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Ciclismo

Atentados contra los adoquines de la París-Roubaix

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El robo de adoquines en París-Roubaix es una negligencia criminal

El patrimonio ciclista está disperso por el territorio, de forma puntual o más concentrada, no es algo que todo el mundo entienda, es mas bien un hilo común que une a muchos de los que amamos este deporte, y que rara vez se entiende fuera de este círculo.

Esta historia me recuerda a la crónica de vandalismo contra la estatua de Bahamontes, en Toledo, es una historia que está poniendo en jaque la clásica que parará el mundo el domingo porque los adoquines de la París-Roubaix están en el punto de mira.

A ver, que no cunda el pánico, pero pongamos el foco en esto, aunque sea un ratito.

Lo que nos llega desde los tramos de la París-Roubaix no es solo una anécdota de vandalismo, es un ataque directo al corazón de la que llaman “reina de las clásicas”.

El Infierno del Norte ya es lo suficientemente cruel por definición propia como para que ahora el factor humano, en su vertiente más estúpida, decida añadirle un grado extra de peligro.

La denuncia de Les Amis de Paris-Roubaix, ese ente que salva este patrimonio,  no es un brindis al sol ni una exageración de unos románticos del ciclismo; es una alerta roja sobre la integridad de los corredores.

El robo de adoquines en tramos emblemáticos es una negligencia criminal.

No estamos hablando de llevarse un souvenir de una cuneta, estamos hablando de abrir socavones en sectores donde las bicicletas pasan a toda hostia, con los ciclistas rodando al límite de sus fuerzas y de su equilibrio.

Quitar un pavés es como quitar un tornillo a un avión en plena pista de despegue.

La singularidad de esta carrera reside en su dureza natural, en ese terreno hostil que ha forjado leyendas, pero convertirla en una gincana de trampas invisibles por el puro egoísmo de tener un trozo de granito en el salón de casa es cruzar una línea peligrosa.

La organización y las autoridades locales se enfrentan a un desafío logístico casi imposible de monitorizar en su totalidad, pero el enfoque debe ser crítico con el entorno.

Si el aficionado no entiende que el patrimonio de la carrera es sagrado, el ciclismo tiene un problema de base.

La París-Roubaix se sostiene sobre ese equilibrio precario entre la épica y el peligro controlado, y estos actos rompen el contrato tácito de respeto que siempre ha existido en el ciclismo de carretera.

No se puede permitir que la seguridad de un pelotón dependa de si un desaprensivo decidió que el sector de Mons-en-Pévèle necesitaba un hueco nuevo.

Es muy triste que la noticia a estas alturas no sea el estado de forma de los favoritos, sino la necesidad de patrullar el barro para evitar que la carrera se convierta, literalmente, en una trampa mortal.

El ciclismo es pasión, pero lo que estamos viendo aquí es una falta absoluta de respeto por la vida de quienes dan espectáculo sobre esos mismos adoquines.

Imagen: A.S.O./Pauline Ballet

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