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Ciclismo antiguo

“Vive la Vuelta con José María García”

Publicado

en

Shimano 2021 Junio

Todo listo. José María García y su equipo. Por delante del pelotón En Antena 3. En helicóptero para captar cada instante. Con coches de seguimiento, motos y un estudio móvil de 16 metros. Siga la Vuelta ciclista de 1989 al detalle”. Así rezaba la publicidad de la presencia de José María García en la Vuelta a España hace 25 años.

Para mí José María García era el líder indiscutible de la Vuelta. Con García, la carrera española vivió su época dorada. El seguimiento mediático era espectacular y las salas de prensa se quedaban pequeñas para albergar a tan alto número de profesionales de la comunicación. Primero en la modélica ANTENA3-RADIO y posteriormente en la CADENA COPE y en ONDA CERO, José María y su numeroso equipo se volcaban con la Vuelta. Nadie informaba tantas horas de la carrera, desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la madrugada. El esfuerzo era grande, pero la recompensa no tenía precio.  Tuve el privilegio de formar parte del equipo de García durante 11 ediciones de la Vuelta y debo reconocer que el ciclismo me lo ha dado casi todo. Durante esos años conocí a gente maravillosa, como los que dan pedales, los directores, auxiliares, miembros de la organización y demás responsables.

Desconozco lo que ocurre ahora, pero aquel ciclismo era muy cercano, la relación resultaba muy fluida con los equipos, lo cual no impedía ser críticos e independientes siempre que la situación lo requería. Evidentemente, unos lo aceptaban con resignación y otros pedían explicaciones al día siguiente, casi siempre de forma educada y respetuosa. García es el mejor periodista deportivo que ha existido, un visionario que revolucionó y transformó el mundo de la radio, tanto a nivel informativo como técnico. Siempre era el primero en tirar del carro. Su capacidad de trabajo era inmensa. El primero en levantarse,  el último en acostarse. Su respeto por el ciclismo era total. De hecho, durante el resto de la temporada, jamás abandonaba los estudios de la emisora para dirigir la información de un evento deportivo.

El ciclismo y la Vuelta eran la única excepción. Vivía día y noche para la carrera. En pleno desayuno ya planificaba la jornada, los protagonistas más interesantes, hablaba con los directores,  con los ciclistas y distribuía el trabajo a su gente. La perfecta coordinación del numeroso equipo y tantos años juntos, nos hacía funcionar sin necesidad de demasiadas reuniones. Las justas y necesarias. Las previas a las cronos, que resultaban ser días muy complicados,  y poca cosa más.

Confiaba ciegamente en su gente y cada cual buscaba la información a través de sus fuentes, que luego se plasmaban en antena. Siempre he pensado que a García nadie le regaló nada. Era el mejor por una razón muy simple: trabajaba más horas que nadie. Se preocupaba mucho del equipo, quería los mejores hoteles, los mejores coches y motos y  una uniformidad perfecta. No regateaba esfuerzos y nos sentíamos muy  valorados en todos los sentidos. El grupo lo formábamos 23 personas, entre informadores, técnicos, productores, conductores y personal del espectacular helicóptero que servía como enlace para las conexiones en carrera. En aquellos años, la telefonía móvil acababa de nacer y la cobertura no tenía nada que ver con la actual. Recuerdo conexiones desde los lugares más recónditos, con niebla e incluso con nieve, en aquellas vueltas del mes de abril-mayo.

Luego, en septiembre, la climatología resultaba bastante más benigna. García te lo daba todo, pero luego exigía  perfección. Quería conexiones impecables, tanto a nivel técnico como informativo. No se podía escapar una noticia, vivías 18 horas para la carrera y apenas descansabas 4-5 horas diarias. Las conexiones eran todo un espectáculo, con dos unidades móviles en carrera, dos motos, un helicóptero de enlace, tres comentaristas de primer nivel, reporteros, narradores, técnicos, productores, chóferes, hasta completar un grupo de 23 personas.

Los directores seguían la carrera por la radio de García. Tenían toda la información que necesitaban y, además, intervenían en antena a través de equipos de transmisión conectados en sus propios coches. Era la “rueda de directores”. Cuando un ciclista importante abandonaba la carrera, al minuto estaba en antena. Recuerdo la caída de mi amigo Fernando Escartín en el descenso del Cordal, bajo una intensa lluvia, camino del Angliru. El ciclista de Biescas se casaba a los pocos días y, desde la camilla de la ambulancia, camino del hospital de Mieres,  con fractura de varias costillas y con un neumotórax, tuvo los arrestos de manifestar  en directo, con un hilo de voz que “la familia y todo el mundo esté tranquilo, que la boda no se aplaza…”

Miguel Indurain,- Don Miguel, para García-, Abraham Olano, El Chava Jiménez, Roberto Heras, Fernando Escartín, Jalabert, Manolo Sainz, Belda, Míngez, Peru, Echávarri, Unzúe, Juan Fernández, Rafita Carrasco… nadie tenía un no para García. Incluso  eran habituales las conexiones con el Rey Juan Carlos o con el presidente del gobierno, dialogando y felicitando a Miguel Indurain cuando el navarro iba acumulando Tours de Francia. Una vez acabada la etapa, mi teléfono móvil recibía la llamada de García: “Oli, esta noche no puede fallar Miguel. Le quiero a las 12 en punto. Le felicitará el Rey, en directo”  Y allí nos teníais,  en el restaurante parisino de turno, gateando en plena cena, camino de la mesa del ciclista navarro, adelantándonos a la dura competencia para que José María anunciara:  “Majestad, le escucha Don Miguel Indurain…” Había llegado el momento de respirar tranquilo y soltar la tensión después de tres intensas semanas de lucha diaria. A partir de entonces, la única meta era disfrutar de la glamurosa noche parisina. Tras el programa, el jefe volvía a llamar para felicitar por el buen trabajo.

José María profesaba auténtica devoción por los ciclistas, su profesionalidad y la dureza  con la que afrontaban aquellas carreras: a los líderes por su humildad  y cercanía, a los gregarios por su fidelidad.  Recuerdo aquella acertada expresión de  “jornaleros de la gloria”.  Trabajábamos con un extraordinario volumen de publicidad, todo estaba patrocinado. Una de las cuestiones que recuerdo del jefe es que escasamente comía, para el volumen de trabajo que desempeñaba. Y cuando comía o cenaba, no estaba más de cinco minutos sentado, puro nervio. Dos huevos fritos y cerveza con hielo. Tras la etapa, al llegar al hotel, nunca podía faltar la sesión de running, junto a Javier Moracho y otros amigos. Una horita para desconectar y practicar deporte. Claro que no siempre se podía. Porque en días de fútbol, lo de García era una maratón radiofónica.

Estaba en directo desde las diez de la mañana, con  los boletines informativos. Luego, el  final de etapa, que acostumbraba a ir de tres a seis de la tarde. Tras las entrevistas en la zona de meta, una moto aguardaba para trasladarle al hotel, rápida ducha y nuevamente ante el micro para dirigir el “Tiempo de Juego”, hasta las once de la noche. Luego, rápido tentempié y a arrancar la edición diaria de  “SUPERGARCIA”, con las señales horarias de la medianoche y hasta las 2 de la madrugada en antena.

Su ritmo de trabajo era brutal, con una privilegiada agilidad mental. Todo un número uno en el trabajo, el mejor periodista que he conocido y un genio de la radio. En el capítulo deportivo lo inventó casi todo. En el fútbol,  las entrevistas a pie de campo. En ciclismo, las conexiones en directo desde coches, motos, el poder escuchar a los ciclistas hablando a través de los famosos “pinganillos”. Un espectáculo.  La Vuelta tenía un ciclista líder en la  carretera y otro en la información. El ciclismo español  y La Vuelta le deben mucho a José María. Desde su adiós, el ciclismo ha perdido fuerza e influencia mediática.

Por José Manuel Oliván, RadioMarca

Foto tomada de forodeciclismo.mforos.com

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2 Comentarios

2 Comments

  1. cronoramia

    29 de agosto, 2014 En 15:14

    Que interesante visión del «otro» lado. Gracias.
    sería interesante analizar el número de medios acreditados, periodistas las unidades móviles, horas de emisión, papeles en prensa, etc. de hace 20 años y compararla con la situación actual en que la Vuelta pasa de puntillas por la actualidad generalsta nacional.
    Una pena.

  2. Francisco Bonilla

    29 de agosto, 2014 En 17:56

    Edad de oro del ciclismo y de la radio.

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Ciclismo antiguo

Vuelta España: mis cinco mejores etapas

Publicado

en

Shimano 2021 Junio

De Rominger a Contador, los cinco mejores etapas que he visto en la Vuelta

En la elección de mis cinco mejores etapas en la Vuelta a España, esto es como todo, han jugado el recuerdo, la imaginación y los sentimientos.

Un servidor ha escogido cinco, entre las que recuerda y ha visto, y todas tienen una cosa en común, ciclismo, ciclismo en mayúsculas, de largo radio casi siempre, de horas pegado al televisor, como el otro día con Roglic y Bernal, camino de los Lagos, una etapa que por cierto podría desplazar a cualquiera de las que hemos elegido.

Ahí va nuestra selección…

Empezamos con un clásico de los tiempos, Vuelta de 1993, la penúltima en abril

Aquellas carreras eran una ruleta, a una participación internacional siempre justita, se le añadía la meteorología «primaveral».

La etapa de El Naranco se presentaba como una de las últimas oportunidades para que Tony Rominger aumentara su colchón de segundos sobre Alex Zulle, antes la crono final en Santiago de Compostela, pues aquella fue la Vuelta del Xacobeo 93, el invento de Fraga.

En el recorrido el suizo, dorsal uno a la espalda, tenía un punto clave, el descenso de la Cobertoria.

Pactó con Iñaki Gastón, uno de los ciclistas de nuestra infancia, asumir riesgos con la lluvia remojando el firme y poner a Zulle, superior en las cronos, en un brete bajando.

Y pasó, Zulle se cayó y aunque pudo continuar, perdió un tiempo que, como veríamos en la crono santiaguesa, fue clave.

La persecución que se estableció entre Rominger y el resto fue una de las grandes antologías de mi niñez ciclista, un día de esos que por mucho que pase el tiempo, casi treinta años, no se queda en el olvido.

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Nos vamos unos años más adelante y recordamos el día que la Vuelta abordó por primera vez el Angliru

Año 1999, una carrera apretada de grandes nombres pujando por ella.

Otra vez Asturias y otra vez el diluvio: el Angliru tomaba tanto protagonismo como los mismos corredores, un puerto que fue portada de diarios por sus porcentajes brutales.

El desenlace del Chaba, rebasando al final a Tonkov, está rodeado de tanta confusión como la nieblina que cubría la cima, sin embargo, quienes tenemos cierta memoria, recordamos pocos días en los que el ciclismo hubiera estado tan presente en todos los lados, en un tiempo en el que la popularidad de este deporte no era la mejor, veníamos del Tour del 98 y Lance Armstrong acababa de iniciar un reinado hoy borrado de los libros de historia.

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En linea cronológica pegamos un buen salto para irnos a la Vuelta de 2012

Tras varias llegadas en cuestas de cabras, la carrera afrontaba la jornada de Fuente De con la sensación de que lo gordo había pasado.

Nada más lejos de la realidad, el líder Purito vio cómo en el encadenado de puertos de segunda, Contador le lanza varios ataques que responde con solvencia.

Son tantos los acelerones del madrileño que Purito le deja ir en uno de ellos para dar forma a una de las grandes etapas de siempre en la Vuelta.

El error de Purito es tangible, Contador tiene compañeros por delante y aliados como Tiralongo con los que abre camino para lograr, en la jornada menos decisiva sobre el papel una victoria total, etapa más sentencia de una Vuelta que parecía tener dueño.

A los tres años, la Sierra de Guadarrama vio como Fabio Aru remontaba la antológica crono de Burgos de Tom Dumoulin en una etapa de esas que enamora en todo, por delante una fuga única de Rubén Plaza y por detrás Astana disponiendo sus mejores galas para cortar a Dumoulin, completamente aislado.

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Y como muesca final para demostrar que las mejores etapas que hemos visto en la Vuelta no han sido las de las cuestas imposibles, el final de Formigal en 2016

Aquello fue un homenaje al gran Fuente en el mismo sitio que perpetró una de sus mejores obras.

Un Team Sky, inexplicablemente relajado en la salida, no se percata que Alberto Contador arma una escapada en la que se mete el propio Nairo Quintana, el gran rival de Froome.

En una jornada excelsa de ciclismo, con un tipo llamado Jonathan Castroviejo, entre otros, haciendo otro monumento al esfuerzo, Nairo le mete a Froome el tiempo suficiente para que el inglés ni siquiera sueñe en remontarle con su estratosférica crono unos días después.

Estas son las cinco nuestras, que serían seis con la obra de arte de Roglic & Bernal en los Lagos, ahora pensad en las vuestras…

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Ciclismo antiguo

Las primeras Vueltas en los Lagos de Covadonga

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Shimano 2021 Junio

En los Lagos de Covadonga el ciclismo se vestía de gala

Aseguraban desde la moto, Emilio Tamargo en concreto, aquella tarde de abril de 1985, que algunos colombianos ponían una corona de 22 para subir a los Lagos de Covadonga.

Era el tramo más duro de aquella etapa con final en los Lagos, en la Vuelta del 85.

Robert Millar, de quien bromeaba Angel María De Pablos, con música de fondo, que iba bien «especialmente por el whisky», hizo un derroche en aquella subida que llevaba primero a Ercina, luego a Enol.

Millar, que con el tiempo sería Philippa York, apuraba aquellas rampas imposibles de Covadonga, imposibles para la época.

Un 15% entonces era el 22% de ahora.

Aquella subida a los Lagos de Covadonga era silvestre, salvaje, con los primeros hervores de la primavera, un sol que no siempre fue tan generoso hacia la cima la asturiana, y de lana y acero.

La gente del ciclismo somos curiosos: vemos hoy aquella subida, hace ya 35 años a los Lagos, y decimos aquello sí que era ciclismo.

Con una pléyade de nombres, Álvaro Pino, Raimund Dietzen, Fabio Parra, Peio Ruiz Cabestany, Perico Delgado, Pedro Muñoz… que eran mitos en vida, adorados en las llegadas y salidas de media España, aquel ciclismo posiblemente sería peor que el actual, pero sí que estaba más interiorizado entre la gente,

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Bahamontes se lamentaba que hubieran tantos juntos, tan cerca de meta, él tan racial, tan de romperlo todo cuando se terciaba.

«Hay que hacer hueco en las rampas duras» repetía Bahamontes, con Jesús Álvarez desde el estudio.

Y sí, vemos aquellas imágenes y nos entra nostalgia, esa carretera que dudo no tuviera boñigas de vaca entre los socavones del frío y el invierno, esos maillots, esas retransmisiones sin conocer el recorrido, como las actuales, en las que el periodista de meta, Alberto Barcia se picaba por que había compañeros muy agresivos para conseguir las palabras del ganador.

Pero ya entonces recuerdo, lo mucho que nos gustaría saber sobre los ciclistas, su vida menos pública, sus entrenamientos, los lugares por donde competían, tener 24 horas de ciclismo, como puede suceder hoy en día.

Entonces queríamos lo de hoy, hoy queremos lo de entonces, somos así, inconformistas, nunca es suficiente, y si nos permitís viajaremos a la primera vez que los Lagos de Covadonga iluminaron la televisión y la historia de la Vuelta.

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Recuerdo perfectamente aquel día de primavera del año 1983.

Por primera vez la Vuelta se retransmitía en directo por TVE.

La expectación era enorme.

Nadie conocía aquella subida que iban a afrontar los corredores.

Decían que era muy dura.

Y muy bella.

No decepcionó a nadie.

Aquella tarde pegado a la pantalla de televisión asistí al nacimiento de una estrella en la montaña asturiana de los Picos de Europa: los Lagos de Covadonga, y también por extensión al ganador de aquella épica jornada: Marino Lejarreta, que dio toda una exhibición en sus espectaculares rampas batiendo en los porcentajes más duros al mismísimo Hinault.

Desde entonces la leyenda de los Lagos creció a pasos agigantados y ganar en su cima daba prestigio y se convirtió en toda una hazaña para todos los que alzaban sus brazos junto al lago Ercina.

Por recordar algunos pocos, y épicos nombres, me vienen a la memoria ciclistas como Perico, Millar, Lucho o Pino. Vencer allí arriba, a 1070 metros de altitud, no era fácil en los años 80 que tenían que mover desarrollos mucho más duros que los de hoy en día para superar muros como la Huesera o el Mirador de la Reina que por aquel entonces, muy lejos aún de los descubrimientos de Mortirolo, Angliru o Zoncolan, eran paradigmas de dureza extrema ya que no se conocían los exagerados porcentajes que actualmente sufren los corredores.

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Ascender los Lagos en aquella época era el sueño dorado de muchos iniciados al cicloturismo que, como yo, veíamos en fotos las imágenes de aquella espectacular ascensión. En mi caso fue una que debí ver en alguna de las muchas revistas que tenía por ahí amontonadas.

En la imagen tres cicloturistas, de espaldas y sobre las monturas de sus bicis, contemplando el hermoso lago de Enol.

El de en medio apoyado en sus dos compañeros, manteniendo el equilibrio.

No se les veían las caras, pero era fácil imaginarlas.

Una estampa preciosa.

Esta fue mi primera visión onírico-cicloturista que resumía a la perfección los valores que buscaba en este deporte: amistad, satisfacción, naturaleza y esfuerzo, el que suponía llegar en bici hasta la orilla de los lagos, y me dije: “yo quiero estar ahí”.

No tardé en cumplir aquel deseo junto a otros tres amigos y recuerdo, una vez superadas sus cuestas más duras, descender un corto pero duro repecho que nos mostraba, allá abajo a la derecha, en medio del verde asturiano, el anhelado lago.

¡Ya me encontraba allí! Pero para coronar la mítica montaña teníamos que llegar hasta arriba.

No pudimos ver bien el lago de la Ercina ya que una espesa niebla nos lo impedía.

Dimos media vuelta y la foto de rigor nos la hicimos donde años antes soñaba con estar.

Un paraje venerado por muchos asturianos que año tras año han puesto el nombre de Enol a sus hijos.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de www.eyeonspain.com

 

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Ciclismo antiguo

Lo de Rominger y la Vuelta fue un win-win

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Shimano 2021 Junio

Las comparaciones de Roglic con Rominger en la Vuelta están justificadas

Cuando pones «Tony Rominger Vuelta» en Google, el buscador te sugiere Primoz Roglic y no es pos casualidad.

Desde hace algún tiempo, escucho y leo cada vez más opiniones que hablan de dos ciclistazos que comparten muchas cosas, además de un evidente amor por la Vuelta ciclista a España.

Con Rominger y Roglic tenemos hasta la fecha una reivindicación de grandes ciclistas de siempre, con un palmarés espectacular que no necesitaron de ganar el Tour para estar en corazón del buen aficionado.

A media carrera de acabar la Vuelta 2021, Roglic va a por la tercera, lo que le equipararía a Rominger.

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El esloveno, como el suizo, ha encontrado en la grande española su teatro natural de operaciones, una carrera amiga con la que ambas partes salen ganando.

Es un win-win, una simbiosis perfecta, la carrera incrementa prestigio con ellos en el palmarés, y ellos engrosan el suyo en una gran vuelta.

En el caso de Tony Rominger, hay que decir que la Vuelta encontró una mano amiga que le fue muy útil.

Hasta inicios de los noventa, no fueron muchas las estrellas extrajeras que hacían parada obligatoria en España para ganar la Vuelta, como mucho Bernard Hinault, que se desgració la rodilla en aquella del 83, y posteriormente Kelly y Herrera.

Las estrellas mayores se identificaban más con el Giro, para competirlo o simplemente calentar para el Tour.

Rominger fue otra cosa para la Vuelta.

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Su fichaje por el equipo que caía bien a todos, el Clas Cajastur, fue un pelotazo de cuyos pormenores no estamos enterados, pero que darían para un serial, pues explicarían cómo uno de los mejores ciclistas del mundo deja las huestes de lo que sería ese año el Gatorade y se entrega a un equipo con sede en Asturias de tamaño medio-alto, pero para nada top mundial.

El fichaje de Rominger por Clas le centraba, claro está, en la Vuelta, como primer y gran objetivo de la campaña.

Luego si eso… el Tour.

Y lo hizo bien, ya lo creo que lo hizo bien.

Tony Rominger llevó el nombre de Clas hasta lo más alto de la Vuelta tres veces seguidas.

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Las Vueltas de Rominger fueron, curiosamente, las últimas de abril…

Su dominio fue de menos a más.

Si a la edición de 1992 aterrizó a ver qué pasaba, la última que ganó, la de dos años después no dio ni opción ni respiro a los rivales.

En 1992, Tony Rominger lideró la conquista astur de la Vuelta con una carrera cuyo éxito basó en terreno que en teoría le era hostil, la etapa de Luz Ardiden, entre la niebla, antes de remontar en los Lagos para contener la diferencia de Perico.

En la crono definitiva, daría cuenta del amarillo de Jesús Montoya para auparse en el podio de la carrera en el año olímpico.

La siguiente edición sería extraordinaria en el mano a mano con Alex Zulle.

El de la ONCE llevó toda la carrera, literalmente a Rominger, hasta que en un mal paso en el Naranco, Zulle se fue al suelo por los riesgos que tomó Rominger en el descenso de la Cobertoria.

Qué día aquel en el Naranco, qué cabreo de Manolo Saiz viendo cómo la afición llevaba en volandas al suizo de su equipo.

Un día de curiosa unión de una zona en concreto con un equipo ciclista.

La última Vuelta de Rominger fue un castigo.

Para ser breves: líder de inicio a fin, seis etapas y un podio decidido por siete y nueve minutos sobre Mikel Zarrabeitia y Perico Delgado, respectivamente.

Casi treinta años después, aún recordamos aquellas carreras, ediciones que cambiaron el paso de la Vuelta y que nos puso a Rominger en el corazón de muchos, tal y como sucede hoy con el amigo Roglic, el corredor que ha hecho de España su baza segura.

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Aristidis Konstantinidis firmó el oro inaugural olímpico de ciclismo

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Shimano 2021 Junio

Konstantinidis fue el primer campeón olímpico en ciclismo allá en Atenas 1896

Vamos de viaje a la primera vez que hubo un meta olímpico en juego en ciclismo.

Hace más de 2800 años, Grecia albergaba la celebración de los Juegos Olímpicos de la Era Antigua.

Las olimpiadas, tal y como las conocemos hoy en día, en realidad, nacieron en el año 1896, dirigidas por el Barón Pierre de Coubertin, quien encabezó a principios de la última década del siglo XIX el movimiento de su recuperación.

La sede elegida para esta primera edición de la era moderna no podía ser otra; Atenas

Cabe indicar que solo cuatro años antes había visto la luz la Asociación Internacional de Ciclismo (ICA), que fue el primer organismo internacional de carreras ciclistas, y antecesor de la actual UCI.

Dato que nos indica cuál era la situación del deporte de los pedales en ese momento, que aunque existía desde hacía alguna década, apenas empezaba a dar sus primeros pasos de manera regulada y oficial.

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Concretamente en el país heleno, se calcula que a finales de ese siglo en la capital ateniense habían unos 2000 ciclistas de todas las edades, de los que entre 300 y 400 poseían su propia bicicleta, que utilizaban con asiduidad.

Mientras tanto, las féminas apenas superaban las cincuenta, y la mayoría procedentes de países extranjeros.

Para esta primera cita olímpica, se organizaron un total de seis pruebas diferentes, que se distribuían en cinco de pista, y otra en ruta.

Esta última tuvo lugar el 12 de abril, y comprendía el recorrido de Atenas – Maratón – Faliro, constando de un total de 87 kilómetros

En la línea de salida se encontraban tan solo siete ciclistas, procedentes de tres países diferentes: Alemania, Gran Bretaña y Grecia.

Precisamente de este último era Aristidis Konstantinidis.

Natural de la localidad chipriota Lefkoniko, cuenta la leyenda que fue uno de los primeros en traer una bicicleta al país.

Lo que sí es innegable es que fue uno de los pioneros de este deporte, siendo el fundador de la Asociación de Ciclismo de Atenas en 1891, y la Compañía de Ciclismo de Atenas.

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Desde el comienzo de la prueba, Konstantinidis estuvo comandando la carrera en todo momento, aunque seguido muy de cerca por el austríaco August Gentrich, y el británico Edward Batel, empleado de la embajada británica en Atenas.

El final de la primera mitad se situaba en la ciudad de Maratón, lugar en el que se encontraba el giro de retorno, y el punto de control establecido por el comité organizador, en el que los participantes debían certificar su paso antes de emprender el regreso.

Tras la pertinente firma, y escasos segundos después de iniciar la marcha, la bicicleta de Konstantinidis sufrió una rotura que la hacía totalmente inservible para seguir en carrera.

Es entonces cuando, tras unos minutos de confusión, y cuando ya lo creía todo perdido, finalmente terminó consiguiendo una nueva montura que le prestó un transeúnte.

Todo ese valioso tiempo fue aprovechado por el británico Edward Batel, quien le adelantó, aunque con ello nada se había decidido todavía.

A apenas unos pocos kilómetros de la línea de meta, fue Batel quien tuvo una caída mucho más grave, de manera que estando a punto de ser campeón olímpico, finalmente acabó siendo 3º, al adelantarle Konstantinidis (1º) y Gentrich (2º).

 

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Cuentan algunas crónicas de la época que la entrada de Konstantinidis a Atenas fue recordada muchos años después.

Las magulladuras sufridas en la caída, las escandalosas heridas sangrantes que le habían provocado, y el polvo de las carreteras de la época que llevaba adherido a cada centímetro de piel, ofrecieron a los espectadores una estampa de esfuerzo y épica tal, que convirtieron a esta medalla de oro en una de las más famosas de aquella primera edición de las olimpiadas.

Imagen: Wikipedia

Por Jonathan Martínez

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