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Ciclismo antiguo

La sangre nunca llegó al río entre Coppi y Bartali

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Ciclovolta

Hace tiempo que albergábamos el deseo de realizar un comentario en torno a la rivalidad tan explotada por los medios de comunicación en referencia a estos dos famosos ciclistas italianos de otros tiempos, que acapararon en su momento los mejores elogios por parte de los miles y miles de aficionados de este siempre duro deporte del pedal. Aparte de esta rivalidad que sirvió de acicate para llenar páginas y más páginas en los periódicos y más de los de cariz más bien sensacionalista. Lo más importante fueron sus hazañas, aquellas heroicas gestas que sugestionaron a miles y miles de aficionados y no aficionados incluso.

Estos protagonistas, es fácil adivinarlo, no fueron otros que el dúo formado por Fausto Coppi y  Gino Bartali, dominadores casi absolutos en el período que duraría algo más de una década. Fueron dos figuras excepcionales que la historia de la bicicleta no suele repetir o rememorar con otros nombres así como así.

Rivalidad sí la hubo; pero no tanto

Recuerdo al respecto cuando en una ocasión le pregunté con cierta curiosidad e interés a Coppi, al que me unía una sincera amistad, y singularizo afirmándolo, qué era lo que había de cierto en lo que hacía referencia a la rivalidad  existente entre él y su compatriota Gino Bartali. Su respuesta fue tajante y sin rodeos. Hubo, me manifestó, cierta rivalidad deportiva, desde luego; pero ni mucho menos el sensacionalismo mostrado por parte de algunos medios informativos de difusión.

Los periodistas, algunos de ellos, sentían la imperiosa necesidad de agitar las aguas y de llamar a la atención con alguna noticia que rompiera con todas las realidades vividas de manera cotidiana. Se buscaba con desmedido afán algo que sirviera como acicate para despertar el interés de los lectores y con el simple objetivo de vender más papel escrito. Tenían la imperiosa necesidad de divulgar novedades, algunas sin base cierta.

Selle italia

Tras comentar aquellos pensamientos de tono casi envolvente, Coppi, bien lo recuerdo, finalizó la conversación diciéndome: “Gerardo: De lo que se ha ido escribiendo o comentando acerca de nuestra rivalidad, vale más la pena  evaluar como mucho la mitad. Ya es suficiente y no cabe retorcerse en habladurías que no llevan a ninguna parte”. Sólo nos resta que valorar el contenido de sus palabras del todo sinceras.

A raíz de aquellos hechos o pugnas que pertenecen al pasado, es mi intención el exponer en estas columnas algún acontecimiento que pude experimentar muy de cerca y que nos transparenta la verdadera realidad de los sucesos que acontecían con diversidad en las carreteras. Aunque sí hubo rivalidad deportiva, repetimos, no por ello las aguas llegaron a desbordar el cauce del río. En dónde se vislumbró más a las claras en buen entendimiento y colaboración mutua fue precisamente en los Tours de Francia, celebrados en los años 1949 y 1952, el máximo exponente con que contaba y cuenta el ciclismo.

Durante varios años perduró con mucha aceptación la presencia de  los equipos representativos nacionales y algunos de nivel puramente regional. Fue una vieja fórmula que en la actualidad ya no se usa, porque sale más a cuenta aquilatar la economía de las arcas en cuanto a lo que hace referencia a las ganancias, un factor poderosamente casi indispensable hoy en día. Resulta más rentable el camino que se sigue en la actualidad en donde el dinero se hace notar cantante y sonante. Al Tour es lo que más le interesa y deja de soñar en romanticismos patrióticos.

El alto significado de representar a una nación 

Hoy en día las casas comerciales, que son las que en verdad pagan, tienen un contundente peso específico en el campo ciclista, un ingrediente que avasalla y atenaza la actual situación. Los tiempos han cambiado y los intereses se deslizan por otros derroteros en donde pesa tanto la aportación económica. El sentido patriótico, cuando hay dinero, pasa a un segundo plano. Por lo general, se piensa más en el hombre, en la individualidad de la persona que ha realizado tal gesta o tal otra. En otros tiempos, léase pasado, tenía un valor sistemático aquella clase de representaciones.

En el Tour del año 1949, los dos campeones que fueron  nombrados, Coppi y Bartali, suscribieron un pacto de ayuda  mutua en aras al buen rendimiento global que se deseaba alcanzar por parte del conjunto italiano. Este pacto de palabra, lo que son las cosas, se reafirmó en el Hotel Martínez, emplazado en la ciudad de Cannes, gracias a la diplomacia desplegada por su director técnico, Alfredo Binda.

Al día siguiente, se llegó a Briançon, en pleno corazón de los Alpes, tras cruzar las cimas de los puertos de Allos, Vars e Izoard. Los dos colosos transalpinos pisaron con dilatado avance la línea de meta. Coppi, siendo sobre el papel el más fuerte, cedió el triunfo a su compañero Bartali como regalo por celebrar éste su cumpleaños. Habían acumulado una ventaja de más de cinco minutos sobre el combativo Jean Robic, el diminuto y todo nervio corredor bretón, corredor que siempre se hizo notar por su temperamento un tanto combativo fuera donde fuera.

Fausto Coppi ganaría el Tour con más de once minutos de ventaja sobre el hombre de la región toscana, su compatriota Bartali. Fueron invencibles los dos, y al mismo tiempo caballeros. En consecuencia, gracias a este  honroso pacto de no agresión, consiguieron una sonada y suntuosa victoria.

Quisiéramos recalcar a modo de inciso que con anterioridad los dos campeones ya habían dado muestras de su buena disposición de ánimo. Por ejemplo, en la etapa pirenaica, Pau-Luchon, bajo la silueta inconfundible del Aubisque. Allí se pudo contemplar como Coppi le facilitaba una botella de agua a Bartali, bajo la atenta mirada del diminuto Apo Lazarides, un corredor galo muy popular en las tierras de donde era originario. Recordamos que Gino se protegía de los implacables rayos solares con una gorra blanca, cumplimentada con un pañuelo del mismo color de tal manera que su figura se asemejaba a  la de un simple beduino, una raza africana que impone.

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Quién cedió la botella a quién

Introducidos en el otro Tour del año 1952, se produjo un segundo triunfo de Fausto Coppi, que contó también con los servicios de Gino Bartali. Es obligado situarnos en la etapa alpina Bourg d´Oisons-Sestrière, en la cual los ciclistas afrontaron las ascensiones de Croix-de-Fer, Telegraphe, Galibier (2.558 metros de altura) y el Mont Genèvre como puntilla final. Coppi, autor de un solemne recital, llegaría a la meta con más de siete minutos de ventaja con respecto al español Bernardo Ruíz. El belga Ockers fue aquel día tercero. Salvo el puerto del Telegraphe, Coppi coronó los demás puertos de la jornada en solitario.

En esta etapa se vivió una escena que fue captada por un avezado periodista gráfico durante la ascensión al puerto del Galiber, documento que ha dado varias veces la vuelta al mundo por su alto significado deportivo y que hace unos pocos días El Cuaderno de Joan Seguidor ha tenido la deferencia de reproducir con motivo de la edición de un libro titulado “El Tour de Francia”, obra significativa escrita por el experto periodista Mario Fossati, una eminencia ciclista que fue.

En la citada y emotiva fotografía se aprecia la complicidad mantenida  entre estos dos ases, intercambiando una simple botella de agua en un momento más o menos decisivo de la etapa. Más de un observador se había aventurado a manifestar que fue Bartali el que cedió el milagroso líquido al “campionísimo”, aquel ciclista  de Castellanía llamado Coppi. Pero la realidad siempre fue una incógnita que quedó en el aire sin una respuesta más o menos consistente.

Lo más importante y por encima de todo estaba en la acción protagonizada por estos honorables atletas de las dos ruedas  y plasmada de forma tan elocuente en un instante de la etapa de referencia. Nosotros nos identificamos plenamente ante aquella escena que no necesitaba adicionar elocuentes palabras. Bastaba contemplar lo que en realidad se mostraba en el documento gráfico obtenido. Los dos estaban plenamente unidos en el esfuerzo defendiendo los honores del país que les vio nacer: Italia.

Y ya que comento este hecho tan emotivo de intercambio entre estos dos campeones de una botella que pasó de una mano a otra, un principio a todas luces solidario, quisiera exponer la teoría que se expone al respecto. Hay que contemplar la citada fotografía para percatarse de lo sucedió en aquel impresionante Galibier. Uno de mis hijos, hay que delatarlo abiertamente, dio en el clavo. Acertó dándome el veredicto de lo acontecido.

Veamos, pues, la cuestión que se nos plantea. La persona que recibe una botella o cualquier objeto en su mano de manera instintiva dirige su mirada hacia lo que recibe. No cunde, por ejemplo, el observar a la persona que protagoniza la entrega. Ante este aserto no hay vuelta de hoja: Fue Bartali el que recibió el botellín y sus ojos acusan sin dilaciones su recepción: una botella llena de agua para apagar la sed.

En el primer plano, en cambio, se observa a Coppi pedaleando en pleno esfuerzo y con su mente centrada en el desarrollo de una etapa casi decisiva. Sus ojos escudriñaban la silueta inconfundible y recortada de las majestuosas montañas alpinas, envueltas en una tonalidad más bien grisácea. El comandaba y dominaba la situación planteada y siempre en vanguardia. Esta fue la aclaración, repito, tutelada por mi buen hijo Ignacio, al que agradecí su muy acertada respuesta.

Por  Gerardo  Fuster

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Gerard

    17 de octubre, 2015 En 20:49

    Fabulosa crónica alrededor de la fotografía, que dio la vuelta al mundo, que representa a dos máximos exponentes del ciclismo italiano y mundial de entonces intercambiándose con caballerosidad un botellín de agua. La grandeza de las cumbres inspira gestos humanos que dejan huella.

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Ciclismo antiguo

Miguel Indurain: ¿Por qué Luxemburgo fue un punto y aparte?

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en

osteopatia ciclismo JoanSeguidor
Ciclovolta

En Luxemburgo, los rivales de Indurain supieron que no iban a ganar el Tour con él en carrera

En la analizadísima andadura de Miguel Indurain, todos convenimos varios puntos de inflexión y momentos que marcan el devenir de unos años que, irremediablemente, recordamos con un cariño casi irracional, sin embargo tenemos por seguro que Luxemburgo fue el día D que torció su suerte y, por ende, la de los rivales.

Por eso discrepamos con el comentario de nuestro amigo Jonathan Lastra…

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… por que hay momentos que, cuando suceden, marcan para bien y acaban por decantar la balanza.

Indurain lo logró en Luxemburgo

Ese día de julio, recuerdo sábado a la tarde, se obró la perfección sobre la carretera, en más de sesenta kilómetros con unos márgenes que nuestros jóvenes ojos no habían visto aún.

De hecho, creo que diferencias como aquellas hemos podido ver en contadas ocasiones y generalmente de las piernas de Jan Ullrich, el que siempre consideramos el gran talento tras Miguelón.

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Hasta Luxemburgo, Miguel Indurain había dibujado sus opciones, sin duda.

Ganador de dos etapas en montaña, el primer punto a tener presente sin duda fue Luz Ardiden y la forma cómo siguió a Lemond, quien, por cierto, le llevó en volandas a la victoria.

Tras ser derrotado en la Vuelta por Melchor Mauri, con la suspensión de una etapa en Pla de Beret que pudo serle favorable, el Tour que cae de su lado, lo hace con total merecimiento.

Gana la primera crono y pone la carrera patas arriba en un descenso, en legendario del Tourmalet, hacia el Valle de Campan, haciendo dupla ganadora con Chiapucci.

Desde ese día, ya de amarillo, Indurain se dedica a gestionar, primero el liderato y luego los malos momentos de Gap y la lluvia del Joux Plane.

Por medio, Gianni Bugno se declara incapaz de dejarle atrás en Alpe d´ Huez, en la gran tarde de Jeff Bernard

 

 

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Las cronos ganadas, Val Louron y la batalla de Alpe d´ Huez fueron muescas en el revólver, pero nada que anticipara lo de Luxemburgo.

En el Gran Ducado centroeuropeo prolongó lo que se vio en el anterior Tour y lo lanzó al espacio exterior.

En cierto modo lo anticipó en la crono de Milán, la que sella su primer Giro, pero en esos sesenta kilómetros rompe todos los registros, y una cosa muy importante, da por sentado que, si nada raro sucede, dos generaciones enteras sabían que no iban a ganar el Tour en unos años.

El varapalo más evidente se lo llevó Bugno, principal rival sobre el papel, un tipo que venía como un tiro desde que ganara el Giro de inicio a fin hasta que chocó contra el navarro.

Sin embargo compañeros de generación como Chiapucci, Alcalá y Breukink tomaron nota de la imposibilidad de ganar el Tour si Miguel era de la partida, y lo mismo decir que la generación anterior, la que representaban Lemond, Perico, Roche y un Laurent Fignon que fue testigo directo del destrozo por cuanto fue doblado habiendo salido seis minutos antes.

Conviene señalar que entre estos cuatro sumaron siete Tours, la práctica totalidad de la década de los ochenta, con la salvedad de Bernard Hinault, a cuya sombra crecen y se emancipan.

Aquel día las diferencias marcaron época de tal manera, que la forma que, por ejemplo, imaginó Chiapucci para compensarlas fue un ataque en los Alpes, a más de 200 kilómetros de meta, para dar con la jornada de Sestriere.

Diferencias de ese tamaño en Luxemburgo, las repetiría Indurain en varias cronos, siendo la de Bergerac la mejor para muchos, luego, lo dicho Jan Ullrich y muy poquito más.

Aquello fue de otra galaxia.

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Ciclismo antiguo

Ciclistas y trabajadores que no fueron líderes pero todos recuerdan

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Ciclovolta

Detrás de una gran victoria hay ciclistas trabajadores que son eternos

Cuando hablamos de ciclismo al más alto nivel, pensamos en estrellas, bloques, grandes días, y todo eso, pero hay un sustrato, una base de profesionales, de ciclistas trabajadores que no piensan tanto en sí, como en el bien ajeno y traban una carrera deportiva llena de brillo personal trasladado al colectivo, contribuyendo que grandes nombres de hoy y de siempre sean lo que son.

Detrás de un gran líder, debajo un gran bloque, hay ciclistas trabajadores, gregarios fieles que nadie olvida

El otro día nuestro amigo Miguel hizo esta breve pregunta…

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La cascada de resultados demuestra que el buen aficionado al ciclismo no deja de lado los «curritos», aquellos personajes que con su esfuerzo auparon a terceros y se hicieron un hueco en nuestra memoria.

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Si tuviéramos que marcar un gregario que causó sensación y se hizo eterno en el recuerdo fue un corredor que recordamos ya con Perico en el Tour, de azul y con pelo, pero que construyó su leyenda de amarillo ONCE.

Fue Herminio Díaz Zabala y lo suyo fue un canto al esfuerzo incondicional

Puntal de los mejores años de la ONCE, aquellos que comandaron Zulle y Jalabert, la imagen de Herminio es imborrable: tirando kilómetros y kilómetros, bajando al coche, y escalando casi por el arcén, cargado de bidones hasta la punta del grupo, apostado sobre el manillar, adoptando una postura que hoy igual estaría penalizada, alargando la espalda, casi plana, con el mentón no lejos de la potencia y enfilando el grupo.

Si hasta ganó una Tirreno. 

Aquella ONCE era un equipo con un sentido colectivo envidiable, se construyó con líderes que remataban, pero con gente como Herminio que remaba y remaba, por eso no es de extrañar que en las respuestas a ese tweet se hable tanto de él, aunque también de Alberto Leanizbarrutia, otro como el cántabro, como el que esto firma, despoblado de de mollera.

Enfrente tuvieron espejo en la corte que ayudó a crecer a Rominger en el Clas, con los míticos Arsenio González, Jon Unzaga o Francisco Mauleón.

Menuda camarilla con el suizo.

Se acuerda la gente de algunos que rodearon a Miguel Indurain, como Gerard Rué y Vicente Aparicio, motores privilegiados en favor del navarro, de esos que se quedaban cuando sólo restaban grandes nombres.

Aunque la figura de ayudante de Indurain más instalada entre la gente es la de Marino Alonso.

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Es curioso cómo en una pregunta así, la gente abraza la nostalgia y repite nombres ya algo lejanos.

Ángel Sarrapio, Anastasio Graciano, Abelardo Rondón y Jesús Rodríguez Magro, con su perenne fiabilidad, también tienen su cuota entre la gente, demostrando , una vez más, que los gregarios y su estampa están muy arraigados en el ciclismo.

De los actuales, o al menos más recientes, Vasil Kyrienka y Tony Martin y su trabajo de largo radio se llevan la palma, pero no pasan desapercibidos el Giro de Italia que firmó un superclase como Rohan Dennis, la incondicionalidad de Andrey Amador o la seguridad sobria que transmite Mikel Nieve.

Son unos cuantos, escritos rápidos, nos hemos dejado muchos, pero está claro que el ciclismo, un deporte individual, no se entiende sin el colectivo, sin los ciclistas trabajadores.

Imagen: https://pedrodelgado.com/

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Ciclismo antiguo

Indurain habría sido un coco en las clásicas

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Bruyneel Indurain JoanSeguidor
Ciclovolta

La suerte de Indurain en las clásicas no ronda siempre por estas fechas

¿Quién no se se sabe de memoria el palmarés de Miguel Indurain? ¿Y quién no echa de menos algunas clásicas?

No creo que digamos nada raro cuando afirmamos que al mejor ciclista español se le extrañó en alguna clásica, sobre todo en la época natural de estas carreras, la primavera, un ciclo que, por otro lado, nunca le fue bien al navarro.

Aquellas alergias que le acompañaron tuvieron parte de culpa, luego la especialización en las grades vueltas, sobre todo el Tour de Francia, cerraron el círculo.

A Miguel Indurain las clásicas podrían habérsele dado bien, pero a lo dicho anteriormente se añadía otro tema: la meteorología cambiante de la primavera, la misma que provocó que la Vuelta a España en abril nunca le acabara de resultar.

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Pero eso no quita que le demos vueltas a lo que pudo ser, un ejercicio tan manido en este bendito deporte, y hacerlo coincidiendo con la Lieja-Bastogne-Lieja, el monumento que tuvo más cerca de ganar.

Indurain hizo una carrera que para muchos valió por diez clásicas aquella tarde de julio, cuando voló hacia Lieja con Bruyneel soldado a su rueda.

Ese día entroncó con uno de cuatro años antes, en la misma ciudad de Lieja, también con chichonera, tan  habitual aquellos años cuando se competía en Bélgica.

Fue el 21 de abril de 1991, cuando Miguel Indurain pudo gran salto en su relación con las clásicas

Pocos días antes de afrontar la Vuelta que acabaría segundo tras Melchor Mauri, Indurain cogía la escapada buena hacia el centro de Lieja, al año siguiente se llegaría por primera vez a Ans, junto a Criquielion, Argentin y Sorensen.

Claro que cada vez que había una escapada en Lieja y estaba Moreno Argentin, ya sabemos quién ganaba.

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Ese día no pudo ser, pero abrió el libro inacabado de Indurain en las clásicas.

El navarro era perfecto para estas carreras.

Su corpulencia le hacía poderoso en cotas cortas y en los tramos en los que rodar era la clave, no en vano, buenos contrarrelojistas han sacado excelentes resultados de escenarios como Flandes o San Remo, en los que, por aquellos años, se estilaban persecuciones cuerpo a cuerpo.

Luego estaba su manejo de la bicicleta y los riesgos que sabía tomar en cada momento, a veces con una naturalidad aplastante.

Si el grupo que llegaba era pequeño, Indurain tenía dotes para manejarse al sprint, lo vimos en el mundial de Oslo, pero también la posibilidad de romper la vigilancia cerca de meta, pues todo lo dicho se une a una excelente visión de carrera.

Aquella cuarta plaza de Lieja, lo más cerca que estuvo Indurain de dominar una de las grandes clásicas, es el colofón, sin embargo reluce su victoria, un año antes, en San Sebastián, casi por aplastamiento de los rivales, una opción que, a la vista de su físico, podría ser plausible.

No en vano, y aunque la primavera no le fuera proclive, hubo algún año en el que el navarro dominó la Paris-Niza, la vuelta que abre el ciclo de clásicas.

Eso sí, cuando el Tour emergió como objetivo absoluto no existió la discusión, los objetivos eran otros y estaban al calor del mes de julio

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El maestro de Lieja se apellidaba Argentin

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Ciclovolta

Moreno Argentin hizo de Lieja y alrededores un coto muy particular

A grosso modo, cuatro veces en Lieja, tres en la Flecha Valona, todo eso avala el rendimiento de Moreno Argentin en este lugar.

Le llamaban “Il capo”, fue un ciclista que alternó talento, insitinto y clase a partes iguales, controlaba todo y a todos, tenia la imagen clara y certera de lo que pasaba en cada momento, como si su visión fuera aérea, cenital.

Nada pasaba sin que Moreno Argentin lo viera, nada que no fuera importante y nada que no ocurriera en Lieja.

Porque la decana fue coto y terreno privado de Moreno durante cuatro años, nunca subió al podio si no fue para recoger el primer premio.

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Una especie de colonia italiana en “il Belgio”, en la mitad valona que frustró a la gran estrella local, el gran Claude Criquielion, la gran víctima del fino olfato de Moreno, cuya ultima gran clásica sería aquella famosa Flecha Valona del 94 que tanto atufó y tanto dio que hablar.

En el 85, Sean Kelly miraba a Argentin extrañado, poseído por la eterna de duda de cómo calificarle, cómo describirle. No era un escalador al uso, pero dominaba las cotas, no era el más rápido, pero mataba en las llegadas. Su fino olfato empezó a dar sus frutos rápido. Criqui en arco iris levantaba la hinchada valona tras ganar en la Flecha, le veían haciendo el doblete.

Confiado, el campeón irisado atacó de lejos y arrastró a Roche y Argentin con él. En el Boulevard Sauvenière el italiano daría cuenta de ambos, era la primera.

La siguiente, un año después. Cambia el reparto, no los protagonistas.

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Criqui ataca en La Redoute, acuciado por la necesidad de llegar solo a Lieja. Argentin le sigue, con él Pedersen y Van der Poel. En el boulevard de “centre ville”, Argentin vuelve a imponer su velocidad.

Otro año más, otra vez la misma historia, pero con suspense.

Esta vez Criqui hace daño, hace hueco.

Se lleva a Roche, en capilla de su gran año, y hacen camino.

Se lleva a Roche sí, pero no su favor.

Aunque los segundos caen del lado de los de adelante, la cosa no anda clara. Por detrás Argentin tira y pide ayuda a Millar y a Yvon Madiot.

El dúo de cabeza entra con cuarenta segundos sobre sus perseguidores en Lieja y empieza el marcaje, un marcaje feroz, férreo, tan bestia que lo que tendría que ser entre Criqui y Roche pasa a ser entre cinco y Argentin machaca, como machacaría cuatro años después, con Criqui, siempre Criqui, Sorensen e Indurain, en su mejor monumento de siempre.

Ese killer, que gusta llamarle, era Moreno Argentin, campeón del mundo en Colorado Springs, es decir oro, plata y bronce en los mundiales, ganador también en Lombardía en Milán por delante de Van Lancker y el otro Madiot, Marc, y en Flandes, año 90, con la tricolor y Fignon de gran favorito.

El francés revienta la carrera a casi setena de meta, todos le miran, todos fijan su marca, hasta que Moreno ataca en el Molemberg y sólo le sigue Dhaenens, futuro campeón del mundo en Japón a los pocos meses. Argentin da cuenta de él, aunando las dos grandes clásicas belgas en su palmarés, ese que nunca tuvo San Remo, sobre todo porque Kelly, el que no acertaba a describirle, lo impidió, en aquel descenso histórico del Poggio.

Imágenes tomada de Graham Watson

 

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Movistar sería un paso atrás para Peter Sagan

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Todavía colea el caso de Froome y el salbutamol
La justicia no es justa si es lenta, e igual que nos pareció una barbaridad, por ejemplo que se le quitara una Vuelta a Cobo, casi ocho años después, es tremendo que se filtre la pelea entre UCI y WADA.

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Ver a Peter Sagan vestido de Movistar quedaría como un Cristo con pistolas...

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