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Mundo Bicicleta

El palo a Contador despierta los más bajos instintos patrios

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DT – 2022 post

Esta semana se está haciendo muy larga. La noticia que saltó el lunes a mediodía abrió una caja de pandora de diferentes aristas que amenaza con despistarnos  de lo realmente importante.

Lo que era un secreto a voces toma forma de constatación. Hablemos claro, más allá de los Pirineos, la marca deportiva “España” chirría, y en ciclismo más. Un sondeo entre periodistas, managers y demás es inequívoco. No valoramos que sea cierta o no esa impresión, sencillamente nos sobrepasa tal juicio. ¿Por qué? Porque ninguno de nosotros está en la intimidad del deportista, ni entre sus acólitos, si quiera en su entorno medio. Valoramos y luego sentenciamos sumidos en el mayor desconocimiento y ello genera situaciones como las que estamos viviendo estos días.
Sutilezas para que os quiero
Al parecer en Canal + Francia le ha pillado gusto a meter mierda sobre el deporte español. Jeringas, orines, tacos patrios,… aderezados con dosis de mal gusto: “Lo único no dopado el España es su economía” ignorando el drama de muchas personas. Realmente, nos debe resbalar lo que digan más allá del macizo pirenaico en todo aquello que tenga que ver con la sátira y escarnio. En España, nuestro humor no se distingue por sutilezas muy diferentes.
Más preocupante resulta lo que ocurre en la península que no es poco. El palo venido del TAS ha disparado costumbres ancestrales como aquello de “leña al francés” que se instaló en la guerra de la independencia en circunstancias trágicas para el país. No lo olvidemos, el deporte no es trascendente.
La ajetreada historia de vecindad de ambos países goza ahora de un nuevo capítulo, éste 2.0, con un flashazo transversal sobre lo mejor y más granado de la maquinaria mediática de España. Cuando en Gran Hermano o en el Hormiguero se habla de Alberto Contador malo, malo, malo. Y se ha hecho, oyendo en boca de quienes creemos inteligentes barbaries contra el vecino del norte. En redes sociales mejor no arrimar el morro.
Obviamos la nota de uno de los doctores más reputados en Francia sobre lo desproporcionado de la sanción, así como el descredito arrojado sobre Jan Ullrich, siete años después, sancionado no sé a qué, quizá a no ir a buscar el pan en bicicleta. También omitimos como comentó Antonio Alix en twitter que en Noruega se nos considera el país con mayor afinidad en el dopaje, superando a estados cuyo tufo se palma a distancia, dígase China o Rusia.
Contrariamente a lo previsible, hay una corriente minoritaria en esta historia. Un hilo de vida más allá de la carnicería que estamos presenciando. La gente del ciclismo, el aficionado fiel, el de verdad, lo ve con otros ojos. Valora las pruebas, las circunstancias, objetiviza,… incluso en momentos duros para quienes estiman este deporte. Darse una vuelta por Parlamento Ciclista, donde también hay una buena liada sirve para corroborar tal percepción.  Bien por la parroquia más fiel.
En resumen, ¿qué hacemos para justificarnos? Patada adelante y tentetieso. ¿Es la mejor estrategia? Parece que no.

Como complemento os dejo este artículo publicado por un servidor en la web mejicana www.labicicleta.org

España quiere creer a Contador


España vive desde hace unos años un momento dulce en el deporte. Un movimiento surgido desde hace veinte años, con motivo de los Juegos Olímpicos de Barcelona, que pasado este tiempo camina con paso firme en diferentes frentes. Ello, se sospecha, levanta suspicacias en el entorno y se agudiza en el caso del ciclismo. En este deporte España ha amasado las mejores carreras del mundo, sobre todo desde la primera retirada de Lance Armstrong en 2005. Las emisiones de Canal + Francia los días posteriores aludiendo mediante jeringuillas algunas de las personalidades nacionales como Pau Gasol, Rafa Nadal o Iker Casillas, ha avivado si cabe los ánimos de tal manera que dichas emisiones quizá hayan sido visionadas más en España que en país de origen.
Volviendo al principio, tal ejercicio de dominio ha levantado ampollas, y parte de la culpa de tal evento surge con la famosa Operación Puerto, una ejercutoria policial desdichada que sesgó la trayectoria de los dos mejores ciclistas del momento, Jan Ullrich -ahora también sancionado- e Ivan Basso, sin casi rozar a las grandes figuras españolas por mucho que los pseudónimos utilizados para descubrir a los citados no valieran para dar con otros nombres, por cierto no todos de ciclismo se dijo en un primer momento. Ello fue óbice para que desde diferentes países se sembrara la sospecha sobre las grandes bazas del ciclismo español. Fruto de aquellos pagos emergió la sanción a Alejandro Valverde y ahora a Alberto Contador.
La gota que ha colmado el vaso ha sido precisamente este último extremo. El fallo adverso para Contador ha alzado grandes emblemas de la cultura ancestral hispana, como adversaron a todo lo francés y la envidia que se dice se nos tiene desde fuera. La repercusión ha sido transversal, a la divagación propia de la prensa deportiva, acentuando los errores y nos las evidencias que pesaban sobre el corredor, se ha unido una campaña que ha hilado programas y emisiones de muy diverso pelaje, algunos totalmente ajenos al mundo del deporte y de consumo masivo.
El matiz  de una intencionalidad no probada de dopaje ha sido el más manoseado por la opinión pública sin reparar que un ente como el TAS ejecuta según el hecho probado y no sobre la intencionalidad o no. En este caso el hecho probado es el clembuterol en el cuerpo para desgracia de Contador. Y es que el madrileño, el mejor ciclista de su generación, llevaba tiempo en el disparadero con diferentes relaciones tenidas por sospechosas desde el extranjero. Sus inicios con Manolo Saiz, la convivencia con Lance Armstrong, la pertenencia a un grupo controvertido como Astana, el fichaje por Rijs,… todo hizo indicar que Contador estaba siempre en el sitio equivocado en el momento inoportuno, por eso esta sanción era más que temible.
Para el ciclista no obstante queda un doble sabor, uno el de la total presunción de inocencia que le otorga gran parte de la opinión pública española y el otro el de perder todo lo ganado desde que surgiera su caso en septiembre de 2010, algo por otro lado comprensible. A pesar de haber anunciado querer ir hasta el final, seguramente, y vistas las casi nulas opciones de alargar el tema, el corredor piense ya en su regreso dentro de seis meses en vez de enfangarse en más líos jurídicos.
Enlace para ver nota original
Como siempre, te haya gustado o no, aquí lo puedes expresar.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Santiago Rios

    10 de febrero, 2012 En 10:30

    MeXicana por favor jaja

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Destacado

Vigorelli

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DT – 2022 post

Vigorelli es historia universal del ciclismo, pura y dura

Lo que significa el Vigorelli no es exclusivo de Milán y sí para todo el mundo del ciclismo: es Historia.

Además, en el caso particular de Milán, Vigorelli no es sólo algo monumental, también es una historia actual, podríamos decir que una oportunidad. En los últimos 15 anos Milán, como muchas ciudades de Europa, se ha llenado de bicis y en particular las bicis de pista.

Hay un movimiento «fixie» que involucra todo el mundo, con muchos jóvenes (y menos jóvenes) que no quieren competir en critérium, pero les gusta el piñón fijo y la cultura de la pista. El Vigorelli es una oportunidad para ellos, como es una ocasión para dar espacio a los niños y a los ciclistas más pequeños para tener un lugar seguro donde aprender este magnifico deporte. Las carreteras en Milán y alrededores son peligrosas.

Vemos que muchos equipos juveniles han cerrado o están en crisis muy profunda: las familias prefieren que los niños jueguen a fútbol o hagan natación, por el riesgo en las carreteras. Nosotros (y el Comitato Velodromo Vigorelli) siempre hemos visto Vigorelli como a la «casa del ciclismo milanés» por eso: a partir de su magnifica historia, en el futuro el Vigorelli deberá que acoger todos esos ciclistas. Hay mucho hambre de ciclismo en Italia y Milán: Vigorelli es el destino final.

La última vez que unas bicis corrieron por el Vigorelli fue al 11 de septiembre del 2001. Después la pista quedó más o menos abandonada, mientras que la estructura fue utilizada por el fútbol americano (un equipo que juega en este campo desde más de 25 años) y otros eventos. Abandonada sin solución, la pista se degradó, con la madera muy estropeada. Pero lo más grave fue que Vigorelli estaba cerrado al ciclismo, y sin ciclismo no había interés en la pista.

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Los ciclistas de Milán llevaban cinco años pidiendo una restauración y una reapertura. Tuvimos que esperar hasta al 2013 cuando una gran empresa de construcción, la que gestiona los rascacielos aledaños al velódromo, ayudó al ayuntamiento para renovar la estructura. El ayuntamiento lanzó una convocatoria publica para los trabajos y premió un proyecto que quería destruir la pista y hacer un pequeño estadio para fútbol americano y rugby, además de competiciones caninas.

Ante estas terribles perspectivas, el ciclismo local se movilizó solicitando que la pista del Vigorelli fuera reconocida como un monumento histórico, sin posibilidades de destruirla. Por suerte, hemos encontrado un ministro que nos atendió, y ahora Vigorelli es un monumento y nadie puede tocarlo para transformarlo en otra cosa. En ese momento, el ayuntamiento empezó a trabajar junto con los ciclistas y puso parte del dinero en un proyecto de restauración que está a punto de acabar.

Salida de la última Milán-San Remo

Ahora mismo queda mucho trabajo: por lo menos un mes de trabajo en la pista, todo el verano para los trabajos en el campo, y luego casi dos años más en las gradas, los vestuarios y el resto.

Lo más importante es que el renovado Vigorelli sea un velódromo abierto a los jóvenes, a los equipos, pero también a la gente que quiere pedalear, entrenarse y divertirse. Claro hay que pensar en las competiciones: como sabéis el Vigorelli es un velódromo «viejo», abierto y con una pista de 397 metros. No puede acoger unos mundiales o unos JJOO, pero es posible hacer todas las otras carreras: locales, nacionales e internacionales.

Tenemos el ejemplo del velódromo de Fiorenzuola, cuyos «Seis Días» siguen desde el 1998 siendo la competición en pista más importante de en Italia habiendo desfrutado de Hoy, Cavendish, Wiggins, Cipollini, Llaneras, Galvez, Risi, Lombardi, Collinelli, Martinello y Viviani. Todos han pasado por ahí. Igual que el Red Hook y otras carreras tipo criterium. El Red Hook de Milán es el segundo más viejo del mundo llevando más de 2.000 personas a la calle.

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Si Milán es la capital italiana del ciclismo de carretera porqué no acoger el Giro del centenario o la salida de la Milán-San Remo. Sólo hay que quererlo.

Como os podéis imaginar, Italia está llena de lugares históricos para el ciclismo. Cada uno tiene su historia. Nosotros tenemos un vínculo muy fuerte con el Museo del Ghisallo, que creemos debe ser uno museos de ciclismo más importantes del mundo. En Ghisallo el Museo está vivo aùn, pero necesita dinero para vivir. Sería suficiente con que los italianos lo vivieran como lo sienten todos los turistas que van allí desde el extranjero.

Nos gustaría que después de Vigorelli otros velódromos volverían a ser abiertos. Hay un montón de velódromos cerrados, y muchos en malas condiciones pero con grandes historias. Hablo de Varese, con un proyecto de demolición encima de la mesa, y el Motovelodromo Fausto Coppi de Turìn, ahora abierto por una asociación pero con la idea de un supermercado en su lugar. Estoy seguro que esto no es un problema solo de Italia, pero creo que la gente tiene ganas de velódromos, de bicis, de pedalear con una joya. Conservar lo que ya tenemos, como nuestros velódromos históricos, mirad lo que hicieron en Herne Hill en Londres. Esta sería la mejor manera para empezar nuestra pequeña revolución.

Por Filippo Cauz

Imagen de Emanuele Barbaro

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Mundo Bicicleta

El último kilómetro del Portalet

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DT – 2022 post

En el Portalet el ciclista saborea el paisaje con mayúsculas

Se me acercó y me ofreció una barrita energética. No la conocía de nada, pero allí estaba, a mi lado. Se la acepté gustosamente con un “gracias”, conteniendo casi la respiración y tragando saliva. No debería tener más de 30 años, o al menos eso aparentaba. Su melena rubia se dejaba caer justo hasta media espalda, y el viento jugaba entre sus rizos, al compás de su elegante pedaleo.

¡Vaya clase! Su maillot sin mangas, y su culote ajustado, insinuaba su hermosa figura. Sus piernas, morenas y robustas, eran la admiración de todos los que nos adelantaban. Una chica guapísima que, bajo sus gafas de sol, me esbozaba una tímida sonrisa. Nos encontrábamos a punto de entrar en el último kilómetro para coronar el Portalet. Quizás me había visto algo tocado, por otro lado normal, al menos para mí, a estas alturas de marcha.

Y es que, como cada año, allí estaba, rodeado de miles de cicloturistas que como yo, cumplíamos el sueño de vernos allí, pedaleando por este hermoso collado, bajo los ánimos de cientos de personas, amigos y familiares, que se han instalado en las cunetas, para darnos aliento en estos últimos mil metros de puerto, creando un ambiente festivo como si del mismísimo Tour se tratase. Mis sensaciones son las de siempre: verme allí, ascendiendo el Portalet nuevamente, pero como si el tiempo no hubiera pasado y allí estuviera eternamente escalándolo, echando la vista atrás y contemplando la belleza del puerto con sus hermosas praderas verdes, sus riachuelos, su cielo azul, y al fondo la carretera, abriéndose paso entre las montañas, con un rosario de ciclistas, tanto por delante como por detrás, subiendo muchos a un paso cansino, otros a un ritmo mejor, y algunos, los menos, como auténticas motos.

En este escenario cabemos todos. No sé porqué pero aquella chica no se separaba de mi lado y varias fueron las veces que la animé a que continuara a su ritmo, porque sin duda parecía que iba como un tiro. Pero siempre declinaba la invitación y prefería que coronáramos juntos el puerto. “Así vamos bien” –me decía. Un ángel, eso es lo que era, un ángel en bicicleta… qué estilo, qué elegancia, qué belleza… Y yo llevando como siempre también, el mismo desarrollo con el que había subido el Marie Blanque…

Al pasar por fin por el mojón de “último kilómetro”, me animo algo más, bajo un par de dientes y me incorporo en la bici, pegando algunas pedaladas en “bailón”. No sabía cómo, pero no quería quedar mal delante de la chica… Y así, a un ritmo más alegre, íbamos charlando, “empujados” por el aliento de la afición, en su mayoría vascos, que con sus banderas ondeando al viento, sus colores y sus gritos (“aúpa, aúpa, campeones…”) nos iban dando alas en la ascensión. ¡Qué afición la vasca! Sin duda para mí, la mejor del mundo.

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A estas alturas de puerto el gentío es impresionante. Auto-caravanas aparcadas en las cunetas, coches, tiendas de campaña, mesas y sillas de camping, parasoles… todo vale para contemplar uno de los mayores espectáculos cicloturistas del mundo. Alguien se me acerca y me ofrece una ¡tajada de melón! “No, no, gracias” –le digo amablemente, y es que aún recuerdo la última vez que comí melón en una marcha y luego bebí agua, ¡estuve una semana de baja con gastroenteritis! Ahora hay unos cuantos que corren a nuestro a lado (“aúpa, aúpa…”). Desde luego si hay algo parecido al Tour para el cicloturista, sin duda lo encuentra aquí.

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500 metros y coronamos. Este año parece que en este tramo vamos algo mejor. El viento que tanto nos había castigado en el ascenso al Somport, y el frío, se había puesto de nuestro lado, echándonos una mano en este tramo final, acompañado por un sol que se agradecía, ya que tampoco calentaba demasiado. Estábamos a una temperatura ideal para pedalear, y no como otros años que en el Portalet nos cocíamos vivos. A pesar de esto, los rayos del sol eran lo suficientemente cálidos para que muchos dejaran lucir sus cuerpos al aire, quedando rojos como gambas, sobre todo algunas chicas en bikini que llevaban desde no sé qué hora luciendo palmito, para goce de muchos ciclistas que se entretenían con la bella vista.

Y así seguíamos, mi acompañante y yo, recogiendo muchos de los ofrecimientos de la afición: agua, alguna coca-cola, algún aquarius… todo fresquito, qué bien sienta. Algunos jóvenes, y no tan jóvenes, disfrutan de su particular “botellón”, bebiendo cervezas, pero siempre gritando y animando, animando… ¡no se cansan nunca! “¡Qué espectáculo!”-me comenta la chica, “sólo por disfrutar de este ambiente vale la pena venir aquí”. Y es que se ven escenas de todo tipo, desde el cicloturista que, tumbado en la calzada, le hacen un masaje, desde el que se detiene un momento para saludar a la familia, o para besar a la novia (¡qué bonito!), los que reciben llamadas al móvil (“tranquila cariño, estoy a punto de coronar el Portalet…”), los que, exhaustos, le dicen a su bici “mírate bien el paisaje, porque es la última vez que pasas por aquí”.

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Exagerados… seguro que cuando lleguen a casa ya están deseando volver el año que viene. La gente nos sigue llevando en volandas y empujando hacia arriba, cada vez animando más (“venga, venga, doscientos metros y ya estáis”, “venga campeones”, “aúpa, aúpa…”, “venga valientes, no queda nada”…). La gente nos sigue ofreciendo de todo: periódicos para la bajada, más melón, más agua… Algunos incluso nos quieren “empujar” literalmente: “no, no, por favor…”. Ni sabemos la de veces que habremos dado las gracias hoy, a toda esta gente que nos anima.

Es impresionante. Y efectivamente, ya no queda nada, y aquí sigo al lado de este ángel que me está robando el corazón y el de la gente que la jalea: “¡guapa, guapa! ¡neska polita!”. 100 metros y arriba. Ya se ve el final. Pedaleamos por un pasillo humano y, como no podía ser de otra manera, un hermoso ejemplar de quebrantahuesos planea, majestuoso, sobre nuestras cabezas. Un entorno idílico. Aceleramos, avivamos el ritmo y… se acabó. Hemos coronado.

Hay un gentío enorme. Estamos en la frontera. Paro un momento a ponerme el chubasquero pues se intuye que en el descenso hará fresco. Me giro para darle las gracias a mi fiel acompañante, en estos maravillosos mil metros de ascensión, y que no hubieran sido lo mismo sin su compañía. Lo hago para ver también si se va a abrigar o no. Me giro y no la veo. La busco y nada. No está. Tal y como apareció se ha desvanecido. ¿Habrá iniciado ya el descenso? Imposible… ¿Habrá sido todo un espejismo? ¿Un sueño? ¿Una aparición? ¿O quizás un ángel? Lástima, yo que quería haberle pedido su número de móvil y ni siquiera me ha dicho su nombre.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de www.lespyrenees.net

 

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El padre de la Quebrantahuesos

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DT – 2022 post

El creador de la Quebrantahuesos es Luis García Landa

Si hay alguien en este país responsable de que año tras año miles de ciclistas nos hayamos ilusionado por el cicloturismo y aceptado el reto de finalizar una de las marchas con más renombre mundial, no es otro que Luís García Landa. Y es que este deportista altoaragonés de Biescas, pero residente en Sabiñánigo, es el auténtico padre de la Quebrantahuesos junto a su esposa Tere, su amigo José Antonio Ferrer y el entonces presidente de la peña J. Navasa.

Luís llevaba varios años participando en la Marmotte y siempre había pensado para su tierra el trasladar la idea: organizar algo bonito, no sólo en el aspecto cicloturista, sino también para sacar de la profunda crisis en la que había quedado inmersa la comarca. Estamos hablando de principios de los 90 y en cuanto arreglaron las carreteras, se lanzó a completar su sueño, porque además el recorrido ya lo tenía claro, tantas veces sufrido y disfrutado por los pocos integrantes, por entonces, de su peña Edelweiss, cuando en una de aquellas “excursiones” a algún miembro de la grupeta se le ocurrió la feliz idea de volver a España, después de haber superado el Somport y entrado en el país vecino, “acortando” por el atajo del Marie Blanque: “¡Por aquí!”.

Así nacía una de las rutas más bellas, más famosas, reconocidas y recorridas por miles y miles de cicloturistas cada año, bien “solos” o en “compañía”, en modo “turista” o “competición”, con dorsal o sin él, a “disfrutar sufriendo” o “sufrir disfrutando” que de todo hay en el extenso abanico de perfiles ciclistas de este bendito país.

Los inicios fueron difíciles y él mismo Luís nos explica que la primera oficina de la organización fue el comedor de su casa, donde trabajó duro para enviar 3000 cartas informativas a todos los clubes de España y a 700 del sur de Francia.

El premio a ese esfuerzo todos lo conocemos: en cinco ediciones se llegó a los dos mil participantes y hoy ya son más de diez mil.

Luís nos podría explicar miles de anécdotas sobre la QH, pero… ¿sabías que estuvo a punto de llamarse la Sarrio – el rebeco del Pirineo Aragonés-? Pero finalmente Luís, ecologista recalcitrante y miembro fundador de ADEPA, la Asociación para la Defensa del Pirineo Aragonés, y ya que en aquel entonces se ocupaban de cuidar y alimentar a un quebrantahuesos malherido, pensó… ¿y por qué no llamarla así?

Porque eran muchos que en un principio, en sus primeras ediciones, pensaban que el nombre se debía a cómo se quedaba el cuerpo después de completar el duro trayecto de 205 kilómetros en bici, nada que ver, por supuesto, con la idea de hacer un llamamiento para proteger esta especie en extinción.

Nuestro protagonista de hoy daría para escribir un libro, y a mí se me acaba el espacio, pero vamos a añadir, si cabe, que fue el ganador (o como él mismo dice, “el que llegó en menor tiempo”) en la Madrid-Gijón-Madrid (MGM), y como también siempre nos comenta “lo hice sin pájaras”.

Randonneur, corredor, cicloturista… tiene en su palmarés pruebas tan dispares como dos victorias en la carrera de las 24 horas de Pomps (Francia), subcampeón de la Copa de Europa en Mallorca el año 94 y décimo del Mundo en el Tirol en 2001 como Máster 30, como Máster 40 subcampeón de Europa en Torres Vedras (Portugal) en el 2004 y es un habitual, por ejemplo, de la Vuelta a Maspalomas, del Tour de Flandes y, por supuesto, de su Quebrantahuesos, en la cual ha participado en todas sus ediciones menos en dos ocasiones.

Como buen amigo ciclista que es, siempre podremos pedirle sus sabios consejos, sobre todo en alimentación, para poder acabar una MGM “de la cual te puedo asegurar que acabé fresco, y eso que no soy de Bilbao”.

Por Jordi Escrihuela

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Destacado

El último quebrantahuesos

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DT – 2022 post

Así es la Quebrantahuesos de un ciclista como cualquiera de nosotros

Soy una especie en extinción. Un superviviente del grupo que hemos sobrevolado juntos durante muchos kilómetros todas estas magníficas montañas, donde venimos año tras año miles y miles de ejemplares que como yo anidamos en sus cimas nuestras ilusiones. Unos lo conseguirán. Otros las irán enterrando por el camino. Yo hoy me he quedado solo, no he podido seguir el ritmo de la bandada en la que viajaba. Voy a llegar el último a destino.

Ya sobrevuelo la recta de llegada. Estoy agotado del viaje. Un último esfuerzo para recibir al menos el calor de la gente que me va a recibir con todos los honores. Es lo bueno que tiene el ser una especie protegida, a los más débiles se les cuida más. No en vano vengo muy bien acompañado: ambulancia, policías haciendo sonar sus sirenas y coches de asistencia. Me siento mimado por el recibimiento. Aplausos, vítores, gritos de «campeón, campeón». Esto es lo mejor. Y por fin he llegado. He sobrevivido a una enorme bandada de depredadores que han intentado devorarme. Soy el último quebrantahuesos.

Esta mañana, hace tan «sólo» 12 horas, me las prometía muy felices. Contento por estar de nuevo aquí, en la línea de salida junto a otros «rapaces». Me encontraba fuerte, con ganas de liarla. Para eso este año había entrenado sobrevolando carreteras, puertos y más puertos. Estaba bien preparado. Había espabilado para llegar pronto y colocarme justo detrás de los ejemplares más feroces, los que llevaban en su dorso marcas de pintura amarilla, rosa o verde. Señales de guerra. Los mejores especímenes, de rostros afilados, los que volaban más rápido y más alto. No me intimidaban. Yo quería estar ahí y aprovechar el rebufo de este enorme grupo de élite. Al menos lo quería intentar.

Pistoletazo de salida. Salimos escopeteados, como una bandada de pájaros asustados por un potente petardo. Volamos. Circunvalamos Sabiñánigo a no menos de 45-50 km/h. Aguanto bien, a rueda del grupo de cabeza. No distingo bien a la gente que nos anima y nos aplaude. Vamos muy rápido. El pueblo se ha volcado, como siempre. Afrontamos las interminables rectas de los llanos de Jaca, cada vez más deprisa. El pulso se me acelera. No bajo el ritmo. Este año voy a por todas y quiero el oro. A velocidad de vértigo nos plantamos en Canfranc. Hasta aquí he llegado. Ahora empieza a endurecerse el puerto y ya no puedo seguir más este ritmo infernal. Levanto el pie y dejo escapar no menos de 500 fenómenos que no corren, vuelan dirección a la primera cima del día. Serán los quebrantahuesos que se jugarán entre ellos la victoria. Me despido de ellos. Ya no los volveré a ver en todo el día.

Subo dos piñones. Me dejo alcanzar por un segundo grupo. Enorme también. A ver si me acomodo entre ellos. Me meto. Me pongo a rebufo. El ritmo también es muy alto. Algunos me miran de reojo como diciendo «¿a dónde ibas pájaro?». Veo que tampoco voy cómodo. Sigo con las pulsaciones por las nubes. No hay manera de estabilizarlas. Esta gente también tira mucho. No puedo aguantar en los repechos. Van a bloque. Y yo que creía que iba bien. Me van pasando y poco a poco voy perdiendo posiciones del numeroso grupo. Calculo que debemos ser unos mil ahora mismo los que viajamos juntos. Me siguen adelantando y yo en vez de avivar el ritmo lo voy perdiendo, voy a menos. Este tampoco es mi grupo. Me voy rezagando y ya voy el último. No puedo seguir ni siquiera al que me precede. También lo voy perdiendo. Me quedo un momento solo en tierra de nadie. Sólo serán un par de minutos. En seguida veo cómo se acerca otro gran pelotón, más grande aún si cabe que el que me acaba de dejar. Me alcanzan. Sigo con ellos un buen rato. Van rápido pero puedo seguirles, aunque en ello me va el ir a tope. Llego con este grupo como puedo a Candanchú. Aún y así estoy contento de cómo he subido. La vez que más fuerte y más rápido lo he hecho.

Llegamos al avituallamiento y veo que la mayoría de los que íbamos juntos ni paran («¡Eh! ¿Dónde vais chicos?»). Del gran grupo que éramos solo quedamos unos pocos. La mayoría ha emprendido el vuelo. Yo tengo que parar. Creo que me he pasado. No me empiezo a encontrar demasiado bien. Como y bebo algo. Tengo que llegar arriba lo antes posible porque por aquí no paran de pasar y nadie para. Han debido pasar más de mil en unos pocos minutos. Tiro para arriba con otro grupo que no ha parado. Coronamos en medio de un ambiente excepcional. Mucha gente, muchos ánimos («aúpa, aúpa»). Y mucha niebla y frío. Paro a ponerme el chubasquero porque la bajada además está húmeda. ¿Qué pasa? ¿Aquí tampoco para nadie? Los que venían conmigo han recogido periódicos de la gente y se los han colocado en el pecho y se han tirado para abajo. ¡Qué valientes! De esta manera, de nuevo, vuelvo a perder otro tren. Ataco la bajada, con más miedo que otra cosa. Me giro y otro numeroso grupo viene decidido a por mí. Me pasan por todos lados, por la izquierda, por la derecha… Me han pasado muchísimos que no sé cómo tienen narices de bajar así. Sigue habiendo mucha niebla. Los abnegados voluntarios hacen sonar pitos avisando de los peligros de la carretera. Son geniales, de verdad.

Finalizamos el descenso y tiramos con decisión hacia el Marie Blanque. Voy en un grupo mucho más cómodo, pero que también tira fuerte. Van por faena. Iniciamos la subida a la Dama Blanca. Las sensaciones no son buenas. Paro, pero esta vez para quitarme el chubasquero. Como la mayoría de los que venían conmigo llevaban periódicos que, por cierto, los han tirado al suelo (¡muy mal!) pues me quedo solo de nuevo. Por poco rato, por eso. Sigo con la escalada. Nada, no voy fino. No tiro. Me siguen adelantando algunos como auténticas motos por ambos lados. Yo sigo a mi ritmo. Llega la parte dura. Meto todo y para arriba. Voy muy despacio. Por suerte la temperatura es buena, pero yo «no voy». Me siguen pasando. Mi corazón quiere pero mis piernas no pueden. Me bajo de la bici. Ando un rato con ella al lado. Soy de los pocos que lo hacen. La gente sigue subiendo a muy buen ritmo. Ya oigo el griterío de la cima. Estamos cerca. Me subo de nuevo a la bici. No quiero ni pensar en toda la gente que me ha pasado. Aquí me olvido del oro, de la plata y de hacer buen tiempo. Ya sólo pienso en acabarla. Llego arriba. Chubasquero y para abajo, con más motivo, ya que ahora se ha puesto a llover. Paro en el avituallamiento que está petado de gente. Intento comer, beber y recuperarme. Una voluntaria, muy amable y con una sonrisa, me da dos plátanos («te irán bien»). Me los como sin rechistar.

Descenso, lluvia y pinchazo. Al llegar al cruce dirección Laruns me encuentro que voy “blando”. Miro la rueda trasera. ¡He pinchado! Indico con la mano al numeroso grupo en el que ahora estaba inmerso de que me voy a parar a mano derecha. ¡Qué mala suerte! Ahora que había pillado un pelotón “cómodo”. Miro de cambiar la cámara rápidamente pero con la lluvia se me antoja si no complicado al menos molesto. Siguen pasando grupos y grupos que me miran algunos con lástima y otros ni me miran. Pero ninguno para. Sigo adelante. Se está haciendo tardísimo.

Me engancha otro pelotón bastante majo y vamos haciendo. Llegamos al cruce del Portalet. Sigo sin ir bien. Cruzamos el túnel y me doy cuenta que hace bastante rato que no como nada. Echo mano de una barrita. La mordisqueo e intento tragar. No puedo. No me entra la comida. Guardo el resto en el bolsillo de atrás del maillot mientras veo como mis compañeros de ruta en aquel momento se van alejando poco a poco y yo no puedo seguirles ni siquiera el suave ritmo que van imponiendo.

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La pájara y el tío del mazo. Las piernas no me van. La cabeza me da vueltas. Sigue pasando gente que para mí, tal y como voy, me producen auténtico vértigo. Pero sigo pedaleando, muy despacio. Ya no miro ni el reloj. Las pulsaciones hace rato que ni me suben. Llevo un globo de cuidado. No sé qué tiempo debo de llevar pero me está cayendo un verano, como diría el Butanito. Hace rato que no veo a nadie ni por delante ni por detrás. La presa de Artouste se me presenta como un muro infranqueable. Paro un momento. Respiro. Vuelvo a intentar comer algo. Nada, no puedo. Parece que a lo lejos viene alguien. Detrás una ambulancia. ¡Deben ser los últimos!

Me subo a la bici e intento ir un rato con ellos. Me dicen que aún queda gente por detrás, poca, pero aún vienen ciclistas. Estos chicos con los que ahora pedaleo un rato en su compañía van tocados, bastante, pero van haciendo, a ritmo de caracol pero van superando rampa tras rampa. Yo voy tan mal que incluso me cuesta seguirles. Los excesos se pagan y yo lo estoy haciendo con creces. En mi cabeza un único pensamiento: intentar pasar el control de las 6 de la tarde arriba del puerto y dejarme caer y finalizar.

Llegamos al avituallamiento. Aquí casi no hay nadie. Paramos todos a rellenar bidones y a comer algo. Seguimos. El puerto se abre. Precioso. La parte más bonita de la marcha. Con mucho dolor y muy despacio, avanzamos. No me puedo poner de pie, me dan amagos de calambre. Digo adiós de nuevo a mis compañeros de viaje y dejo que se marchen. Veo cómo se van alejando. Cómo me duelen las piernas. Y el pecho. El pulso no me sube. Me giro en una curva y ya veo cómo ascienden tres o cuatro grupos pequeños de ciclistas. Les siguen las últimas ambulancias y unos cuantos policías en moto. Éstos sí que son los últimos. Me dan alcance. Me dicen que me ponga a rueda.

¿Dónde está la gente? Por fin, con mucha más pena que gloria, entramos en el último kilómetro de ascensión. No queda casi gente. ¿Dónde están los ánimos? Aquí ya se ha marchado todo el mundo. Apenas quedan dos o tres autocaravanas. Sus propietarios cuando nos ven, salen e intentar darnos el último aliento (“aúpa, aúpa”). Coronamos por los pelos a las seis menos cinco minutos. Nos dejamos caer justo hasta el cruce donde los voluntarios nos vuelven a desviar.

Gran canaria 400×400
Endura 400×400
Cruz 400×400

La hoz y el martillo. Giramos los 8 integrantes del último pelotón de la marcha. Llaneamos e iniciamos la tachuela de Hoz. Aquí mis amigos se vuelven a distanciar. Quedamos un señor mayor y yo. Me bajo de la bici y continuo andando. No puedo más. Estoy al borde del abandono. Pero no lo voy a dejar ahora cuando tengo casi finalizada la marcha. Oigo el ruido de los motores de las ambulancias… y el de las motos. Sigo con mi particular procesión. El veterano ha seguido pedaleando firme hacia arriba. A veces se gira y me mira. Creo que quiere esperarme. Le digo que no, que siga adelante. Aunque no sé si lo hace por eso o para quedarse él el último. Siempre había oído de la gloria al héroe del farolillo rojo. Hasta me hacía ilusión.

Ya está, ya lo he perdido de vista. Ya soy definitivamente el último. Corono. Bebo agua. Este pueblo es una pasada. Aún queda gente aquí animando. Con fuerzas renovadas me veo con ganas de acabar por fin. Afronto las pestosas rectas en dirección Sabiñánigo. Viento en contra. Voy llaneando bien pero no voy muy deprisa. Voy solo, en bicicleta. Las ambulancias, coches de la organización, motos de la guardia civil me acompañan. Soy el último quebrantahuesos.

Por Jordi Escrihuela

Shimano – Leaderboard 1024×300
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😕 Cuando vi este vídeo, no me gustó.

Tengo la sensación de que se juzga a Movistar Team desde una óptica muy negativa, y me parece bastante injusto.

👇 Os cuento en este hilo mi punto de vista sobre el equipo y las consecuencias de su posible descenso.

Aunque parezca rigurosa, la descalificación de Marianne Vos es, con la norma en la mano, más que justa

https://joanseguidor.com/marianne-vos-descalificacion/

Las zapas @dmtcycling de Pogacar, blancas, limpias, un guante que se ajusta a la antigua usanza, con cordones, elegantemente escondidos

https://revista.joanseguidor.com/zapatillas-dmt-krsl/

Veo emoción en la parroquia con el debut de Carlos Rodríguez en la Vuelta, pero olvidáis, querid@s, que el mocetón va con varios líderes en ineos.
Eso no quita que pueda brillar, pero las opciones son menores de inicio

https://joanseguidor.com/vuelta-2022-carlos-rodriguez-ineos/

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