios años sin subirse. Es sin duda el tramo más duro y en peor estado de todos los de la zona«.

Si una subida ilustra el ciclismo en Flandes es el Koppenberg.

Y así nos sumergimos en esa atmósfera que estrecha, recargada, no diría que asfixiante, pero sí mística, oscura, con recodos ponen en alerta nuestra máquina, una suerte de «toro bravo» que no se deja domar.

El Koppenberg es salvaje, el espacio es el que es, escaso y la estrechez obliga a ser certero en la trayectoria, más si eres parte de la manada de lobos que opta a la gloria en la meta de Oudenaarde.

Su pico de pendiente rebasa el 19%.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

Nos sentimos «flandriens», no tanto por nuestro rendimiento, como por formar parte del paisaje, participar de la tortura de un firme hostil, cuyo hormigueo te acompaña durante los primeros metros de llano que siguen cada adoquinado.

Pero al ciclista medio le gusta sentir ese dolor que le aproxima sus ídolos, en un escenario que tiene árboles por techo y restos del reciente Koppenbergcross, el de «todos los santos» que tuvo lugar días atrás.

Coronar su recta final es haber atravesado el tramo más auténtico de De Ronde, un espacio para la ensoñación que habla de lo complicado que es todo esto para un pro.

«Decididamente son de otra pasta» convenimos arriba.

La ruta, perfectamente señalada de forma perenne, prosigue hacia la calle del Tour de Flandes.

La sucesión de ganadores escritos en el suelo, con su año, nos advierte de lo trascendente del lugar.

ciclismo en Flandes estatua creador del Tour de Flandes JoanSeguidor

Antes de llegar a la mitad, el memorial de Karel Van Wijnendaele recuerda al creador de la carrera, hace más de cien años, siguiendo el patrón de otras grandes competiciones ciclistas: ante la necesidad de contenidos que ayudaran a vender más diarios, se organiza una carrera que no era otra cosa que una vuelta a Flandes, en el más estricto sentido de la palabra, con salida y llegada a la ciudad de las tres torres, Gante.

324 kilómetros tuvo aquella locura en 1913, años previos a la Gran Guerra que tantos capítulos se cobraría en los campos de Flandes, los que hoy mecen el mejor ciclismo del mundo.

La ruta prosigue por las flechas del Tour de Flandes dirección la cota favorita de Tom Boonen, ahí donde siempre gustaba tensar la cuerda.

El Taaienberg es una recta de medio kilómetro en la que la primera selección tenía lugar.

El sitio de Tom, el corredor que venera una esta región entregada al ciclismo, el digno portador del tesoro que un día guardó Johan Museeuw, como Stijn Devolder, como Peter Van Petegem y esos contemporáneos que un día nos abrieron la puerta de ese sueño que es el ciclismo en Flandes por un viaje que justo acaba de comenzar.

Continuará…

 

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Destacado

Cuando la bicicleta desterró al caballo

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Entre los logros de la bicicleta, cabe reseñar cuando sacaron el caballo de las calles

El caballo fue un animal domesticado por el hombre desde tiempos de la prehistoria. Con los años pasó a ser un elemento clave en la movilidad individual, llegando a su apogeo en el siglo XIX. Sin embargo no todos podían permitírselo. Un caballo exigía unos cuidados de personal competente y entendido que sólo la aristocracia y alta burguesía podían costear. Con el tiempo hubo transporte colectivo movido por fuerza animal, pero los costes seguían siendo altos e incluso los espacios para atenderlos bien, en urbes a veces de plano medieval, escasos. El caballo además se fatigaba y el trayecto a pie se cubría en menos tiempo con frecuencia.

Llegaron entonces los ingleses con el pragmatismo que les caracteriza para sacar el “caballo mecánico” o también “hobby horse”, la evolución de la draisiana, el invento de Karl Drais que se demostraba más rápido que el caballo de toda la vida. Ese invento era el predecesor de la bicicleta y “galopaba” a buen ritmo en la mente de la sociedad con la popularización de carreras como la Burdeos-París o la París-Brest-París, incluso la singular Viena-Berlín en 1893 sobre el mismo trazado que se había cruzado tiempo antes a caballo.

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El resultado de aquella prueba fue concluyente. Los ciclistas fueron el doble de rápidos que los caballeros. Casi 31 horas de los primeros frente a las 72 de los segundos sobre nada menos que 582 kilómetros. Un medio el doble de rápido y cuatro veces más económico, los números se imponían y la gente empezó a valorar su forma de moverse por las ciudades.

El caballo había sido hasta el momento ejemplo de caché y prestigio, tenerlo era la evidencia de que la vida te había ido bien o que pertenecías a una familia adinerada, pero su profusión hacía invivibles las ciudades del momento. En 1902 París albergaba un parque “caballístico” de 102.000 unidades, aquello era insostenible, y no sólo en coste, también en higiene y suciedad, con la propagación de enfermedades que ello implicaba.

En contra la bicicleta crecía en prestigio. Asociaciones de velocipedistas y afines empezaron a hacer campaña, a desdeñar antiguos mitos del prestigio y poderío del caballo y divulgando las facilidades del nuevo transporte. Sería la primavera de la bicicleta, su primera explosión, en medio de ciudades donde nada sobraba y asegurar las tres comidas diarias era un reto. Sería la instalación de la flaca hasta que llegó la explosión del motor y los coches en los años cincuenta.

Hoy vemos muchas similitudes con aquella sociedad apestada por la suciedad e incomodidades que implicaba el transporte en caballo: cambiad este noble animal por el coche, mirad lo que son cada mañana nuestras ciudades en cuestión de atascos y veréis que el momento que algunos presumimos histórico se vivió hace cien años con un éxito…

Imagen tomada de Attelages-magazine.com

 

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🎙️🎙️🎙️ "Yo le tengo mucho aprecio a Pello, pero está claro que hoy por hoy, el líder es Mikel Landa" @IgorAntonH

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Tres momentos TOP de Vincenzo Nibali
1. Pavés en el TDF 2014
2. Etapa bajo el diluvio en la Tirreno 2013
3. Risoul, el día que remonta el Giro 2016

De aquí no me sacaréis....

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🎙️🎙️🎙️ El #Giro2022 llega a Iesi, y Michele Scarponni estará en el recuerdo. La carrera recuerda a uno de los tipos más excepcionales que ha dado este deporte cuya suerte acabó de forma tan trágica

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¿Qué te está pareciendo el trenecito rosa @ikguallas y cómo le están sacando provecho desde el helicóptero?
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🎙️🎙️🎙️ Check list de charla con @IgorAntonH y @PepeBrasin
1⃣ "Mikel Landa es el lider del equipo, hay fundados argumentos para ser optimistas"
2⃣ "Juanpe viene aprendido de casa y con la cabeza bien amueblada"

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#PodcastJS con @Tuvalum

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