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Ciclismo antiguo

El humeante puzle humano de Laurent Fignon

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Laurent Fignon lo repite varias veces en su biografía “Éramos jóvenes e inconscientes”. “Soy una persona complicada, difícil”. A la luz estaba. Pero su repulsivo carácter, en España era especialmente vilipendiado, algo recíproco, le añadía un plus de encanto que en las palabras que se autodedica que en la última obra traducida por Cultura Ciclista hayamos con total nitidez.

Tensas relaciones

Sin embargo y pesar de lo complejo de su estructura mental, el fenomenal ciclista parisino esboza ciertos comportamientos también en función de las personas que le rodearon. Sí, él que fue un ser humano enorgullecido de su emancipación y fácil éxito, perfila su ego merced a otras personas con nombre y apellidos que se cruzaron en su camino. Hemos querido tomar nota de algunas, que resultaron clave y desde luego moldearon ese tremendo ciclista que fue Laurent Fignon.

Por ejemplo Bernard Hinault, su ídolo y gran figura en sus tiernos amaneceres en pros pero rápidamente superado al año y poco de estar en el equipo. Dado que en 1983 Hinault expuso más de lo necesario para ganar la Vuelta, aquella decidida con la gesta de Ávila, el tejón causó baja en el Tour que acabó ganando de forma imprevista Fignon. Aquella ruptura de guiones, trastocó la naturaleza exaltada y primaria de Hinault. Fignon le soliviantó como nadie supo hacerlo.

De Greg Lemond cabe una lectura rápida y muy gráfica: “Fue un oportunista e instaló en el pelotón el vicio de jugarlo todo al Tour”. A pesar de ser compañeros y coincidir muchas veces en competición, el aprecio por el americano fue escaso. Su convivencia fue fría y distante. Obviamente le dedica gruesas palabras al Tour del 89 y al manillar que Lemond utilizó. Al filo de la norma, el californiano jugó con la misma y los matices que permitía. Aquello le valió un Tour.

Y es que el Tour fue quien le condujo al estatus de bicampeón para arrastrarle a las marismas del horror años después y fastidiarle en su faceta de negocios cuando quiso reflotar la París-Niza una vez colgó la bicicleta. Sale malparado ese mediocre personaje que fue Daniel Baal en contraposición con la mano izquierda que Jean Marie Leblanc siempre supo manejar.

Cómo no, la espina dorsal de la obra la protagoniza un personaje de relieve abrupto: Cyrile Guimard, a quien poco menos describe como el emperador Palpatine de Star Wars. Cuando Hinault ya no le valía le faltó tiempo para sustituirlo por Fignon y tres cuartos de lo mismo cuando éste decayó por Luc Leblanc. A pesar del manifiesto egoísmo que describe del mismo, entre los dos dieron forma a estructuras que hoy alumbraron conceptos como Garmin o HTC. Eso sí, se despacha con contundencia con “la llorona”, ése es Luc Leblanc.

Si desagradables son las palabras que sostiene sobre Lemond, no menos simpáticas mantiene sus apreciaciones ante España, “un país recién salido de la dictadura franquista que en 1983 aún nadaba en las mezquindades del tercer mundo”. No obstante fue un español, Miguel Indurain, quien doblándole en Luxemburgo, tras salir seis minutos después, le demostró cuán lejos estaba de los mejores. A Carlos Sastre lo tacha de ciclista normalito y ejemplo de cuán mediocre es el ciclismo actual y su figuras.

Cuando Fignon fue superado por Indurain en aquella célebre crono, vestía los colores del Gatorade, equipo italiano capitaneado por el frágil Gianni Bugno que le descubrió los sabores del dopaje organizado. Sí, un conocimiento total de esa sigla EPO, sus bondades y facultades. Una substancia que a su entender sacaba caballos de auténticos burros. Una línea marcada entre el ciclismo de los ochenta, donde se abusaba de las anfetas y los noventa, el despipote.

 

Sólo deciros que a mi entender ésta es la mejor obra de la fecunda labor que Cultura Ciclista ha desplegado desde mediados de año.

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Ciclismo antiguo

Así fue el primer gran ataque de Luis Ocaña

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Viajamos al primer ataque, el momento que cambió la popularidad de Luis Ocaña

Y así, el primer día, casi en el primer kilómetro de su primera carrera con el maillot del Fagor, la Vuelta a Andalucía, el sábado 10 de febrero de 1968, Luis Ocaña dijo quién era con un ataque que nadie se esperaba camino de Nerja. Primero fue Rinus Wagtmans, el holandés del mechón blanco, el acróbata rey de los descensos según consenso universal del pelotón, el que se exhibió.

Fue bajando el puerto de Fuente de la Reina camino de Colmenar, en los toboganes de Riogordo y Alfarnate, donde huele a aceite y a tomillo y a humo de leña de las chimeneas de las casas diseminadas, y donde la luz de la Axarquía no es tan diferente a la luz de las sierras de Cuenca que iluminaron al niño Ocaña. Por allí, cuesta abajo, por su territorio de expresión habitual se lanzó Wagtmans y por allí, por donde nadie le conocía, apareció repentino e inspirado Ocaña. Se habían corrido 50 kilómetros, la mitad justamente, de una etapa corta y sin pausa.

Ocaña sacó la chepa, pasó veloz por los toboganes tan aromáticos, adelantó ligero a Wagtmans, quien intentó seguirle pero cejó impotente en la subida a Periana, y siguió solo Ocaña, como solía siempre en las carreras de su juventud en Francia, sin mirar atrás. Por detrás fue el caos, un totum revolutum de nervios, juramentos, frenazos y amenazas. En el frenesí de la persecución Carmelo Morales despeñó un coche de La Casera y tuvo que ser el jefe del equipo, Bahamontes en persona, el que tomara el mando de las operaciones.

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Chillando a los suyos “¡Echadle huevos!, ¡los campeones se demuestran en la carretera!, el Águila, un director del pasado aún joven, lanzó a Sahagún, Sanchidrián y Martínez por la vieja carretera de Almería tras Ocaña, que ya llegaba a Nerja. Y tal fue el ímpetu de los muchachos de Bahamontes que rompieron el pelotón junto a tres más, pero nunca alcanzaron a Ocaña. El Francés, como le decían, pese a pinchar dos veces, llegó solo a Nerja, con 53 segundos de ventaja.

Ese era él. Y ese volvió a ser él al día siguiente, para desesperación de Matxain, quien aceleradamente empezaba a conocerle. Como a Ocaña, líder hermoso, le atacaban desde todos los lados, alfileretazos agudos dirigidos por Bahamontes y Morales, que compartían coche, qué remedio, azuzando a sus Caseras, Ocaña decidió irse del pelotón y atacó subiendo al elevado Vélez de Benaudalla, en la carretera que de Motril asciende a Granada.

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Demasiado para los nervios fáciles de Matxain, que aceleró juramentando y haciendo rechinar las ruedas, adelantó al pelotón y cruzó el coche delante de su ciclista para obligarle a desistir de su lejano ataque. Contra todo pronóstico, Ocaña pareció aceptar la consigna, puso las manos en la parte superior del manillar y se dejó atrapar. Pero en la segunda ocasión en la que atacó, subiendo el puerto del Suspiro, ya no hubo quien le parara. Ni siquiera quien lo intentara. Ocaña volvió a ganar la etapa, y aumentó su ventaja en la general en 43 segundos más sobre el belga Tony Houbrechts, del Flandria, su principal rival.

Y fue justamente la noche que siguió a esa etapa, en el hotel intranquilo de Granada, cuando Mendiburu le dijo aquello de “eres un elemento con carácter, con mucho carácter”, una frase que no logró interpretar hasta el día siguiente.

El día siguiente era la tercera etapa, la Sevilla-Jerez de la Frontera, solo 100 kilómetros por las llanas campiñas del Guadalquivir, las tierras ricas y los campos de remolacha. Debería haber sido el día más tranquilo, pero para Ocaña fue el día del desastre, y, por ello, el día en el que se le abrieron los ojos, en el que comprendió aquello del “elemento característico”…

Fue el día en el que el Flandria, el equipo belga dirigido por Brieck Schotte, pelirrojo y duro como un ladrillo, dominador del Tour de Flandes durante décadas, escogió para hacer una demostración de su arte. Aprovechando un ligero viento de costado, los belgas, que llevaban arropadito a su líder Houbrechts, empezaron suavemente a meter cuneta y como quien no quiere la cosa enseguida organizaron un abanico que cobró impulso según el viento crecía en fuerza. Ocaña intentó aguantar, pero al final cedió, 200, 300 metros, kilómetros…

Por detrás de él se habían quedado muchos compañeros del Fagor que podrían haberse organizado en la derrota para minimizar sus efectos pues eran grandes rodadores, salvo Mariano Díaz. Allí estaban, además, Ginés García, Otaño y Vélez. Y Ocaña tuvo la impresión de que ninguno le echaba una mano de verdad, y llegó a Jerez  a 9 minutos de los Flandria y los cuatro fuertes que les habían resistido a los belgas.

Extracto del libro “Ocaña” escrito por Carlos Arribas y publicado por Cultura Ciclista

Imagen: Happy Birthday

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Ciclismo antiguo

El primer récord de la hora de Indurain fue en la carretera

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Una crono del Tour vio un récord de la hora de Miguel Indurain

Debo confesar que estoy contento: Esta vez no me ha pillado” dijo Claudio Chiapucci tras no ser doblado por Miguel Indurain en una crono que cubrió en ritmo de récord de la hora.

El Tour de Francia de 1992, el de hace 25 años y segundo de Miguel Indurain, tuvo grandes momentos, icónicos algunos de lo que fue el ciclo de dominio navarro en la mejor carrera.

Cuando hablamos de ese Tour, lo hacemos de la salida de Donosti, de las etapas del norte, de la contrarreloj de Luxemburgo, nunca hemos visto nada igual, de la maratón hacia Sestriere, y la irrepetible gesta de Claudio Chiapucci….

Un Tour cargado de emociones, un Tour que rompió en los Juegos Olímpicos de Barcelona, que tuvieron un previo, un entremés histórico pero ciertamente “opacado” por el tiempo.

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Fue la crono entre Tours y Blois, dos enclaves hoy famosos por estar en la ruta del Loira, ahora que todo el mundo sale a conocer mundo.

Dos enclaves que pasaron a la geografía de Miguel Indurain como Bergerac, Luxemburgo, Lieja, La Plagne, Hautacam o Lac de Madine.

La prueba era una bestialidad, 64 kilómetros de mano a mano entre los supervivientes de un Tour que pisó varios países por los progresos acaecidos en la Unión Europea.

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Kilómetros hora de propina

Tras una semana salpimentada por alguna tormenta y muros del Macizo Central, la obsesión en Banesto era atar lo mejor posible un amarillo que en realidad estaba más que adjudicado.

Prudente, José Miguel Echávarrari fijó los cronos sobre Claudio Chiapucci.

Dos o tres referencias fueron suficientes. 

Cuando vio que la cosa estaba atada, con el diablo más allá de los cuarenta segundos, dio vía libre al potencial de su pupilo.

La igualdad entre Indurain y Bugno, que se movían entre el segundo y los tres, se esfumó.

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Miguel abrió gas y sacó cuarenta segundos al campeón del mundo en los últimos 19 kilómetros. Espectacular.

El navarro ponía la guinda a su segundo Tour y a su primer doblete incluyendo rondas francesa e italiana.

Un premio redondo, una secuela a la gran aventura del 92 y una previa a la inauguración a los Juegos Olímpicos de Barcelona, que recuerdo quiso tener al astro navarro entre sus asistentes.

Sin embargo aquel día hubo otro efecto. 

Indurain marcó aquel día 1 hr 13 minutos y 21 segundos rodando a 52,349 kilómetros a la hora, eso es decir, un kilómetro más rápido que Francesco Moser, ocho años antes en la altitud de México DC, uno de esos logros singulares, que posiblemente pocos valorasen en ese momento, pero que dio la talla del atleta que fue el navarro.

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Ciclismo antiguo

La trágica muerte de Francisco Cepeda

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Francisco Cepeda fue el primer ciclista que perdió la vida en la Grande Boucle

Fue un 12 de julio, han pasado más de 85 años cuando Francisco Cepeda falleció compitiendo en el Tour de Francia, siendo el primer ciclista que perdió la vida en la carrera más importante. Queremos recuperar este extracto de “El primer campeón“, pues Cepeda fue compañero de Mariano Cañardo.

Aquella muerte se produjo en un sitio que muchas veces hemos visto, el descenso del Galibier, por Lauratet, hacia Le Bourg d´ Oisans.

Así fueron aquellos días y la convivencia entre ambos:

Entre Amélie-les-Bains y Barcelona pasaron los meses que dieron la bienvenida a 1931. Mariano arrancó algo más pronto la campaña, un inicio aguado por su amigo y gran velocista José Cebrián Ferrer, quien le ganó el Gran Premio de Calatayud. Aquello fue en marzo. Poco después le reclamaron de Francia para disputar la Mont Faron, donde un choque, literalmente hablando, con Montero durante la salida lo dejó parcialmente fuera de combate, haciéndolo hacer a una posición discreta. A aquella cita, al margen de Montero, viajó con Mariano Francisco Cepeda, a la postre el mejor de los tres.

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Cepeda fue un ciclista vizcaíno, buen profesional, con palmarés eminentemente doméstico. Sin embargo su recuerdo se asocia con el descenso del col del Galibier, y más exactamente en la carretera que desciende del Lautaret a Bourg d’Oisans, trecho donde se dejó la vida en el Tour de Francia de 1935. Cepeda fue el primer ciclista que perdió la vida en la Grande Boucle. Con Vietto y compañía bajando temerariamente, Cepeda se dispuso a darles caza, hasta que un coche le atropelló provocándole una caída que le hizo imposible continuar.

Los sanitarios le atendieron sobre el mismo arcén pero no hubo manera, el corredor no presentaba signo alguno de recuperación y se lo llevaron con urgencia al hospital de Grenoble. Allí las horas iban pasando sin síntomas de mejoría. A última hora de la noche, con el corredor aún sin conocimiento, se decidió practicarle una trepanación, pero su suerte estaba echada.

Cepeda falleció aquel 12 de julio. Sus compañeros, los pocos españoles que quedaban en carrera, quisieron estar con él en un momento donde la victoria que se disputaban Romain y Sylvère Maes, Ambrogio Morelli y Félicien Vervaecke, quedaba convertida en una nimiedad. 

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La muerte de Cepeda fue un antecedente doloroso y gravísimo en la historia del ciclismo. El pelotón ya no soltaba un genérico “sois unos asesinos”, como el de Lapize veinte años antes, cuando les hicieron atravesar los Pirineos a merced de los lobos; ahora se hablaba de materiales deficientes, de seguridad precaria y de condiciones míseras. Los artistas del circo eran, paradójicamente, los peores tratados. Eran la purria del negocio, cuando efectivamente eran la clave de bóveda de todo.

Cepeda tuvo una amplia relación con Mariano, de hecho compitieron en pista haciendo pareja en alguna ocasión y ambos estaban juntos en aquel Tour de negro recuerdo. La edición de 1935 del Tour fue la vigesimonovena de la carrera más prestigiosa. España se presentó con un combinado interesante que estaba formado por Trueba, Ezquerra, Cardona, el mentado Cepeda y Mariano, entre otros. Un buen plantel a priori, pero un desastre desde el primer minuto de competición.

Mariano lo dejó en la quinta etapa, sumido en un mar de anonimato en el que nunca llegó a estar por encima de la quincuagésima plaza. Se dijo mucho y se escribió más. “Son tantas las cosas que he leído que ya ni me enfado”, dijo en un primer momento. Luego argumentó: “No es cierto que Trueba nos indujera a abandonar. Trueba no carbura y decidió dejar la carrera. Ezquerra perdió en la etapa del Ballon d’Alsace toda confianza en lograr una buena clasificación y eso le desmoralizó. Yo no podía con mi alma y de un momento a otro esperaba que me pusieran la linterna. Ya veía la llave cerrando el control. Cuando uno no marcha no es necesario que vayamos malgastándonos inútilmente por la ruta”. Mariano supo del terrible desenlace para su compañero Cepeda, el peor de los posibles, cuando aún se albergaban esperanzas de recuperación.

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Ciclismo antiguo

Jean-Christophe Péraud, el ciclista que marcó el camino

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Jean-Christophe Péraud es un ciclista para muchos de perfil bajo que no merece tal trato 

El otro día comentábamos las bondades que hicieron de Sylvain Chavanel uno de nuestros corredores favoritos, y ahora traemos a otro francés que sembró para que el ciclismo del hexágono vuelva a ser envidiado en medio mundo

Supe de Jean-Christophe Péraud por varios sitios y también en primera persona.

Sencillo, honesto, sonriente, educado,… le ha tocado ser segundo de abordo muchas veces, siempre con normalidad, siempre con modestia.

Con su retirada hace unos años el ciclismo francés despidió a un ciclista que le devolvió a las cotas en las que en la actualidad corre, lejos de esos años en los que el mejor “enfant de la patrie” corría más allá del top ten de la carrera de sus ojos del Tour de Francia.

Jean-Christophe Péraud es un ciclista para muchos de perfil bajo que no merece tal trato.

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Llegó al ciclismo en ruta desde las ruedas gordas, siendo subcampeón olímpico, sólo superado por la leyenda de Julien Absalon.

Pronto empezó a demostrar las cualidades que adornan los bikers que logran con éxito la transición al asfalto: resistente, buena cadencia y sorprendentemente notable contrarrelojista.

Similar que Cadel Evans, el ganador de Tour con menos carisma de los últimos treinta años, pero con virtudes ciclistas muy afiladas.

Yo cuando hablo de Péraud me acuerdo de un día, de esa etapa del Tour de 2015, cuando corría por la imposible defensa de la segunda posición en la mejor carrera.

Recordaréis aquella jornada en la que Van Avermaet acrecentó la desazón de Sagan ganándole sobre la línea un agónico sprint.

Aquel día, en los grupos traseros entró Péraud, con un costado abrasado por el asfalto y lacerado por el sudor y el calor.

Cuando Péraud se cayó, surgieron rumores sobre su abandono.

Nada más lejos de la realidad, si alguien plasma la heroicidad de estos hombres hasta el último hervor ese es Péraud, que llegó a meta, primero, y a París, después, hecho un Cristo, la escena de un ciclista que venía de ser segundo en el Tour y arrastró su maltrecho cuerpo durante diez días por el hexágono.

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Cuando anunció que dejaba la bicicleta, todos hablábamos de la retirada de Fabian Cancellara, sobre Purito, sobre Wiggins, pero dejando de lado a un corredor que en mi modesta opinión es un símbolo, fue uno de los ciclistas más resultones y menos valorados de su tiempo.

Y sí, sé que muchos dirán que su segunda plaza en el Tour fue debida a los abandonos de ilustres, pero ser segundo en esta carrera no puede ser nunca fruto de la casualidad.

Es un Tour, la carrera con mayúsculas, el lugar donde se separa el grano de la paja, y Péraud resultó ser lo primero, y lo hizo, ahí están las imágenes, estrujando su ser hasta que no le quedó nada por dar.

Ahora que se habla de Démare, Bardet y Alaphilippe, recordad que Péraud contribuyó para que Francia volviera a donde está ahora mismo.

Imagen: Challenges

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Hace un tiempo preguntamos qué ciclista os enganchó al ciclismo... ganó Perico por goleada.

¿Motivos? un carisma único en la historia, momento histórico del ciclismo español, los "malditos franceses" que nos tienen manía....

https://joanseguidor.com/perico-nos-engancho-al-ciclismo-seis-motivos/

Cómo me gustaba Jean Christophe Péraud en todos los aspectos. Cilcistazo que no se valoró todo lo que hizo...

https://joanseguidor.com/jean-christophe-peraud-ciclista/

Uno mira la intimidación que provocan Van der Poel y Van Aert, lo compara con su número de victorias y aprecia una gran desproporción

https://joanseguidor.com/van-der-poel-van-aert-temporada-ciclistas/

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Pues no es complicado ganar un Tour, que el pobre Roger Walkowiak casi tuvo que pedir perdón...

https://joanseguidor.com/walkowiak-tour-francias/

Oscar Freire: "Yo sé cómo se ganan mundiales"

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