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Mundo Bicicleta

Monumentos ciclistas: cinco motivos para amarlos  

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Monumentos ciclistas, Nibali ganando en Lombardía
World Fondo WT – Epic

Con los monumentos ciclistas podemos disfrutar como lo hacían nuestros ancestros

Cabe el debate, la controversia e incluso la confrontación de ideas. Sobre el ciclismo y su esencia, por ejemplo. Mil opiniones, todas respetables, faltaría más, pero todas discutibles.

¿Grandes vueltas o clásicas?

Esta vez por ejemplo voy a las clásicas, en general, y a los monumentos ciclistas, en particular

Permitidme decir sin rubor que en las clásicas y en especial en los monumentos del ciclismo sí que reside la esencia del deporte, porque echando mano del símil futbolístico, son partidos de solo ida donde no cabe enmienda ni solución más allá del maratoniano kilometraje, esas larguísimas jornadas de trabajo en la oficina que ponen al límite al profesional, al límite del todo, del fallo, de la gloria y de la victoria.

Pero veamos…

Tras el Poggio sprint en San Remo

Ya hablamos de la llegada de San Remo, el sprint más eléctrico del año, resuelto entre la generación que no es que venga, es que es la que está aquí. Sagan vs cualquiera, se podría resolver a favor del primero, salvo se trate de Kwiatko y Van Averamet. En San Remo se cruzó con el primero. Ya lo dijimos en su día, uno de los momentos del año, sin duda, sin opción.

Pero viene Flandes, ya sabéis dos semanas después de San Remo, con la campaña del adoquín calentita todo rompe en De Ronde. Si nos pedís un momento, el Oude Kwaremont, la recta adoquinada balizada por personas venidas del medio mundo, griterío infernal, errores de percepción.

Ves a los ciclistas lejos, pero están ahí, y se te engancha Peter Sagan a la chaqueta que cuelga de la valla, por fuera, imprudentemente asomada a la ruta. En la persecución a Gllbert, Sagan lo fio al final y las prisas a veces traicionan. Van Avemaet y Naesen cayeron con él. Gilbert tuvo el balón de oxígeno que sus piernas no le daban. Flandes fue suyo.

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Mundo Bicicleta

El ciclista del Xorret de Catí

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World Fondo WT – Epic

En la cumbre de Xorret del Catí espera un ciclista como en el Tourmalet

Xorret de Catí, «la cima de los Jiménez». Un puerto chiquito pero matón, como lo denominan los que han osado a enfrentarse a sus duros 4 km de ascensión desde la población alicantina de Castalla, sin desmerecer de modo alguno su otra vertiente, la de Petrer, uniendo ambos pueblos salvando el magnífico medio natural de la Sierra del Maigmó.

Nos trasladamos al año 1998 y la Diputación de Alicante decide promocionar el Hotel de su propiedad que hay después de coronar el puerto por su vertiente más dura. Por tanto, la aparición de esta montaña en el mundo del ciclismo y más concretamente en la Vuelta a España, inédita hasta aquel momento, respondía más bien a un motivo comercial, más que deportivo o geográfico, pero no deslució estos dos últimos dos conceptos, ya que la ascensión fue una sorpresa mayúscula para todo el pelotón.

En septiembre de aquel mismo año, días antes de correr aquella etapa marcada en rojo en el calendario, el pánico se apoderaba de los corredores. Sólo los Kelme, que habían estado concentrados en dicho hotel,  lo conocían, asegurando que se habían retorcido en sus breves pero brutales rampas al 18, 22 y hasta el 23% de desnivel. Datos que lo hacían muy temible.

Itzulia

Hasta Álvaro Pino tuvo que responder ante los medios informativos sobre la gran dureza de la subida: «Es dura, ciertamente, pero tiene 3 km. No vayamos a hacer un Tourmalet del Xorret de Catí».

El primero en dignificar este puerto ganando aquí, después de coronar y bajar los 3.400 m de distancia que le separaban de meta, fue el añorado «Chaba» Jiménez. Después, casualidades de la vida, fue otro Jiménez, Eladio Jiménez, quien recogía el testigo de su tocayo de apellido ganando nada menos que en dos ocasiones, en el año 2000 y 2004. Aún recuerdo sus declaraciones después de ganar su primera etapa: «Es un puerto que si lo entras pasado, al poco rato parece que no avanzas».

Chaba Jiménez ganando en Xorret de Catí

Anteriormente a su segundo triunfo, el 26 de febrero del 2003, el entonces presidente de la Diputación de Alicante, Julio de España, tuvo el honor de inaugurar el Monumento al Ciclista en una jornada festiva en la que participaron niños de 40 colegios, para homenajear a ambos ciclistas. Sus nombres quedaron grabados en una placa en la propia piedra que soporta la escultura.

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Situada a unos 300 m de la meta, cerca del Área Recreativa y justo delante del parking del Hotel, el monumento fundido en bronce y con unas medidas de 5x3x2 se ha convertido por derecho propio en lugar de visita obligada para todo aquel cicloturista que afronte sus endiabladas rampas y se fotografíe junto a este «Monumento al Valor», como lo definieron en su día los amigos Ander y Juanto, porque valor, y mucho, hay que tener para ascender hasta aquí.

El Ciclista, prácticamente de tamaño natural, nos recuerda a otro gran Ciclista: el Gigante del Tourmalet. La obra pertenece al escultor alicantino Vicente Ferrero Molina nacido en el año 1944 y toda una eminencia en Bellas Artes: catedrático, doctor, ex-director del Museo de Bellas Artes de Alicante y miembro del Consell Valencià de Cultura.

El lugar volvió al mapa de la Vuelta a España, en año 2009, ganando el gallego Gustavo César Veloso, de momento el último español en inscribir su nombre en la placa homenaje a los ciclistas, pues le siguieron dos franceses, David Moncoutié y Julian Alaphilippe.

En 2023 tendremos un nuevo nombre en la cima de los Jiménez…

Por Jordi Escrihuela

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Mundo Bicicleta

Ciclismo australiano: una historia de éxito

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World Fondo WT – Epic

Enero es el mes del ciclismo australiano

Hace no tanto, ponedle un cuarto de siglo, que son veinticinco años, todos estábamos en enero pendientes de concentraciones, reuniones de equipo… el ciclismo en Europa desperezaba, recuerdo incluso grandes estrellas compitiendo en duatlones, como el del Campoo, Perico, Marino y Peio, entre otros.

Desde hace un tiempo las cosas son diferentes. Deporte global, ciclismo global, y el ciclismo ya no habla lenguas de raíz latina, habla inglés y una parte de ese ciclismo, inglés oceánico, inglés de matiz australiano.

Es el fecundo ciclismo australiano que este año, tres después, recupera su Tour Down Under, en la picota a causa de la pandemia.

Itzulia

Sea como fuere de casualidad en esta historia hay poca. Australia es el primer ombligo de la campaña ciclista por clima, por condiciones, sí, pero también por una tradición que, aunque joven, ha crecido a ritmo acelerado, como queriendo saltar en poco tiempo la desventaja que tenían frente al continente europeo.

El ciclismo australiano ya tiene sus eventos WT, Tour Down Under, donde muchos se dieron cuenta que no había azafatas en el podio, y la carrera de Cadel Evans, con mucho el mejor ciclista que ha dado ese país.

Australianos en ciclismo hay hace muchos años, obviamente nos acordamos mucho de Phil Anderson, uno de esos fijos en las imágenes que saben la leyenda de los ochenta, entre Hinault, el viejo Joop y Roche, entre muchos otros.

Anderson tiene a bien ser el primero reconocible en un camino que no fue sencillo. Si leéis el libro de David Millar, incluso el de Bjarne Riis, podréis saber las miserias que los que venían de la Europa no continental tuvieron que pasar. Incluso Greg Lemond, con toda la aureola que le rodeó, también se jugó su ser para triunfar en este deporte. Iba con una mano delante y otra detrás.

Pues bien, si pensáis que estos lo tuvieron difícil, imaginad los australianos que venían desde la otra punta del mundo a jugarse el pan y buscar acomodo en un ambiente que de todas, todas, les resultaba hostil y lejano.

Quizá por eso los pocos ciclistas australianos que venían fueran tan buenos, y triunfaran sí o sí, a veces rozando el límite, nos viene a la mente Robbie Mc Ewen o incluso Baden Cooke, auténticas pesadillas para sus rivales.

Ellos son la parte de un todo, que creció en nombres, pero también en convición y apuesta.

La lectura que siempre nos valió para el inglés también es válida para el ciclismo australiano, porque desde la gran isla se hizo una apuesta monumental por el ciclismo en pista que les reportó muchas medallas, no tantas como a los británicos, en los velódromos olímpicos.

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Y de esos mimbres surgió el Orica, cuya perfección quedaba patente cada vez que se disputaba una crono por equipos, recordad grandes bloques como BMC o Sky inclinándose ante los aussie, perfectos en los relevos, en el reparto de esfuerzos, en el qué colectivo.

Hoy Orica se llama Team Jayco, visten uno de los maillots más feos del World Tour, y tienen varios australianos en su seno, en especial el eterno Michael Matthews , si bien el líder sigue siendo Simon Yates, Dylan Groenewegen, el hombre rápido y, Zdenek Stybar, fuera del Quick Step, apunta la primavera.

Sólo tres están en la lista de los 100 mejores de siempre, el anotador Mc Ewen, el mentado Anderson y el ganador del Tour, Cadel Evans.

Richie Porte no está en ese estatus, pero su retirada se tiene que notar por narices, incluso con el último ganador del Giro, Jay Hindley en liza, pues no son muchos en la primera línea, desde Caleb Ewan a Ben O´Connor pasando por Dennis, Haussler, Clarke y el querido Jack Haig.

Imagen: A.S.O./Pauline Ballet

 

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Ciclismo antiguo

La leyenda de los «forzados de la ruta»

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World Fondo WT – Epic

Albert Londres fue el primer en hablar de los «forzados de la ruta»

«Los forzados de la ruta», o traducido simplemente en francés : «Les forçats de la route», es una frase que se hizo famosa en su época y que se puede llanamente mantener con el paso de los tiempos; ser actualidad. Para encontrar el origen de esta frase, hay que remontarse al Tour de Francia del año 1924, que fue el que precisamente se adjudicó y consagró de manera definitiva a aquel pionero italiano llamado Ottavio Bottecchia.

La frase se debió a la pluma del célebre periodista Albert Londres, que había despuntado con anterioridad como escritor de sendas novelas muy populares en su época, que tenían un cariz más bien perteneciente al género aventurero. Fue, además, colaborador asiduo del rotativo “Le Petit Parisien”, lo que le permitió introducirse por vía indirecta en la especialidad incluso deportiva, un filón por el cual en un principio no se sintió muy motivado.

Fue con el tiempo que sus escritos se inclinaron paulatinamente ante las incidencias que fue presenciando, día tras día, en la ronda francesa en la época veraniega. Su periódico decidió sumergirle en esos menesteres, cosa que en sus inicios se sintió un tanto desplazado. Su función, bien es verdad, fue el cumplir con una obligación dictada por los dirigentes que llevaban la responsabilidad de la gaceta en cuestión, que conocían bien de sobras sus ya doctas habilidades periodísticas.

Itzulia

Era un hombre liso que atraía por sus escritos plenos de candente originalidad al transparentar en su crónica diaria las incidencias que iba experimentando en el periplo francés. Observaba y veía con agudeza el torbellino viviente del Tour con sus protagonistas inconfundibles: los sufridos ciclistas, cosa que plasmaba con doble y atractiva intención.

Lo esencial fue que con el paso del tiempo Londres se afianzó en sus narraciones con una fuerza interior sin igual en el transcurso de las varias ediciones del Tour en las cuales cual concurrió con no poco y sí crecido entusiasmo. Demostró a los lectores su particular valía y el significado profundo con que con su mágica pluma describía los movimientos en ruta espoleados por los hombres del pedal.

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La chispa del repórter Londres sonó con más difusión, si cabía, a los cuatro vientos a raíz de la retirada de los hermanos Henri y Francis Pélissier, dos muy populares ciclistas franceses, en compañía de Maurice Ville, que ocupaba entonces el segundo puesto en la clasificación general. El abandono, un abandono muy sonado, se produjo en la población de Coutances, en el transcurso de la tercera etapa Cherburgo-Brest del Tour del año 1924, al discrepar furiosamente contra un comisario por una penalización que se le había impuesto en la vigilia de la etapa al casi intocable y famoso campeón en su tiempo, Henri Pélissier, el hermano mayor de la saga de los Pélissier, toda una institución.

Se le consideraba que había vulnerado el reglamento de la ronda francesa al prescindir en plena carrera de una segunda camiseta que llevaba puesta para protegerse de los fríos. Asediado por el calor impuesto por el astro rey, el sol, Henri se sacó la citada elástica y la echó por los suelos al borde de la calzada. Un comisario que vio la acción no le perdonó este desliz que contravenía el reglamento vigente de la carrera. Fue una medida drástica que Henri no aceptó.

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Aunque desavenencias, dicho sea de paso, siempre las tuvo con los organizadores de cualquier competición ciclista. Tenía aptitudes para la práctica de las dos ruedas, pero su mal carácter y su germánica personalidad muchas veces le desbordaron. Su persona, aquel genio y figura, producto de su continuada disconformidad ya le venía de lejos. Los mismos aficionados, los que le admiraban, bien lo sabían.

En un café provinciano de la localidad que hemos mencionado más arriba, coincidieron en la misma estancia los tres ciclistas retirados con precisamente el aludido escritor Albert Londres, una presencia que imponía cierto respeto. Henri, con su temperamento habitual, arremetió contra los dirigentes del Tour y de manera particular contra Henri Desgrange, otro protagonista con carácter, que posee el mérito de haber fundado e impulsado la gran ronda gala, allí poco antes del año 1903, un hito realmente inolvidable para la historia. No tuvo inconveniente en acusar abiertamente a los directivos que llevaban en aquel entonces las riendas del ciclismo.

Para él era una terrible injusticia la manera que los pobres ciclistas eran constantemente maltratados por los mismos dirigentes de la organización. A todos aquellos esforzados ciclistas que debían soportar mil sacrificios y mil ingratitudes pedaleando por aquellas tortuosas y hasta delirantes carreteras, que les atormentaban día tras día. Acusó a los responsables jefes representativos de no haber tenido más consideración a favor de los atletas del pedal, siempre despreciados, marginados, y no valorados en justa medida y en consonancia con los esfuerzos que venían realizando cotidianamente. Por lo demás, tampoco eran compensados en buena lid, económicamente hablando. Eso se sabía al dedillo en los ambientes y coros del pedal ¡valgan las palabras!

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Albert Londres, observador atento del entorno ciclista y de sus trifulcas, siguió muy de cerca la conversación planteada por los hermanos Pélissier. Digamos que hubo un tercer hermano que completaba la dinastía, un tal Charles, que también destacó con soltura en este deporte, y quizá más adecuadamente en las carreras clásicas de un solo día. No le faltó tiempo a Londres para publicar un extenso artículo puntualizando y defendiendo con ahínco a los pobres y hasta esclavizados ciclistas.

El juicioso escrito, bien es verdad, causó gran revuelo y a la vez tuvo mucho éxito entre los lectores apegados a los medios informativos. El autor puso sobre el tapete aquella frase escueta y contundente en referencia a los corredores ciclistas a los que denominó más comúnmente como “Les forçats de la route”. La palabra “forçats”, indicaba en su lengua de origen, simplemente las labores de los presidiarios condenados a trabajos obligados o forzados. Aquella frase tan alegórica dio la vuelta al mundo. Fueron unas palabras muy contundentes que tocaron la dura realidad con la que se encontraban los ciclistas, que defendían su pan y su prestigio en unas polvorientas y casi intransitables carreteras, en un escenario más bien dantesco y hasta desconocido por los medios de divulgación. Era, en fin, una cruda y triste realidad. Fue, sin embargo, todo un vivo elogio, repetimos, dedicado a aquellos héroes del pedal encerrados casi en un mundo desconocido por las gentes.

Hay que descubrirse vislumbrando las pequeñas y grandes historias que sucedían sin cesar bajo los escenarios de aquel pasado tumultuoso. Como exponente secundario, si queremos nombrar a uno de los novelistas, especializado como profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, llamado Marc Augé, oriundo de la Bretaña francesa, al que tuvimos la feliz oportunidad de conocerle y tratarle personalmente, que inmortalizó a toda costa este duro deporte de las dos ruedas a través de un libro que tituló: “Elogio de la bicicleta”, una publicación de pequeñas dimensiones que siempre consideramos de alto contenido divulgativo y de expansión tal como se desprende de redacción tan acertada y a la vez tan bellamente descrita.

Él, nos referimos al autor Marc Augé, escribía, por ejemplo, que nadie puede hacer elogio de la bicicleta y sus practicantes sin hablar de su propia experiencia. La “bici”, escribía, forma parte de la historia de cada uno de nosotros. Su aprendizaje, su mundo, nos remite a momentos muy emotivos y muy particulares, estelares, cercanos a nuestra infancia y a nuestra misma adolescencia.

Por Gerardo Fuster

Sobre las fotos

El primer documento fotográfico que se acompaña pertenece al periódico “L´Equipe”, agenciada por “Presse Sports”. De izquierda a derecha, figuran el conocido periodista Albert Londres, cubierto con su sombrero, y los ciclistas Henri y Francis Pélissier, y Maurice Ville, en el día de su sonada retirada en el Tour de 1924 .

El segundo documento: Figuraba expuesto en el Musée du Sport. El protagonista es el belga Lucien Buysse, cruzando a pie el alto del Tourmalet, en la edición del Tour de 1926, una imagen delatadora del ciclista vencido por el sufrimiento.

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Ciclismo antiguo

El peso de los años en el ciclismo (y II)

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World Fondo WT – Epic

Seguimos para ver cómo sientan los años en la vejez del ciclismo

Quisiéramos introducir en relación a este tema unas manifestaciones que un día hizo el ciclista de otros tiempos, el italiano Claudio Chiappucci, que destacó por su temperamento altamente belicoso, deparándonos muchas emociones sobre el asfalto de las carreteras. Nos viene a la luz una opinión que vertió a propósito de aquel ciclismo que él vivió de manera palpable en su época de corredor.

Tras su retirada activa, decía: “La forma en que yo corría es impensable en el ciclismo actual, donde todo lo domina la tecnología, los pinganillos. Yo atacaba hasta sin fuerzas. Ahora, en cambio, los líderes no arriesgan, compiten pensando en conservar su plaza. Este no es el ciclismo que gusta, todo demasiado programado. El de entonces era mucho más carismático”, concluía así su sentencia el bravo e inquieto ciclista transalpino.

Itzulia

Protagonistas anónimos

Los ciclistas, los verdaderos actores de la serpiente rodante, tienen una asistencia técnica concienzuda, detallada y fraguada entre bastidores. Son unos hombres que trabajan en el anonimato, cuyo objetivo radica en tratar de sacar el máximo rendimiento a favor de sus pupilos, los que pedalean y se enfrentan a diario en la carretera. Nos referimos concretamente a los mecánicos, masajistas, directores técnicos, encargados de  relaciones públicas,  patrocinadores y así una relación inacabada de gente que tutela una función determinada. Son sencillamente personas que hacen su trabajo tras el telón, allí en la penumbra en donde no existen palabras envueltas por el incienso.

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La evolución de los tiempos

¡Cómo ha evolucionado el ciclismo con respecto a los años de nuestra primera época! Entonces no se disponía apenas dinero para su sostenimiento. Uno tenía la sensación de que los atletas del pedal se valían  de una cerrada austeridad bajo un marco más bien sencillo, especialmente, repetimos, en nuestro territorio español. Ahora, lo que se contempla es un ambiente abigarrado y sumamente espectacular con unos ciclistas que van de un lado a otro sustentados y mimados por las gentes adeptas a las dos ruedas.

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Visten unas vistosas camisetas decoradas por una amalgama variada de vivos colores, con las  letras de diversas casas anunciantes, que son las que realmente pagan así su publicidad. Bicicletas limpias e impecables que representan el último grito lanzado por los expertos en mecánica. Uno podría estar horas y horas ensimismado observando a las personas que se mueven arriba y abajo entre bicicletas, ruedas, bidones, músicas, autocares de gran volumen, automóviles y demás componentes que contribuyen a cumplimentar a la rutilante y a la vez sugestiva caravana ciclista.

Si queréis leer el primer post de esta doble entrada

Por  Gerardo  Fuster

 

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