Como sin querer, pero con toda la intención, así se fue Simon Yates en Finestre
Por fin se cobró Simon Yates la deuda que le debía el Giro de Italia
Hay ciclistas que parecen vivir con una cuenta pendiente, con una sombra que les sigue allá donde pedaleen.
Simon Yates llevaba siete años mirando de reojo a Sestriere, aquel lugar donde el Giro le arrebató la gloria con la misma rapidez con la que se esfuma una curva mal tomada en un descenso.
Y fue allí, en el mismo escenario, donde el inglés decidió ajustar cuentas con el destino.
“Tenía que cerrar este capítulo”, dijo con la voz aún jadeante, la maglia rosa empapada en sudor y redención. No era sólo una victoria, era un ajuste emocional, un cierre de ciclo que olía a justicia poética.
El Giro de 2025, con su habitual dosis de drama y belleza, había ido dejando cadáveres ilustres por el camino.
Del Toro, tan valiente como ingenuo; Carapaz, siempre correoso pero esta vez sin la cuerda suficiente; y un Van Aert omnipresente, capaz de agitar la carrera sin llevársela.
Todos tuvieron su momento, pero el hilo invisible que cosió cada jornada fue Yates, ese corredor que no hace ruido, pero que siempre está donde importa.
En Finestre, el inglés se movió como un veterano que conoce los silencios del pelotón.
No necesitó aspavientos.
Observó, esperó, eligió.
Cuando el aire se volvió más denso y las piernas ajenas empezaron a temblar, Yates atacó.
No con furia, sino con precisión quirúrgica, como quien sabe exactamente cuánto dolor puede infligir sin que se le escape la presa.
En el Finestre, donde Froome alguna vez firmó un capítulo legendario y Yates otro de desilusión, el británico se rehizo.
Alcanzó a Carapaz y a Del Toro, los tanteó con la mirada de quien mide el alma más que la fuerza, y se fue.
Así, sin mirar atrás, coronó el puerto donde había aprendido que en el ciclismo los fantasmas también se pueden domesticar.
Van Aert, fiel escudero de la épica, empujó el relato hacia la estratósfera.
Pero el Giro ya tenía dueño. No fue el más fuerte cada día, pero sí el más sabio.
En Roma, con el Vaticano asomando entre las avenidas, la maglia rosa iba sobre los hombros de Yates como una absolución.
La deuda estaba saldada. El Giro, caprichoso como siempre, se rindió al ciclista que entendió que las grandes victorias no se conquistan a golpe de watts, sino de memoria y paciencia.
Simon Yates, el hombre que perdió el Giro en Sestriere, lo ganó en Sestriere. Y cerró, por fin, el círculo.
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