Ciclismo
El Tour en Le Lioran, el penúltimo bastión de Vingegaard
Cómo no acordaros de la última llegada a Le Lioran
La memoria en el ciclismo es un arma de doble filo.
Funciona como combustible para el orgullo, pero también como un mapa exacto de las cuentas pendientes.
Tadej Pogacar ha dedicado gran parte de su trayectoria reciente a tachar de su lista aquellos lugares donde la vulnerabilidad le jugó una mala pasada.
Lugares marcados a fuego donde Jonas Vingegaard, en su momento de máxima plenitud, logró empujarlo más allá de su propio límite físico y mental.
Sucedió en las rampas de Hautacam, ocurrió en las alturas del Col de la Loze y se repitió bajo el sol abrasador del Mont Ventoux.
Territorios hostiles en los que el ciclista danés le obligó a doblar la rodilla.
Sin embargo, hay una espina clavada con especial saña en el corazón del Macizo Central francés.
Hace dos temporadas, la aproximación a la estación de esquí de Le Lioran albergó un duelo que rompió los esquemas del esloveno.
En aquella ocasión, Pogacar ejecutó una ofensiva lejana, un movimiento cargado de vistosidad pero tácticamente precipitado.
La cabalgada terminó costándole la energía de reserva y propició que Vingegaard, con un ritmo milimétrico y calculador, neutralizara la brecha paso a paso, hasta superarle en el sprint final sobre la misma línea de meta.
Fue una lección de frialdad frente a la impulsividad.
El Tour de Francia regresa a ese mismo escenario con la décima etapa, un trayecto de 166,6 kilómetros que se inicia en Aurillac y concluye en Le Lioran.
El diseño del recorrido es una trampa continua para los ciclistas.
Tras un inicio engañoso y relativamente cómodo de sesenta kilómetros, el trazado se adentra en un terreno implacable donde no existe el llano.
Siete dificultades montañosas aguardan en la segunda mitad de la jornada, acumulando un total de 3.800 metros de desnivel positivo.
Es un constante sube y baja que va minando las piernas antes de afrontar el bloque decisivo.
El desenlace de la etapa se concentra en un encadenado final de puertos de máxima exigencia.
El Puy Mary, de primera, con sus 7,8 kilómetros al 6% de pendiente media, rompe las hostilidades.
A renglón seguido, los corredores encaran el exigente Col de Pertus, una ascensión corta pero muy dura con rampas que promedian el 8,5%, ideal para que los escaladores más explosivos marquen las diferencias.
La jornada se corona tras superar el Col de Font de Cère y un último repecho de quinientos metros al 7,4% de inclinación.
Este escenario ofrece a Pogacar la oportunidad idónea para ajustar las cuentas pendientes en el asfalto donde el danés le dejó con inseguridades antes de que Pogacar revantara la carrera en los Pirineos.
Por cierto que sólo quedaría un «sitio negro» para Pogacar: El Col du Granon.
Imagen: A.S.O./Billy Ceusters







